Pensamiento Crítico

Del Polo Norte y otras disquisiciones

None | 12 Febrero 2006

Polo Norte

Por Adrián Paenza, diario Página/12 Buenos Aires

Quiero plantear un problema muy interesante. Estoy seguro de que hay mucha gente que escuchó hablar de él y supone (con razón por cierto) que puede dar una respuesta inmediata. Con todo, aun para ese grupo de personas, les pido que sigan leyendo porque se van a sorprender descubriendo que, además de la solución "clásica", hay muchas otras que seguramente no "pensaron" antes. Y para quienes leen el problema por primera vez, creo que van a disfrutarlo un rato. Aquí va.

Para empezar, voy a suponer que la Tierra es una esfera perfecta, lo cual –obviamente– no es cierto, pero a los efectos de este problema, pensaremos que sí.

La pregunta, entonces, es la siguiente: "¿Existe algún punto de la Tierra en el cual uno se pueda parar, caminar un kilómetro hacia el sur, otro kilómetro hacia el este y luego un kilómetro hacia el norte y volver al lugar original?"

Si usted nunca escuchó este planteo antes, parece imposible, pero dedicándole un rato, créame que sale.

Por las dudas, como yo voy a escribir la respuesta en el párrafo siguiente, si nunca lo pensó antes, este es el momento de no leer lo que sigue más abajo. Gracias. Vuelva cuando quiera, que hay más.

Para todos aquellos que sí habían escuchado hablar de este problema, la solución les parece inmediata. Basta con colocarse en el Polo Norte, caminar un kilómetro hacia alguna parte (forzosamente eso es hacia el sur), luego caminar un kilómetro hacia el este (lo cual lo hace caminar por un paralelo al Ecuador) y luego, al caminar hacia el norte otra vez, uno recorre un trozo de meridiano y termina nuevamente en el Polo Norte, que es donde había empezado.

Hasta aquí, nada nuevo. Lo que sí me parece novedoso es que esta respuesta, que parece única, en realidad, no lo es. Peor aún: hay infinitas soluciones. ¿Se anima a pensar ahora por qué?

Como siempre, le sugiero que no avance si no pensó solo, porque la gracia de todo esto reside en disfrutar uno de tener un problema. Si la idea se reduce a leer el problema y la solución, en su conjunto, es como ir a ver una película de suspenso pero con las luces encendidas, conociendo al asesino, o viéndola por segunda vez. ¿Qué gracia tiene?

Por eso, lo invito a que piense por su lado. Si luego de un tiempo, no se le ocurre, entonces sí, vuelva que lo espero en el párrafo siguiente.

Voy a mostrar primero, cómo se pueden encontrar nuevos puntos de la Tierra desde donde empezar.

Pero antes, me quiero poner de acuerdo con usted en algunos nombres.

Si la Tierra es una esfera perfecta, entonces, cada círculo que uno pueda dibujar sobre ella que pase simultáneamente por el Polo Norte y el Polo Sur, se llama círculo máximo. Hay entonces, infinitos círculos máximos. Pero, no son los únicos. Es decir, hay otros círculos que se pueden dibujar sobre la superficie de la Tierra, que son máximos, pero que no pasan ni por el Polo Norte ni por el Sur. ¿Se anima a pensarlos?

Como ejemplo, piense en el Ecuador.

Mejor aún: imagine que tiene una pelota de fútbol. Uno podría identificar un Polo Sur y un Polo Norte en la pelota, y dibujar allí círculos máximos.

Pero, al mismo tiempo, uno puede girar la pelota y fabricarse un nuevo Polo Norte y un nuevo Polo Sur y por lo tanto puede graficar otros círculos máximos.

O, de otra forma, uno puede pensar en una pelotita de tenis y en gomitas elásticas. Uno advierte que tiene muchas maneras de enrollar la gomita alrededor de la pelotita. Cada vez que la gomita le da una vuelta entera a la pelota (o a la Tierra), ese recorrido es un círculo máximo. Creo que se entiende. Si no, hágase de tiempo y piense lo que está escrito más arriba, pero con sus propias ideas.

Ahora, hacemos así. Párese en el Polo Sur. A medida que uno empieza a ir hacia el norte, los paralelos (al Ecuador) son cada vez de mayor longitud. Obviamente, el Ecuador mismo es el más largo.

Con todo, como usted está parado ahora en el Polo Sur camine hacia el norte, hasta llegar a un paralelo que mida un kilómetro. Es decir, de manera tal que si usted diera una vuelta a la Tierra caminando por encima de ese paralelo habrá recorrido en total un kilómetro.

Ahora bien. Desde este paralelo, desde cualquier punto de ese paralelo, camine un kilómetro hacia el norte, por un círculo máximo, claro. Pare allí. Ese es el punto que buscamos.

¿Por qué? Comprobémoslo. Si uno empieza allí, hace un kilómetro hacia el sur, cae en algún punto del paralelo que medía un kilómetro al dar toda la vuelta. Por lo tanto, cuando usted tenga que caminar un kilómetro hacia el este, lo que habrá hecho es haber dado una vuelta completa y caer en el mismo lugar. Luego, desde allí, cuando vuelve a caminar hacia el norte un kilómetro, aparece en el lugar de partida.

Lo que demuestra esto es que hay infinitas soluciones al problema original.

