Pensamiento Crítico

Hitler: La caída

None | 18 Septiembre 2005

Traudl Junge nació en Munich, a finales de 1920. Sabemos que estudió ballet clásico y deseaba ser bailarina, pero un vuelco inexplicable del destino la convirtió en secretaria particular de Adolf Hitler. Desde diciembre de 1942 hasta el 30 de abril de 1945, cuando Hitler y Eva Braun se suicidan en el búnker de Berlín, Traudl ordenó los archivos personales, pasó a máquina los acuerdos y la correspondencia privados y, antes de la rendición incondicional del Tercer Reich, tomó en taquigrafía la versión final del testamento político y privado de Hitler. A principios de 1957, cansada de ser una permanente fugitiva, Australia le había negado el permiso de residencia, Traudl regresó a Alemania y escribió la historia de los últimos días de Hitler en el búnker de Berlín. Sin embargo, nunca se atrevió a publicarla. Melissa Müller, escritora y amiga, corrigió el manuscrito, escribió el prólogo y editó Hasta la última hora: la secretaria de Hitler cuenta su vida (Bis zur letzten Stunde: Hitlers Sekretärin erzählt ihr Leben, 2002). Traudl Junge le concedió la primera y última entrevista a Oliver Hirschbiegel, el director del filme La caída; la secretaria falleció en febrero de 2002, unas semanas después de haber publicado su libro.

Marcel Reich-Ranicki, el crítico social y literario más acreditado de Alemania, no entendió lo que había sucedido en su país durante los meses de septiembre a octubre de 2004: "Adolf Hitler murió hace casi 60 años", escribió Reich-Ranicki, "era un individuo mediocre, incapaz de conducir siquiera un automóvil; alguien que envió a millones de personas a la muerte, un cobarde que se suicidó cuando el enemigo llegó ante las puertas de su guarida; su ayudante, Otto Günsche, incineró su cadáver. Sin embargo, durante las últimas semanas, en los principales periódicos, en los programas de televisión más populares y, sobre todo, en el cine, Hitler está más vivo que nunca en Alemania. Mientras la guerra, la miseria y el terror arrasan Irak, Palestina y Sudán, los alemanes nos ocupamos otra vez, con todo fervor, de nuestro pasado que no acaba de pasar".

Marcel Reich-Ranicki se refería al éxito de La caída, el filme de Oliver Hirschbiegel, a cuyo lanzamiento asistieron en esos meses más de 2 millones de alemanes, y que en estos días se estrenó en nuestras carteleras. A principios de septiembre del año pasado, las salas de cine se abarrotaron en Alemania, los programas de televisión sobre la película de Hirschbiegel se multiplicaron. "El filme La caída no es malo", escribía Reich-Ranicki, "es interesante, la actuación de Bruno Ganz me parece soberbia, aunque el personaje de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, me parece desdibujado." Andreas Borcholte, en el diario Frankfurter Rundschau comentaba: "A principios del siglo XXI, Adolf Hitler se ha convertido en el icono de la industria televisiva alemana, una de las drogas más fuertes, un mito muy efectivo, la etiqueta de una marca poderosísima." El argumento de Bernd Eichinger se basa en el libro El hundimiento (Der Untergang) de Joachim C. Fest, biógrafo de Hitler y, sobre todo y ante todo, en las memorias de Traudl Junge: Hasta la última hora (Bis zur letzten Stunde).

La caída tiene un escenario: el búnker de Adolf Hitler en el subterráneo de la nueva cancillería en Berlín; el periodo, los últimos 12 días del Tercer Reich, del 20 de abril al 2 de mayo de 1945. Cuando Hitler se refugió en un búnker a 16 metros de profundidad, muros de cuatro metros de ancho, 250 metros cuadrados y 20 estancias subterráneas, los ejércitos soviéticos estaban a 12 kilómetros del búnker, el mariscal Zhukov avanzaba sin grandes resistencias. Los líderes nazis no tenían la menor duda de que la lucha por Berlín, la capital del Reich, sería el punto culminante de la guerra, pero ninguno admitía que ya estaban derrotados. "Los nazis ganarán juntos en Berlín" -Goebbels no se cansaba de repetirlo- "o morirán juntos en Berlín." El ministro Goebbels nunca se enteró de que estaba parafraseando a Karl Marx, cuando decía: "quien posea Berlín poseerá Europa. Y quien controle Alemania, controlará Europa".

La caída es uno de los capítulos imposibles de narrar en la historia de Alemania. El director Olivier Hirschbiegel ha puesto un elenco de excelentes actores: Bruno Ganz, Alexandra María Lara, Ulrich Noethen, Corinna Harfouch. El guión de Bernd Eichinger sigue con todo rigor tanto la descripción de Traudl Junge como la de Joachim Fest, no se aparta tampoco de la magnífica narración de Anthony Beevor, ni de la de Ian Kershaw; pero las críticas estadounidenses, inglesas y francesas han sido demasiado severas: el diario The Independent la calificó como "una mala comedia", el New York Times escribió "lo más notable es lo poco notable del filme", Le Monde le señalaba a Hirschbiegel "su clara intención de volver a Hitler un ser humano como cualquier otro"; por el contrario, el Guardian argumentaba que "ese monstruo, Hitler, es inexplicable en La caída".

