Pensamiento Crítico

Adelanto de “El hereje. Apuntes sobre John William Cooke” (I)

Por Miguel Mazzeo | Resumen Latinoamericano. | 14 Octubre 2016

Desde Resumen Latinoamericano, tenemos el honor de poder compartir a partir de hoy tres capítulos del libro de próxima aparición del escritor argentino Miguel Mazzeo sobre ese gran revolucionario que fue John William Cooke.

El libro de Mazzeo, “El hereje. Apuntes sobre John William Cooke”, de Editorial El Colectivo, aparece en un momento justo para reforzar la batalla de ideas sobre temas tan fundamentales como Revolución, Reforma, posibilismo, burocracia, lucha por el poder. De allí la importancia de poder acercarnos a Cooke y a su pensamiento rebelde y contestatario.

Agradecemos al compañero Miguel Mazzeo la deferencia de que nuestros lectores y lectoras puedan contar con este adelanto del que seguramente será un libro de cabecera de la militancia popular y revolucionaria argentina y latinoamericana.

Nota: los otros dos capítulos serán subidos al portal, el lunes y miércoles próximo.

Quien era Cooke:

John William Cooke nació en La Plata el 14 de noviembre de 1919; su padre, Juan Isaac Cooke, fue diputado por la Unión Cívica Radical y canciller durante el gobierno de Edelmiro Farrell. Cooke militaría en la Unión Universitaria Intransigente, mientras cursaba Derecho en la Universidad de La Plata. Egresó como abogado en 1943 y fue electo diputado por el peronismo, a los 25 años, para el período 1946-1952. En el Congreso fue presidente de las comisiones de Asuntos Constitucionales, de la Redacción del Código Aeronáutico y de la Protección de los Derechos Intelectuales. Fue profesor titular de economía política en la facultad de derecho y ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires entre 1946 y 1955. Integró la resistencia peronista, fue delegado de Perón y padeció cárcel y exilio. Es uno de los máximos referentes intelectuales de la izquierda peronista. Murió de cáncer el 19 de septiembre de 1968, dejando un importante legado en el seno del movimiento peronista.

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Anticipo (I)