Y esto no es todo. Se pueden encontrar muchos más, infinitos puntos más. Para eso, les propongo un camino para que desarrollen ustedes: piensen que en la solución que di recién había que encontrar un paralelo que midiera un kilómetro de longitud. Esto permitía que cuando uno caminaba hacia el este un kilómetro, terminaba dando una vuelta entera y quedaba en el mismo lugar.

Bueno, ¿y qué pasaría si, saliendo del Polo Sur, en lugar de haber encontrado un paralelo que midiera un kilómetro encontramos un paralelo que mida medio kilómetro?

La respuesta es que, haciendo lo mismo que en el caso anterior, al caer en ese paralelo y caminar un kilómetro uno terminaría dando dos vueltas alrededor de la Tierra y volvería al punto inicial.

Y como ustedes imaginan, este proceso puede seguirse indefinidamente.

Moraleja: un problema que parecía tener una sola solución tiene en realidad infinitas. Y aunque parezca que no, esto es hacer matemática también.

«La historia antigua no es superflua»
El egiptólogo argentino Marcelo Campagno explica cómo nació el estado

El Estado nació en Egipto, cuando ante el progresivo aumento de la sequía en el Sahara las tribus nómades empezaron a emigrar hacia las orillas del Nilo y a armar allí los reinos que rematarían en un gran imperio. Todo esto ocurrió hace muchísimo tiempo, y la arqueología y la reflexión lo sacan a la luz.

Por Leonardo Moledo, diario Página/12, Buenos Aires

–Bueno, por qué no me cuenta qué hace de su vida.

–Soy doctor en historia por la Universidad de Buenos Aires, secretario del Instituto de Historia Antigua Oriental de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet. Trabajo en la Cátedra de historia antigua 1 de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

–¿Qué hace un egiptólogo en la Argentina?

–La palabra egiptólogo suena a algo raro y esotérico, pero dista mucho de ser eso. Es un tipo que piensa en el pasado a partir de algunas formas especiales que se dieron en el pasado. A mí me interesa salir de esa idea de que la historia antigua es superflua. Se valora demasiado la historia argentina y se le resta importancia al resto. "Como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de estancias y no del universo", diría Borges. El universo no es sólo de los europeos sino nuestro también. Pensar en la historia antigua es una actividad intelectual interesante, y ése es el trabajo de un egiptólogo: pensar cómo funcionaba una sociedad distinta a la nuestra.

–Pero lo que yo decía es que el problema de la lejanía de la evidencia existe.

–Sí, eso es cierto. Incluso un arqueólogo egipcio, que trabaje en Egipto, conoce poco: su lugar y nada más, el resto debe verlo en la bibliografía. Entonces es una dificultad relativa. El punto es el siguiente: en Argentina no vamos a ser nunca los mejores arqueólogos egipcios, pero la batalla en el plano teórico, de interpretación y de las ideas se puede dar, y se puede dar bien. Las cosas que tenemos para decir los argentinos no son de segunda.

–Bueno, por qué no me cuenta cuál es su tema de investigación.

–Mi tema central de investigación es la aparición del Estado. Egipto y Mesopotamia son las dos regiones donde aparecen primero organizaciones sociales de tipo estatal.

–¿Y China?

–China es posterior.

–¿China es posterior?

–Sí, la aparición del Estado en China se da en torno al segundo milenio antes de Cristo, en cambio en Egipto es de finales del cuarto: entre el 3500 y el 3000 A. de. C. tenemos tanto en la Mesopotamia como en Egipto las primeras organizaciones estatales.

–¿Antes de eso qué había?

–Para el quinto milenio A. de C...

–Qué lejano suena eso...

–Y, sí. Tenemos comunidades que comienzan a hacerse sedentarias, que pasan de ser cazadoras y recolectoras a ser agrícolo–ganaderas: lo que se suelen llamar tribus.

–Ubiquemos un poquito: en el quinto milenio A. de C., o sea más de cinco mil años antes de nuestra era, la franja del Nilo era mucho más ancha que ahora. Hay una influencia tribus de adentro del Sahara que migraban por la sequía, o algo así. ¿Cómo es esa historia?

–Hasta el sexto milenio antes de Cristo la situación climática era bastante distinta a lo que es ahora. El actual desierto del Sahara no era tal, sino que era probablemente una especia de sabana, había muchos más animales, vegetación y población humana, la composición social era distinta. El Nilo, por supuesto, seguía siendo una zona verde que podía interactuar con todo el norte de Africa. A partir del sexto milenio empieza a haber un decrecimiento de la humedad; las zonas se empiezan a secar, y empieza a haber cierta concentración poblacional hacia el Nilo, ya que éste conserva todavía humedad, vegetación.

–¿En Egipto tenemos los dos reinos?

–La imagen tradicional supone esta idea de que hay un reino en el Sur, el del Alto Egipto y un reino en el Bajo Egipto, en el Norte, que entran en guerra y de la cual resulta que el sur conquista al norte, unificándose. En realidad desde hace muy poco tiempo esa teoría empezó a deshacerse, especialmente porque no hay en el norte, lo que sería el Bajo Egipto, evidencias arqueológicas que indiquen que hubo ahí algo similar a lo que se advierte arqueológicamente en el sur: no se encontraron enterramientos con grandes riquezas, ni santuarios funerarios. En los últimos años las posiciones teóricas afirman que debieron haber aparecido pequeños estados en el sur de Egipto que se habrían unificado entre sí y que luego habrían avanzado territorialmente hacia el norte. Lo importante es preguntarse qué significa lo estatal en el inicio.

