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Pensamiento Crítico

Cuba y el racismo

Varios autores | La Jiribilla y Blog Segunda Cita | 03 Abril 2013

El pasado 3 de marzo, un escritor cubano, Roberto Zurbano, publicó un artículo en The New York Times en el cual denuncia el racismo en la sociedad cubana. El escrito ha causado controversia entre los negros y entre los intelectuales cubanos. A partir de la publicación de la opinión de Zurbano, "ha aparecido en Internet que el escritor es vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC. Esa información no responde a la realidad, pues Roberto Zurbano hace años dejó de pertenecer al Ejecutivo de nuestra Asociación", dijo en un comunicado oficial Nancy Morejón, Presidenta de la Asociación de Escritores de la UNEAC.

Publicamos primero el artículo que originó la polémica y luego, algunas reacciones:

Para los negros en Cuba, la Revolución no ha comenzado

Por Roberto Zurbano, The  New York Times, 3 de marzo de 2013. Traducido del español por Kristina Cordero.

La últimas noticias salidas de Cuba se refieren a los cambios, aunque esto es más un sueño que una realidad para los afrocubanos como yo. A lo largo de la última década, han sido abolidas muchas prohibiciones ridículas para los cubanos que viven en la Isla, como dormir en un hotel, comprar un celular, vender una casa o un automóvil y viajar al extranjero. Estos gestos han sido celebrados como signos de aperturas y reforma, aunque en realidad solo son esfuerzos para normalizar la vida. La realidad es que en Cuba tu experiencia de estos cambios depende del color de tu piel.

El sector privado goza ahora en Cuba de cierto grado de liberalización económica, pero los negros no estamos en posición ventajosa para aprovecharnos de ello. Heredamos más de tres siglos de esclavitud durante la era colonial española. La exclusión racial continuó después de la independencia de Cuba en 1902, y medio siglo de Revolución desde 1959 ha sido incapaz de superarla.

En los primeros años de la década de los 90, después del fin de la Guerra Fría, Fidel Castro se embarcó en reformas económicas que continúa Raúl, su hermano y sucesor. Cuba había perdido su mayor benefactor, la Unión Soviética, y cayó en una profunda recesión que se conoció como el “periodo especial”. Había frecuentes apagones. El transporte público apenas funcionaba. La comida escaseaba. Para encauzar el descontento, el gobierno dividió la economía en dos sectores: uno para el negocio privado y las empresas de orientación extranjera, esencialmente autorizadas a negociar en dólares estadunidenses; y otro que continuaba el viejo orden socialista centrado en puestos gubernamentales de trabajo con un promedio de 20 dólares mensuales.  

Es cierto que los cubanos tienen aún una fuerte red de seguridad: la mayoría no paga alquiler, y la educación y la salud son gratuitas. Pero la divergencia económica creó dos realidades contrastantes que persisten hoy en día. La primera es la de los cubanos blancos, que han equilibrado sus recursos, para entrar en la nueva economía de mercado y cosechar los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La otra realidad es la de la pluralidad negra, que fue testigo de la desaparición de la utopía socialista en los  sectores más desprovistos de la Isla.

La mayor parte de las remesas del exterior —principalmente del área de Miami, centro neurálgico de la comunidad de exiliados mayormente blancos— va a cubanos blancos. Tienden a vivir en mejores casas, que pueden ser convertidas fácilmente en restoranes o alojamientos con desayuno —el modo más común de negocio privado en Cuba—. Los cubanos negros tienen menos propiedades y dinero, y además han tenido que lidiar con el racismo imperante. Era frecuente no hace mucho que los administradores de hoteles, por ejemplo, contrataran solo empleomanía blanca para no ofender la supuesta sensibilidad de su clientela europea.

Este tipo de racismo escandaloso se ha vuelto socialmente menos aceptable, pero los negros son aún tristemente poco representados en el turismo —probablemente el sector más lucrativo de la economía—, y es mucho menos  probable que posean sus propios negocios que los blancos. Raúl Castro ha reconocido la persistencia del racismo, y ha tenido éxito en algunas áreas (hay más maestros y diputados negros en la asamblea nacional), pero falta mucho por hacer para enfrentar la desigualdad estructural y el prejuicio racial que aún excluye a los afrocubanos de los beneficios de la liberalización.

El racismo en Cuba ha sido ocultado y reforzado en parte porque no se habla de él. El gobierno no ha permitido que el prejuicio racial sea debatido y confrontado política o culturalmente, pretendiendo a menudo, en ocasiones, que no existe. Antes de la década del 90, los cubanos negros sufrían una parálisis de movilidad económica mientras, paradójicamente, el gobierno decretaba el fin del racismo en los espectáculos y publicaciones. Cuestionar la extensión del progreso racial equivalía a un acto contrarrevolucionario. Esto hizo casi imposible señalar lo obvio: el racismo está vivo y  saludable.  

