Pensamiento Crítico

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None | 14 Septiembre 2005

Hipocresía nuclear

Por Kate Hudson, presidenta de CND, que organizó una conferencia, Preventing Trident Replacement (Impedir el Reemplazo del Trident), el 4 de septiembre en Londres; www.cnduk.org Guardian (UK). Traducido por Germán Leyens

El gobierno británico sigue el camino de EEUU – el desarrollo de nuevas armas nucleares para su uso potencial. Se trata de una nueva generación de armas nucleares tácticas para su uso en el campo de batalla o así llamadas revienta-búnkeres

Los intentos de John Bolton, el nuevo embajador de EEUU en la ONU de eliminar el desarme nuclear del borrador de documento para la cumbre de la ONU de este mes, no sorprenden. Es sólo el último en una serie de esfuerzos de EEUU de cambiar el marco internacional sobre la no-proliferación. Forman parte de la política exterior cada vez más agresiva de EEUU, manifestada no sólo en la guerra ilegal contra Irak sino en su desdén hacia el derecho internacional y los marcos de los tratados multilaterales. Durante décadas, el desarme nuclear y la no-proliferación han estado vinculados en todo el tratado de no-proliferación nuclear. Los Estados con armas nucleares han aceptado deshacerse de sus arsenales, mientras a cambio los Estados sin armas nucleares se han comprometido a no desarrollar armas nucleares. En los últimos años EEUU ha tratado de dejar de lado o invalidar el requerimiento del desarme concentrándose en que se impida que más países adquieran armas nucleares. EEUU trata de reinterpretar el tratado de no-proliferación como una legitimación de la posesión de armas por los Estados nucleares existentes, mientras lo utiliza como justificación para la confrontación con Estados acusados de proliferación.

No se entiende en grado suficiente hasta qué punto otras naciones sienten, la necesidad de desarme nuclear y ven la hipocresía de los Estados nucleares y su actitud de haz-lo-decimos-no-lo-que-hacemos. Muchos creen que es el tipo de actitud que llevará a otros países a la proliferación. En Gran Bretaña la presión por el desarme nuclear es mostrada a menudo como una actividad excéntrica confinada a organizaciones de campaña; pero en otras partes del mundo este último es considerado no sólo como una obligación contractual que debe ser cumplida sino también literalmente, como asunto de vida o muerte.

Esto se hace tanto más evidente cuando EEUU adopta la noción de armas nucleares "utilizables" y el desarrollo de nuevas armas para utilizarlas, incluso contra Estados sin armas nucleares. Son evoluciones aterradoras que aumentan la voluntad internacional de desarme nuclear.

El tratado de no-proliferación nuclear se originó por la enorme presión internacional de los Estados sin armas nucleares. Se reforzó en 2000 a través de los esfuerzos de Estados que presionaban para que pasara algo después de 30 años de promesas vacías. La corte mundial llamó en 1996 a que se cumpliera con las obligaciones de desarme nuclear, tal como lo hizo el panel a alto nivel de la ONU.

La actitud de Gran Bretaña hacia el desarme nuclear es vergonzosa y hace caso omiso de la exigencia de que se cumpla el tratado. No ha hecho ningún progreso respecto al desarme – a pesar de las afirmaciones gubernamentales de que la eliminación de sistemas antiguos y su reemplazo por otros más poderosos es de cierto modo una forma de desarme.

El sistema Trident llegará al fin de su vida útil en los años veinte de este siglo y una decisión sobre su reemplazo deberá ser tomada durante este período parlamentario. Se sugiere que ya se ha tomado una decisión, aunque el gobierno lo niega. Todavía no ha habido ningún debate parlamentario. ¿Pero cuál es el resultado previsible? En abril el primer ministro declaró: "Tenemos que retener nuestro disuasivo nuclear…" Esto sugiere que un reemplazo del Trident ya es un resultado previsible.

Pero su respuesta provoca preguntas. ¿A quién exactamente estamos disuadiendo? De todas las amenazas que confronta Gran Bretaña, ¿cuántas se encararían con el gasto de más de 15.000 millones de libras en un supuesto disuasivo nuclear? ¿Esperan por lo tanto que supongamos que Tony Blair vive en un pasado de relaciones predecibles de superpotencias y no ha comprendido cómo ha cambiado el mundo? No, es obvio que no sea así.

Una mirada a las opciones de reemplazo revela que su recurso a la retórica familiar de disuasivos es extremadamente engañoso. El sistema de lanzamiento será probablemente un submarino de múltiple uso que podrá cargar tanto misiles convencionales como nucleares. Las ojivas podrían ser de una nueva generación de armas nucleares tácticas para su uso en el campo de batalla o así llamadas revienta-búnkeres, diseñadas para atacar instalaciones enterradas a gran profundidad.