Todos los habitantes del búnker eran supervivientes, Hirschbiegel lo muestra muy bien en su largometraje. El distrito gubernamental de Berlín se hallaba acantonado, todas las tropas se habían replegado en esa zona, el Tercer Reich, que duraría mil años, se limitaba a 17 kilómetros, unos 10 mil hombres se habían atrincherado en las calles principales; pero la ruta de escape hacia occidente había quedado interrumpida por el ejército soviético: todos estaban atrapados, no existía salida. Mientras el ejército alemán se retiraba a sangre y fuego al centro de la metrópoli, los verdugos comunes y corrientes, los dueños del patíbulo, salieron por órdenes de Goebbels con sus gruesas cuerdas para colgar a todos los pacifistas que habían puesto banderas blancas en sus ventanas en la avenida Kürfürstendamm. Goebbels hablaba de un virus que anunciaba la peor de las epidemias: la traición. La madrugada del 26 de abril de 1945, Martin Bormann dejó correr el rumor de que Alemania había iniciado negociaciones con los aliados occidentales; pero ese falso rumor se transformó de pronto en verdad incuestionable. Hitler y Goebbels enloquecieron de rabia cuando se dieron cuenta de que Heinrich Himmler, el comandante general de las SS, le había propuesto al conde Bernardotte, representante de la Cruz Roja sueca, un encuentro con el general Eisenhower para negociar el armisticio. Truman y Churchill informaron al Kremlin de la propuesta de Himmler, Stalin respondió de inmediato y sin mediadores: "La respuesta a Himmler que usted sugiere... es del todo correcta: rendición incondicional."

La traición es verdad

A pesar de que los habitantes del búnker no sabían lo que se estaba fraguando, Martín Bormann, uno de los ayudantes más cercanos al Führer, adivinó los planes de Himmler y escribió en su diario: "Himmler y Jodl han deshecho las divisiones que enviamos para contener a los rusos. Nosotros vamos a luchar y a morir por el Führer, le seremos fieles hasta la sepultura. Muchos pretenden actuar por motivos más humanos, afirman que debemos salvar a los civiles, pero han sacrificado lo más venerable, la vida de nuestro Führer. Son unos cerdos que han perdido el sentido del honor. La cancillería de nuestro Reich está en ruinas. En estos momentos el mundo pende de un hilo. Los aliados nos están exigiendo una rendición incondicional, lo que es igual a traicionar a nuestra tierra patria, Alemania. Hermann Fegelein se ha degradado al intentar huir vestido de civil".

Por un programa de radio transmitido desde Estocolmo, la tarde del 28 de abril Hitler cayó en la cuenta de que la traición era verdad: Himmler había establecido contactos con los aliados. Al ver confirmada la conspiración de "el más fiel de sus compañeros de lucha," sufrió un ataque de ira excesivo, sometió a Hermann Fegelein, hombre de confianza de Himmler, cuñado de su esposa, Eva Braun, a un interrogatorio brutal que llevó a cabo el mismo jefe de la Gestapo, el general Müller. Fegelein confesó entonces saber de las conversaciones de Himmler con Bernardotte, admitió también que deseaba entrevistarse con Eisenhower y negociar la paz. El comandante Freytag von Loringhoven vio a Hermann Fegelein subir escaleras arriba, sangrando de la cabeza, escoltado por miembros de la SS; le habían arrancado de su uniforme todas las insignias propias de su rango, así como la Cruz de Hierro. Bajo el fuego incesante de la artillería soviética que se encontraba a sólo unos kilómetros del búnker, los oficiales de la SS ejecutaron a Fegelein como a un traidor en el centro del jardín de la cancillería. Al caer la noche, Hitler se dio cuenta de que Himmler, y los grupos selectos de la SS, su guardia pretoriana, habían conspirado contra él y su régimen, del mismo modo como los oficiales del ejército (la Wehrmacht) habían atentado un año antes contra su vida.

Cuando a las dos de la mañana del domingo, 29 de abril, después de que el Führer y su esposa se habían retirado a sus habitaciones, Traudl Junge dejó de transcribir documentos y subió a la planta alta del búnker por un poco de comida para los seis hijos de Joseph Goebbels y asistió a un espectáculo que la conmovió y que no olvidaría jamás. A unos diez metros de donde yacían decenas de cadáveres y agonizaban los heridos del hospital subterráneo de la cancillería del Reich, Traudl presenció una verdadera orgía de la muerte. Los 12 oficiales de la SS, un grupo de 30 mujeres jóvenes y guardias del ejército se hallaban poseídos por una suerte de fiebre erótica incontenible, hacían el amor de una forma desesperada, se amontonaban unos sobre otros; las mujeres se habían desnudado, abrazaban a sus compañeros llorando, gemían de placer, dolor y angustia de muerte. Los oficiales de la SS, que buscaban desertores en los sótanos y en los callejones de Berlín, habían llevado a un grupo de mujeres jóvenes, ávidas de saciar el hambre con buenas viandas y escapar de los soldados rusos, a "la gran fiesta de la cancillería." El apocalipsis del autoritarismo nazi llegaba a su fin.