–¿Y qué significa?

–Depende de la posición teórica de cada investigador. Si se parte de una posición marxista se busca un estado con características específicas, si la posición es weberiana se verán otras. Mi posición se basa en

lo que Weber llamaba "monopolio legítimo de la coerción". Esto significa que haya un sector reducido de la sociedad que tenga la capacidad de imponerle su voluntad al resto de la sociedad, pudiendo hacerlo porque dispone del monopolio de la fuerza.

–El Estado.

–Sí. En las sociedades no estatales puede haber un jefe, cierta diferenciación social, pero no existe el poder que otorga el monopolio legítimo de la fuerza. En términos antropológicos son sociedades de jefatura, sociedades donde mayormente existe una relación de parentesco y alguna figura de liderazgo. Por decirlo de algún modo, el jefe es el primero de la aldea, que se destaca por algo en particular y que puede llegar a lograr que su hijo lo suceda. Un buen ejemplo de tribus son las latinoamericanas, digamos las que vivían en el territorio argentino previo a la expansión del Estado y la conquista.

–Y exterminio.

–Sí. Fíjese que en esas tribus los líderes no disponen del monopolio legítimo de la coerción. Los jefes actúan de acuerdo a las tradiciones y a las normas que da el parentesco.

–Volviendo a Egipto.

–En la segunda mitad del cuarto milenio, del 3500 en adelante comienzan a extenderse los bienes de prestigio, bienes que provienen de otras regiones y que son demandados por los jefes para ostentar su resonancia social. Una idea un poco ilustrativa: cuando los españoles cambiaban plata por espejitos de colores, lo común es pensar que engañaban a los indios. Pero desde el punto de vista del indígena, los espejitos de colores eran más valiosos que el oro, porque el oro lo disponían en abundancia y los espejitos de colores eran como caídos de la luna. Para ellos era un símbolo de ostentación que los hacía distinto al resto. Estos bienes comienzan a aparecer en los entierros.

–En Egipto...

–... el más paradigmático de todos es el lapislázuli, la piedra azul, que las únicas minas de la antigüedad quedaban en Afganistán. No se supone que haya habido un comercio con Egipto. Y acá se pueden articular tres líneas de pensamiento que venimos manejando (la de los bienes de prestigio, de la guerra y la de la existencia de líderes). En torno de los bienes de prestigio hay algo interesante. Hay una demanda permanente, porque se entierran con uno. Entonces no hay mayores problemas, porque se van robando entre ellos y siempre hay demanda. Pero si pensamos que el resultado de las guerras va a ser una organización sociopolítica donde unos mandan y otros obedecen, entonces debemos concluir que en determinado momento se tuvo que haber generado otra cosa, que el simple robo recíproco.

–Entonces, la línea que usted maneja es la de la construcción de pequeños estados a través del intercambio de bienes de prestigio.

–Exacto, a través del intercambio y de la disputa. Hay excedentes a nivel de las sociedades de jefatura, pero es una producción que no genera necesariamente la aparición del monopolio de la producción porque se siguen rigiendo por lazos de parentesco que evitan que se le imponga una voluntad coercitiva. El Estado, cuando emerge, potencia la posibilidad de producción de excedentes. El ciclo de producción, antes, no intentaba producir grandes excedentes sino cumplir con las necesidades básicas de productores y jefes. Cuando ya están cumplidas, se detienen.

–Claro, porque son nómades. No necesitan excedente. Incluso el excedente es una molestia, algo más que transportar.

–No es requisito que sean nómades. Hasta las sociedades sedentarias detienen el ciclo de producción cuando están satisfechas las necesidades.

–¿Cómo es eso?

–No se sigue trabajando. En las sociedades no estatales no hay una lógica de maximización de las ganancias. Se trabajaba mucho menos que en la nuestra. Con cuatro o cinco horas diarias bastaba. Cuando aparece el Estado, entra en escena el tributo y la lógica cambia.

–¿Se dio en algún momento un tipo de Estado burgués?

–Sería un poco forzado interpretarlo como burguesía. Se puede interpretar que hay comercio, pero los mercaderes están vinculados con la esfera del palacio o de la institución estatal. El comercio extraestatal es de muy poca escala. Nunca son completamente independientes. El monopolio legítimo de la fuerza no es debido a la ley escrita, porque en Egipto no hay ley escrita. El concepto de legitimidad es distinto de la legalidad. Lo legítimo puede no ser legal y lo legal puede apartarse de lo legítimo.

–Bueno, ¿qué es lo legítimo en Egipto?

–Lo que es socialmente aceptado y no resistido permanentemente. Si no fuera aceptado sería un poder fáctico, algo así como "te parto la cabeza mientras tenga la posibilidad". En Egipto el rey era un dios, no un representante del dios sino un dios él mismo. Eso, por supuesto, legitima aún más las cosas. Entonces legitimidad es una combinación entre representaciones compartidas, procesos de legitimación del Estado y uso de la fuerza.

–¿Y la religión qué papel juega en todo esto?