El hecho maldito

Cada acto histórico no puede ser realizado sino por el “hombre colectivo”, o sea que presupone el agrupamiento de una unidad “cultural social”, por la que una multiplicidad de voluntades disgregadas, con heterogeneidad de fines, se funden para un mismo fin, sobre la base de una concepción (igual) y común del mundo.
Antonio Gramsci
La guerra de Cooke era una guerra de posiciones, con dirección política y retaguardia sólida. Cooke concebía la política como praxis orientada a la conformación de un poder real popular para confrontar con el poder real del Capital y sus instituciones y valores. En el peronismo coexistían una experiencia plebeya, resistente, impermeable a los mitos de Occidente y al patriarcado bondadoso; y una experiencia que por momentos rozó la soberanía popular, con una ilusión de poder (bastante eficaz, por cierto). Cohabitaban la perspectiva del pueblo y la perspectiva del Estado (no necesariamente de la nación). Convivían la mística y la idolatría. La primera servía para ampliar el campo de lo “posible político”, la segunda lo restringía. La primera hacía practicable una intervención eficaz de la clase trabajadora en la lucha de clases, la segunda la bloqueba. La primera contribuía a generar el clima para modificar las relaciones antagónicas a favor del polo dominado, la segunda creaba los compartimientos estancos y la atmósfera enrarecida apta para inocular altas dosis de conformismo y resignación en la clase trabajadora (para petrificar sus sueños) y para fortalecer al polo dominante. La primera remitía a las coyunturas y conflictos que constituían a la clase trabajadora como sujeto histórico, la segunda la subsumía en las estrategias de integración y regulación del sistema de dominación.
La experiencia plebeya, la perspectiva popular y la mística convertían al peronismo en el hecho maldito del país burgués. Lo erigían en receptáculo de rebeldías heterogéneas y de identidades execradas por el orden dominante, desde trabajadores y trabajadoras, villeros, villeras y pobres, hasta mujeres, homosexuales y lisiados. La experiencia plebeya, la perspectiva popular y la mística le permitían al peronismo escapar del ajustado perímetro de lo decible y hacían posible la invención popular.
La ilusión de poder, la perspectiva estatal y la idolatría lo delineaban como un hecho más de la política burguesa argentina; posiblemente, el avance histórico más importante en materia de armonías: con fábricas, escuelas, iglesias y comisarías; con ciudadanos propietarios y propietarios ciudadanos. La comunidad organizada. Una vía argentina para la modernización incluyente. Lo verosímil y lo teóricamente permitido por los discursos anteriores, por la historia previa. Y decimos “teóricamente permitido” porque, a pesar de su ostensible estrechez, el horizonte no dejaba (y no deja) de ser inaceptable para un sector de las clases dominantes y sus aliados (por lo general una infaltable franja impiadosa de las capas medias) que aspiraban (y aspiran) a una modernización excluyente y más conservadora aún. Se trataba (y se trata) de sectores con baja tolerancia a la “esclavitud emancipada” del Estado moderno y “democrático”, esto es: a la más mínima existencia políticamente democrática de lo social; incapaces de admitir cualquier comunidad y hasta cualquier apariencia de comunidad.
Creemos que la figura de Cooke posee carácter emblemático, entre otras cosas porque representa a todos aquellos y a todas aquellas que con su praxis, sobre todo en las décadas del 60 y el 70, intentaron enriquecer lo decible en la política argentina desde el peronismo. Y lo hicieron desde el peronismo, porque entendían que ese entarimado histórico era imprescindible para dotar el advenimiento de lo nuevo con una política de poder, para hacer de lo nuevo emancipatorio un nuevo posible.
El peronismo era un hecho maldito porque, como decía Carlos Olmedo hacia 1968, a pesar de haber sido una experiencia “incompleta”, en algunos aspectos “ilusoria” y “acotada”, la participación en el poder o al menos la aproximación, había sido vivida como una realidad por el pueblo argentino. La sola enunciación de esa posibilidad alcanzaba (y alcanza todavía) para romper con la idea de la “unidad nacional”. El “auge de masas”, el estado de rebeldía popular de fines de la década del 60 y principios de la del 70, no puede desvincularse del incremento de las expectativas de igualdad material, social y política generadas por el peronismo durante la década en que gobernó; no puede desvincularse del espacio de entendimiento intersubjetivo gestado por el peronismo y que portaba una crítica implícita a un orden de explotación y dominación. En este sentido, cabe hablar del peso de ciertas “objetividades inmateriales”.

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Portada del libro de Mazzeo de próxima aparición.