Con todas sus omisiones inevitables, La caída demuestra que no hemos salido del horror de la guerra del siglo XX -una guerra que se prolongó 30 años (1914-1945). No creo que los muertos hayan logrado enterrar a sus muertos: 50 millones de cadáveres cubrieron la tierra. Hubo cerca de 40 millones de heridos, mutilados, dementes. Y los que sobrevivieron resienten todavía el trauma de esos años hasta el fin de sus días. Toda convención humanitaria fue violada: campos de exterminio, genocidio científico, torturas, bombardeos y la devastación de poblaciones civiles. El absurdo del mundo se reveló como nunca antes durante esos días. En agosto de 1945, lo hemos recordado en estas semanas, la humanidad se dio un ultimátum a sí misma con las armas nucleares. ¿Los hombres luchan entre sí por instinto, luchan y se destruyen por dar un sentido a la existencia que no tiene sentido, un objeto a la esperanza que no tiene objeto? ¿Existe en nosotros una pulsión de muerte, como afirmaba Freud? Nunca nos restableceremos de la última guerra, decía el escritor W.G. Sebald: el delirio de sobrevivir, quizá, acabará con nosotros.

La matanza de Dresde

El 3 de febrero de 1945, novecientos treinta y siete bombarderos B-29 estadounidenses redujeron a cenizas el centro de Berlín; la vieja Cancillería del Reich, un palacio neobarroco de la época de Bismarck, ardió en llamas durante unas horas. La nueva Cancillería, en el distrito gubernamental, un proyecto del arquitecto Albert Speer, sufrió también impactos severos, el jardín tenía cráteres de bombas, faltaba electricidad y un carro-cisterna suministraba el agua disponible. La zona del centro era una multitud de incendios, ruinas y escombros. En la nueva Cancillería, las bombas incendiarias habían devastado además las habitaciones y el fuego arrasaba las salas de juntas. La mañana del 4 de febrero Hitler descendió al mundo subterráneo del Tercer Reich para no regresar jamás. El búnker era autónomo, una suerte de planeta con vida propia, contaba con sistema de calefacción e iluminación, agua potable día y noche, alacenas con conservas y víveres para seis meses y una cava con los mejores vinos. A partir de febrero, la noche y el día perdieron su significado, Hitler vivió sólo en la iluminación artificial del búnker, algunas veces, después de los bombardeos, salía con "Blondi", su perro favorito, a tomar un poco de aire en las ruinas del jardín.

En febrero de 1945, mientras fracasaba la ofensiva en las Ardenas y el frente oriental capitulaba frente al ímpetu del Ejército Rojo, mientras llovían las bombas sobre Berlín y la región del Danubio, Hitler y Goebbels hablaron por primera vez de la defensa de Berlín, mencionaron la evacuación de parte de las oficinas del gobierno a Turingia, pero el Führer le explicó a Goebbels su determinación de permanecer en Berlín. "Los dos hablaban de la guerra en el frente oriental como de una lucha histórica", escribe Ian Kershaw, "para salvar el mundo cultural europeo de los hunos y los mongoles de nuestro tiempo". "En realidad, entre nosotros nunca pensamos siquiera en la capitulación", escribió Goebbels.

A principios de febrero de 1945 la ciudad de Dresde, la joya alemana del oriente, contaba con 800 mil, quizá un millón de personas: 640 mil eran ciudadanos alemanes, afirma el historiador Jörg Friedrich, el resto eran refugiados. La noche del 14 de febrero la fuerza aérea inglesa inició el bombardeo de Dresde y exterminó a 45 mil personas, quizá con Hamburgo la mayor pérdida de vidas humanas en una ciudad alemana durante la guerra aérea. El ataque a Dresde se remontaba a los planes aliados del verano de 1944, en los que se intentaba una masacre total con más de 100 mil muertos en el bombardeo de Berlín. "La versión moderada de los ataques bactereológicos y con gases", sostiene el historiador Jörn Russen, "que Winston Churchill quería llevar a cabo en 60 ciudades alemanas." Hitler escuchó la noticia de la destrucción de Dresde impávido, apretando los puños. Goebbels exigió de inmediato la ejecución de decenas de miles de prisioneros de guerra aliados, uno por cada ciudadano muerto en el bombardeo. Hitler se manifestó de acuerdo con la idea, porque estaba convencido de que si los alemanes eliminaban a los prisioneros de guerra, los aliados tomarían represalias más brutales, y así evitaría la deserción masiva de las tropas alemanas del frente occidental.

Heinz Guderian, comandante de las divisiones de tanques, afirmaba que los soldados en el frente oriental luchaban mejor, porque en el frente occidental se les prometía un mejor trato a los prisioneros, "según esa estúpida Convención de Ginebra. Hay que acabar con esa absurda Convención, la guerra debe ser sin piedad", argumentó el general. Sin embargo, el Estado Mayor impidió a Hitler dar ese salto al vacío. El 12 de febrero, "los Tres Grandes" (Roosevelt, Stalin y Churchill) publicaron un comunicado desde Yalta, en Crimea, donde llevaban una semana reunidos discutiendo la situación de Alemania y Europa: "Alemania será dividida y desmilitarizada, su industria estará bajo el control de los aliados, se pagarán indemnizaciones, se juzgará a los criminales de guerra y se abolirá el Partido Nazi". Al recibir la noticia desde Yalta, Hitler no pareció impresionarse demasiado. El comunicado de "los Tres Grandes" confirmaba su creencia: ninguna capitulación.

