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Pensamiento Crítico

El legado nefasto de Tatcher

Varios autores | Diario La Jornada, México. | 11 Abril 2013

Para quienes sufrieron o supieron de la obra y el pensamiento de la señora Margaret Tatcher, es imposible permanecer indiferente: sus víctimas la recuerdan con odio; sus beneficiarios, la aman. Una característica peculiar quizás la retrata con mayor exactitud: en una sociedad profundamente machista, Tatcher ha sido la única mujer que ha sido primera ministra en Gran Bretaña, pero sin embargo, ha sido enemiga de las feministas y de todos sus postulados. Aquí algunas opiniones sobre esta controversial política británica, fallecida el 8 de abril pasado.

La política de la convicción

Por Soledad Loaeza

El nombre de Margaret Thatcher estará para siempre asociado a la revolución conservadora más agresiva que tuvo lugar en Europa en el último tercio del siglo XX. Hubo violencia, como ocurre con todas las revoluciones, y aunque en este caso no fue física, bien puede palparse en la frialdad con que la primera ministra británica tomó decisiones como dejar morir de hambre a Bobby Sands, líder del Ejército Republicano Irlandés; negarse a negociar con el poderoso sindicato minero, que estuvo en huelga más de un año, o desmantelar el Estado benefactor que hasta entonces extendía un manto protector sobre la sociedad, y que era el orgullo de los británicos, el único que les quedaba una vez que el imperio desapareció. La rigidez de Thatcher quebró al ERI y al sindicato minero, pero fracasó estrepitosamente ante el Servicio Nacional de Salud, NHS, la joya del Estado benefactor.

Thatcher fue una revolucionaria que inauguró una fórmula, el thatcherismo, que se refiere más a un estilo –dice Hugo Young en The Guardian– que a una determinada política. Desde luego que era un estilo, con guantes y bolsa de mano de charol que en momentos de rabia blandía como si se tratara de un mazo medieval. Fenomenal era la fuerza con la que asestaba golpes de humillación sobre los miembros de su gabinete que descalificaba por tibios ( wet) cuando no compartían su radicalismo, y los descartaba sin mayores miramientos. Su afirmación de que cuando conocía a una persona, en 10 minutos se hacía de ella un juicio definitivo, la retrata de cuerpo entero. Era una política ruda y dura, que estaba movida por la convicción, y por eso mismo era intransigente y empecinada; así como era por completo indiferente a los costos sociales de sus decisiones, y tampoco le importaban mucho las divisiones que provocaba, las fracturas en la sociedad que inducían sus políticas en un régimen parlamentario cuya lógica es el reconocimiento de la existencia del interlocutor y el diálogo y la negociación.

No obstante, me atrevo a contradecir a Young porque creo que thatcherismo es más que un estilo, es una propuesta de reforma ultraliberal, y así ha sido entendida en muchos países, por ejemplo, en Polonia, donde existe una amplia corriente de opinión cuyas preferencias se orientan hacia el liberalismo individualista que cobró fuerza en el mundo en los años 80 del siglo pasado. Su lema podría ser la brutal sentencia de Thatcher: La sociedad no existe, sólo el individuo.

Para entender el fenómeno histórico llamado Margaret Thatcher hay que recordar que en 1979, el año en que llegó al poder, la red protectora del Estado benefactor que se había tejido desde 1945 con base en el consenso socialdemócrata de las fuerzas políticas, y que era él mismo fuente de consenso, se había desgastado hasta la miseria. Además, la economía británica llevaba varios años, por lo menos desde 1973, sumida en una severa crisis que mantenía a Gran Bretaña en el estancamiento. La comparación con el continente le era muy desfavorable, incluso en las difíciles condiciones en que estaban las economías occidentales después de la crisis de precios del petróleo del Medio Oriente. Peor todavía, los gobiernos laboristas se habían convertido en auténticos rehenes de los grandes sindicatos, que recurrían periódicamente a la huelga para obtener mejores salarios en una economía exhausta. La frecuente interrupción de los servicios públicos fue una de las razones de la caída del laborismo que abrió la puerta a la revolución thatcheriana.

