Pensamiento Crítico

«Me dicen: 'el más loco'»

Por Paul Medrano | Vice.com | 18 Junio 2013

Por si no es suficiente la violencia, la extorsión, el secuestro, el miedo y la hibridación cultural de un pueblo de por sí híbrido, el narco vuelve a sorprendernos, pero ahora lo hace con libros. Me dicen: "el más loco", de Nazario Moreno González, alias El Chayo, es un libro publicado post mortem que circula en ciudades y pueblos de la Costa Grande de Guerrero y Michoacán, sin que nadie, ni el Ejército, pueda detener su distribución. Además, se sabe que Moreno es autor de otras dos publicaciones que son lecturas obligadas para los miembros de La Familia, uno de ellos titulado Pensamientos y el otro, una especie de manual para sus correligionarios. Ninguno de esos dos tiene la popularidad de Me dicen: "el más loco".

(Nota del Editor: Nazario Moreno González, también conocido como El Más Loco, El Chayo o El doctor, (8 de marzo de 1970 – 9 de diciembre de 2010) fue un narcotraficante mexicano líder del cártel de droga, "La Familia", con sede en el estado de Michoacán. Moreno falleció al ser abatido en Michoacán el 9 de diciembre de 2010, durante un tiroteo al enfrentarse a las fuerzas de seguridad. El tiroteo duró alrededor de dos días cuando hombres de "La Familia" armados atacaron a la Policía Federal en la ciudad de Apatzingán y usando vehículos como barricadas que luego fueron quemados, que rodearon a la capital de Morelia en un intento de evitar que la Policía Federal pudiera recibir refuerzos. Más datos al final de este artículo).

En la breve historia humana, son pocos los libros que se han prohibido. Controversiales ha habido por racimos, pero llegar al extremo de recogerlos, son casos poco frecuentes. La metamorfosis, de Franz Kafka, fue prohibida en los regímenes nazi y soviético. Mientras que La naranja mecánica, de Antony Burgess, tiene un largo historial como libro vedado en Estados Unidos. La queja recurrente era el lenguaje inapropiado. A su vez, Lolita, de Nabokov, fue prohibida en Francia e Inglaterra, por considerarla pornográfica.

En México han existido libros censurados en algunos círculos, ya sea por su contenido insurrecto o por afectar intereses. En Guerrero el escenario es variado: el libro hasta ahora inédito Los papeles de la sedición y la verdadera historia político militar del Partido de los Pobres, de Francisco Fierro Loza, permanece sin ver la luz, pues Fierro Loza fue lugarteniente de Lucio Cabañas y todo lo que huela a guerrilla tiende a ser vetado. En 2006 y en otras circunstancias, la novela Fisuras en el continente literario, de Federico Vite, fue censurada por escritores cercanos a Octavio Paz que se sintieron ofendidos el tratamiento que Vite le dio al Nobel.

Sin embargo, ni en Guerrero ni en México, un libro había sido decomisado por el Ejército o corporaciones policiacas, como ocurre con Me dicen: "el más loco". Cualquier ciudadano que sea visto con este libro será detenido, interrogado y la publicación les será confiscada. Algunos, incluso, han sido arrestados, como ocurrió con dos menores de edad el pasado 5 de junio, cuando fueron sorprendidos por marinos mientras repartían ejemplares en Zihuatanejo. El argumento de las fuerzas castrenses es que el texto "posee contenido subversivo".

Mientras son peras o manzanas, nadie puede negar la efectiva distribución de este material: en lugares masivos como parques o estaciones de transporte público, suelen dejar ejemplares para que la gente lo tome; en ciudades y pueblos de la Costa Grande el libro es repartido a diestra y siniestra. Me dicen: "el más loco" es tema de conversación entre la gente, quizá por lo prohibido y también, porque el narco es un asunto frecuente y además, preocupante.

¿De qué trata Me dicen: 'el más loco'?