–Paralelamente a estas líneas de investigación, se estudia cómo se advierte el mundo de los dioses egipcios en los relatos que hay sobre ellos. Horus y Seth son los dos grandes dioses que se pelean por la realeza en Egipto. Horus es halcón y rey, y Seth es su tío y el asesino de su padre, Osiris. La mitología de estos dos dioses resume la disputa por el poder. Si bien algunas veces se habla de guerras o de combate cuerpo a cuerpo entre los dioses, uno de los mitos se resuelve a nivel judicial. Se presentan ante un jurado de dioses egipcios (la Enéada) donde cada cual plantea sus argumentos de por qué tiene que ser rey. La Enéada favorece a Horus porque es el hijo de Osiris, lo cual demuestra que aun el parentesco es decisivo. Sin embargo, Seth rechaza los veredictos y propone hacer una competencia para demostrar quién es más fuerte. La Enéada lo acepta. Entonces inevitablemente surge preguntarse: ¿Qué clase de jurado es éste que no puede imponer un veredicto?

–Algo parecido seguramente a lo que pasaría en las sociedades no estatales.

–Claro, si uno ve etnográficamente cómo se resuelven conflictos en las sociedades no estatales pasa algo parecido. Como no hay Estado, como no hay alguien que pueda imponer el veredicto, hay que negociar. Y la negociación puede ser eterna porque no hay nadie que tenga la capacidad de decidir.

–¿Cómo se resuelve el relato entonces?

–Al final interviene el propio Osiris, que es el rey que ha sido asesinado, pero que como es un Dios ahora es el Dios de los muertos, y dice: "O le dan la realeza a mi hijo Horus, o les voy a mandar un mensajero que va a arrancar los corazones a los que no hacen lo que deben hacer". Y ahí cambia todo: la misma Enéada que hasta ese momento no podía imponer nada, manda a traer encadenado a Seth, le exige que acepte el veredicto, y él lo acepta sin inconvenientes. Hay un cambio de lógica: apareció el Estado.

Poder y cambio

Por José Luis Fiori, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es docente e investigador en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Traducción para www.sinpermiso.info: Alexandre Carrodeguas Revista SinPermiso

Al eliminar el papel del poder político en el proceso de globalización económica, la visión thatcherista de la historia –tácitamente aceptada por todos los liberales y por el grueso del marxismo vulgar— despolitiza las transformaciones recientes del capitalismo, y así, automáticamente, convierte todas las decisiones políticas de las grandes potencias y del poder político en general en un imperativo inapelable del capital. Y como consecuencia, todos los actos de sumisión de los gobiernos periféricos a los designios del mercado y del capital son considerados una manifestación de realismo y sensatez; y todos los actos de resistencia de los pueblos menos favorecidos son considerados señales de irresponsabilidad y populismo. Escribe para SinPermiso el politólogo y economista brasileño José Luis Fiori

SE ACOSTUMBRA atribuir a la primera ministra inglesa Margareth Thatcher una frase de los años 80, que se trasformó en el símbolo del final del siglo XX, inseparable de la "utopía de la globalización" : There is no alternative, "no hay alternativa". Hablando en plata: la globalización sería un fenómeno económico producido por los cambios tecnológicos y por la expansión de los mercados. Una trasformación material irresistible que impondría a todos los pueblos las mismas políticas económicas y las mismas reformas institucionales. Por lo demás, la globalización sería universal, inclusiva y convergente, y promovería una reducción pacifica y positiva de la soberanía de los estados nacionales. Una década después, en los años 90, la frase de la Sra. Thatcher se había transformado en un verdadero mantra, repetido a través del mundo por los políticos, intelectuales y gobiernos que adoptaron el programa común de las reformas políticas neoliberales.

Veinte años después de esa frase hecha célebre, Samuel Berger, asistente para asuntos de seguridad nacional de la presidencia de los EEUU, afirmó en un artículo publicado por la revista Foreign Affairs (diciembre de 2000) que "los principales acontecimientos mundiales de las ultimas décadas habían ocurrido a causa del uso del poder por parte de los Estados Unidos, y no por causa de alguna necesidad preestablecida e impuesta por la globalización". Una tesis radicalmente opuesta a la de la Sr Thatcher y de todos los liberales y marxistas que definen la globalización capitalista como la expansión genérica de los mercados o del "capital en general", sin la interferencia de las grandes potencias que consiguen imponer al resto del sistema mundial su poder soberano, su moneda, su "deuda pública" y su sistema de "tributación", como lastre de un sistema monetario internacional trasformado en el espacio privilegiado de expansión de su capital financiero nacional.

Ahora bien; esta divergencia en la lectura de los hechos y de la historia podría ser apenas una disputa académica, si no escondiese una ilusión de consecuencias harto más graves. Al eliminar el papel del poder político en el proceso de globalización económica, la visión thatcherista de la historia despolitiza las transformaciones recientes del capitalismo, y así, automáticamente, convierte todas las decisiones políticas de las grandes potencias y del poder político en general en un imperativo inapelable del capital. Y como consecuencia, todos los actos de sumisión de los gobiernos periféricos a los designios del mercado y del capital son considerados una manifestación de realismo y sensatez ; y todos los actos de resistencia de los pueblos menos favorecidos son considerados señales de irresponsabilidad y populismo.

En este inicio del siglo XXI, lo más asombroso, con todo, es encontrar este mismo conformismo en el extremo opuesto del espectro teórico ideológico: entre analistas y políticos que reconocen la importancia decisiva del poder político de los Estados Unidos para el éxito de la globalización financiera de las ultimas décadas, pero que no consiguen divisar espacios para los cambios o para gobiernos de izquierda, a menos que ocurra una crisis profunda del capitalismo, o una crisis terminal del poder americano. Muchos, incluso, recomiendan que la responsabilidad del gobierno de las sociedades, y de la gestión del capitalismo, sea entregada completamente a las "clases dominantes", y que las "clases dominadas" se mantengan lejos de la política y del Estado, volcadas apenas en sus causas especificas, hasta que se abran las puertas de una nueva civilización global, que ya sería visible en el horizonte de las próximas décadas.