Durante la noche del 11 de marzo de 1945, Hitler estuvo a punto de sufrir un colapso nervioso al recibir la noticia de que las tropas del general Steiner no habían detenido a los soviéticos en la parte norte de Berlín; su médico, Theodor Morell, lo había encontrado tan decaído, que le sugirió una inyección de vitamina B-12, pero el Führer reaccionó con una furia irreprimible, cubrió de insultos al médico y comenzó a vociferar, convencido de que sus generales querían inyectarle morfina, enviarlo a Salzburgo en un avión y, oculto en un automóvil, trasladarlo sin escalas a Berchtesgaden, su refugio en los Alpes. Los ataques de paranoia era cada vez más graves, más intensos. Cuando no se hallaba reunido con su Estado Mayor y discutía los movimientos de las tropas, pasaba la mayor parte del día y de la noche en su habitación del búnker, sumido en sus ilusiones o alucinaciones y con la mirada fija en el retrato de Federico el Grande, de Anton Graff, que colgaba a un lado de su escritorio.

La paranoia de Hitler

Por esos días, Goebbels leía entusiasmado la monumental Historia de Federico II de Prusia (1712-1786) de Thomas Carlyle, autor que magnificaba el heroísmo del monarca prusiano, y le regaló a Hitler un ejemplar. El ministro de Propaganda le leía al Führer en voz alta largos pasajes sobre la obstinada firmeza de Federico durante el invierno de 1761-1762, en circunstancias de verdadera desesperación, durante la guerra de los siete años y cómo la vida había recompensado al rey con un cambio de suerte imprevisto y espectacular. "A Hitler se le llenaron los ojos de lágrimas", recordaba Heinz Guderian. Cuando, en abril de 1945, Goebbels le informó, pletórico de alegría, la inesperada muerte de Roosevelt, Hitler vio en el fallecimiento del presidente una repetición en la historia del milagro providencial que significó para Federico el Grande la muerte súbita de la zarina Isabel, que permitió concluir la guerra de los siete años.

La paranoia de Hitler se volvió cada día más incontrolable: esperaba atento a que los aliados discutieran y pelearan entre sí en San Francisco, y que Estados Unidos y Gran Bretaña reconocieran que sólo existía un hombre capaz de contener al "coloso bolchevique" que iba apoderándose de Europa oriental: él mismo, Adolf Hitler. Goebbels le dijo a un subordinado que el pueblo alemán se merecía el destino que le aguardaba, pues se trataba de un pueblo inferior, en ese sentido, decía Goebbels, el pueblo alemán nos engañó. Oliver Hirschbiegel, el director de La caída, reproduce un diálogo escalofriante entre Albert Speer, arquitecto y Ministro de Armamento y Producción Bélica y el Führer: Hitler :"mientras más avance el enemigo, sólo encontrará en Berlín un desierto lleno miseria y destrucción". Speer : "eso significa la pena de muerte para el pueblo alemán. Sin electricidad ni gas, sin agua potable ni carbón, sin tránsito en las calles ni ferrocarriles, sin canales ni puertos, sin barcos ni locomotoras, llevaríamos a nuestra patria otra vez a la Edad Media. Con esa orden le arrebata usted al pueblo alemán cualquier posibilidad de sobrevivir." Hitler : "Si perdemos la guerra, me importa un bledo si el pueblo desaparece (...) Si las cosas están así, no es necesario preocuparnos por la existencia del pueblo alemán. Al contrario, es mejor que desaparezca de la tierra. Este pueblo ha revelado ser el más débil de todos y, por lo tanto, la ley de la naturaleza nos dice que debe ser exterminado."

La derrota defensiva más sangrienta de la historia moderna tuvo lugar esas semanas en Berlín: "el precio no lo había de pagar Hitler", escribió el historiador Carl Jacob Burckhardt, "sino los ciudadanos berlineses que permanecieron atrapados y murieron en medio de una atroz batalla. El proyecto "Nerón" del 19 de marzo, según órdenes de Hitler, había decretado que se destruyeran los puentes que permanecían todavía en Berlín y, sobre todo, que se inundaran los túneles ferroviarios, refugio de los soldados alemanes heridos; que se cerraran todos los hospitales y se prohibiera poner banderas blancas al paso del enemigo. "Hitler intentaba que se abatiese una catástrofe apocalíptica sobre Alemania", escribe Burckhardt, "cuyo pueblo había demostrado ser más débil que las naciones orientales. Según los nacionalsocialistas, la interpretación biológica de ese desastre era la única verdadera". Su concepción "estética" del mundo se hundió en las últimas semanas, y puso al descubierto a una criatura enloquecida, "Hitler era una ruina humana que vociferaba, habitado por mórbidas fantasías adolescentes", agrega Burckhardt, "de muerte y destrucción."