Este libro es, según sus primeras páginas, "el diario de un idealista". Nazario Moreno lo escribió durante algunos años de su vida que permaneció oculto en la sierra michoacana. Si bien no tiene el formato de diario, sino de anecdotario, Moreno da cuenta de lo que fue su niñez, su adolescencia, juventud, la etapa adulta. Su muerte, ocurrida el 9 de diciembre de 2010, es contada por sus colaboradores en un epílogo que incluye las versiones de varias personas que lo conocieron. No obstante, las paradojas se dejan ver desde las primeras páginas, cuando narra sus primeros años de vida, allá en su natal Guanajuatillo, Michoacán. Cuenta Moreno que proviene de una familia numerosa y pobre. Que sólo comía frijoles y tortilla. Sin embargo, párrafos más adelante, cuenta que su madre fue a comprar un burro y uno se pregunta, cómo si eran tan pobres, tenían dinero para comprar una bestia. Sin embargo, puede que este tipo de costuras en su edición, sean errores de revisión o de percepción del propio autor.

Lo que sí constituye un misterio es por qué Nazario Moreno niega que la Familia Michoacana sea un cártel. Para El Chayo, el gobierno de Felipe Calderón arremete contra él porque está contra su proyecto de ayudar a la gente. Según Moreno, luego de reunir una modesta fortuna con la venta de automóviles ("vendí millones", afirma) y tras pasar por problemas con el alcohol, se rehabilita, para iniciar con una gran cruzada de rehabilitación en favor de miles de michoacanos. Afirma que de su bolsa, pagó conferencias a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Miguel Ángel Cornejo y Alex Day. Y es esta labor la que frena el gobierno al acusarlo de narcotraficante y ponerlo en la lista de los más buscados.

Porque eso sí, Nazario Moreno nunca menciona que la Familia se dedique al narcotráfico. Siempre afirma que hacen labor social, que le hacen justicia al pueblo, que hay voluntarios que aportan dinero, que también les regalan armas para pelear con sus enemigos. Pero nunca dice que se dediquen a negocios ilícitos. "La delincuencia no es nuestra meta", dice.

Y uno se pregunta por qué no reconocer algo tan obvio como un cártel. Cómo creer que toda la infraestructura detrás de la Familia proviene de la venta de autos y demás negocios que, según El Chayo, eran lícitos. Cómo no reconocer a la Familia como cártel, cuando se le ha visto funcionando como tal, en pueblos y ciudades del sureste de la república mexicana.

Ahora bien, hay páginas en las que el autor pudo haber dado más datos para hacer verosímiles sus afirmaciones. Por ejemplo, en la página 73 dice que el 20 de enero de 2008 buscó reunirse con Felipe Calderón y con Genaro García Luna, para hacer un pacto: que lo dejaran acabar con los Zetas en Michoacán. Sin embargo, según Moreno, el presidente no sólo no cumplió el pacto, sino que los traicionó, y por medio de Luis Cárdenas Palomino, emboscó a dos de sus lugartenientes. Y advierte: "El gobierno debe saber que el poder sin justicia sólo genera violencia".

También acusa al gobierno federal, a la policía federal, a los Zetas y a los medios de comunicación, de desprestigiar su imagen y presentarlo como narcotraficante, cuando sólo buscaba el bien para sus semejantes, inspirado en Francisco Villa, Emiliano Zapata, el Che Guevara y Lucio Cabañas. No obstante, El Chayo no revela más datos que los aquí mencionados, que pudieron darle credibilidad: hora, lugar, quiénes estuvieron y cómo se logró ese pacto. Porque una afirmación de ese calibre, sin sustento, se convierte en suposiciones.

De todo lo que menciona sobre la Familia, algo que sí pasa al terreno de los hechos, es lo relativo al cuidado de la naturaleza y la protección de especies en peligro de extinción. En pueblos y rancherías de la Costa Grande y la Tierra Caliente, discípulos del Chayo prohíben a los pobladores vender especies como iguana, camarón de río, armadillo, venado, jabalí o aves exóticas. La advertencia es: "pueden cazar para comer, pero no para vender. Quien lo haga, se las verá con nosotros".

Hasta hace unos años, la Costa Grande de Guerrero era una "maravillosa región / dulce y fuerte como tuba / florecida de pasión", como la definiera Agustín Ramírez, tío del ondero José Agustín. Playas virginales, comidas exóticas y sitios que lo mismo cautivaron a viajeros nacionales, que a extranjeros. Desde Tecpan hasta Zihuatanejo, la variedad de sus paisajes raya en lo fantástico. Gentes como Cortázar o Hemingway disfrutaron de este sitio exótico, ahora convertido en músculo turístico.