Si los años 60, la primera década después de la Revolución, significaron oportunidad para todos, las décadas que siguieron demostraron que no todo el mundo podía tener acceso al beneficio de tales oportunidades. Es cierto que la década de los 80 produjo una generación de profesionales negros, como médicos y maestros, pero estas ganancias disminuyeron en la década de los 90, cuando los negros fueron excluidos de sectores lucrativos como la hotelería. Ahora, en el siglo XXI, se hace muy visible que la población negra está poco representada en universidades y en espacios de poder económico y político, y sobrerrepresentada en la economía subterránea, en la esfera criminal y en los barrios marginales.

Raúl Castro ha anunciado que cesará en la presidencia en 2018. Espero que para entonces, en Cuba el movimiento antirracista habrá crecido, tanto legal como logísticamente, de modo que pueda traer soluciones que durante tanto tiempo han sido prometidas y esperadas por cubanos negros.

Un primer paso importante sería lograr finalmente un conteo oficial de afrocubanos. La población negra de Cuba es mucho mayor que los números espurios  de los recientes censos. El número de negros en la calle subraya obviamente el fraude numérico que nos coloca con menos de un quinto de la población. Muchas personas olvidan que en Cuba una gota de sangre blanca puede —aunque solo en el papel— hacer un mestizo o una persona blanca de alguien que en la realidad social no cae en ninguna de estas categorías. Aquí, los matices que gobiernan el color de la piel son una tragicomedia que oculta conflictos raciales de larga existencia.

El fin del gobierno de los Castro significará el fin de una era en la política cubana. No es realista esperar un presidente negro, dada la insuficiente conciencia racial en la Isla. Pero cuando Raúl Castro deje el puesto, Cuba será un lugar muy distinto. Solo podemos esperar que mujeres, negros y jóvenes serán capaces de ayudar a guiar a la nación hacia una mejor equidad de oportunidad y al logro de ciudadanía plena para cubanos de todos los colores.

Una opinión

Por Guillermo Rodríguez Rivera, blog Segunda Cita (de Silvio Rodríguez)

Lo primero que llamó mi atención fue que Diario de Cuba –que es una publicación declaradamente opositora a la Revolución Cubana–, acogiera in extenso, las opiniones de un ensayista cubano que vive en la Isla y que, sin duda, se ubica en el ámbito de la que ellos (los del Diario) llaman "oficialidad" cubana, como estima la publicación a todo el que trabaje en cualquier entidad estatal del país: ahora mismo, el 75% de la población laboral de la nación.

Roberto Zurbano, el ensayista al que aludo, porque son sus declaraciones las que recoge la publicación de nombre cubano, radicación madrileña y aires miamenses, es director del Fondo Editorial de Casa de las Américas y, como puntualiza el Diario, "vicepresidente de la Asociación de Escritores de la oficialista UNEAC".

Me pareció escandaloso que un negro cubano y revolucionario afirmara de modo terminante que "para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado". Es perfectamente lógico que semejante declaración le sirva a Diario de Cuba para colocarla como cintillo de la información que resume las opiniones de Roberto Zurbano, y que el escritor cubano diera originalmente a The New York Times.

Como Zurbano, además de ser cubano es negro y revolucionario, considero que hay ciertas apreciaciones conceptuales que lo han conducido a unas conclusiones superficiales en torno a los complejos problemas que aborda. Me parece necesario aclararlas.

El primer asunto que quiero tratar es la confusión que existe en las opiniones del ensayista al abordar conceptos como racismo y discriminación racial. En el caso que nos ocupa, el racismo anti-negro es la idea de la inferioridad de la raza negra. Se trata de la raza que fue esclavizada por casi cuatro siglos y, después, ha sufrido las consecuencias de esos siglos de opresión.

Tan temprano como en marzo de 1959, Fidel Castro advertía las complejidades y dificultades del problema. Decía ese mes, en un discurso, que el de la discriminación racial es "uno de los problemas más complejos y más difíciles de los que la Revolución tiene que abordar… Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás la más difícil de todas las injusticias de las que han existido en nuestro medio ambiente… Hay problemas de orden mental que para una revolución constituyen valladares tan difíciles como los que pueden constituir los más poderosos intereses creados" [1].

Cuando Fidel está refiriéndose a asuntos "de orden mental", está subrayando que el racismo solo puede ser parcialmente resuelto por las leyes y resoluciones que pudiera dictar el gobierno de la Revolución y advierte que el prejuicio racial no está únicamente en los económicamente poderosos, en los enemigos de la Revolución, sino en gente "que no tiene latifundios, ni tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios en su cabeza".[2]

Son los siglos de esclavitud y los prejuicios que generó esa forzada interiorización del negro, los que conforman la perspectiva racista y desembocan en la praxis que es la discriminación racial.