 
El peronismo era un hecho maldito no porque creaba una grieta (recurriendo a un término muy a la usanza política de la década de 2010), sino porque la ponía en evidencia. Esa grieta lógica del país capitalista, periférico, atrasado, dependiente, desigual. El poder de Perón y de las dirigencias peronistas provenía de su destreza para mostrarse como los únicos capaces de suturar esa grieta; más concretamente, de hacerla tolerable y disimularla. La indeterminación ideológica y el vacío programático eran la materia adherente segregada por la burocracia y por Perón.
El peronismo, por lo menos durante un tiempo, expresó situaciones tensas y contradictorias. Fue un campo que podía presentar encrucijadas: lo que servía para un avance colectivo y lo que lo frenaba; lo nacional-popular “desde abajo” y lo nacional-estatal “desde arriba”; la política de masas y la política de aparatos. Estas tensiones y estas contradicciones entre sectores y visiones eran la verdadera norma, no la solidaridad, como muchas veces se sostiene. Es decir, que se presentaban opciones: reaccionarias, reformistas, que restringían lo posible, pero también aquella que planteaba tanto la radicalización como la propia negación del contenido populista. Esta última, sobre todo, se dio cuando comenzó a descreerse en procesos de liberación nacional conducidos por un frente liderado por alguna fracción de la burguesía o por algún sector o corporación que la reemplace (verbigracia, las Fuerzas Armadas, sobre todo en los países periféricos).
Cooke, y una buena parte de la militancia peronista radicalizada, vislumbraron el agotamiento de una situación de acumulación populista y su contradictoria permanencia como ideología, que se expresaba en la reedición del programa del 45. Y en ese sentido, en carta a Hernández Arregui del 28 de septiembre de 1961, el Bebe decía: “Nuestro movimiento popular –y el Peronismo en primer término– se debate en medio de contradicciones ideológicas que no reflejan las reales contradicciones de la sociedad argentina” [Obras Completas, Tomo III, p. 90]. Sin el sostén de la primera (la situación de acumulación populista), el mantenimiento de la segunda (la ideología del 45) pasaría a justificar proyectos cada vez más alejados de la soberanía nacional y la justicia social. La identificación de este desfasaje impulsó el recorrido dialéctico de Cooke (y unos cuantos y unas cuantas más).
Por eso él asumió (en los términos de Lukács) la noción “actualidad de la revolución”, vislumbró un posible no arbitrario (un posible determinado, una de las bifucaciones) y comenzó a pensar en el sentido estratégico de lo posible. Enfatizaba, de este modo, el significado histórico de los movimientos de masas y concebía la política como acción positiva. El periplo del peronismo, que va de aquellos vigores catalíticos a su posterior constitución como fuerza regresiva (o reformista, en el mejor de los casos), no convierte en lícita la sospecha contra-fáctica de que el neoliberalismo, la “economía popular de mercado” o el “capitalismo con decisión nacional”, eran el destino obligado del peronismo. Sí nos parece correcto sostener, con Cooke, que el “final inglorioso” era una de sus posibilidades. Agregamos: el “final inglorioso” se puede relacionar a la no superación del populismo. Y también con su reedición bajo nuevos formatos (neo-populistas) después del agotamiento de su experiencia neoliberal. Sin la posibilidad de abrigar contradicciones sustanciales, el populismo persistirá como praxis de simulación de lo popular, como un arte de fingir. Y el peronismo seguirá delineándose como el ámbito donde medrarán los simuladores.
Cooke y la izquierda peronista en su conjunto pueden verse como emergentes históricos del desborde de los conflictos de una alianza social policlasista y de las dificultades o, lisa y llanamente, la imposibilidad de sintetizar las contradicciones estructurales. En fin, como emergentes de un pueblo que vio clausurada la posibilidad de profundizar (o simplemente mantener) las políticas nacionalistas y las reformas sociales en el marco del capitalismo dependiente y sus estructuras.
En su intento de exceder el populismo, el Bebe reconocía que no existía otra posibilidad que partir del proceso de colectivización y de articulación de voluntades disgregadas que dinamizaba la lucha de clases en la Argentina en las décadas del 50 y el 60 (sus herederos directos plantearán más o menos lo mismo en la década del 70). Claro está, el peronismo era un dato fundamental de ese proceso. Cooke asumió el objetivo de dotar de una subjetividad trascendental (de un elemento utópico) a esa objetividad situacional. Y supo manejarse permanentemente con la hipótesis de que “lo espontáneo” podía ser la forma embrionaria de “lo consciente”.
Vale aclarar que consideramos que la conciencia de “pueblo” puede estar muy bien y que en determinadas circunstancias históricas puede resultar fundamental como plafón para el desarrollo de una conciencia clasista. Como se habrá apreciado, en este libro recurrimos reiteradamente al concepto de pueblo. Creemos que el significado que le hemos asignado es lo suficientemente preciso para evitar equívocos. Pero debemos tener presente que es un concepto de una flexibilidad excesiva y puede servir (y, de hecho, ha servido y sirve) para limitar la conciencia de clase y para encontrarles a los trabajadores y las trabajadoras lugares subordinados en el universo capitalista, cuando no para explotarlos y reprimirlos abiertamente.
El punto de vista de Cooke era bien distinto. Su idea de pueblo contenía una dimensión clasista pero no caía en el clasismo estrecho y economicista; reconocía la heterogeneidad de la sociedad civil “de abajo”, la diversidad del sujeto popular en Nuestra América, y trataba de dar cuenta de sus dimensiones culturales, políticas e identitarias, además de las materiales. Para Cooke todas estas dimensiones, entrelazadas, eran imprescindibles para la constitución del pueblo como clase en sí/para sí.