Pero llegó el día, llegó el maldito día en que los narcos salieron a escena, como en muchas ciudades del país. Durante mayo y junio, varias escuelas de la Costa Grande de Guerrero vivieron una situación peculiar: hombres armados, con chalecos antibalas y encapuchados, entraron en la oficina del director y le avisaron que pasarían a dejar un material a los niños. Como los titulares no dudaron en que se trataba de narcotraficantes, no opusieron resistencia. Cuando los hombres se retiraron, profesores y directivos se percataron que a cada alumno le habían dado varios ejemplares de este libro. Me dicen: "el más loco" circula sin ningún problema entre los estudiantes.

Hasta ahora, la manera más segura de conseguirlo es en una escuela. Quien esto escribe lo obtuvo de un niño de tercer año de primaria. Juan N, conductor de un vehículo del servicio de transporte público de Zihuatanejo, indicó que al finalizar el día se dio cuenta que había una caja olvidada en uno de los asientos. La caja estaba abierta y cuando la revisó, encontró decenas de ejemplares de Me dicen: "el más loco". Juan ya sabía algo del libro y como no se quiso meter en líos, los dejó en la calle. "Cuando se lo platiqué a mis compañeros choferes, me di cuenta que a varios les habían dejado cajas de libros en sus vehículos. Creemos que los dejaron ahí para que la gente los agarrara".

No por nada Me dicen: "el más loco" es, quizá, el libro más leído en esta región. Profesionistas, obreros o amas de casa lo han leído. A pesar del riesgo que corre cualquier persona a quien se le encuentre el libro, algunos han optado por forrarlo para ocultar su portada, y así, prestarlo a amigos y familiares. Entre la población, a este ejemplar se le conoce como el libro rojo o el narcolibro.

Cierto o no, su contenido es irrelevante, comparado con la manera en que se publica, se distribuye y se lee. Y en contrapartida, es objeto de la violación al artículo 7º de la Constitución, relativo a la libertad de imprenta. La prohibición ha divinizado Me dicen: "el más loco" para enojo de las autoridades. El veto ha disparado el morbo por leerlo, tenerlo y saber que es "contra la ley". Mientras tanto, a los lectores serios nos queda la incertidumbre de saber si la siguiente invasión del narcotráfico será en folletos, libros o hasta ebooks.

Ojalá estemos equivocados.

La pura puntita

Capítulo 3

Éste es un capítulo del mítico libro escrito por Nazario Moreno González "El Chayo", quien fuera fundador y máximo líder de La Familia Michoacana, y cuya publicación y distribución está actualmente prohibida por el ejército mexicano.

La ranchería en donde nací, crecí y siempre vuelvo, se llama Guanajuatillo, del municipio de Apatzingán, Michoacán. Soy como un árbol con raíces profundas que lo tienen sujetado al suelo en donde por azares del destino nació y de dónde nunca puede irse.

Mi familia, como muchas de aquellos tiempos, era numerosa. Éramos 12 hermanos entre hombres y mujeres. Como dicen en plan de broma, "no había televisión".

Mi madre, en su afán de hacer de nosotros sus hijos, gente de bien, no atinó más que a corregirnos a base de férrea disciplina, haciéndonos desdichados en nuestra niñez; pues fue tanta su severidad que le temíamos, al grado que le pusimos por sobrenombre La Pegalona. Sufrimos su energía todos los hijos por igual, hombres y mujeres. Ella no se daba cuenta, por lo menos en mi caso, que al aplicarme su dura disciplina existía una contradicción, pues me pegaba por peleonero, pero al mismo tiempo me amenazaba con castigarme si me dejaba de otros muchachos. Yo no sabía qué hacer. Mi forma de ser era confusa y zigzagueante. A veces actuaba de una manera, a veces de otra. No sabía a qué atenerme.

Insisto en poner en relieve la vida de mi niñez dentro de mi familia, porque creo que esa situación fue el cimiento de mi forma de actuar en el futuro. Trabajo y cintarazos era lo rutinario. ¿Qué se podía esperar de un niño tratado de esa manera?

