Pensamiento Crítico

Argentina: Desneoliberalización parcial del mundo laboral

Por Lucía Álvarez | Tiempo Argentino | 28 Agosto 2014

El libro tiene un mérito de enorme valor para una época de balances: haber estudiado con la misma exhaustividad dos momentos distintos de una misma etapa histórica, de una década. A finales del año 2000, la socióloga Paula Abal Medina comenzó una investigación sobre las consecuencias de la crisis del neoliberalismo en el mundo laboral. Entrevistó a trabajadores, los acompañó en sus espacios de trabajo, tomó nota de los mecanismos de control en las empresas, de cómo esos mecanismos repercutían en la actitud de los trabajadores, siempre temerosos de perder su puesto. Durante la época de los saqueos, analizó además cómo pesaba en las empresas aquel discurso que responsabilizaba a los ocupados de la situación de los desocupados, que enfrentaba a los trabajadores entre sí.

Cuando en 2003 cambió la administración del Estado, se recompuso el mercado laboral, comenzó a disminuir el desempleo y se reinstalaron las paritarias, Paula Abal Medina volvió a las empresas y estudió las nuevas condiciones objetivas y subjetivas de los trabajadores. Se concentró especialmente en el paso de considerarse un "desempleado en potencia" a alguien capaz de luchar por sus derechos, y de ensayar nuevas formas de resistencia y organización colectiva.

El resultado de ese trabajo es Ser sólo un número más, un libro que publicó la editorial Biblos y que analiza ese pasaje sin obviar las tareas pendientes y los puntos débiles, entre ellos, que no se haya comprendido la profundidad de la crisis del mundo del trabajo. "Desde 2005, 2006, hay un tipo de acumulación de los trabajadores en términos de activismo. Es el tiempo que tardaron en llegar a los ámbitos de trabajo, las luchas en las rutas, en las fábricas recuperadas, de 2001. Gradualmente, con ese activismo, las cosas cambian. Sin embargo, se podría haber fortalecido una democracia sindical y deberían haberse creado nuevas institucionalidades populares para revertir lo que dejó el neoliberalismo", explica Abal Medina.

–¿Ese tránsito tuvo su mayor impulso desde abajo, como efecto de 2001, o desde arriba, por el cambio de gestión?

–El proceso de recomposición del trabajo se inicia con 2001-2003. Siempre uso esas dos fechas. El 2003 es posible porque existió un 2001, porque el neoliberalismo implosionó, es decir, entró en crisis por sus propias contradicciones, y por la resistencia de sectores sociales que lograron mayores niveles de organización, como fueron los movimientos piqueteros. El 2003 es también el inicio de un proceso lento de recuperación de una tradición nacional y popular entre los jóvenes, una tradición que unos años antes les era completamente ajena. Creo que pasan las dos cosas. No me animaría a explicar estos procesos de organización en los lugares de trabajo sólo a partir de 2001 porque sería una ingenuidad; el impulso desde arriba es un factor considerable.

–¿Y el balance de ese pasaje es positivo?

–Es difícil hacer un balance. Con la recomposición del trabajo, la ley laboral se impone a prácticas como las de Alfredo Coto, que prolongaba brutalmente las jornadas de trabajo sin pagar las horas extra. Podríamos mencionar cómo se expandió en Wal-Mart la elección de delegados, pese a su férrea política antisindical. Son cambios sustantivos e innegables. Desde el punto de vista de los trabajadores fue muy interesante el proceso de organización, de politización de la población trabajadora joven, pero también es cierto que ese proceso tendió a debilitarse, que no siempre pudo acumular y sostenerse, y que cualquier celebracionismo es necio. Hay una línea de acumulación de los trabajadores en términos de activismo, pero la investigación muestra que, por ejemplo, en los call centers, muchas de las organizaciones se extinguieron rápidamente, porque las empresas las desbarataron. La alta rotación en este tipo de empleos no da posibilidad de acumulación. Hay lugares de trabajo con campos minados, sigue habiendo activistas despedidos, sindicatos que inicialmente se los bancan pero que finalmente logran sacárselos de encima. El proceso tiene esa contradicción y esa ambivalencia.

–¿Qué faltó?