El historiador ingles Eric Hobsbawm acostumbraba aconsejar a sus discípulos que no confundiesen sus análisis y previsiones históricas con sus deseos, por mas elogiables que fuesen. Lo cierto es, empero, que el pensamiento critico tiene muchas veces dificultades para analizar situaciones históricas concretas sin suponer o referirse a un fin próximo, o a una ruptura definitiva. Como si no fuese posible entender o trasformar el mundo, sin imaginar que el mundo esté viviendo una crisis terminal. De hecho, hubo una crisis del poder americano en la década de los 70: la crisis fue superada en la década de los 80, en el plano económico, a través de las políticas de fortalecimiento del dólar y de la liberalización de los mercados, impulsando, junto con Gran Bretaña, el proceso de globalización financiera de las dos ultimas décadas del siglo XX. De cara al futuro, no hay duda de que los Estados Unidos se enfrentan con dificultades crecientes para mantener su control global, político y económico. En este momento están atascados en Irak, pero no parece que esto forme parte de una crisis terminal de su poder internacional. Lo que está en curso, de hecho, es una trasformación profunda del eje geopolítico y geoeconómico del sistema mundial, una transformación que podrá durar muchos años o décadas, sin que esto signifique que, en este periodo de transición, los países situados fuera del núcleo central de las grandes potencias se queden sin oportunidades y alternativas de cambio.

Es este punto, basta mirar un poco hacia la historia pasada y hacia el período de auge del poder político y económico mundial de Gran Bretaña, cuando ésta dirigió la globalización financiera del siglo XIX, sobre todo después de 1830. En ese siglo, el poder militar y financiero británicos también eran incontestables, y sin embargo, precisamente en ese período se dieron cambios políticos y económicos que trasformaron radicalmente la historia del mundo, de los estados y de las clases sociales. Basta recordar algunos acontecimientos como la revolución Cartista, en la propia Inglaterra, y las revoluciones políticas y sociales francesas de la década de 1830; la independencia de Grecia y de Bélgica, en la misma década; las revoluciones democráticas que sacudieron a Europa entera, a partir de 1848; el gran movimiento nacionalista que pasó a la historia como la "primavera de los pueblos"; o finalmente, en la década de 1860, la revolución Meiji en Japón, la guerra civil en los Estados Unidos y la unificación de Alemania y de Italia.

En síntesis: la historia enseña que el poder político de las grandes potencias fue fundamental para la globalización de los mercados y del capital, pero, al propio tiempo, enseña también que no es necesaria una crisis terminal del capitalismo o del poder nacional dominante para que puedan ocurrir cambios en el mundo y en cada uno de los países del sistema mundial.

Internet, libertad vigilada

Por Manuel Castells, catedrático emérito de Sociología de Berkeley y miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras. El Periódico de Barcelona

Internet es el primer medio de comunicación de masas de la historia que permite comunicarse a personas y organizaciones, de muchos a muchos en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Como ya hay más de 1.000 millones de usuarios en el mundo y sigue creciendo la red, las empresas se devanan los sesos para acotarla comercialmente y los gobiernos se mesan los cabellos para poder controlarla o, como mínimo, vigilarla. Porque el control de la comunicación siempre ha sido el fundamento del poder a través de la historia. A veces, las dos estrategias entran en contradicción.

Así, recientemente, el gigante de la búsqueda por internet, Google (valor bursátil: 138.000 millones de dolares), rechazó la petición del Departamento de Justicia estadounidense para que le proporcionara datos de un millón de direcciones, escogidas al azar, con el pretexto de perseguir la pornografía infantil. Y es que la pornografía infantil y el terrorismo son las coartadas más utilizadas por los gobiernos para imponer controles restrictivos de la privacidad de los usuarios.

Ya durante la Administración de Clinton, el Gobierno trató en dos ocasiones de aplicar una ley de control de internet para prevenir la pornografía infantil, pero las dos veces los tribunales la anularon por contradecir la libertad de expresión. Bush vuelve de nuevo a la carga. Aprovechó el precedente de Microsoft (accedió a entregar los datos de sus usuarios) para hacer lo mismo con Google. Pero éste que, a diferencia de Microsoft, no tiene un monopolio, teme, con razón, perder muchos clientes si las búsquedas que cada uno hacemos acaban en manos de los servicios de seguridad. De modo que se ha iniciado un enfrentamiento judicial de grandes consecuencias para el futuro de internet.

Google está liderando, además, la oposición de las empresas del sector contra el proyecto de directiva europea sobre la Televisión sin Fronteras que intenta extender el control de los reguladores a la televisión transmitida por internet. Al mismo tiempo, los principios libertarios de Google se adaptan a las realidades de cada mercado. Así, como en China su principal competidor Yahoo! había aceptado seguir los consejos del Gobierno chino en el control de la comunicación, Google también va a practicar la autocensura, controlando los accesos de sus usuarios a ciertos sitios de internet.

EN EUROPA, la mayoría de los gobiernos siguen intentando vigilar y controlar internet lo más ampliamente posible. Pero mientras Estados Unidos no consiga hacerlo, el control se hace difícil porque siempre se encuentra un circuito de paso por la red estadounidense.