Nunca fui a una escuela, por la sencilla razón de que la que había en mi rancho nunca tenía profesor, como sucedía en muchas del medio rural. Crecí prácticamente salvaje. A leer y escribir aprendí yo solo cuando tenía más de diez años por pura curiosidad para leer las revistas de Kalimán y otras de moda.

En una ocasión, en que se habían agudizado las carencias, tenía yo unos ocho años, me quise comer un huevo de gallina, pero antes de hacerle un agujerito a la cáscara del huevo para succionarlo, fui descubierto por mi hermana mayor, Lupita, que impidió que yo llevara a cabo mi intención. Me dio tanto coraje, pues yo pensaba en mi mente infantil que con el huevo me iba a poner bien fuerte para poder pelear más bien, que opté por sacarles un susto; para el efecto me metí al chapil o troje donde se guardaba el maíz que la familia consumía durante el año, hasta que las nuevas cosechas que volvía a llenarse.

Total, que me metí entre las mazorcas de maíz y ahí permanecí desde aproximadamente la una de la tarde hasta las doce de la noche. Desde mi escondite escuchaba los gritos de mis hermanos llamándome, pero yo no contestaba. Pasó el tiempo y creció la alarma. Mis hermanas y hermanos con el pendiente reflejado en sus gritos, me buscaron, primero por el monte cerca de la casa y después en parcelas alejadas. Como no me encontraban entraron en pánico y pidieron ayuda a los vecinos, mismos que se unieron a la búsqueda hasta ya entrada la noche. Yo sentía que estaba castigando a mi hermana Lupita, pero el castigado fui yo, pues como a las doce de la noche que salí de mi agujero, y se dieron cuenta de que me había escondido a propósito, mis hermanos mayores, asustados e indignados, me pusieron una chinga que se me figuró más de 200 azotes, para que no volviera a andar haciéndome pendejo. Y efectivamente, no volví a hacer ese tipo de travesuras o si se quiere decir más correctamente, de pendejadas.

En aquella época, en la ranchería no había electricidad, mucho menos televisión, por lo que solamente funcionaba un viejo y destartalado radiecito de pilas que se oía todo ronco, pero mi hermano mayor Canchola y yo no nos perdíamos la serie de radionovelas Kalimán y Porfirio Cadenas, pensando que todo lo que decían era cierto, haciendo hondo impacto en mi conciencia ya que siempre tuve una marcada inclinación al idealismo, dándole rienda suelta a mi imaginación.

Eran famosas las palabras de Kalimán de que lo más poderoso era "la paciencia y la mente humana", y para el efecto, yo practicaba con los animales. Cuando se me acercaba una gallina, me le quedaba viendo fijamente y le ordenaba mentalmente: "Pon un huevo". Claro que la gallina no me hacía caso, pero yo lo atribuía a mi falta de práctica y seguía con mis experimentos con otros animales. El único que me hacía caso, o era tal inteligente que me seguía la corriente, era mi burro; me le acercaba a unos tres o cuatro metros y le ordenaba mentalmente que se me acercara y de inmediato me obedecía por la fuerza de mi mente o por interés. Lo que sí pude comprobar, en repetidas ocasiones, es que por más poderosa que sea la mente, los puercos son más rebeldes y desobedientes, al grado que llegué a convencerme que ni al mismísimo Kalimán en persona le harían caso. Ésa fue la razón de que en lugar de ordenarles algo con la mente, los hacía obedecer a mentadas de madre y varazos. Según mis experimentos, saqué por conclusión que los que más se sugestionaban con mi mente eran los perros, las vacas, los caballos y algo, muy poquito, los chivos. Esos eran mis pasatiempos infantiles en mi rancho, y creía yo, era la forma de superarme para llegar a ser como Kalimán y poder hacer el bien a la humanidad.

De todas maneras, he de decir que no sé si por esos experimentos infantiles, o por algo natural, ahora de grande siento tener algo extraño en mí mismo que me hace comprender algunas cosas en los animales. En ciertas ocasiones me adelanto a lo que van a hacer, o mejor dicho, de antemano sé qué es lo que van a hacer en los siguientes segundos. No me explico ese fenómenos, pero así es...

