Pensamiento Crítico

Un mundo que envejece

Por Alejandro Fierro | GISXXI | 21 Abril 2015

La irrupción de Barack Obama en 2008 fue saludada como el comienzo de una época distinta. Frente al belicismo exacerbado de George W. Bush, el entonces senador por Illinois proponía unas relaciones internacionales marcadas por el entendimiento, el respeto mutuo y la cooperación.

La “multilateralidad” era el mantra. La retirada de las tropas estadounidenses de Irak o el cierre de la prisión de Guantánamo fueron las promesas electorales con las que supuestamente iba a comenzar ese tiempo diferente. Su discurso en junio de 2009 en la Universidad de El Cairo, recién llegado a la Presidencia, sintetizaba las líneas maestras de su política exterior. Un prematuro Premio Nobel de la Paz, unos pocos meses más tarde, santificaba al nuevo icono pacifista.

El producto venía envuelto en un ropaje ciertamente seductor: joven, moderno, dialogante, cercano, deportista, orador impecable, experto en las redes sociales… Su atractivo era innegable, especialmente entre los más jóvenes, a quienes difícilmente la paleopolítica de Bush y su sucesor, John McCain, podía conmover. Su condición de primer presidente negro de Estados Unidos remataba la imagen de un líder nuevo para un tiempo nuevo. Incluso las izquierdas más recalcitrantes le daban un voto de confianza.

Seis años después, poco queda de aquel glamuroso presidente que venía a cambiar el mundo. La Cumbre de las Américas celebrada la pasada semana en Panamá certificó el envejecimiento de esa nueva doctrina –si es que alguna vez existió- y de su promotor.

El Obama que compareció en Panamá en nada recordaba a la fulgurante estrella mediática que llegaba para iluminar al mundo. Por el contrario, se parecía demasiado a sus predecesores y, especialmente, a aquellos más reaccionarios de los que se había querido distanciar al comienzo de su carrera política: hosco, arrogante y con un punto de soberbia, transmitiendo en todo momento una abrumadora sensación de incomodidad y extremadamente duro en los gestos en un ámbito, el diplomático, donde finalmente todo son gestos. Su calculada ausencia de los discursos de Nicolás Maduro y Cristina Fernández para reunirse con el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, fue el ejemplo más notable. Eran los mismos modos de la vieja política estadounidense hacia Latinoamérica, esa que inauguró hace casi doscientos años el presidente James Monroe con la ominosa frase “América para los americanos (quiso decir “América para los estadounidenses”). Hasta el octogenario Raúl Castro, con su irresistible ironía caribeña, lució más actual que el ya definitivamente amortizado para la Historia Barack Obama.

Uno de los problemas del envejecimiento es que quien lo padece no se da cuenta de que los tiempos cambian mientras él permanece anclado a una realidad que ya no existe. En Panamá se alzó un coro de voces uniforme en su reivindicación de una Latinoamérica libre y soberana y diverso en la forma de acometer sus respectivos procesos de emancipación, de acuerdo a su historia y características propias.

Nicolás Maduro en nombre de Venezuela; Evo, desde Bolivia; Correa, en Ecuador; Daniel Ortega y la Nicaragua sandinista; la Argentina Cristina; el histórico Raúl Castro en una presencia no menos histórica de Cuba… Todos los liderazgos emancipadores le explicaron a Obama que el mundo ha cambiado, que Latinoamérica ha cambiado, que ya nunca más será un territorio sometido; que sus pueblos están decididos a culminar el proceso de independencia que comenzó hace más de dos siglos, que América será, efectivamente, para los americanos, no ya para los estadounidenses…

¿Entendió algo Obama? Probablemente no. Los imperios coloniales son sordos ante los clamores de rebeldía y la sordera se acentúa cuando su tiempo toca a su fin. Ya Nerón tocaba el arpa mientras Roma ardía a sus pies y en el siglo XIX reyes españoles tarados mentalmente por décadas de consanguinidad se entregaban a bacanales mientras sus colonias se levantaban en tropel contra el yugo de la opresión. Y al igual que a los imperios en decadencia no les quedaban más aliados que tiranos locales que no representaban a sus pueblos, hoy Obama se fotografía con personajes de tan escasa credibilidad como Enrique Peña Nieto, presidente de un México al borde de convertirse en un estado fallido y cuya catastrófica situación debería centrar las miradas de gobiernos, organismos internacionales y medios de comunicación. El hecho de que este lugar lo ocupe Venezuela y no el país azteca denota los inconfesables intereses ideológicos, políticos y económicos de la mal llamada comunidad internacional.

Tampoco es previsible que la Vieja Europa haya tomado nota del cambio de época que empezó a alumbrarse con el nuevo milenio. La coraza del colonialismo es impermeable a la realidad. Ni siquiera la crisis capitalista que asola al sur de Europa, y que evidencia su derrumbe como polo de poder, mitiga el sentimiento de superioridad civilizatoria.

El mundo multipolar que predijo Chávez ya está aquí y ha venido para quedarse. Pero su consolidación será todavía larga y convulsa. Como explicó Antonio Gramsci, las crisis históricas son aquellos momentos en los que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Probablemente nos encontremos ahora en ese interregno. Nada garantiza que el final del proceso dé cómo resultado un mundo mejor. Por eso es fundamental que bloques regionales de emancipación, como el que se viene conformando en el subcontinente, tengan un papel protagónico en la gestación de esta nueva época. Las intervenciones de sus diferentes líderes en Panamá demostraron que llega el momento de suturar las venas abiertas en Latinoamérica por siglos de opresión colonial. Tal vez Eduardo Galeano se dio cuenta de eso, pensó que había terminado su trabajo y decidió abandonarnos justo un día después de la Cumbre. Él fue uno de los que abrió el camino. El resto de la empresa nos toca a quienes quedamos.

Alejandro Fierro, especialista en Comunicación Política y Electoral. Fundación GISXXI