Ahora bien, el verdadero peligro contra la privacidad proviene de las propias empresas, porque tanto Microsoft como Google como Yahoo! como Amazon acumulan información de sus usuarios con objetivos comerciales, una enorme cantidad de información que permite construir perfiles personalizados y que al cruzarse con los datos de las tarjetas de crédito y los números de teléfono permiten saber la vida de todos nosotros en sus detalles más íntimos.

Sea legal o ilegal, la conexión entre las bases de datos comerciales y su utilización por los gobiernos hace realidad la famosa frase que lanzó hace algún tiempo Scott Mc Nealy (el legendario fundador de Sun Microsystems): "En la era de internet, la privacidad no existe, !acostúmbrese a la idea!".

Las buenas noticias para la privacidad es que los sistemas de vigilancia son todavía bastante primitivos. Sistemas como Carnivore, del FBI, o sus equivalentes chinos, son fundamentalmente sistemas automáticos de análisis de contenido que buscan en los mensajes las palabras clave. De modo que evitando pronunciar palabras feas (como "democracia" en China o "sexo" en Europa y Estados Unidos) se evitan muchos problemas. Es más o menos como cuando se escribía bajo el franquismo.

POR ESO, las nuevas iniciativas de vigilancia tecnológica van mucho más lejos. El Departamento de Seguridad del País en Estados Unidos está trabajando en un programa aún poco conocido llamado Advise destinado a organizar una inmensa base de datos de toda información digital, tanto de fuentes de empresas, como de medios de comunicación, de transacciones comerciales y de cualquier interacción en línea que haya tenido la gente con administraciones o empresas, cruzándolas mediante números comunes como los del DNI, seguridad social, tarjetas de crédito o de teléfono.

El resultado es la posibilidad de tener fichado a todo el mundo con su vida e historia. Aquí no se trata de interceptar mensajes, sino de determinar por análisis previo perfiles de personas peligrosas (pedófilos, terroristas, violadores o cualquier otro perfil) y buscar en esa base de datos lo que corresponde potencialmente a los perfiles, procediendo entonces a una vigilancia especial de dichas personas.

Por eso el mundo digital es a la vez el reino de la libertad sin fronteras y el reino de la vigilancia omnipresente. De lo que hagamos con esa libertad y de cómo seamos capaces de controlar a los controladores depende que nuestros hijos decidan sus vidas o que inauguren la era del totalitarismo digital.

Cómo copiar de Internet

Por Umberto Eco, escritor y semiólogo italiano. Semanario El Espectador, Colombia

Un debate está agitando el mundo de internet, y es el debate sobre la Wikipedia. Para los que no lo sepan, se trata de una enciclopedia en línea escrita directamente por el público. No sé hasta qué punto una redacción central controla las contribuciones que llegan de todas las partes del mundo, pero es verdad que cuando he tenido la ocasión de consultarla sobre argumentos que conocía (para controlar una fecha o el título de un libro), la he encontrado siempre bastante bien hecha y bien informada. Claro que eso de estar abierta a la colaboración de cualquiera presenta sus riesgos, y ha sucedido que algunas personas se han hecho atribuir cosas que no han hecho e incluso acciones reprobables. Naturalmente, protestaron y el artículo se corrigió.

La Wikipedia tiene también otra propiedad: cualquiera puede corregir un artículo que considera equivocado. Hice la prueba con el artículo que me concierne: contenía un dato biográfico impreciso, lo corregí y desde entonces el artículo ya no contiene ese error. Además, en el resumen de uno de mis libros estaba la que yo consideraba una interpretación incorrecta, dado que se decía que yo "desarrollo" una cierta idea de Nietzsche cuando, de hecho, la contesto. Corregí "develops" ("desarrolla") con "argues against" ("argumenta en contra"), y también esta corrección fue aceptada.

El asunto no me tranquiliza en absoluto. Cualquiera, el día de mañana, podría intervenir otra vez sobre este artículo y atribuirme (por espíritu de burla, por maldad, por estupidez) lo contrario de lo que he dicho o hecho. Además, dado que en internet circula todavía un texto donde se dice que yo sería Luther Blissett, el conocido falsificador —incluso años después de que los autores del truco llevaran a cabo su buen coming out y se presentaran con nombre y apellido—, podría ser yo tan socarrón como para dedicarme a contaminar los artículos que conciernen a autores que me resultan antipáticos, atribuyéndoles falsos escritos, transcursos pedófilos o vínculos con los Hijos de Satanás.

¿Quién controla en la Wikipedia no sólo los textos sino también sus correcciones? ¿O actúa una suerte de compensación estadística, por la cual una noticia falsa antes o después se localiza? El caso de la Wikipedia es, por otra parte, poco preocupante con respecto a otro de los problemas cruciales de internet. Junto a sitios absolutamente dignos de confianza, hechos por personas competentes, existen sitios de lo más postizos, elaborados por incompetentes, desequilibrados o incluso por criminales nazis, y no todos los usuarios de la red son capaces de establecer si un sitio es fidedigno o no.

El asunto tiene una repercusión educativa dramática, porque a estas alturas sabemos ya que escolares y estudiantes suelen evitar consultar libros de texto y enciclopedias, y van directamente a sacar noticias de internet, tanto que desde hace tiempo sostengo que la nueva y fundamental asignatura que hay que enseñar en el colegio debería ser una técnica de selección de las noticias de la red; el problema es que se trata de una asignatura difícil de enseñar, porque a menudo los profesores están en una condición de indefensión equivalente a la de sus alumnos.