Igualmente, influyeron poderosamente en nuestra ingenuidad los actos valerosos y humanitarios que realizaba el personaje de la radionovela Porfirio Cadenas, héroe de mil enfrentamientos y justiciero por vocación, que desafiaba y castigaba a los poderosos que abusaban del pueblo, quitándoles riqueza para repartirla entre los pobres. Esos actos, que consideraba heroicos, eran los que yo quería imitar cuando estuviera grande.

Ahí nació en nuestras pequeñas e incultas mentes infantiles la idea de que algún día nosotros seríamos héroes como los personajes del radio. Yo y mi hermano soñábamos en ser grandes personajes y ayudar, defender y buscar el bien del pueblo, especialmente haciendo justicia a los pobres, castigando a los enemigos de la humanidad.

Para irnos entrenando jugábamos luchas, hacíamos ejercicio y jugábamos a las guerritas. Cada uno de nosotros cortábamos de algún árbol una rama de donde pudiéramos hacer una tosca imitación de una pistola o un rifle, y por ahí andábamos con nuestra grita y haciendo con la boca como si estuviéramos tirando balazos. Nos escondíamos en la maleza o en las rocas y tratábamos de sorprendernos uno al otro, y cuando alguien lograba disparar antes, el otro caía redondito al suelo haciéndose el muerto, pero todavía así tirando balazos. Cuando él me alegaba que me había matado antes, yo le replicaba que solamente me había herido y que todavía tenía alientos para "hacer mi deber". Yo salía ganando porque no me podía demostrar lo contrario. Pero también él me jugaba chueco, pues cuando yo veía clarito que le había dado un balazo en medio pecho, él decía que solamente había sido un rozón. Así, empatábamos la alegata y cada uno se retiraba a esconderse de nuevo; él cojeando y yo dando traspiés, como si de veras estuviéramos heridos.

Mi hermano Canchola, en realidad era mi medio hermano y su verdadero nombre era Arnoldo Mancilla González. Me llevaba siete años, aunque esta diferencia de edades no impedía que simpatizáramos con las mismas cosas y congeniáramos tan bien que nos protegíamos mutuamente cuando hacíamos alguna maldad infantil. Especialmente de mi madre, que con su mirada penetrante e inquisidora, siempre estaba vigilando, buscando el mínimo motivo para darnos un buen escarmiento, según decía.

Éramos cómplices en todo y compañeros de aventuras e ilusiones. Como el trato con mi padre era casi nulo, adopté a mi hermano como figura paterna, y cada uno tomamos nuestro rol tan bien, que como dicen los labradores de la tierra "no rosábamos la coyunda".

Soñábamos despiertos imaginando que cuando creciéramos íbamos a ser hombres exitosos, con dinero suficiente para sacar de la situación deprimente en que estaba la familia. Especialmente nos preocupaba la suerte que correrían las hermanas, que a pesar de ser bonitas y de buenos sentimientos, en ese lugar no había ningún futuro beneficioso para ellas.

Cerca había una ranchería grande llamada El Rufino, en donde se congregaba la gente de los alrededores durante los festejos de la navidad, pues ahí se organizaba una kermés y un baile amenizado con un desabrido tocadiscos. Vivía ahí una familia muy respetada, porque tenían dinero y casi todos andaban con sus pistolas fajadas en la cintura, apellidados Juárez Chiprés. Uno de ellos, un poco mayor que yo, quiso pasarse de bravo y me la quiso hacer de valiente. A éste le apodaban El Tillín. Nos quiso correr dizque porque no éramos de ahí y le salí respondón, pues le dije que la calle ni la fiesta eran de su propiedad. Esa contestación la tomó como agravio y azuzado por sus amigos se me abalanzó con la intención de darme una lección, "para que aprendas a respetarme, pinche indio de la sierra". Yo alcancé a contestarle, "pues éntrale, pinche dientón". Como haya sido, nos liamos en una pelea tan violenta y feroz que pronto los dos empezamos a sangrar de boca y nariz. Al ver la sangrienta pelea la muchachada nos hizo rueda y durante más de diez minutos nos dimos golpes con furia y resentimiento. Yo tengo la ventaja de que cuando peleo ni los golpes siento, por lo que me dejo ir a lo loco. De pronto logré darle un tremendo puñetazo en la quijada, y cayó al suelo hecho un guiñapo. Yo también recibí lo mío, pues mi contrincante era buen y fuerte, pero pudo más mi habilidad, entrenamiento y ejercicio que practicaba con mi hermano que los atributos de mi enemigo. De ahí para adelante "santo remedio", ya nadie quería pelear conmigo, pues ya sabían a lo que le iban tirando.