Según el proyecto "Nerón", todo debía destruirse: volar las minas, bloquear los canales de la ciudad con barcazas hundidas y aniquilar las instalaciones y centrales eléctricas y telefónicas, destruir el Museo Etnológico de Berlín y el de Historia Natural, no dejarle nada al enemigo. Sus últimas declaraciones revelaron a un paranoico que deseaba convertirse en héroe y mártir; el testamento político, que Traudl Junge pasó a máquina, recapitulaba las últimas décadas y aseguraba que su lealtad había estado siempre con el pueblo alemán.

Los responsables de la guerra habían sido los judíos, los únicos culpables: "Nadie puede siquiera dudar que esta vez millones de niños de los pueblos arios de Europa no morirán de hambre", escribió Hitler, "millones de hombres adultos no sufrirán la muerte ni centenares de miles de mujeres y niños morirán quemados y bombardeados en las ciudades sin que el verdadero criminal sea castigado, aunque por medios más humanitarios." El heroísmo retórico del Führer era el de un suicida que tocaba fondo: el apocalipsis se reducía inexorable a las calles del centro de Berlín, millones iban a compartir su destino. "Cuando yo, el Führer, haya desaparecido, solicito a los dirigentes de la nación alemana y a los que están a sus órdenes a cumplir con todo escrúpulo las leyes de la raza y a oponerse del modo más implacable a la comunidad judía internacional, que envenena a todos los pueblos de la tierra." El testamento era un grito desesperado en medio del incendio de Alemania; pero en los últimos siete años del Tercer Reich, Heinrich Himmler y sus asesinos ya habían exterminado a 6 millones de judíos.

Albert Speer

El viernes 30 de septiembre de 1966 era un día frío y con sol, como muchos al comenzar el otoño en Berlín occidental; recuerdo la intensidad de la luz, a pesar de lo temprano de la hora; recuerdo también las bandadas de pájaros, un cielo pálido, jirones de nubes rosadas y los primeros autobuses. Salí a comprar el desayuno: yogur, pan negro y fruta. Al regresar a mi habitación de la Residencia de Estudiantes escuché, en la estación Sender Freies Berlin, una narración de cómo legiones de periodistas, fotógrafos y camarógrafos de las televisoras europeas se encontraban ante las puertas de hierro de la prisión para criminales de guerra de Spandau: esa mañana salía libre Albert Speer. Alonso Ruiz Alzate, un colombiano de Caldas, me comentaba cada vez que pasábamos por esa avenida y veíamos la fortaleza de hormigón Spandaugefängnis (Cárcel de Spandau) "No tenga usted duda, José María, me dijo Alonso: es la cárcel más cara del mundo. Imagínese, cada semana los aliados cambian la guardia, para no hablar de los tanques en el patio interior. Así se relevan y rotan cada semana. Una vez estadounidenses, otra ingleses; luego soviéticos y, al final, franceses. La prisión de Spandau tiene 2782 celdas deshabitadas, cocinas y comedores vacíos, salas de visita desiertas, pelotones acuartelados y todo para dos prisioneros: Rudolf Hess y Albert Speer. En la prisión militar de Spandau encarcelaron, a partir de 1947, a siete de los nazis sentenciados por el Tribunal Militar de Nurenberg: Karl Dönitz, Walther Funk, Rudolf Hess, Constantin von Neurath, Erich Raeder, Baldur von Schirach y Albert Speer. Al final sólo quedaron dos en sus celdas: Rudolf Hess, cadena perpetua; Albert Speer, 20 años de prisión confinado al silencio.

Recuerdo esa tarde en que observé salir a Albert Speer de la cárcel, tenía 60 y, en la televisión, aparentaba 70 años. Medio calvo, levemente encorvado, lento de palabras y movimientos. Cara afilada, rasgos marcados, ojos azules y un aire de venir del otro lado de la realidad. Vestía un abrigo azul y una bufanda oscura gruesa. No contestó a ninguna de las preguntas del ejército de reporteros que lo asediaba, se evadió de la multitud y desapareció en un automóvil. Siempre me llamó la atención el arquitecto Speer que deseaba construir en Berlín por órdenes de Hitler la capital del mundo: Germania. Nuevas preguntas se dibujaron entonces en el horizonte, cuestiones que la historia, desde la teorías de las ciencias sociales, había desdeñado tales como el poder absoluto de un líder, su delirio de grandeza y, al mismo tiempo, su megalomanía y frustración.

Albert Speer nació el 19 de marzo de 1905 en la ciudad de Mannheim; su abuelo y su padre habían sido arquitectos, su madre descendía de una familia de banqueros y financieros muy ricos. Speer estudió arquitectura en Karlsruhe, Munich y Berlín. En julio 1931 se entró en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) y se convirtió en un apasionado militante. Hitler siempre sintió debilidad por Speer, su amigo íntimo y arquitecto predilecto; en abril de 1935 lo nombró "Jefe de arquitectos del Tercer Reich", tres años después Inspector General de Edificación del Reich, en 1942 ministro de Armamento y Munición, y un año más tarde ministro de Armamento y Producción Bélica. Albert Speer describió los últimos días en el búnker con una mezcla de rabia y vergüenza: "...la disciplina había empezado a relajarse. Antes, cuando Hitler entraba en una habitación, todos los presentes se ponían de pie y no volvían a sentarse hasta que él se sentara. Ahora, en cambio, continuaban las conversaciones y nadie se levantaba, los criados hablaban con los invitados en su presencia y algunos oficiales alcoholizados dormían en las butacas mientras discutían sin inhibiciones, a voz en cuello".