Las consecuencias de cualquiera de esas armas serían catastróficas. Lejos de querer mantener un así llamado disuasivo no-utilizable, el gobierno sigue el camino de EEUU –– el desarrollo de nuevas armas nucleares para su uso potencial.

Las frases vacías de Gran Bretaña en apoyo del tratado de no proliferación nuclear no significan nada cuando masivos trabajos de construcción continúan a ritmo acelerado en el Establecimiento de Armas Atómicas en Aldermaston, preparándose para esos nuevos desarrollos. Pero existe otra opción para un gobierno británico comprometido con el derecho internacional y que cumpla sus obligaciones contractuales, tal como lo desea la inmensa mayoría de la comunidad internacional. Existe la opción de no reemplazar el Trident.

Irracionalismo y fascismo

Por Carlo Frabetti, Rebelión

Creo que no se le ha concedido la suficiente importancia al hecho de que el presidente de un país supuestamente civilizado y a la cabeza de la investigación científica mundial apoye públicamente el creacionismo (o la denominada "teoría del diseño inteligente", que no es más que un burdo intento de poner al día el mito de Adán y Eva).

La evolución de las especies es algo tan probado como la esfericidad de la Tierra, y solo desde la ignorancia más supina y el irracionalismo más obtuso (ingredientes básicos del fundamentalismo judeocristiano) se puede negarla o pretender que hay otras explicaciones de la biodiversidad y del origen del hombre igualmente verosímiles. Proponer el "diseño inteligente" como alternativa a la evolución equivale a decir que el modelo copernicano es solo una de las posibles interpretaciones del Sistema Solar, y que el modelo geocéntrico de Ptolomeo tiene el mismo derecho a ser enseñado en las escuelas.

Que Bush no destaca precisamente por su inteligencia preclara, es algo que él mismo se encarga de demostrar todos los días; pero no es posible que todos sus asesores sean tan estúpidos como él. Algo tan grave como el cuestionamiento oficial del darwinismo no puede ser una mera torpeza. Es algo mucho peor: es una deliberada apuesta por el irracionalismo. Y una apuesta muy fuerte, un auténtico órdago contra la razón, como cuando Millán Astray, expresando mejor que nadie la esencia del fascismo, gritó "Muera la inteligencia, viva la muerte". Un grito de terror y desesperación (al fin y al cabo, un fascista no es más que un burgués asustado), un graznido de pájaro necrófilo, como dijo Unamuno; porque la razón es la muerte del fascismo, y la muerte es su única razón.

Si aceptamos una falacia, las aceptamos todas (si dos y dos son cinco, yo soy el Papa: 2+2=5, luego 2+2=2+3, luego 2=3, luego 1+1=2+1, luego 1=2; el Papa y yo somos dos, pero como 2=1, el Papa y yo somos uno, luego yo soy el Papa). Si la presencia de fósiles no confirma la evolución de las especies, la ausencia de armas de destrucción masiva no desmiente que Iraq sea una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. Si las evidentes cadenas darwinianas son cuestionables, la evidente cadena de causas y efectos que conecta el cambio climático (cuyo principal responsable es Estados Unidos) con la proliferación de huracanes también se puede cuestionar. Hay un Dios bondadoso que ha hecho que las flores huelan bien y las manzanas sean comestibles. Hay unas fuerzas del mal inspiradas por el diablo que es necesario combatir arrasando países enteros, expoliando, asesinando, torturando, violando... Y hay huracanes cada vez más violentos y devastadores porque los designios del Señor son inescrutables.

La verdad es revolucionaria, y por eso los fascistas (al igual que los socialdemócratas, los posmodernos, los relativistas...) no la toleran. Para el poder, la ciencia es imprescindible como instrumento de dominación, pero tiene un inconveniente: busca siempre la verdad (y a veces la encuentra), desenmascara los errores y las falacias, descubre las relaciones entre causas y efectos... Por eso el fascismo tiene hacia las ciencias la misma actitud que hacia las masas: las necesita y las cultiva, pero a la vez las teme y las desprecia. Y cuando no puede manipularlas, intenta silenciarlas.

El fascismo es, en última instancia, la ideología de la fuerza (que, hoy más que nunca, es ante todo la fuerza bruta del capital: por eso ahora el fascismo se autodenomina neoliberalismo). El dominio y la supervivencia del más fuerte, es decir, del más rico. Paradójicamente, el neofascismo estadounidense, que cuestiona el darwinismo, es puro darwinismo social, intenta imponer la despiadada ley del más apto en el único ámbito en el que deja de ser válida, derogada por la razón y la ética. La torpeza de las fuerzas de seguridad en el salvamento de las víctimas del Katrina (es decir, del cambio climático, es decir, del capitalismo) frente a su brutal eficacia en la represión de los hambrientos, no es una paradoja ni un fallo administrativo: es una opción política coherente con las "guerras preventivas" y las "cruzadas antiterroristas".