Desde ese tiempo tuve fama y respeto en las rancherías cercanas, pues decían que "estaba estudiando defensa personal por correspondencia" cuando yo no sabía ni leer. Pero a mí me convenía, pues me temían y no había nadie que me echara "brava". Así se forjó mi carácter, entre el trabajo, las hambres, los tablazos de mi madre, los golpes en los pleitos, mis sueños de progreso y mis amarguras de impotencia.

Otros datos de Nazario Moreno

El capo del cártel 'La Familia' Nazario Moreno, que según el gobierno murió en choques con la policía en el oeste de México, el 9 de diciembre de 2010, se había erigido como dueño de una "justicia divina" con la que justificaba la crueldad de sus sicarios, a los que ordenaba abstenerse de vicios. Conocido con el apodo de 'El Chayo', Moreno era uno de los fundadores de La Familia.

De 40 años, había utilizado también el sobrenombre de "El más loco" para firmar "El evangelio de La Familia", un manual que distribuyó entre sus sicarios y en el que además de aconsejarlos paternalmente, les prohibía el uso de drogas o alcohol.

De acuerdo a información de las autoridades mexicanas, este hombre fungía como "El Mesías" del grupo criminal y está identificado como autor intelectual de buen número de homicidios.

La muerte de Moreno se habría producido cerca de Apatzingán, su ciudad natal de donde salió en los años 90 rumbo a Estados Unidos. Allí se involucró con el tráfico de marihuana desde el estado mexicano de Tamaulipas (noreste) a la ciudad texana de McAllen, según Gabriel Regino, director del Centro de Estudios para la Seguridad y la Justicia.

Moreno es "responsable de venta y trasiego de droga tanto en varios estados de la República como en Estados Unidos. Se le atribuye la autoría intelectual de levantones (secuestros) y homicidios", según la fiscalía mexicana, que ofrecía por el una recompensa de 2,4 millones de dólares.

En Tamaulipas, el capo se vinculó con el Cártel del Golfo, cuyo brazo armado eran entonces 'Los Zetas', una agrupación creada por ex militares de élite que desertaron para sumarse al narcotráfico.

Instructores para matar

Al regresar en 2006 a Michoacán forma 'La Familia' junto a José de Jesús Méndez (alias "El Chango") y Servando Gómez Martínez ("La Tuta"), y consigue que Los Zetas le envíen instructores para adiestrar a sus pistoleros.

Pero la decisión de algunos de estos de afincarse en Michoacán creó una rivalidad entre ambos grupos y disparó los homicidios, extorsiones y secuestros, en la región.

La Familia, caracterizada por su misticismo, se dio a conocer a través de anuncios pagados en diarios locales como una organización creada para proteger a los michoacanos, pero también por la saña utilizada con sus víctimas.

En octubre de 2006 arrojaron las cabezas de cinco de sus víctimas en una pista de baile, acompañadas de un mensaje que aclaraba que La Familia no mata a mujeres o a niños: "Solo muere quien debe morir. Sépanlo toda la gente; esto es justicia divina".

Sus 'valores'

La "justicia divina" y la solidaridad era usada por Moreno para motivar a sus sicarios. "Si algún día quieres contar con alguien, ven corriendo a mi que tal vez yo te pueda escuchar, mi amigo", escribió en su evangelio para sicarios.

Con la llegada al poder en diciembre de 2006 del presidente Felipe Calderón, oriundo de Michoacán, ese estado se convirtió en el primero donde se desplegaron tropas militares y de la policía federal, a las que el mandatario confió su ofensiva antinarcos.

En vez de amedrentarse, La Familia arreció sus ataques e incluyó a los federales entre sus víctimas. En julio de 2009, 12 de ellos fueron torturados y luego asesinados en una carretera. En junio pasado los hombres de 'El Chayo' atacaron otro convoy policial dando muerte a diez uniformados.