El instrumento legal contra la discriminación racial se desplegó a fondo en el marco de la Revolución Cubana, del mismo modo que se puso en juego un amplio dispositivo ideológico contra el racismo que, de hecho, transformaron en vergonzantes las manifestaciones de discriminación que podían aparecer. La Revolución Cubana desarrolló un estado de opinión mayoritaria entre los cubanos, que obligaba a aquel que la sentía, a enmascarar cualquier manifestación de racismo.

La Revolución Cubana no solo inició la lucha contra el racismo y la discriminación sino que puede decirse que nunca esa lucha había sido tan a fondo como en ese momento de nuestra historia.

En otro artículo, Zurbano manifestaba que el racismo solo podía manifestarlo quien ejercía el poder. En verdad, quien no ejerce el poder también puede ser racista, pero tendrá dificultades mucho mayores para que su racismo desemboque en la práctica que es la discriminación.

Pero el único poder en un estado no es el central, ese que dicta layes, decretos y resoluciones. Mucho más abajo un director, un administrador, un jefe de personal, ejercen un poder efectivo que puede pasar y a veces pasa por encima de los criterios de ese poder central, claro que sin hacerlo explícito. Finalmente, puede ejercerse incluso la discriminación privada, la que dispone la sola persona en el ámbito que domina.

Pero la apertura de los puestos de trabajo, de los medios de comunicación, de los centros y las oportunidades de estudio a los cubanos de todos los colores, es algo que no puede ignorarse, porque resulta una falsedad cuando se hace. Zurbano, que nació y creció en tiempos de revolución, debía indagar –si es que no lo conoce– el asunto con sus mayores, antes de formular ante la prensa norteamericana una opinión que acaso la complazca, pero que desacredita sin ningún fundamento real a la Revolución Cubana.

Los procesos radicales de la historia cubana han generado en diversos momentos la esperanza del fin de la discriminación racial. Es lo que creyó uno de los más importantes líderes negros cubanos, Juan Gualberto Gómez, quien supuso que la proclamación de la independencia cubana tras el fin de la esclavitud, solucionaría el problema de la subordinación de negros y mulatos cubanos en una sociedad que los había discriminado.

Pero la república surgida en 1902, tras cuatro años de intervención norteamericana y la imposición de la Enmienda Platt, ya no era la proyectada república "con todos y para el bien de todos" proclamada por Martí y apoyada por Antonio Maceo.

Cuando triunfa la Revolución en 1959 y se proclama socialista en 1961, el mulato comunista Nicolás Guillén acaso tuvo las mismas esperanzas que Juan Gualberto medio siglo atrás. Guillén sabía que la igualdad de derechos de las razas no podía darse en medio de la opresiva sociedad de clases, en las que negros y mulatos arrastraban la desventaja de más de trescientos años de esclavitud. Pero eso había terminado. Cuando Guillén publica Tengo, su primer libro ya en la Revolución, escribe:

Tengo, vamos a ver,

que siendo un negro

nadie me puede detener

a la puerta de un dancing o de un bar.

O bien en la carpeta de un hotel

gritarme que no hay pieza,

una mínima pieza y no una pieza colosal,

una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

La conclusión del texto era plenamente optimista:

Tengo, vamos a ver,

tengo lo que tenía que tener.

Nicolás Guillén, comunista, creo que sí pensaba, porque era obvio, que la Revolución había comenzado para los negros cubanos. Acaso creyó también que ya todo se había conseguido y ahí sí se equivocaba.

Casi treinta años después se produce el derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista europeo. Cuba pierde el suministro de la energía que la mantenía viva y el 85 % de su comercio. Para no rendirse ante la contrarrevolución, el país tiene que hacer transformaciones que, en efecto, implicaron enormes sacrificios para la inmensa mayoría de los cubanos, blancos y negros. Los que lo vivimos, no olvidamos aquel agosto de 1993, cuando la ciudad de La Habana se apagaba y encendía alternadamente cada 8 horas. Hubo que sacrificar brutalmente el consumo de la población justamente para obtener los recursos a fin de que esa misma población subsistiera, para mantener actuantes los sistemas de salud y educación, y los demás servicios vitales.

Zurbano hace un arbitrario sesgo de la población que, automáticamente dice que fue escindida en dos porciones absoluta y claramente delimitadas:

La primera es la de los cubanos blancos, que han movilizado sus recursos para entrar en una nueva economía impulsada por el mercado y cosechar los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La otra es la de la pluralidad de los negros, que es testigo de la muerte de la utopía socialista

La "utopía" socialista la vimos morir blancos, indios, mulatos, negros, zambos y "jabaos" de todas las categorías. Nos pasó a médicos, albañiles, arquitectos, obreros, maestros, deportistas, profesores, peones agrícolas, ingenieros.