Oliver Hirschbiegel, el director de La caída, imagina un encuentro de Hitler y Speer ante la maqueta de Germania, la nueva capital del Reich. Hitler : Sí, Speer, los bombardeos sobre nuestras ciudades tienen su lado bueno. Será mucho más fácil ir quitando los escombros, así nosotros no tendremos que destruirlo todo. Cuando ganemos la guerra, la construcción de la ciudad será mucho más ágil y ligera.

«El Tercer Reich no es posible

Hasta donde sé este encuentro nunca tuvo lugar en el búnker, pero sí en la nueva Cancillería. Hitler: sólo usted, Speer, y yo sabemos que el Tercer Reich no es posible sólo con almacenes y fábricas... rascacielos y hoteles. Este Tercer Reich será una baúl de tesoros para el arte y la cultura, que sobrevivirán siglos y siglos...Vemos las ciudades de la Grecia antigua, la Acró-polis...Vemos las ciudades de la Edad Media, sus catedrales y sabemos que los individuos necesitan un punto medio. Sí, Speer, esa ha sido siempre, usted lo sabe, mi visión. Veintitantos años antes, Hitler había escrito en Mi Lucha que ninguna de las metrópolis actuales poseía monumentos que dominaran la imagen entera de la ciudad y que, de algún modo, pudieran considerarse un símbolo de su época. En cambio, sí fue el caso en las ciudades de la Antigüedad, pues cada una de ella poseía un monumento del cual se sentían orgullosas. La ciudad antigua no se levanta en las construcciones privadas, sino en los monumentos de la colectividad, que no están destinados al instante, sino a la eternidad, ya que en ellos nunca se pretendía reflejar la riqueza de un único propietario, sino la grandeza y la relevancia de la comunidad. Hitler estaba obsesionado con Roma, a la que consideraba "nuestro único rival en el mundo". El milenarismo de Hitler es el primer síntoma grave de su paranoia, el tiempo se congela en un espacio que llama ciudad. "Su esposo", dijo Hitler en tono solemne a la mujer de Speer la tarde en que se conocieron, "construirá para mí edificios como no se han vuelto a levantar hace cuatro milenios". Al decir esto piensa, escribe Elias Canetti, en las construcciones egipcias, sobre todo en las pirámides, a causa de su grandeza, pero también porque hace cuatro milenios que existen.

La ciudad deja de ser un lugar de residencia para convertirse en un enorme símbolo, en un gran portador de significados del poder y su imagen urbana. "Deje que un pobre campesino entre en nuestra sala de la cúpula de Berlín. No sólo se quedará sin aliento; a partir de ese momento, el hombre sabrá dónde pertenece", le dijo Hitler a Speer en el búnker. Germania sería el nombre de Berlín, la capital del gran imperio germano-alemán que ningún poder del mundo sería capaz de destruir. "Berlín tiene que llegar a ser el centro de Europa", escribía Hitler, "una capital que para todo el mundo tendrá que ser la capital". En su Diccionario Crítico de mitos y Símbolos del Nazismo, Rosa Sala Rose subraya que Berlín, -considerada por los nazis como un monstruo de asfalto, una ciudad babilónica en la que Alfred Rosenberg, el ideólogo nazi, creyó percibir el mismo "olor a cadáver" de París, Viena, Moscú y Nueva York y en la que la modernidad, la libertad de costumbres y la mezcla de culturas dominaban a sus anchas- tenía que ser rebautizada. El nuevo nombre, Germania, no sólo iba a representar una identidad cultural radical y distinta, sino que en gran medida simbolizaba su transformación arquitectónica en una nueva ciudad. "Para hacer realidad el proyecto de Germania había que derribar tal cantidad de edificios de la vieja ciudad de Berlín decimonónica", afirma Sala Rose, "que la ciudad apenas iba a ser reconocible, por lo que la asignación de un hombre nuevo seguía estando plenamente justificada."

Al examinar las construcciones de Speer en Nurenberg, en la Feria Internacional de París (1937), y la maqueta de Germania nos damos cuenta de la aterradora destrucción de las ciudades alemanas al final de la guerra. Las inconcebibles dimensiones de las avenidas y edificios emblemáticos de Germania que pretendían borrar todas las construcciones urbanas anteriores, París entre ellos, reducían el urbanismo de Haussmann a un juego de niños. "Berlín, como capital del mundo, será sólo comparable con el antiguo Egipto, Babilonia o Roma", decía Hitler, "antes acostumbraba preguntarme si no habría de destruir París. Sin embargo cuando hayamos terminado Berlín, París no será más que una sombra. ¿Para qué íbamos a destruirla?