Indiferente a las encuestas de popularidad y convencida de que estaba haciendo lo correcto, Thatcher puso en práctica una política de privatizaciones y liberalización económica cuyo propósito era impulsar la modernización a partir del libre juego de las fuerzas del mercado. Esta política era también una violenta ruptura con el consenso socialdemócrata del pasado, que sustituyó con el individualismo exacerbado de Ronald Reagan, su contemporáneo en el poder y aliado. Además de descartar los presupuestos que gobernaron la política económica del Estado benefactor, Thatcher desechó el principio de que el país se gobernaba con base en acuerdos entre las diferentes fuerzas políticas. Ella, en cambio, no le temía a las tormentas de la confrontación, que consideraba inevitables, y creía en la supremacía de objetivos inconmovibles frente al clima templado de la negociación. Thatcher mostró siempre un infinito desprecio por el consenso, en el que veía una fórmula escapista que desembocaba irremediablemente en el mínimo común denominador, y era, por lo tanto, un obstáculo para llegar a lo que ella consideraba soluciones óptimas.

El legado de Thatcher es fiel reflejo de la política de la ruptura: una sociedad dividida social y políticamente. Su política económica, los recortes al gasto público, la reducción de impuestos a los ricos, generaron condiciones de desigualdad social excepcionales para un país industrial. En 1979, los ingresos del 10 por ciento más rico de la población eran cinco veces mayores a los ingresos del 10 por ciento más pobre. Para 1997 esta diferencia había aumentado a 10 veces. Y, sin embargo, todos los políticos de todos los partidos le rinden hoy homenaje, empezando por Tony Blair. ¿Es la reverencia de la veleidad a la convicción? ¿O es nada más la admiración a una mujer que supo aferrarse al poder 11 años?

La Thatcher y el odio al sindicato

Por Adolfo Sánchez Rebolledo

Pues bien, debemos a la señora Margaret Thatcher, recién fallecida, el impulso a la gran oleada del antisindicalismo que aún llega a nuestras costas. ¿Cómo no pensar en la Dama de Hierro cuando se escucha a nuestros modernizadores liberales predicar la maldad intrínseca del sindicalismo, pedir la cabeza de cuantos en ellos se muevan y aplaudir la reforma laboral que reduce los derechos de los trabajadores? Se dirá con razón que nada de eso es nuevo y que la aversión hacia los sindicatos se remonta a los tiempos germinales de la sociedad industrial, capitalista; que ésta tampoco desaparece cuando se demuestra que los sindicatos pueden convertirse en palancas seguras del crecimiento económico, asegurando el estado de bienestar, pese a las deformaciones y corruptelas registradas en numerosos países. Al final, las élites no confiaban en ellos, los miraban por encima del hombro, como instituciones poderosas pero sin "clase" y, por tanto, indignas de compartir las mieles del éxito social y los dones del privilegio. Temían que la huelga, su arma más temida y peligrosa, cuestionara la propiedad privada, la libertad de los patrones para definir los límites de la democracia y, al final, los mecanismos de la reproducción del orden vigente. Por su parte, el Estado no vacilaba en reprimir "con la ley en la mano" a los inconformes que exigían nuevos "equilibrios" entre los "factores de la producción" elevando el tono de las protestas. Para contenerlas y enfilarlas a otros fines, en años de crisis, en algunos países se pretendió hacer del sindicato la columna vertebral de la nación, unida bajo el poder absoluto del Estado como un fascio que no admitía la lucha de clases. El régimen así creado no sobrevivió a sus impulsos agresivos, guerreristas, pero el corporativismo se adaptó a situaciones diversas, influyó en legislaciones lejanas y mantuvo en pie la idea de que el sindicato y el Estado son una realidad indisoluble. Pero esa era la prehistoria. Otros vientos soplarían.

Ahora que los obituarios ensalzan sin pudor la personalidad de la ex ministra, es imposible no recordar su guerra particular contra los mineros, convertida en hazaña emblemática de la gran revolución conservadora que estaba en curso. Fue ella quien le dio al impulso clasista de la derecha ese toque de fobia modernista que se puso de moda entre los intelectuales y profetas de la política económica cuya crisis ética y conceptual no es menor que el desastre social causado desde el fin de la década anterior. Thatcher y Reagan verbalizaron –y vulgarizaron– los preceptos arrogantes de grandes teóricos como Hayek, pero consiguieron un éxito trepidante al enfrentarse a todo lo que oliera a intereses colectivos y organizaciones para la protección y defensa de los mismos. Para el pensamiento neoliberal era un triunfo haber logrado que la protección social se redujera, como explica el profesor V. Navarro, "hasta tal punto que la mortalidad en la mayoría de sectores populares (tal como ha documentado extensamente Richard G. Wilkinson en su libro Unhealthy societies) creció durante su mandato, incluyendo las tasas de suicidio, homicidio y alcoholismo, apareciendo de nuevo un problema que había desaparecido: el hambre, en especial entre los niños, y muy en particular en las regiones más pobres, como Yorkshire, Escocia y el País de Gales (ver "The Iron Lady: the Margaret Thatcher movie we don’t need", de Laura Flanders, The Nation, 4/1/12).