Los que pudieran emerger como beneficiarios de esa anormal situación no son en manera alguna "los blancos", presentados como una compacta, solvente y masiva unidad, sino la exigua minoría de gerentes y sus colaboradores y acólitos, que no representaría ni el 0,1% de la población del país, integrada por blancos, negros y mulatos. Otra parte de la población, también minoritaria aunque creciente, empezó a buscar lenta pero indeteniblemente, la forma de ir accediendo, en los avatares de las necesidades cotidianas, a esos mínimos beneficios que empezaban a deslizarse hacia un reducido sector de sus conciudadanos.

Zurbano acepta en sus declaraciones –que reproduce también la opositora Martí Noticias– la engañosa idea de convertir en dólares, de acuerdo con la tasa de cambio cubana, los salarios de los trabajadores, pero esa conversión no puede tener en cuenta el reducidísimo costo de la vivienda en Cuba, y los servicios gratuitos de salud y educación que hacen que los 20 dólares que aparentemente gana un trabajador, le permitan vivir. El salario entra forzosamente en relación con los gastos que deben asumirse: en otros sitios, con ese salario, el mismo trabajador sería un limosnero.

Creo que Roberto Zurbano necesita conocer mejor la conformación y las peculiaridades de la población cubana, para entender mejor las de su zona negra, que es la que parece importarle. Y yo empezaría por decir que ese es un problema cambiante, en la realidad y en la misma percepción del fenómeno.

En los primeros años del pasado siglo, la norteamericana Irene Wright trataba así el tema racial en Cuba:

Los nativos [los cubanos] son negroides. Algunos "pasan por blancos", como expresa la ilustrada expresión coloquial. Algunos son, posiblemente, blancos; sin embargo, pocos se preocuparían de someter su linaje a un escrutinio a fin de probarlo. Sólo los [norte]americanos piensan cosas inferiores sobre el cubano, porque si él no es de color, es al menos matizado. [3]

Es curioso que esta "cubanóloga" de la época, estadounidense, catalogue como "negroides" a los cubanos, y es obvio que la Wright no está aludiendo esencialmente al color de la piel de los habitantes de la Isla. Lo precisa inmediatamente después. Cuando se refiere a los cubanos de piel blanca, aquellos en que no existen los rasgos físicos de la raza negra, aclara: "la sangre negra está allí […] en una cierta voluptuosidad de la figura y, obviamente, en la alegre visión de la vida en general". [4]

Mujer de una nación en la que la cultura del blanco sojuzgó las de los negros; en la que el negro fue también esclavizado pero, además, aculturado, despojado de sus tambores, sus cantos y sus creencias, está comprobando con inquietud la esencial mulatez espiritual del cubano: cómo esas culturas negras han actuado sobre el cubano blanco para comunicarle esa "alegre visión de la vida" que ella entiende casi como una propiedad de la sangre negra.

Desde una perspectiva ideológica colocada en las antípodas de las de la Wright, Nicolás Guillén rechazaba la pertinencia del término "afrocubano" para calificar la poesía que escribe.

A partir del criterio de Fernando Ortiz que califica nuestra cultura de "blanquinegra", Guillén sostiene que lo cubano ya tiene en lo africano uno de sus componentes, que va unida en él a la impronta española. Guillén, que aludió a los dos abuelos que eran los ancestros del cubano, reclamaba para su poesía el calificativo de "mulata", `porque pensaba que mulata era también Cuba. No hay que decir afrocubano, porque lo cubano implica, incluye lo africano.

Para Zurbano, como ocurre en la cultura norteamericana, lo no puramente blanco es negro. Pero llamar negro a un mulato únicamente apresa una porción de su identidad. Zurbano reclama lo que llama un "conteo preciso de los afrocubanos", pero esa precisión quedaría vulnerada al "contar" como negros a los mulatos, en los que la ascendencia española coexiste con la africana. Creo que despojar de la impronta española al puro (si es que existiera esa pureza) negro cubano, es también desconocer su identidad.[5] De alguna manera el "ajiaco" sl que alude Fernando Ortiz; el "todo mezclado" que proclama Nicolás Guillén, devienen auténticas imágenes de la cubanidad.

La Revolución Cubana se ha defendido sabiamente de aquello que ha querido destruir la unidad del pueblo. Esa unidad garantizó su invulnerabilidad en los días de las agresiones militares de las décadas de los sesenta y setenta. Acaso la preservación de la seguridad del país hizo que el abordaje del tema racial fuera considerado lesivo para el mantenimiento de la unidad de los cubanos.