Muchos educadores se quejan, además, de que los chicos, si tienen que escribir el texto de un trabajo o incluso de una tesis universitaria, copian lo que encuentran en internet. Cuando copian de un sitio poco creíble, deberíamos suponer que el profesor se da cuenta de que están diciendo paparruchas, pero es obvio que sobre algunos temas muy especializados es difícil establecer inmediatamente si el estudiante dice algo falso. Pongamos que un estudiante elija hacer una tesis sobre un autor muy pero que muy marginal, que el profesor conoce de segunda mano, y le atribuya una determinada obra. ¿Sería capaz el docente de decir que ese autor nunca ha escrito ese libro? Lo podría hacer sólo si por cada texto que recibe (y a veces pueden ser docenas y docenas de trabajos) consigue llevar a cabo un cuidadoso control sobre las fuentes.

No sólo eso. El estudiante puede presentar un trabajo que parece correcto (y lo es) pero que está directamente copiado de internet mediante "copiar y pegar". Soy propenso a no considerar trágico este fenómeno, porque también copiar bien es un arte que no es fácil, y un estudiante que copia bien tiene derecho a una buena nota. Por otra parte, también cuando no existía internet, los estudiantes podían copiar de un libro hallado en la biblioteca y el asunto no cambiaba (salvo que implicaba más esfuerzo manual). Y, por último, un buen docente se da cuenta siempre cuando se copia un texto sin criterio y se huele el truco (repito, si se copia con discernimiento, hay que quitarse el sombrero).

Ahora bien, considero que existe una forma muy eficaz de aprovechar pedagógicamente los defectos de internet. Planteen ustedes como ejercicio en clase, trabajo para casa o tesis universitaria, el siguiente tema:

"Encontrar sobre el argumento X una serie de elaboraciones completamente infundadas que estén a disposición en internet, y explicar por qué no son dignas de crédito". He aquí una investigación que requiere capacidad crítica y habilidad para comparar fuentes distintas, que ejercitaría a los estudiantes en el arte del discernimiento.

Desafines y desacuerdos

Por Carlos Tena, Rebelión

No intentes ser un hombre de éxito.
Intenta ser un hombre de valor.
Albert Einstein

Hay algo curioso, a la vez que comprensible, en el trato afable y elogioso que algunos medios de comunicación suelen otorgar a las personas que trabajan en, de, para y por el mundo de la cultura. Tal exquisitez en los términos en los que el periodista de turno analiza una obra determinada, linda de forma peligrosa con la pleitesía, al manifestarse una ausencia notable de interés analítico. Ello lleva implícito la casi ausencia de crítica total hacia una realidad que tiene forma de disco, cuadro, escultura o libro, en la que, se supone, el autor ha depositado buena parte de sus ilusiones, además de un número de horas en las que el logro por la perfección es un horizonte clavado en la pared

Podría desprenderse de esa actitud periodística dos interpretaciones bien diferentes. Una, la que obliga a pensar que el experto (imagino que un musicólogo no acostumbra a juzgar obras arquitectónicas, excepto entre sus amistades) no desea entrar en polémicas, y opta por destacar únicamente aquello que le parece encomiadle, y otra la que, aún reseñando la bondad que toda obra de arte lleva implícita, obliga, en nombre de la deontología profesional, a asumir el riesgo del debate precisando qué puede haber de mediocre o torpe, banal o manido, en esa misma obra. Otros argumentarán: y ¿quién es un periodista para juzgar la obra de un creador, por muy experto que aquél sea? Ítem más: ¿No es la mentira piadosa una muestra de bondad y cariño, para evitar la quiebra moral o la depresión de un posible genial creador?

Mira por dónde, en estas últimas semanas han tenido lugar en La Habana una serie de conferencias y charlas en las que el objetivo a señalar era, amén de la función específica de la crítica, hablar sin tapujos sobre la utilidad o no de ese ejercicio de honestidad. Por el momento ignoro las conclusiones, aunque las espero con los brazos y los ojos abiertos.

Soy de los que opinan que una autopsia incruenta sobre una tela pintada, un trozo redondo de plástico con unas canciones dentro, o unas miles de palabras sobre un papel, es casi siempre un trabajo duro y útil. ¿Qué artilugio deberíamos manipular en ese momento: el microscopio o el telescopio? Me inclino por el primero, recordando que una obra que anhela ser vista u oída, leída o digerida por miles de personas, o sea que va a hacerse pública, debe ser estudiada, sin que exista otra barrera para el autor de la crítica que el mero respeto por el artista como persona, y luego el ejercicio de la libertad interpretativa ante la propia obra. Ojo, no digo de expresión, que es manido término del que abusan sarcásticamente los profesionales del periodismo en el llamado mundo libre (incluidos, cómo no, los mercenarios de Periodistas sin Fronteras), ese mismo orbe donde la censura es constante, ejercida minuto a minuto en las cadenas de televisión más famosas del mundo, los diarios de mayor venta o las emisoras de radio con una audiencia millonaria. Digo por ello que no hay que recelar en el ejercicio de libertad que supone el análisis de aquello que quiere ser público, lo que sale a la calle para ser degustado, lo que se expone a la mirada y el oído de los demás. Y ese trabajo ha de ubicarse en el campo de quienes jamás nos hemos preocupado excesivamente por servir a la sociedad desde la atalaya de la creación.