En el otro extremo del espectro ético y sociopolítico, esperanza y ejemplo de la humanidad, los mil médicos cubanos con sus mochilas preparadas para acudir en ayuda de sus hermanos estadounidenses. Una ayuda que el Gobierno de Estados Unidos no permitirá que llegue a los damnificados. Por evidentes motivos de seguridad: tal como están las cosas, los médicos cubanos podrían salvar muchas vidas, y ese es un riesgo que la Casa Blanca no está dispuesta a correr.

Relativismo, fundamentalismo e integrismo

Por Umberto Eco, crítico literario, semiólogo y novelista italiano. Semanario El Espectador, Colombia

Yo no creo que sea culpa de los medios de comunicación, que suelen ser algo burdos, sino del hecho de que la gente habla ya pensando sólo en cómo lo contarán los medios. Lo que está claro es que uno tiene la impresión de que ciertos debates (incluso entre personas que presumiblemente algo saben de filosofía) se desarrollan a porrazos, sin finura alguna, usando términos delicados como si fueran piedras. Un ejemplo típico es el debate en Italia que opone a los denominados "teo-cons", que acusan el pensamiento laico de "relativismo", con algunos representantes del pensamiento laico, que hablan, a propósito de sus adversarios, de "fundamentalismo".

¿Qué quiere decir "relativismo" en filosofía? ¿Que nuestras representaciones del mundo no agotan su complejidad, sino que se trata siempre de visiones con una perspectiva, cada una de las cuales contiene un germen de verdad? Ha habido y hay filósofos cristianos que han sostenido esta tesis.

¿Relativismo quiere decir que estas representaciones no hay que juzgarlas en términos de verdad sino en términos de correspondencia a exigencias histórico-culturales? Lo sostiene, en su versión del pragmatismo, un filósofo como Rorty.

¿Relativismo quiere decir que lo que conocemos es relativo al modo en que el sujeto lo conoce? Estamos en el viejo y amado kantismo. ¿Que toda proposición es verdadera sólo dentro de un determinado paradigma? Se llama holismo. ¿Que los valores éticos son relativos a las culturas? Se empezó a descubrir en el siglo XVII. ¿Que no hay hechos sino sólo interpretaciones? Lo decía Nietzsche. ¿Se piensa en la idea de que si no hay Dios, todo está permitido? Nihilismo dostoyesquiano. ¿Se piensa en la teoría de la relatividad? No nos burlemos.

En fin, parece que el término relativismo puede ser referido a formas de pensamiento moderno que a veces están en contraste recíproco, y se dice "relativismo" con el ímpetu polémico con el que los jesuitas decimonónicos hablaban de "veneno kantiano". Pero si todo esto es relativismo, entonces sólo dos filosofías escapan a esta acusación: cierto neotomismo radical y la teoría del conocimiento del Lenin de Materialismo y empiriocriticismo. Extraña alianza.

Por lo que respecta al fundamentalismo, no es un principio hermenéutico, vinculado con la interpretación de un Libro Sagrado. Hay formas de fundamentalismo en las tres religiones monoteístas del Libro, pero el fundamentalismo cristiano nace en los ambientes protestantes y se caracteriza por la decisión de interpretar literalmente las Escrituras, de donde se derivan todos los debates aún actuales sobre el darwinismo, rechazado porque no cuenta la misma historia que el Génesis.

Ahora bien, para que haya interpretación literal de las Escrituras, es preciso que éstas puedan ser interpretadas libremente por el creyente, y esto es algo típico del protestantismo. No puede haber fundamentalismo católico —por ello se dio la batalla entre Reforma y Contrarreforma— porque para los católicos la interpretación de las Escrituras pasa por el magisterio de la Iglesia.

Ya entre los padres de la Iglesia hubo debates entre los partidarios de la letra y los que apoyaban una hermenéutica más blanda, como la de San Agustín, que estaba dispuesto a admitir que la Biblia a menudo hablaba mediante metáforas y alegorías, por lo que le parecía fenomenal que los siete días de la creación hubieran sido siete milenios. Y la Iglesia aceptó esta posición.

En efecto, la teología católica nunca se escandalizó demasiado por las teorías evolucionistas, con tal de que se admitiera que en la escala evolutiva se produjo un salto de calidad, cuando Dios introdujo en un organismo vivo un alma racional inmortal. ¿Cuál es, pues, la actitud católica que hoy se tilda como fundamentalismo? No es fundamentalista el debate sobre los embriones y sobre el origen de la vida, porque hasta que Dios le insufla el alma a Adán, nos habla de fango, pura materia no espiritual.