Tiene razón Zurbano cuando afirma que es la crisis económica que vive el país en los años noventa la que pone de relieve el tema del racismo, cuando es el propio Fidel Castro quien lo aborda en uno de los congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Zurbano opina que, cuando Raúl Castro abandone la presidencia en el año 2018, no puede esperarse que los cubanos elijamos un presidente negro, por lo que él llama "la insuficiente conciencia racial" que existe en Cuba.

Pero Cuba ya tuvo un presidente no blanco: fue el general Fulgencio Batista y Zaldívar aunque, de acuerdo a los parámetros de Zurbano, habría que clasificarlo como negro.

Estados Unidos, que ha visto surgir en su seno una burguesía negra, eligió en 2008 su primer presidente negro. Barack Obama pertenece a la misma clase política burguesa que los republicanos Colin Powell y Condoleeza Rice y como ellos, así sea con matices, es un defensor de la política imperial que también defendieron los presidentes blancos, porque la burguesía no tiene raza sino intereses e ideología.

Quiera Dios, o Elegguá, que abre los caminos, que cuando los cubanos tengamos que elegir un presidente en 2018, no pensemos en el color de su piel, sea esta del color que sea, sino en el hombre que está cubriéndose con ella y, sobre todo, en lo que ese hombre tenga en la cabeza.

Notas:

[1] Cf. Pérez, Wilder: “Raza y desigualdad en Cuba actual: boceto de un tema adolescente”, en Caminos, La Habana. No. 58, 2010, p. 94. [2] Idem. [3] Wright, Irene: Cuba, MacMillan, Nre York, 1919., pp- 83-88. [4] Idem. [5] La médico y genetista Beatriz Matcheco ha realizado recientemente un estudio en cubanos de todos los colores de piel y absolutamente todos llevan en su sangre, genes europeos y africanos.

La Revolución cubana comenzó en 1959

Por Esteban Morales, UNEAC. La Jiribilla.

Bajo un título carente de rigor histórico y objetividad, Roberto Zurbano trata de caracterizar la situación de los negros en la Cuba de hoy. Como evaluador crítico del tema que soy, podemos compartir algunas de sus aseveraciones, pero no en términos tan absolutos y mucho menos, con la carencia de objetividad con que estas se formulan. Tampoco las conclusiones a que el autor arriba.

Afirmar que "para los negros cubanos la Revolución no ha comenzado", no se sostiene, ni aun dentro de la compleja realidad cubana de hoy. Verdadera encrucijada dentro de la cual el país trata de encontrar un modelo económico propio y sostenible, para no repetir los niveles de dependencia económica que soportó por tres ocasiones, en menos de un siglo. Durante el periodo final (1960-1991), que resultó ser el más provechoso para la Isla, el tiempo no alcanzó para superar definitivamente las realidades de un país subdesarrollado.

Por tanto, cualquier explicación de lo que hoy tiene lugar en Cuba con los negros, pasa necesariamente por la comprensión más profunda de esos periodos de dependencia y de que en la Isla la pobreza fue también masivamente blanca, pero la riqueza nunca fue negra. Algo que arrastramos durante varios siglos, hasta llegar al triunfo revolucionario de 1959.

La población pobre cubana fue beneficiada a partir de una política social, extraordinariamente humanitaria, que combatió y aun combate la pobreza y la desigualdad hasta el mismo borde del igualitarismo.

Dentro de la realidad social generada por esa política, negros y mestizos fueron sumamente beneficiados también. De modo que si hoy contamos con una masa importante de médicos, científicos, intelectuales y obreros calificados negros, se lo debemos a esa política social, que marcó profundamente a la sociedad cubana, durante sus más de 30 años de existencia posteriores a 1959.

No hay que negar que se cometieron errores; uno de ellos, tal vez el más importante, fue no considerar el "color de la piel", como una variable de diferenciación social. El no considerar que, por razones de sus diferentes puntos de partida históricos, el negro, además de ser más pobre había sufrido, por su condición de esclavo primero y de negro después, las desventajas que implicaba haber tenido que soportar el racismo y la discriminación racial, que le situaban siempre en una posición de desventaja ante la población blanca, aunque estos últimos también fueran pobres. Nuestra sociedad no había sido diseñada para que blancos, negros y mestizos fueran iguales.

Ese lastre colonial esclavista, no fue posible borrarlo en los años de Revolución, a pesar de lo humanitaria y radical que esta haya podido ser. Es esta la explicación de muchas de las desigualdades y dificultades sociales que aún arrastramos y que la Revolución, iniciada en 1959, trataba de solucionar.

A diferencia de lo ocurrido en 1962, en que el racismo y la discriminación racial se habían dado como resueltos —a partir, sobre todo, de la segunda mitad de los años 80—, con posterioridad a los procesos de crisis que sacudieron a la economía cubana, se ha abierto un debate sobre el tema que crece continuamente.