Desde tiempos inmemoriales (no temas, lector, que no voy a retrotraerme a los faraones y césares), y mucho más en los siglos anteriores e inmediatos al XXI, han sido miles las ocasiones en las que un artista ha sido despreciado de forma brutal o despiadada, sin que temblaran los cimientos sobre los que descansa la mansión donde habita la diosa del arte, o las autoridades reclamaran la sangre del culpable de esa critica feroz, tanto como la que acompañó a Rossini en el estreno de El Barbero de Sevilla en Roma, el año 1816. ¿Envidia? ¿Mala baba? No lo creo. Lo importante es que, a los pocos días, la ópera era aclamada y el maestro, de 24 años, enamorado entonces de una soprano, le escribía sobre el triunfo: "Pero lo que me ha interesado, más allá de la opinión sobre la música, mi querida Angélica, ha sido el descubrimiento que he hecho de una nueva ensalada, de la cual te estoy enviando la receta tan pronto como pueda". He aquí una forma exquisita de asumir con sentido del humor una visión desfavorable. Años más tarde, su compatriota y colega Giuseppe Verdi estrenaba Oberto, con fatales resultados, lo mismo que poco después, cuando asiste a la premiére de su ópera cómica Un Giorno di Regno, que constituyó otro fracaso de crítica y público. Para colmo, tras unos pocos meses, el autor, muy afectado por la muerte de su esposa y de dos de sus hijos, abandonaba para siempre la composición.

Más ejemplos: la dramática situación en que se encontraba Franz Schubert, con sólo 29 años, enfermo de sífilis y cosechando fracaso tras fracaso, permaneciendo impasible ante la crítica, para años más tarde, como Van Gogh, ser considerado un genio. O la debacle que supuso, nada menos que en la Scala de Milán el estreno de Edgar, de Puccini, en 1889, que obtuvo un recibimiento bastante duro en los diarios de entonces. Casi tanto como el que acompañó a Tchaikowsky con ocasión del estreno del ballet El Lago de los cisnes; o la injusticia cometida con Antonio Salieri, impresionante creador, al que, por mor de una película superficial y poco rigurosa, como fue "Amadeus" (Milos Forman, 1983), se le tilda aún de poco original, repetitivo e imitador (además de mentiroso y artero), cuando en verdad era brillante y arriesgado cual pocos músicos de su época. A este respecto, el director de orquesta Ricardo Mutti señalaría en su día: "El repertorio de Salieri era fuera de lo común, en su obra existe un complejidad estructural, unas armonías que en nada tienen que envidiar a las de Mozart".

Y si los llamados grandes han tenido que soportar la incomprensión, las malas opiniones, silbidos, críticas desfavorables y pateos, ¿qué bula han de tener quienes no ostentan esa calidad? Ya vemos además que, irónicamente, los críticos casi siempre nos equivocamos. Ergo, ¿por qué temerlos? ¿Por qué huir de su ojo u oído punzante?

Sin embargo, y a pesar de ello, no creo resbalar cuando aseguro que no se puede hablar en términos elogiosos, por ejemplo, de unos discos tan inútiles y falsos, como los que el tenor Plácido Domingo dedicó al tango, o a la canción latinoamericana, o de algunas canciones de Los Rolling, Beatles, Serrat, Air Suply, Rik Wakeman o Sabina, o de todos y cada uno de los discos de un aberrante "trovador español" apodado Nando Juglar, de quien jamás había oído hablar hasta el 2004, que hace escasamente dos años protagonizó varios programas en la radio y la televisión cubanas, entre aplausos, buenas palabras y sonrisas encantadoras, para pasmo de melómanos y gentes de buen gusto, e incluso siendo invitado a demostrar sus constantes desafines y atropellos canoros en el Teatro Amadeo Roldán. Todo ello sin que sonara una voz discordante. Debo afirmar que, en 37 años de profesión, jamás había pasado tanta vergüenza ajena. ¿O tal vez debería silenciar mi opinión poniendo por delante la piedad, la compasión o una mala entendida educación?

El triunfo y el fracaso, la crítica elogiosa o no, han acompañado desde siempre a un creador en su quehacer profesional. Nada ha de extrañarnos o sorprender que una persona, en el medio de comunicación que fuere, periodista o no, trate de hurgar en las entrañas de una obra para extraer el néctar o veneno, sal o azúcar, que contenga. No obstante, lo que yo opine no tiene la menor importancia, y es por lo que prefiero, sibilinamente, concluir citando a Jack Keoruac:

«Brindemos por los locos, por los inadaptados, por los rebeldes, por los alborotadores, por los que no encajan, por los que ven las cosas de una manera diferente. Por aquellos a quienes no gustan las reglas y no respetan el status-quo. Los puedes citar, no estar de acuerdo con ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Pero lo que no puedes hacer es ignorarlos. Porque cambian las cosas. Empujan adelante la raza humana. Mientras algunos los vean como locos, yo veo el genio. Porque las personas que se creen locas para pensar, son las que pueden cambiar el mundo».(1)

Jack Kerouac
en su obra "On the Road" (En el camino) 1957.
Kerouac, (1922-1969) escritor estadounidense que fue el primero en emplear el término Beat Generation para referirse al grupo de escritores estadounidenses de los años cincuenta, entre los que él mismo figuraba, que mostraban su rechazo a la corriente social mayoritaria a través de su literatura ajena a todo convencionalismo y su estilo de vida alternativo.