En sus Memorias, Albert Speer escribe que la huida de Hitler a su futura bóveda sepulcral, el búnker, siempre le pareció que tenía una gran carga simbólica. Apartado de la vida y rodeado de hormigón y tierra, cerró la salida a la tragedia que tenía lugar en las calles de Berlín, a cielo abierto. Germania era una inmensa acumulación de cadáveres y ruinas, calles sin nombre y monumentos derruidos. "Había llegado a la última estación de su huida de la realidad", escribe Speer, "una realidad que ni siquiera en su juventud quiso reconocer. Por ese entonces, yo llamaba a ese mundo irreal la "Isla de los Bienaventurados".

En abril de 1945, en lugar de contemplar deslumbrados la maqueta de Germania, como aparece en el filme La caída, Hitler y Speer se inclinaban sobre los planos de la ciudad de Linz, donde había nacido Hitler, con el ánimo de regresar a los sueños del pasado. El Führer y su arquitecto contemplaban los planos de las otras construcciones en medio del incendio de la ciudad arriba, en la superficie del infierno, en el mundo real de los vivos y muertos por la metralla. Cuarenta y cinco mil toneladas de bombas se habían arrojado sobre Berlín; el 3 de febrero de 1945, los estadounidenses aseguraron haber matado a 25 mil personas. "Su despacho, situado a dieciséis metros de profundidad, era sin duda el lugar más seguro de Berlín", escribe Speer. "Cuando cerca de allí explotaba alguna bomba de gran calibre, la masa del búnker vibraba a consecuencia de la transmisión de la onda expansiva por el suelo arenoso de la ciudad. Entonces Hitler se sobresaltaba. Qué transformación había sufrido aquel intrépido cabo de la Primera Guerra Mundial. No era más que una ruina, un manojo de nervios que ya no sabía ocultar sus reacciones, un individuo con ataques de pánico y angustia de muerte".

El duelo y la melancolía

A principios de marzo de 1967, Alexander y Margarete Mitscherlich, médicos, siquiatras y sicoanalistas -Alexander Mitscherlich era director del Instituto Sigmund Freud de Frankfurt, autor de Medicina inhumana (1958), análisis de los experimentos médicos nazis practicados en los judíos- publicaron La Incapacidad del Duelo en Alemania (Die Unfähigkeit zu trauern) un ensayo cuya vigencia, después del éxito del filme La caída, sigue presente. Su hipótesis: después de la Segunda Guerra Mundial, la incapacidad del duelo en los alemanes llegó a convertirse, aunque sea imposible comprobarlo con estadísticas, en una de las explicaciones más sorprendentes sobre la configuración de la nueva República Federal de Alemania. La ausencia del duelo en la población alemana, después de una catástrofe nacional de dimensiones descomunales, "la notable apatía" con la que se respondió ante las montañas de cadáveres en los campos de exterminio, la desaparición masiva de los ejércitos alemanes en las prisiones soviéticas, las noticias sobre los millones de asesinatos a judíos, polacos, rusos, sobre los bombardeos de las ciudades, la eliminación de los propios enemigos políticos, dejaron a principios de los 50 un resultado nocivo en la nueva sociedad.

Alexander y Margarete Mitscherlich partían de uno de los ensayos más conocidos de Sigmund Freud, Duelo y Melancolía, (Trauer und Melancholie), donde el profesor de Viena sostiene, en 1915, que "el duelo no es sino la reacción ante la pérdida o la muerte de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. Detrás de influencias idénticas", continuaba Freud, "en muchas personas observamos, en lugar de duelo, melancolía". A pesar de que el duelo ante la pérdida de un ser amado trae consigo graves desviaciones emocionales de la conducta normal de la vida, nunca se nos ocurre, dice Freud, considerarlo un estado patológico. Sin embargo, muchas veces el duelo ante la muerte de un ser amado se parece demasiado a la melancolía, cuyos rasgos distintivos son devastadores: la cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad, un profundo deterioro de la propia autoestima y, algunas veces, una delirante expectativa de autocastigo.

Las semejanzas entre el duelo y la melancolía son perturbadoras. No todo duelo es patológico, pero muchas veces presenta los síntomas de una profunda melancolía o, como ahora se le llama, "depresión". Freud reveló la gradación entre el duelo normal y los duelos patológicos -cuando nos consideramos culpables de la muerte ocurrida, la negamos, nos creemos poseídos por el difunto o creemos padecer la misma enfermedad que ocasionó la muerte- y la melancolía. Freud propuso entonces "el trabajo de duelo" (Trauerarbeit) como un camino para salir de ese laberinto del dolor y la angustia. Ante la pérdida de un ser amado debemos acatar la realidad; pero el duelo se cumple, dice Freud, con un gran gasto de tiempo y energía. Cada uno de nuestros recuerdos y cada una de las expectativas que nos anudaron al ausente se van clausurando no sólo en nuestra memoria sino también en nuestros deseos. "¿Por qué resulta tan doloroso acatar la orden de la realidad?"