La crisis económica sirvió para mostrarnos que se había sido idealista al creer que el problema racial se había solucionando o se estaba solucionando, lo que no se correspondía con la realidad. Las medidas económicas que se aplicaron para superar la situación económica, trajeron a flote las diferencias y desigualdades que, a pesar de los avances, aún existían y que habían permanecido ocultas, esperando momentos más propicios para reemerger.

Así se inició un nuevo periodo de lucha contra el racismo y la discriminación, que fue el propio Fidel Castro quien lo abrió con sus discursos en los congresos de pedagogía y de la UNEAC, y su intervención en la iglesia de Harlem, en Nueva York. El máximo líder se percataba de que aunque lo había tratado con insistencia en sus discursos de marzo de 1959, no había quedado resuelto.

Entonces, fue el propio líder de la Revolución quien reabrió el tema y, a partir de entonces, comenzó un nuevo debate, ya más comprensivo de dónde habían estado las fallas de la política social, que no había podido eliminar el racismo y la discriminación racial. Se iniciaron nuevas investigaciones, se analizaron las experiencias y, como nunca antes, desde 1959, se comenzó a escribir críticamente sobre el tema, que comenzó por abarcar el mundo intelectual, creándose comisiones en diferentes instancias: PCC, UNEAC, Biblioteca Nacional José Martí, proyectos comunitarios, etc.

Emergieron varios centros de debate y encuentros científicos, producciones cinematográficas, cursos académicos. Existe en la UNEAC una comisión con carácter nacional, que trabaja en la promoción del tema racial desde la cultura, lo lleva a debate a las provincias del país y ya ha promovido su discusión en la Comisión de Educación de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en dos ocasiones.

El gobierno no pone obstáculos a esos debates y formas de acción; todo lo contrario, los apoya y promueve. En realidad, lejos de mantenerse oculto el tema, cada día más, es objeto de discusión en diferentes ámbitos del trabajo intelectual, comunitario e incluso político; pasando, paulatinamente, a convertirse en un debate de toda la sociedad cubana.

Desde la UNEAC se despliega un amplio proceso de coordinación para introducir el tema en la escuela, las universidades, así como para mejorar las estadísticas y que estas recojan con más precisión la cantidad de negros y mestizos en distintos sectores y su situación económica. Se trabaja también para aumentar el conocimiento sobre la presencia de los líderes y patriotas negros en nuestra historia por medio de monumentos, jornadas conmemorativas y su adecuado tratamiento en los libros de texto, para lo cual se trabaja fuertemente en la reformulación de la enseñanza de la historia nacional. Por todo lo anterior, podemos decir que hemos pasado a un periodo en que el tema racial se trata a todos los niveles.

Todos los implicados en este proceso quisieran avanzar más rápido, pero el tema es difícil y acumuló años de atraso en su tratamiento. Sin embargo, se van articulando todos los factores que deben intervenir y, cada vez, el compromiso práctico de colaborar y la participación es mayor, bajo la conciencia de que se trata de un problema que nos afecta a todos.

Ningún gobierno anterior a 1959 hizo nada por los pobres en general, ni por los negros en particular. Más bien los mandatos precedentes, gobernaron el país para el beneficio de unos pocos, con todos los mecanismos e instrumentos de una administración neocolonial, que mantuvo el racismo y la discriminación racial, la corrupción y la pobreza, desplegando el modelo de explotación y control, que EE.UU. había diseñado para la Isla.

Habría que ser poseedor de una ignorancia histórica extraordinaria para pensar que un cambio de liderazgo político en Cuba pudiera beneficiar a los negros. Un pensamiento como ese, solo puede provenir, como lo dice el título del artículo, de alguien que piense que "para los negros la Revolución cubana no ha comenzado aún".

Para los negros, la Revolución no ha terminado, ni para nadie de este lado

Por Ernesto Pérez Castillo, La Jiribilla

Leo, con estupor, a Roberto Zurbano en The New Yok Times. Y no por lo que dice, que ni es mucho ni es nuevo, y ni siquiera por lo que no dice, sino por lo que debiera haber dicho y no quiso o no se le ocurrió. Otra oportunidad perdida, otro más que muerde el polvo.

Después de un titular tan tremendo, "For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn´t Begun", uno se esperaría cualquier otra cosa, y sobre todo una cosa estremecedora, para entonces darse contra la realidad de más y más de lo mismo, incluso más de lo mismo que ya leyó en el mismísimo Granma alguna vez. Para nada, en el Granma y en Zurbano.

Porque, hablando en serio, para meterse en el tema del racismo dentro de la Revolución, habría, debería haber ido él a las raíces. ¿Qué pasó con los negros en la Cuba de 1959, y de ahí en adelante? Un cambio, un cambio enorme, un cambio trascendental, sí, pero un cambio fuera de foco. Pero un cambio. La Revolución cubana, mal que nos pese, no la hizo Jean Paul Sartre ni Herbert Marcuse, y en verdad no sé qué revolución habrían hecho ellos.