El relanzamiento del capitalismo se envuelve, justamente, en "el odio al sindicato", en la precarización como símbolo del espíritu individualista concebido por encima de toda consideración de comunidad. Denunciar su carácter depredador no significa minimizar sus consecuencias. La revolución neoliberal es, como ha enfatizado Perry Anderson, un hecho histórico que transformó la forma de ser de la sociedad, que no puede exorcizarse si la crítica se conforma con mostrar sus "malas vibras".

Por contraste, quienes a finales de los años 70 predicaban la inminencia del derrumbe capitalista como resultado de la crisis general anunciada por los profetas del socialismo (el real y el otro), no sólo vieron caer junto con las ideas erróneas todas las instituciones, incluido el Estado, sino que, hundidas en el reflujo y la incertidumbre, aun tuvieron que padecer el aforismo desvergonzado que dice: "No hay alternativa" ( There is no alternative), como si las relaciones humanas estuvieran regidas por un principio tolomeico, inmutable. Pero el mundo se mueve. El gran movimiento de los indignados, que halló como referentes a humanistas de la talla del recién fallecido José Luis Sampedro, señaló las aspiraciones y el rumbo, pero requiere recorrer el camino que lleve a una nueva articulación entre política y movilización, entre la crítica al capitalismo y la puesta en marcha de mecanismos de representación que afirmen la democracia sin perder el norte de la igualdad. La apelación a la movilización es un recurso legítimo, pero suele enfrentar una correlación casi siempre desfavorable a las fuerzas populares, sobre todo cuando se trata de las demandas gremiales o específicas de una parte de la ciudadanía.

La tentación represiva está presente y aprovecha las debilidades de los intentos de quienes creen posible y deseable con una sola chispa incendiar la pradera. En ese contexto de crispación, preocupa el thatcherismo provocador de algunos grupos, entre ellos algunas cámaras patronales, que piden, en nombre de la sociedad entera, que el Estado ponga fin a actos de los líderes (corruptos) sin exigir a la vez que las organizaciones "liberadas" de sus impresentables dirigentes pasen a manos de los trabajadores para que ellos decidan lo que mejor les convenga dentro de la ley. En nombre de la libertad, la sumisión al individualismo, la clausura de los espacios públicos. La indignación contra La maestra, ahora recluida, se opacó ante la urgencia de depurar democráticamente al sindicato, como si la reforma educativa estuviera cumplida con la inscripción constitucional de los objetivos pactados y la defenestración de su máxima figura. ¿Eso es todo? ¿Es posible darle contenido a la Ley General de Educación que definirá el qué y el cómo sin escuchar las voces magisteriales y las de otros sectores que están interesados? ¿Hay alguna esperanza de que el diálogo evite la confrontación? ¿Por qué la autoridad en vez de proferir amenazas no hace pronunciamientos para disipar los temores de quienes desconfían de las trampas thatcherianas de los grupos de poder? Falta ver si el thatcherismo domina o si, por el contrario, del magisterio (que no sólo es la CNTE) y la sociedad mayoritaria surge el impulso renovador que, sin demagogia, haga de la educación de calidad el gran objetivo nacional.

Thatcher y Hayek: la sociedad no existe

Por Alejandro Nadal 

La historia política de la señora Margaret Thatcher es un relato sobre el origen ideológico del neoliberalismo. En los vericuetos de esa narrativa se encuentra el trabajo de Friedrich von Hayek, el economista austriaco que pretendió ser el gran rival de John Maynard Keynes y terminó siendo un vulgar propagandista del neoliberalismo. Hayek fue la gran fuente de inspiración de la señora Thatcher, llevándola por el sendero de la servidumbre frente al capitalismo salvaje.