–Debería haberse logrado constituir muchas más institucionalidades populares para poder revertir lo que dejó el neoliberalismo. Podría haberse fortalecido una democracia sindical a nivel de los establecimientos empresarios, haberse extendido la figura del delegado. Las estadísticas del Ministerio de Trabajo muestran que el número de establecimientos con delegados es irrisorio, pudiendo tenerlos por ley. Se podrían haber creado modalidades nuevas como los delegados por cuadra, considerando la cantidad de establecimientos pequeños y medianos, y un sindicalismo territorial. Es decir, podríamos haber ido hacia un proceso interesante de creación de institucionalidades populares nuevas. El 17 de octubre le permitió al peronismo la posibilidad de interpretar a los nuevos trabajadores, aquellos que buena parte de la izquierda consideraba como los desclasados, negándoles condición de laburantes. El peronismo los reconoció y respondió con la construcción de un sindicalismo masivo. Porque el sindicalismo existía, por supuesto, pero se masificó durante los primeros años del peronismo, con el nivel de afiliaciones, la importancia de las comisiones internas, la organización fabril. Supo crear una institucionalidad popular capaz de expresar ese nuevo momento. Y lo mismo ocurrió con el empresariado nacional. En los primeros años del peronismo, Perón persiguió a la UIA hasta que logró cerrarla y crear la Confederación General Económica (CGE). Dio una disputa en torno al empresariado nacional. Durante estos años, esa oportunidad se perdió.

–¿En qué sentido se perdió?

–Yo creo que Néstor Kirchner intentó pensar a los trabajadores como interlocutores de su gobierno, pero faltó imaginación política y creo que no se dimensionó la transformación del mundo del trabajo, que se modificó de principio a fin. Por algo sigue habiendo más de un 35% de trabajo precario. Esa transformación no fue coyuntural, sino estructural. Creo que mucha gente pensó que se iba a poder eliminar la precarización con la recuperación del empleo y no se leyó bien el proceso. Nuestro país se desneoliberalizó parcialmente.

–¿Cuánto influyó la reticencia del sindicalismo tradicional?

–Muchísimo. Tuvimos la desgracia de haber tenido un Hugo Moyano(*) que no asumió la conducción de la CGT como militante del MTA, desde la tradición de lucha y resistencia, sino como camionero. La tradición del MTA sí interpretaba lo que había sido la virulenta transformación del mundo del trabajo, la precarización, el desempleo, y salía a la plaza y acordaba con la CTA medidas conjuntas. Pero no asumió ese Hugo Moyano sino el que devino dirigente de un gremio con mucha influencia. Confundió la parte con el todo. Interpretó que él representaba al conjunto del movimiento obrero si demandaba por los derechos del sector más privilegiado de la clase trabajadora. No digo que esas reivindicaciones no sean legítimas, pero el conjunto de la clase trabajadora vive situaciones degradantes que están lejos del reclamo por el mínimo no imponible.

–¿Y la Juventud Sindical (JS) representa una propuesta de renovación?

–Es interesante la experiencia de la Juventud Sindical, porque interpreta un sector afectado por la precarización, porque no defiende el modelo de unidad sindical bajo cualquier condición y, desde una posición de fortaleza de Facundo Moyano (ser un Moyano), logra una mejora innegable de las condiciones de los trabajadores que representa. Pero la JS es un proyecto político sindical más amplio, con determinadas alianzas, y creo que ahí sí pecan los egos y las dificultades del moyanismo. Facundo Moyano es un dirigente con mucho potencial, pero intenta hacer síntesis de tradiciones incompatibles, como la de Tosco y Rucci, y hace alianzas políticas, a mi juicios, inexplicables.

–¿Y qué pasó con el resto de los actores? ¿Por qué tampoco se interesaron por representar a ese sector?

–Es difícil de saber. Yo creo que hubo un diagnóstico compartido de que la transformación que se estaba gestando con el kirchnerismo iba a permitir reponer, restituir ese mundo de trabajo con pleno empleo, con una rotunda mayoría de estabilidad laboral. La gran mayoría de los dirigentes sindicales pensaba que había que transformar a los tercerizados en parte del convenio colectivo, que la lucha era por restituir las condiciones de trabajo. Por eso digo que se hizo una lectura de la crisis del mundo del trabajo como algo coyuntural. De hecho, la crítica de la CGT a la CTA era que habían construido "la central de la derrota", por incluir desocupados.

–¿Pero esa idea no se cayó cuando se aceptó, por ejemplo, la necesidad de la Asignación Universal por Hijo (AUH)?

–Claro. El kirchnerismo finalmente intenta restituir una tajada de los ingresos a través de la AUH para esos sectores sociales, pero eso no es institucionalidad popular. El kirchnerismo interpretó con la AUH, o con la extensión del programa de cooperativas del Argentina Trabaja, que había sectores a los cuales la recuperación del empleo no les iba a mejorar de manera sustantiva sus condiciones de vida, y de ahí esta medida, pero sin pensar cuál es el actor de este proceso político, de nuevo, en términos de institucionalidad, de reconocimiento y capacidad de definición política. No es menor que cada vez que Cristina habló de diálogo nunca imaginó otro actor sindical más que la CGT, la CTA y algunos actores industriales, fundamentalmente la UIA.