En esta islita, la Revolución, salvo los cuatro gatos de más alante (Fidel y Raúl entre ellos) la hicieron un montón de guajiros analfabetos, y no podía ser de otra forma en un país que reconocía oficialmente una tasa de analfabetismo de más del 60 porciento de la población. Y esos guajiros brutos no solo hicieron la revolución que podían, sino que, como alguna vez confesara el Comandante, hicieron una revolución más grande que ellos mismos.

Y todo lo bueno y lo malo tiene que ser visto bajo esa luz, luz que no alcanzó a Zurbano. En mi opinión, que es desde todo punto de vista completa y absolutamente irrelevante, el gran pecado, la asignatura por mucho tiempo pendiente de la Revolución frente al conflicto racial fue la pretendida igualdad. Que sí, que si usted mira con calma y sangre fría para atrás, y así me lo parece a mí, verá que todo se basa en un mal entendido tenaz y persistente: cuando se decretó de facto la igualdad racial no se estaba decretando que negros y blancos eran iguales, sino, cosa terrible, que los negros eran, y debían ser, iguales que los blancos. O sea, que los negros, por obra y gracia de la Revolución, no solo tenían derecho a todos los derechos que tuvieren los blancos sino, por sobre todas las cosas, los negros tenían el derecho de ser blancos. Y con ello también, si no la obligación, al menos el deber.

Es complicado, lo sé, y es tema para alguien con más luces que yo. Pero, por ahí van los tiros. Si bien de pronto los negros tenían derecho a asistir a las mismas escuelas que los blancos, a acceder a los mismos empleos que los blancos, a compartir las mismas playas y el mismo sol sobre la arena que los blancos, lo grave, lo que nunca se les concedió de jure, para decirlo mal y rápido, fue el derecho a seguir cantando sus canciones, a seguir bailando sus pasiones, y a seguir orándole a sus divinidades. O sea, lo que nunca se debatió ni se planteó sobre el papel, en blanco y negro, fue el derecho de los negros a ser negros.

A mí, que soy blanco, blanquísimo, requeteblanco, me he habría encantado oírle decir algo así a Zurbano, y no la matraca de la desventaja que sufren en un paisito tercemundista y descarriado los negros, como si solo ellos fueran los de abajo.

Porque es que el cuento que Zurbano cuenta yo ya me lo sé, y me lo han contado de lado y lado. Pero, cuando él pierde el pie, deja por completo de tocar el fondo y comienza a boquear desesperado es cuando, reconociendo primero la salud y la educación gratuita y luego la hornada de ingenieros y maestros y doctores que salieron de entre los negros, y también de entre los negros de mi barrio, da un salto de 40-50 años y descubre, ¡Oh!, que los negros frente a los cambios en la economía y en la vida cotidiana tras el gobierno de Raúl, están en desventaja.

Para demostrar su punto, a Zurbano, a quien The New York Times minimiza presentándolo apenitas como un "editor and publisher of the Casa de las Américas publishing house" y que en verdad es ni más ni menos que el Director del Fondo Editorial de esa institución que para las Américas y para el Caribe tanto y más ha dado, o en otras palabras: Zurbano es un negro muy pero que muy bien empoderado —le bastan unos pocos, para no decir pobres, ridículos ejemplos: los negros tienen las peores casas y por tanto no podrán hospedar a nadie ni aspirar a crear en ellas cafeterías ni restaurantes.

El caso es que reducir los cambios que los últimos años han traído para la Isla y su gente, a comprar un teléfono móvil o vender su auto (cosa que de momento muy pocos harán, ya sean negros o blancos) es trivializar mucho y con muy mala leche el montón de transformaciones justas casi todas y casi todas necesarias que el gobierno de Raúl ha implementado.

No sé, de verdad no sé, cuántos nuevos negocios de carácter privado son regenteados por negros, y quizá, no sé, tal vez es algo que Zurbano haya previamente estudiado. Pero tampoco sé cuántas de las hectáreas de tierras ociosas que han sido entregadas a particulares para hacerlas productivas, y que no menciona Zurbano, han ido a parar a negras manos. Tampoco creo que lo sepa Zurbano. Él se concentra por lo pronto en el tema de las casitas de alquiler y los pequeños restaurantes citadinos.

Al parecer, Zurbano acaba de descubrir con horror que, en los nacientes negocios particulares de la Isla, los negros tienen pocas oportunidades. Esto es, que en la mínima, estrechísima franja de capitalismo que descuella, los negros van en desventaja. O sea, generalizando, que en el capitalismo los negros son discriminados.

¡Felicidades Zurbano, has dado en el clavo! Tarde, pero vale tres.