En 1944 Hayek escribió su libro Camino de servidumbre. Es una catilinaria en contra de cualquier forma de intervención de un gobierno en la economía. A los dieciocho años Margaret Thatcher leyó el libro en Oxford y se quedó maravillada. El principal mensaje del libro es que cualquier modo de intervención estatal en la economía conlleva el germen del totalitarismo. Para Hayek la forma de injerencia más extrema sería la planificación, pero hasta intervenciones más tenues albergaban la semilla de la tiranía, ya fuera en su versión nazi-fascista o socialista-estalinista. Esto dejó una profunda huella en la conformación ideológica de la Thatcher.

Para cuando Hayek decide escribir su Camino ya había abandonado cualquier pretensión de participar en los debates serios de la teoría económica. Entre 1928 y 1936 había aspirado a ser el gran crítico de las ideas de Keynes. En 1931 fue invitado por Lionel Robbins para ocupar una cátedra en la London School of Economics con el fin de utilizarle como punta de lanza contra Keynes, pero el proyecto fracasó.

Hayek fue un autor clave de la llamada escuela austriaca cuya fe en las bondades del libre mercado es inquebrantable. Lo esencial, según Hayek, es que las economías capitalistas responden muy bien a una situación de desequilibrio. Los austriacos creen que una economía capitalista es capaz de recuperarse ella sola de una recesión o una crisis.

Sobra decir que la realidad económica en los años treinta no era el ambiente más propicio para este tipo de ideas. El análisis de Keynes sobre la inestabilidad intrínseca del capitalismo era más apropiado para explicar la Gran Depresión. Y cuando Keynes publica su Teoría general Hayek guardó silencio: literalmente no tenía nada que aventarle a la obra magna de Keynes. Mientras la figura de Hayek se eclipsaba, la reputación de su rival en Cambridge se agigantaba.

En 1944 Hayek publica su Camino de servidumbre y el paisaje empezó a cambiar. Los conservadores presentaron al autor como un sólido economista que ahora describía las implicaciones políticas de sus aportaciones teóricas. Hayek se vio impulsado al pináculo de su carrera. En 1974 recibió el premio Nobel y se consolidó su prestigio "académico". La ironía es que por esos años su teoría del capital y la producción había quedado hecha añicos debido a la crítica de Piero Sraffa.

Cuando la señora Thatcher se convierte en primera ministra, en 1979, Inglaterra se vio sacudida por la recesión. Su política económica se concentró en frenar la inflación: se incrementaron las tasas de interés y se redujo fuertemente el gasto público. La contracción de la demanda agregada hizo que la inflación cayera de 18 a 4 por ciento entre 1980 y 1986. Pero el costo fue altísimo: el desempleo nunca se recuperó a lo largo de la década de los ochenta, es decir, durante los gobiernos de la señora Thatcher, alcanzando la cifra de tres millones de personas.

Inspirada en Hayek, la Thatcher impulsó la oleada de privatizaciones más importante en la historia, transfiriendo a manos privadas todo tipo de empresas y servicios públicos a precios de risa. Como resultado de su desregulación bancaria la economía británica se convirtió en una especie de gigantesco paraíso fiscal. La manipulación mediática la presentó como una persona de fuertes convicciones, cuando simplemente fue una dócil sirviente del capital financiero.

En una entrevista la señora Thatcher afirmó: "La sociedad no existe. Sólo existen hombres y mujeres individuales". Este es el pensamiento de la escuela austriaca en su más pura expresión. Pero si no existe la sociedad, tampoco existen las clases sociales, y las categorías para pensarlas son simples quimeras inventadas por pensadores confundidos. El entramado que hoy llamamos sociedad es una simple madeja de relaciones bilaterales en las que los individuos entran en contacto unos con otros. En la época de la esclavitud, no había una clase de esclavos y otra de amos. Sólo había individuos viviendo y trabajando, conduciendo sus vidas de la mejor manera posible.

Quizás por "pensar" de esta manera la Thatcher simpatizó tanto con Hayek. En 1982 le escribió una carta diciéndole que admiraba los cambios económicos que había introducido Pinochet en Chile. Sin embargo, continuaba, algunos de los métodos utilizados no eran aceptables en el caso de Inglaterra. La implicación es clarísima: en Chile sí puede haber decenas de miles de muertos y torturados, en nuestra Inglaterra eso no es aceptable. No, creo que no la vamos a extrañar.

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