Pensamiento Crítico

Un rabioso derechista escribe sobre Chávez

None | 10 Septiembre 2005

La odisea de Hugo Chávez por el mundo
Por Carlos Blanco,
especial para El Universal, México

Si la causa democrática venezolana no se internacionaliza y no interpreta las fuerzas que están moviéndose en América Latina, quedará asumida como una causa casi provinciana y, peor aun, de derecha

Chávez era un llamativo furúnculo tropical hasta hace un tiempo. Hoy no. Hoy representa una posición y unas fuerzas de dimensiones internacionales que rebasan al personaje, incluidos su ego y su audacia. No es sólo la billetera pródiga; hay algo más complejo y fuerte que habla por la boca del Comandante y sobre lo cual tal vez no sea aconsejable el desacierto.

Los factores del poder mundial incurrieron en la misma equivocación en la que se deslizaron varios analistas venezolanos. Vieron al hombre como una exuberante manifestación caribeña, tan locuaz como inefectiva en punto a gobernar. Puede que lo haya sido y lo sea; pero, en su larga marcha de seis años es mucho más que eso.

El movimiento que encabeza el presidente venezolano despertó fuerzas internas que estaban adormecidas y generó coaliciones sociales que no existían, que cambiaron históricamente a la sociedad. La marginalidad urbana y rural, que había sido una presencia relativamente muda, se convirtió en protagonista y elemento central de definición de la escena política nacional.

No es cierto que Chávez haya descubierto la pobreza y haya sido su gran protector. Si algo permitió el desarrollo de la democracia venezolana fue el esfuerzo por darle sentido y escenario a los pobres, lo cual permitió el desarrollo de una poderosa clase media. Los partidos de la democracia fueron los partidos de la clase media, de los trabajadores organizados, de los empleados públicos; pero no de la marginalidad engendrada como subproducto del tipo de desarrollo en el que se vio envuelto el país. Chávez se convirtió en la expresión de ese otro sector de la sociedad y le abrió paso para convertirlo en una fuerza social. Este es el principal soporte del Gobierno y el Gobierno es, de alguna manera, su rehén. Hasta el lenguaje presidencial ha adoptado (o siempre tuvo) el estilo del sector malandro de esos grupos sociales.

Cuando se analiza lo que hace y deja de hacer el Gobierno no se puede dejar de pensar en que la fuerza social que resuella detrás de la nuca de la sociedad está allí, vigilante, dispuesta a lanzar un feroz mordisco si el Gobierno se desentiende de aquéllos a quienes ha convertido en el motivo de su existencia.

El símbolo

Se puede sostener que Chávez, en el plano internacional, también está despertando fuerzas que habían perdido la brújula. En América Latina y muy especialmente en los países andinos hay un documentado descontento; se habla de la "fatiga democrática". Esto no lo inventó el teniente coronel. Se intentaron las reformas; pero, éstas fueron incompletas o no fueron mucho más allá del recetario del Fondo Monetario Internacional, lo cual, al final, dejó varios problemas intactos y añadió otros.

Poderosos movimientos sociales comenzaron a levantarse en todos los países, con la particularidad de que no encontraron ni encuentran expresión a través de los partidos políticos. Esas fuerzas están allí, y trancan vías, y, a veces, tumban presidentes.

El desencanto ha drenado, en varios países, hacia la nostalgia autoritaria, la vieja "mano dura" que, renovada, se supone que puede resolver los problemas que la "mano blanda" no ha podido resolver. Esa nostalgia ha abierto el camino a la izquierda moderada para que ponga orden ante lo que se estima es el desastre de los antiguos partidos; pero, si éstos fracasan, hay disposición de apelar a fórmulas más radicales.

En el arsenal que tienen los movimientos sociales que se han levantado están los núcleos militares nacionalistas, que en esta época ya no son de derecha, y los sectores de la izquierda más radical, mucho más vecinos a la revolución cubana que a las fórmulas estilo Lula o Kirchner.

Chávez tiene como audiencia a los militares de izquierda, también a los sectores radicales, sin faltar los nuevos movimientos sociales del continente y la intelectualidad mundial, nostálgica de revoluciones que, en su orfandad, ha encontrado en el movimiento bolivariano su causa.

Ya Chávez no es el atorrante oficial que se hizo con el poder en Venezuela y despliega una actuación estilo Abdalá Bucaram, el tarambana ecuatoriano derrocado. El venezolano se ha convertido en el símbolo y líder de estas poderosas fuerzas. En la actualidad no lo es Fidel Castro; éste representa la persistencia, la tozudez en la construcción de una imposible sociedad comunista y feliz; pero sus resultados son impresentables, Cuba es una sociedad absolutamente empobrecida y miserable, que no ofrece ningún futuro.