Sinceramente, uno esperaba más. Del The New York Times y de Zurbano. Que encima, para decir lo suyo con ella o sin razón, no había que andarse refritando el verbo tan deslucido y añejo de nombrar a Fidel y a Raúl como "los Castro", ni como otros tantos, tan en balde y tan copiando, apostarlo todo, de nuevo, otra vez y otra vez, al final de los Castro.

The New York Times y los negros en Cuba

Por Heriberto Feraudy, La Jiribilla

En un artículo publicado recientemente por el diario estadounidense The New York Times se lee: "Para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado", afirmación que le atribuye al escritor cubano Roberto Zurbano.

Cinco imprescindibles aclaraciones:

La Revolución para los negros en Cuba comenzó el 10 de octubre de 1868 y el mayor triunfo ocurrió en enero de 1959. La victoria de enero fue sin lugar a duda, la victoria de todo el pueblo desposeído; donde la mayor representación estaba constituida por los históricamente olvidados: negros y mestizos. La Revolución Cubana no solo por definición es antirracista sino también por su práctica y esencia. Y esa verdad puede ser corroborada por los negros y mestizos cubanos, angolanos, jamaicanos, guyaneses, namibios y haitianos para nombrar solo algunos.

Habría que decir que los negros que ayudaron a la independencia fueron preteridos y discriminados, primero por los dos gobiernos de intervención yanqui, y luego por los de la República burguesa; que cuando quisieron hacer valer sus derechos, se les vino encima la masacre de los Independientes de Color, asunto que ahora se está tratando de poner en el orden del día de la instrucción de niños y también de adultos, desconocedores o mal informados.

Los cambios trascendentales para los negros cubanos no se han producido con las medidas económicas adoptadas recientemente por el Estado, sino hace más de 50 años con la política de justicia y de igualdad desarrollada por la Revolución.

¿Qué no ha sido suficiente? nadie aquí lo niega, comenzando por los máximos dirigentes del país. El modelo cubano de desarrollo no ha renunciado al objetivo de crecer con justicia y a tener en cuenta los problemas económicos y sociales de la población.

La Revolución les dio posibilidades a todos sin importar color, pero los bolsones de miseria que entonces tenía la sociedad cubana y que aún subsisten, incluyen a una buena cantidad de negros y mestizos.

Se comenzó una política de igualdad a partir de una gran desigualdad.

Que el gobierno no ha permitido que los prejuicios raciales sean debatidos o confrontados política o culturalmente como afirma el articulista.

Y qué han sido las verdaderas audiencias públicas, que a lo largo y ancho del país, se han estado efectuando y se desarrollan en cada una de las provincias, promovidas por la organización que agrupa a los intelectuales y artistas de Cuba, UNEAC, a través de su Comisión José Antonio Aponte, nombre del negro cubano que organizó y dirigió la primera insurrección contra la esclavitud y el régimen colonial español. Audiencias donde ha primado el debate para la búsqueda de soluciones definitivas teniendo en cuenta que además de un problema económico, se trata de un problema de moral, de civismo, de eticidad y al final, de cultura que la sociedad de ahora debe enfrentar y resolver, pero que no se logra de un día para otro ni con asumir determinadas leyes o albergar deseos favorables a lograrlo. Se trata de un mal, cuya solución corresponde no solo al Estado sino a la sociedad toda con acciones concretas.Para los cubanos, la Revolución comenzó hace más de 50 años y ha echado andar, solo nos falta perfeccionarla y por ese camino andamos, con todos los que quieran y para el bien de todos los que quieran.

Ahora, en el siglo XXI, habrá que preguntarse: ¿Cuántos negros y mestizos han sido graduados en las universidades de Cuba después del triunfo de la Revolución? ¿Cuántos negros y mestizos laboran en los polos y centros científicos del país? Cuántos negros y mestizos se han graduado como médicos y profesionales, una gran cantidad de ellos cooperando en solidaridad con países de todo el mundo. ¿Cuántos negros y mestizos formados por la Revolución han llenado de gloria a la Isla en el terreno del deporte y la cultura? ¿Cuántos negros y mestizos están representados en el órgano superior del Estado?

Sí, sin lugar a duda que cuando llegue el momento en que Raúl Castro abandone su oficina, podremos medir con justeza el legado de equidad que tanto él como su hermano, el Comandante Fidel Castro, legaron para el porvenir de nuestro país. Cuba será muy diferente, pues se habrán articulado una buena parte, si no todos, los cambios conceptuales y estructurales propuestos en aquellos debates donde cada quien según su capacidad expresó cómo quería que fuera la Cuba donde le gustaría vivir.

Podemos estar de acuerdo o no con algunas de las consideraciones atribuidas a Roberto Zurbano, pero ¿por qué The New York Times se preocupa ahora con la situación de los negros en Cuba? ¿A dónde se quiere llegar con estas aspiraciones?

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