Pensamiento Crítico

Crisis brasileña debilita la región

None | 18 Septiembre 2005

Las consecuencias de la crisis del gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva ya se están sintiendo en todo el continente. El envión progresista que barriera la región hasta fines de 2003 ha sido sustituido por una nueva relación de fuerzas, un viraje hacia la derecha que favorece un renovado despliegue de los objetivos de la administración Bush. El desembarco de 400 marines en Paraguay parece un salto adelante de la estrategia de "comercio más seguridad", ya que conjuga la presencia militar permanente en un país del Mercosur con la profundización de acuerdos comerciales.

Comparada con la situación vivida hace apenas dos años, cuando los presidentes Néstor Kirchner y Lula firmaron el Consenso de Buenos Aires, que evidenciaba un cambio de clima político en la región, los sucesos de los últimos meses indican un viraje conservador. La virtual parálisis de Brasilia señala el punto de inflexión. El drama de la izquierda brasileña se resume en que son las elites financieras las que decidieron frenar el juicio político (impeachment) a Lula. La razón de fondo es que la destitución significaría el ascenso del vicepresidente José Alencar, de quien los poderosos desconfían ya que se opone con vehemencia a las elevadas tasas de interés que vienen modelando una política económica que traspasa anualmente 50 mil millones de dólares a los más ricos.

Entrevistado por Folha de Sao Paulo (11 de septiembre), Alencar destacó su fidelidad al presidente y su rechazo al impeachment, pero enfatizó que está preparado para asumir la presidencia y modificar radicalmente la política monetaria bajando las tasas de interés. Ironías de la vida, es la amenaza de que un gran empresario textil -aliado de la producción nacional- suceda a un ex obrero metalúrgico -aliado de las altas finanzas- lo que habilita que el presidente Lula pueda llegar al término de su mandato. Sin embargo, los dos resultados más importantes de la crisis brasileña (fuerte viraje a la derecha y reconstrucción de un bloque de fuerzas neoliberales) tienden a desbordar los marcos del país para modelar la nueva coyuntura regional.

Dos funcionarios de primer nivel de la administración Bush coincidieron en los últimos meses en demandar que Brasil cumpla un papel estabilizador en la región. A finales de abril, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, visitó el país, en procura de "apoyo del gobierno brasileño para la estabilización de una América Latina cada vez más volátil" (Folha de Sao Paulo, 26 de abril). Ya en plena crisis, el secretario del Tesoro, John Snow, dijo en Brasilia que "los inversionistas están dando un voto de confianza a Brasil" (Clarín, 2 de agosto) y recordó que 400 de las 500 mayores empresas estadounidenses tienen inversiones en esa nación. Washington teme que una situación de inestabilidad en el mayor país de la región pueda contaminar toda el área.

En sintonía con el gobierno de Bush, las elites de la región creen que un Brasil más vuelto sobre sí mismo tendrá mayores dificultades para potenciar su política exterior, mientras el gobierno argentino sigue atrapado en conflictos domésticos, lo que genera una situación de vacío regional que "será ocupado por Estados Unidos" (La Nación, 29 de agosto). De ese modo, y pese al fracaso del Area de Libre Comercio de las Américas -en el que Brasil jugó un papel destacado-, Washington va avanzando su estrategia, sumando pieza por pieza a su ambicioso plan de "comercio más seguridad". Paraguay parece ser la más reciente adquisición.

Más allá de los desmentidos acerca de la instalación de una base en Mariscal Estigarribia, la presencia militar estadounidense en Paraguay es una realidad irreversible. Lo preocupante es el viraje de un país fundador y miembro del Mercosur, que había pendulado entre sus dos poderosos vecinos, como lo muestra la construcción de dos grandes represas hidroeléctricas (Itaipú, compartida con Brasil, y Yacyretá, con Argentina). Ambos países jugaban un papel determinante en la política doméstica, al punto de que todo lo que sucedía en Paraguay estaba condicionado por uno u otro vecino, que se vigilaban mutuamente. Ahora ese equilibrio parece haberse roto a favor de Washington, aunque no sería raro que alguno de sus ex aliados haya jugado algún papel en tal cambio.

Dos hechos llaman la atención. El parlamento paraguayo votó la inmunidad para las tropas de Estados Unidos, el pasado 26 de mayo, pero recién a mediados de junio el diario argentino Clarín difundió la noticia que aún desconocían los ciudadanos paraguayos. En suma, una operación clandestina en plena democracia que resulta destapada por la prensa extranjera. El segundo es el carácter de la base militar, construida a mediados de los 80 por técnicos estadounidenses, con una pista de 3 mil 800 metros donde pueden aterrizar aviones B-52, C-130 Hércules y C-5 Galaxy, a sólo 200 kilómetros de la convulsionada Bolivia, donde compiten multinacionales de varios países por los más importantes yacimientos gasíferos del subcontinente y muy cerca de la triple frontera.

En agosto Donald Rumsfeld visitó Paraguay, pero meses antes Nicanor Duarte Frutos había estado con Bush en Washington, siendo la primera vez que un presidente paraguayo era recibido en la Casa Blanca. Amores son amores, y en breve la FBI abrirá una oficina en Asunción, y ya se habla de la posibilidad de firmar un TLC. Según el presidente del Congreso, Carlos Filizzola, del opositor País Solidario, la actual cooperación marca un giro que lleva a Paraguay a alejarse del Mercosur y a Estados Unidos a poner un pie en la zona para afianzar sus intereses.