Ya se ha escrito que la decisión de emprender una batalla anticipando los orígenes del alma inmortal es un hecho nuevo en la historia de la teología católica (salvo el caso de Tertuliano), que parece motivado por otras preocupaciones, como la del aborto, ésta sí criticable en términos de una interpretación de las Escrituras.

Lo que se tacha de fundamentalismo es, en cambio y más bien, una actitud clásica (o tentación perenne) del pensamiento religioso (no sólo cristiano sino también islámico) que es el integrismo, es decir, la pretensión de que los principios religiosos deben ser también modelo de vida política y fuente de las leyes del Estado.

El cardenal Biffi es un integrista, como el político Buttiglione y otros, no un fundamentalista. Bush y los suyos son unos fundamentalistas protestantes (tradición antigua) que están cediendo a la tentación católica y a la práctica islámica (nuevas para la democracia anglosajona) del integrismo.

Se dirá que es sólo una cuestión de palabras. No, es una cuestión de sutilísimos debates filosóficos, teológicos y políticos que no ganan nada en verse reducidos, ni por una parte ni por la otra, en un apedreamiento de palabras fetiche.

Las Torres que no están

Por Claudio Uriarte, Página/12

De todos los símbolos de la ambivalencia norteamericana tras el 11-S, ninguno dice más que los enormes bloques de vacío que están hoy en el lugar que antes ocupaban las Torres Gemelas. Poco después de los atentados, George W. Bush prometió en un discurso público que "reconstruiremos la ciudad de Nueva York", pero no hizo alusión a las Torres; después circularon una serie de propuestas disparatadas, desde torres a prueba de aviones con agujeros en la sección más alta hasta la cursilería de tener dos haces de luz proyectados desde el nivel del suelo en forma permanente; el valor por metro cuadrado de la propiedad en Downtown Manhattan finalmente se impuso, pero todo lo que emergió fue un pálido diseño de una serie de edificios sin gracia de 60 pisos, y la última novedad es una especie de combinación de rascacielos indescriptibles con una cantidad de placas de mármol con los nombres de las víctimas. Donald Trump, multimillonario de bienes raíces, irrumpió hace poco con un proyecto para reconstruir las torres originales, aunque reforzadas con hormigón, y cada una con un piso más; "otra cosa es darles la victoria a los terroristas", dijo, pero su diseño fue presentado fuera de concurso, y por lo tanto quedó reducido a poco más que un ejercicio de relaciones públicas.

Y sin embargo, a su modo megalomaníaco, Trump acertaba en una parte de la razón. Estados Unidos no reconstruye las torres por la misma razón que su política antiterrorista no es seria (ni tampoco su política anticatástrofes, para el caso). Después del 11-S, salió a la luz que una colección de agencias del gobierno (FBI, Administración Federal de Aviación, Departamento de Justicia, etc.) había dispuesto de información que, reunida y puesta en coherencia por una sola central nacional de inteligencia, hubiera podido evitar los atentados y atrapar a los atacantes. Rivalidades feudales entre las agencias y la renuencia de jefes subalternos bien apoltronados a molestar a sus superiores con noticias inciertas fueron responsables de que el rompezabezas no se armara. Entonces George W. Bush salió al frente con lo que mejor sabe hacer: tapar un problema creando otro. En este caso, el artefacto se llamó Departamento de Seguridad Interior, una monstruosidad de 40.000 empleados públicos que no tiene ningún mando ni control sobre las principales agencias de espionaje (CIA, NSA, FBI, etc.) y en cambio sí tiene el mando sobre el desastre que en estas últimas dos semanas ha sido el huracán Katrina. La pobreza de su desempeño ha evidenciado huecos en la seguridad nacional a los que Al Qaida debe haber estado muy atento, sin contar que el dinero para afrontar catástrofes como la del 11-S o del huracán K se ha evaporado (ver suplemento Cash, página 7). Por contraste, España y Gran Bretaña, con mejor coordinación de inteligencia, fueron capaces de atrapar a los responsables de los atentados de Madrid y Londres en cuestión de semanas, desbaratando además células que planeaban más ataques.

Pero el 11-S parece responsable de haber encerrado a Estados Unidos en una lógica perversa. De haber ganado John Kerry las elecciones presidenciales de noviembre, no habría habido modo de que el terrorismo no leyera el resultado como su propio triunfo, incitándolo a avanzar más en su quimera de islamización mundial. Pero, habiendo ganado George W. Bush, y después del huracán Katrina, EEUU parece más inseguro que antes: ¿cuánto tiempo falta, por ejemplo, para que Al Qaida piense en atacar diques o represas en precario estado de mantenimiento? Todo lo que se hizo fue reforzar la seguridad aeroportuaria y el espionaje interno, cuando el enemigo ya piensa seguramente en otras vías de acción.