Duelo y melancolía es sin duda uno de los ensayos más admirables de Freud; pero en la interpretación de los Mitscherlich resulta, quizá, aún más sorprendente. La caída del Tercer Reich fue una catástrofe para la cual no estaban preparados los alemanes de esa generación. Los fantasmas de su omnipotencia les impidieron no sólo ver la realidad sino también verse a ellos mismos. "Al darse cuenta del esfuerzo bélico descomunal y, sobre todo, del genocidio de los judíos, los alemanes intentaron defenderse de una culpa tan grande", escribía Mitscherlich, "porque la única respuesta posible habría sido una devastadora melancolía de las masas." ¿Qué llevó al pueblo alemán a entregarse a Hitler con una pasión y una credulidad tan formidables, que los arrastraron hasta su propia destrucción? El permanente estado de apoteosis en que vivían los alemanes (1933-1943) habla de un "enamoramiento popular del Führer", que encarna el lugar del ideal del yo de cada individuo, como diría Freud, el autorretrato síquico trazado por las más audaces fantasías sobre nuestra importancia, perfección y superioridad, pero también sobre una legítima esperanza: ¿cómo y qué quiero llegar a ser? Al seguir yo al Führer, al venerarlo, vuelvo realidad un fragmento de ese ideal del yo que tanto hemos soñado. Si participo directamente en su vida heroica y patriota, en sus proyectos históricos, el Führer y su significación se transforman en una parte de mí mismo.

Las fascinadas masas se hunden con el Führer

Los alemanes de esas generaciones padecieron una infatuación delirante del sentimiento de su propia dignidad, de su propia grandeza e inteligencia (les repitieron día y noche que eran una raza superior), un narcisismo extremo que se expandió hasta lo grotesco. "Las personas de todas las clases sociales se refugiaron bajo las banderas de la esvástica o cruz gamada, un símbolo mágico que nos ha demostrado", comentan los Mitscherlich, "nuestra poderosa aversión contra la vida racional, y nuestra proclividad a la conciencia alemana del mesianismo." La pasión por Hitler se llevó a cabo sobre una plataforma narcisista, es decir, sobre el amor a nosotros mismos. Si la realidad ha refutado al líder carismático, si el Führer pierde la partida en el juego de las fuerzas políticas mundiales, entonces no es él solo el que se hunde, sino que con él se hunde la encarnación del ideal del yo de las masas fascinadas con él.

La destrucción de ese sentimiento de grandeza ocasionó una profunda melancolía en el pueblo alemán, y la defensa más eficaz contra una melancolía de las masas es el trabajo: el milagro económico alemán (1946-1966) no es, para los Mitscherlich, sino un duelo postergado e imposible, una manera alemana de amar y sobrevivir. Hay una copiosa literatura, contagiada de pesadez sicoanalítica, que se obstina en ver la infancia de Hitler como el teatro de la perversidad polimórfica y en donde el Führer sufre la más cruel amputación: la de su felicidad, lo que explicaría su increíble maldad. La interpretación de los Mitscherlich escapa a estos lugares comunes del sicoanálisis, y se centra en la incapacidad de una nación para ejercer el trabajo de duelo. Las historias clínicas que refieren hablan de esa torpeza vital, de esa ceguera nacional. Cuando la sociedad alemana elude su responsabilidad política concreta, y argumenta que lo único que hizo en realidad era "obedecer las órdenes", entonces todo duelo es imposible. "Aun cuando no hayamos asesinado a nadie, sino sólo colaborado con nuestro silencio en esas monstruosidades", afirman los Mitscherlich, "la rendición incondicional después de tanta arrogancia debe provocar un intenso sentimiento de vergüenza". Cuando, a principios de los 70, se decía "los nazis tuvieron la culpa de todo", todos querían decir: "somos culpables y nadie escapará a nuestro propio veredicto". El trabajo del duelo es el ejemplo más sugestivo de cómo el dolor y la memoria pueden unirse en un largo proceso de desprendimiento. El duelo por el Führer es imposible, porque no se llegaría al dolor, sino al odio de los alemanes por sí mismos, propio de la melancolía.

Hannah Arendt habla de "la banalidad del mal" al referirse al caso de Eichmann, el asesino nazi administrador de la "solución final". Arendt manifiesta su horror ante la manera rutinaria, objetiva, burocrática, diligente, en la que hombres de una normalidad desconcertante pusieron en marcha una máquina asesina. "El carácter industrial y administrativo de la empresa homicida junto con la 'orden suprema'", escribe Rüdiger Safranski, "permitieron a esos ciudadanos comunes y corrientes mantener 'la conciencia tranquila'". Si bien esa "orden suprema" surgió de una metafísica del mal. El asesinato fue promovido por una obsesión metafísica abismalmente maligna, por lo que el término "banal" resulta, dice Safranski, del todo incorrecto. Hitler escribió: "Quien entiende el nacionalsocialismo sólo como un movimiento político no conoce nada de él. El nacionalsocialismo es más que una religión: se trata de la voluntad de crear un hombre nuevo, una creación que pasa por la aniquilación del ser humano". Ante esta declaración de principios del Führer, el trabajo de duelo es imposible, un laberinto sin salida, un enigma alemán cuya historia concluyó sepultada en un búnker de Berlín.