Chávez, aunque se deslumbra por el anciano líder, no representa lo mismo, sino un modelo alternativo que es capaz de usar la democracia para lograr el poder y luego no soltarlo mediante el uso, hasta la náusea, de las formalidades electorales vaciadas de contenido. Un neoautoritarismo militarista, que pasa la prueba en los exámenes orales sobre democracia que se hacen en la opinión pública mundial. Las violaciones a la democracia se consideran, desde esta perspectiva, como manifestación de las frecuentes violaciones que se hacen y se han hecho desde siempre en América Latina, aun por las democracias establecidas. Por su lado, los demócratas venezolanos saben lo que ocurre; pero, esta opinión no penetra a esos sectores que han encontrado en Chávez un símbolo, y una causa en la llamada revolución bolivariana.

Aunque el líder venezolano intenta colarse en el club de la izquierda moderada del continente, la cual ha asumido su barranco socialdemócrata sin demasiados remilgos, en realidad sus interlocutores reales están representados por los movimientos que encabezan Daniel Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia, Shafik Handal en El Salvador, las FARC en Colombia, los hermanos Antauro y Ollanta Humala en Perú, las fuerzas que estuvieron detrás del depuesto Lucio Gutiérrez en Ecuador y los movimientos indigenistas, fidelistas y comunistas que revolotean en esta parte del planeta.

Chávez, a pesar de los pesares, está convertido en la imagen aglutinadora de toda esta fuerza emergente; y el proceso venezolano es asumido como la vanguardia de esa marcha hacia la felicidad.

La lucha

El posicionamiento de Chávez viene alimentado por tales movimientos políticos y sociales, y también por su radical confrontación con el Gobierno de Estados Unidos. Esta le permite colocarse, casi gratis, en una posición ideal porque le da como auditorio _y también aliados_ a todos los enemigos, adversarios y críticos de Washington, incluidos muchos sectores liberales de EEUU y Europa.

Este lugar que ha logrado ocupar el Presidente, con la inestimable ayuda de Fidel Castro, se retroalimenta con las frecuentes declaraciones de algunos funcionarios del Gobierno norteamericano y con las estupideces de la derecha fascista de ese país, inmejorablemente representada por Pat Robertson y su imbécil llamado a asesinar a Chávez. Tratan a éste como a un personaje loco, desaforado, desbordado, y no como el representante de un movimiento político y, eventualmente, social en el continente. Tratar a Chávez como a un demente cuya eliminación resolvería la cuestión es muestra de una ceguera absoluta; es no entender el carácter de las fuerzas que representa y que, hay que decirlo, de alguna manera maneja y contiene.

Este movimiento bolivariano ya es una fuerza internacional, de allí el terrible desequilibrio que se presenta al movimiento democrático venezolano. Este lucha con sus solas fuerzas y sus inmensas limitaciones contra un dispositivo internacional que tiene su foco en Venezuela. La idea de que EEUU está ayudando a la oposición venezolana es una fantasía propagandística que, sin embargo, muchos se tragan en otros países.

La postura antinorteamericana de Chávez y el tipo de respuesta recibido de Washington han anulado la acción política de otros gobiernos que conocen el carácter autoritario y militarista del proceso venezolano. La casi totalidad de los gobiernos latinoamericanos y varios europeos, comenzando por el de España, saben de la liquidación progresiva de la democracia en Venezuela; sin embargo, están neutralizados para que no les vayan a decir que están del lado de los norteamericanos y, también, para que los movimientos que en sus países se identifican con Chávez no se alcen más de la cuenta. Sin duda, todos esos apoyos y silencios están lubricados con petróleo y negocios; pero, no ha de creerse que es sólo plata lo que está en juego. La idea de que compraron a los gobiernos es demasiado simple y no da cuenta de la complejidad del nuevo fenómeno que el chavismo protagoniza.

Mientras la revolución bolivariana es una fuerza internacional, la lucha de los sectores democráticos de Venezuela es exclusivamente nacional; el desequilibrio es demasiado evidente. Si la causa democrática venezolana no se internacionaliza y, al mismo tiempo, interpreta las fuerzas que están moviéndose en una América Latina llena de desencantos, quedará asumida como una causa casi provinciana y, peor aun, de derecha.

Chávez ha hecho una lectura de los problemas de Venezuela y de América Latina; su respuesta ha sido un movimiento antiimperialista, militarista y socialista. Tiene un set de ideas, autoritarias y anacrónicas, pero que se proponen como respuestas a la crisis real de la democracia en la región. La sociedad democrática venezolana no tiene un set alternativo de ideas; ni siquiera se lo ha planteado; por eso no puede responder al desafío que le propone el chavismo sobre cómo salir de la "fatiga democrática" latinoamericana. Y cuando puja mucho propone programas de gobierno o asume las propuestas chavistas; todavía no se plantea la clave: producir nuevas ideas para problemas que son, en mucho, también nuevos.