Mientras en Argentina se disparan voces de alarma, las fuerzas armadas de Brasil realizaron en julio ejercicios de guerra que simularon la defensa de la represa de Itaipú. Aunque el canciller brasileño Celso Amorim minimizó la presencia militar estadounidense, desde 2002 se registraron 46 operaciones militares conjuntas de Estados Unidos en Paraguay. La voracidad del imperio no tiene límites, pero las debilidades de quienes debieran enfrentarlo no hacen sino alfombrarle el camino.

Lecciones latinoamericanas

Por Gustavo Gordillo, La Jornada

1. Del ejercicio de gobierno por fuerzas de la izquierda latinoamericana en las últimas décadas podemos extraer muchas lecciones. Una decisiva es que el combate a la corrupción no puede constituirse en sí mismo como el eje del discurso progresista. Se trata sin duda de una terrible lacra que afecta y daña el funcionamiento normal de la sociedad no sólo por el dispendio de recursos públicos sino sobre todo por su efecto en la moral pública. Pero puede desviar la atención de un problema central.

2. La corrupción en el ejercicio público va más allá del robo, de la estafa, del uso indebido de información pública, del intercambio de favores, del influyentismo o del conflicto de intereses. Todo estas lacras por sí mismas requieren medidas preventivas y sobre todo el combate a la impunidad. Pero se requiere sobre todo de una cultura política que conciba el servicio público como un acto de responsabilidad que se mide no sólo por la ausencia de corrupción sino también por la adecuada ponderación de los efectos de las política públicas sobre la sociedad.

3. Más todavía una coalición o un partido político que accede al poder con el distintivo de la honestidad o de la moral pública puede verse confrontado con aliados de su coalición o miembros de su propio partido que realizan actividades fraudulentas. El capital político se puede evaporar a partir de reconocer un hecho elemental: el ser humano es imperfecto. Pretende realizar cosas generosas o nobles, pero no siempre lo consigue. No me refiero a los delincuentes públicos consuetudinarios o a los manipuladores políticos sino a los seres humanos que traicionan sus principios en aras de un supuesto bien superior sin asumir que el fin no sólo no justifica los medios sino que termina por pervertirse. Muchos militantes de izquierda en Brasil mencionan esto: la compra de votos, el pago de sobresueldos a parlamentarios era una práctica común desde antes del gobierno de Lula. Pero añaden que el PT había hecho del combate a la corrupción uno de sus ejes centrales del quehacer público.

4. La coyuntura política latinoamericana no permite garantizar que los partidos que ganan una elección presidencial consigan al mismo tiempo una mayoría parlamentaria. El rasgo característico es más bien el de gobiernos divididos. Crecientemente se coincide en subrayar que una tarea central es la construcción de arreglos institucionales que generen incentivos para la formación de mayorías gubernamentales. Pero, en ausencia de esas reformas de Estado, cuando se generan coaliciones gubernamentales transportan en su seno una falencia central. Su cemento unificador son prebendas circunstanciales, son componendas de ocasión.

5. Coaliciones cortoplacistas que abdican de propuestas o programas de largo aliento para conservar una ilusoria establidad gubernamental. Es ilusoria porque a fuerza de posponer decisiones estratégicas más temprano que tarde tienen que pagar la factura de la ceguera política.

6. La Concertación chilena ha logrado a lo largo de 15 años mantener continuidad en las políticas públicas que genera también certidumbre en los actores políticos y sociales. Mantienen una tasa de crecimiento de la economía alta y sostenida, ha reducido de manera notable el nivel de pobreza e indigencia y ha mejorado en casi todos los indicadores del desarrollo humano. Lo ha hecho sobre la base de un arreglo institucional -que ha sido gradual pero sustancialmente modificado- generado desde la dictadura para fomentar e institucionalizar la fragmentación partidista y la hegemonía de un poder ejecutivo que nunca previó que lo derrotaría un plebiscito popular. Hay por tanto más acá de las instituciones un proceso de aprendizaje colectivo que genera una cultura propicia al acuerdo, a la negociación y a la estabilidad en el ejercicio del gobierno, aun ahora que se presagia por partidarios y enemigos el fin de la Concertación en vísperas paradójicamente de su probable mayor triunfo político.

7. George Lakoff un profesor universitario de ciencias del conocimiento ha producido varios libros que gozan de reconocimiento entre los progresistas en Estados Unidos porque subraya el marco conceptual y la moral que subyace el discurso político de conservadores y liberales. Un texto muy popular dirigido a democrátas y progresistas y que se llama "No pienses en el elefante" -en referencia al símbolo del partido republicano- subraya, al criticar los intentos por ceñirse a discursos centristas que intentan esconder las aristas más polémicas de los valores progresistas, que los ciudadanos en general votan por su identidad y sus valores y no aprecian a la larga el trasvestismo programático. Este es sin duda uno de los temas que requieren mayor reflexión política a la luz de la conversión de la política en producto mercantil supeditada tanto a sondeos como a la construcción de imágenes televisivas más que de propuestas programáticas. El costo político no es sólo como hemos podido constatar en varios países de América Latina, la banalización de la política sino sobre todo la emergencia de una coalición de poderes fácticos que determinan la esencia del poder del Estado.