–¿Y quién se podría haber sentado en la mesa?

–No sé, pero el movimiento obrero organizado sólo expresa una parte importante de los trabajadores en la Argentina. Me parece que han logrado conveniar trabajadores fuera de convenio, han logrado crecer, ensanchar; también han vivido algunos procesos de democratización interna, producto del nivel de demanda de muchos de los trabajadores nuevos, que venían de la changa o la desocupación, o de los más jóvenes. Ese proceso fue heterogéneo y diverso. A veces las conducciones entendieron que era tiempo de ampliar los espacios de participación, y en otras oportunidades, bancaron ese momento y buscaron fortalecer las conducciones verticalizadas. El otro movimiento obrero es el que no tiene los rasgos que este sindicalismo tradicional considera necesario para pensar al movimiento obrero. Te lo dicen los propios dirigentes clásicos: "Hablemos del movimiento obrero organizado, ¿desde cuándo desde una posición de absoluta debilidad se pueden generar las condiciones para una transformación?" Para ellos, los cooperativistas, feriantes, pasantes, manteros, ambulantes, incluso trabajadores como los de call centers, no tienen condiciones que aseguren un lugar de fortaleza desde el cuál luchar.

–¿Y los movimientos sociales?

–La sensación es que hay algo en la propia construcción del campo político del kirchnerismo que no permitió visibilizarlos o vislumbrarlos como un actor representativo de un momento estructural del capitalismo, y que la forma de interlocución ha tenido mucho de impulso desde arriba. Pero desde arriba nunca se los visibilizó como un sujeto capaz de expresar la tamaña transformación que vivió el entramado social. Por eso, también, de alguna manera quedó escindida la interlocución del movimiento obrero entre el Ministerio de Trabajo y el de Desarrollo Social. Ese otro movimiento obrero es reconocido en términos de garantizar el acceso a ciertos derechos, y eso no es algo menor: ha sido muy importante en la vida de muchas personas, pero no en términos de interlocutor político y social.  «

Cambios en los modos de la conflictividad laboral

–¿Qué opina del accionar del gobierno nacional frente a las protestas por despidos?

–Conozco más de cerca el caso de Emprendimiento Ferroviarios. Es una empresa emblemática que ha sufrido todos los problemas del kirchnerismo en la materia, y el tipo de empresarios que favoreció. Hoy viven el vaciamiento de la empresa y hay una comisión interna con delegados de tradición de izquierda que igual interpretan al peronismo como fenómeno histórico. Son 400 trabajadores que no tienen herramientas, a los que les adeudan salarios, y por eso salen a cortar rutas. De una forma disonante y en contraste con los últimos diez años en los que se negoció con quienes legítimamente tenían una reivindicación y una medida de lucha, la policía sale a reprimirlos. Ahí hay trabajadores con 30 años de oficio encima. Le faltan cinco o seis para jubilarse. Hay un cambio en la forma de pensar la conflictividad laboral. Las suspensiones son un hecho y el adeudamiento de salarios aparece con una mayor regularidad.

–¿Y qué le parecen los proyectos de regulación de la protesta social?

–No veo la fuerza ni la singularidad del kirchnerismo expresándose en ese tipo de iniciativas, más allá de que ese debate se puede dar al interior de las organizaciones, es decir, cómo se debe y se puede sostener una demanda y una medida de lucha. ¿El corte de ruta es la primera o la última medida? ¿Frente a cualquier situación? Son preguntas válidas, pero se tienen que zanjar con debate y discusión política, no con regulación, que es sólo una forma de cercarlo, de estigmatizarlo. Son discusiones que hay que dar. No tengo una mirada de vale todo, pero hay que zanjarla políticamente.

(*) Moyano y el  MTA: El MTA se fundó en año 1994 como forma de resistencia contra las políticas neoliberales del gobierno menemista y la actitud cómplice de la entonces conducción de la CGT ante la alarmante situación del país. En los noventa, conducido por Hugo Moyano, tuvo un rol protagónico en la resistencia durante la “noche neoliberal” del menemismo. Fue uno de los aliados más importantes del kirchnerismo, pero tras las elecciones de octubre del 2011, rompió su alianza con éste y llevó adelante movilizaciones y paros con reclamos al gobierno nacional. Con la fractura de la CGT, quedó al frente de una de las centrales. [Nota de Radio La Primerísima]