Pensamiento Crítico

Adelanto de “El hereje. Apuntes sobre John William Cooke” (II)

Por Miguel Mazzeo | Resumen Latinoamericano. | 20 Octubre 2016

El libro de Mazzeo, “El hereje. Apuntes sobre John William Cooke”, de Editorial El Colectivo, aparece en un momento justo para reforzar la batalla de ideas sobre temas tan fundamentales como Revolución, Reforma, posibilismo, burocracia, lucha por el poder. De allí la importancia de poder acercarnos a Cooke y a su pensamiento rebelde y contestatario.

Agradecemos al compañero Miguel Mazzeo la deferencia de que nuestros lectores y lectoras puedan contar con este adelanto del que seguramente será un libro de cabecera de la militancia popular y revolucionaria argentina y latinoamericana.

Nota: el tercer y último capítulo que adelantaremos del libro será subido al portal el miércoles próximo.

Quien era Cooke:

John William Cooke nació en La Plata el 14 de noviembre de 1919; su padre, Juan Isaac Cooke, fue diputado por la Unión Cívica Radical y canciller durante el gobierno de Edelmiro Farrell. Cooke militaría en la Unión Universitaria Intransigente, mientras cursaba Derecho en la Universidad de La Plata. Egresó como abogado en 1943 y fue electo diputado por el peronismo, a los 25 años, para el período 1946-1952. En el Congreso fue presidente de las comisiones de Asuntos Constitucionales, de la Redacción del Código Aeronáutico y de la Protección de los Derechos Intelectuales. Fue profesor titular de economía política en la facultad de derecho y ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires entre 1946 y 1955. Integró la resistencia peronista, fue delegado de Perón y padeció cárcel y exilio. Es uno de los máximos referentes intelectuales de la izquierda peronista. Murió de cáncer el 19 de septiembre de 1968, dejando un importante legado en el seno del movimiento peronista.

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La desgracia del conspirador

La estética del fracaso es la única duradera. Quien no comprende el fracaso está perdido.
Jean Cocteau
Cuando analizamos el período 1969-1973 se nos impone la ausencia de Cooke. Una ausencia prepotente. Como se sabe: nadie se muere en las vísperas. Nadie, salvo Cooke, que falleció el 19 de septiembre de 1968, el mismo día en el que las fuerzas de seguridad descubrían el campamento de guerrilleros y guerrilleras de las FAP en Taco Ralo, en la provincia de Tucumán. Meses antes del estallido de esa formidable rebelión popular (obrero-estudiantil) que fue el “Cordobazo” que, además, inició un ciclo histórico caracterizado por el “auge de masas” en la Argentina, posiblemente el más importante de toda nuestra historia. Cooke fue el gran ausente de ese auge de masas, del “Rosariazo” (los dos “Rosariazos”), del “Tucumanazo”, del “Mendozazo”, del “Vivorazo”, del “Devotazo”, etcétera. Ausente del desarrollo de las principales organizaciones políticas revolucionarias. Ausente del clasismo, del poder obrero, de la experiencia de las comisiones intersindicales. Se va justo cuando la historia comenzaba a acelerarse y los acontecimientos se tornaban prolíficos. Unos acontecimientos que poseían la extraordinaria aptitud de reconciliarlo con todo aquello que lo había afligido durante años. Pero él ya no estaba.
Cooke murió dos años antes de que su amigo Salvador Allende, al frente de la Unidad Popular, llegara a la presidencia de Chile e iniciara la “vía chilena al socialismo”. La “Vieja Capitana” vino a por él, cuando el dilema que planteó en 1962, “apoteosis o desastre”, parecía encaminarse a una resolución cercana a su deseo. Cooke murió en las vísperas de una situación pre-apoteótica que terminó en una terrible y dolorosa derrota. El proceso histórico que se desencadenó justo después de su muerte consolidó su perfil de precursor. Gerardo Bavio planteaba la siguiente pregunta contra-fáctica ¿hubiera sobrevivido Cooke a la Triple A? Por todo lo que significaba, muy probablemente hubiera encabezado la lista de los condenados a muerte.
Alguna vez se conjeturó que los ojos de Cooke pudieron haber visto el Cordobazo, aquel 29 de mayo de 1969. Que su mirada se posó en cada fogata, en cada barricada, que no se privó de una panorámica de las agitadas calles cordobesas que se le sucedían una tras otra como las páginas de un texto de su autoría. La afirmación, aunque poética, no es del orden estrictamente metafórico. En efecto, en su carta-testamento a Alicia, Cooke dispuso la “donación de mis ojos, de mi piel, etc.” [Obras Completas, Tomo III, p .263].
Un día, poco tiempo después de la muerte de John, una mujer tan conmovida como agradecida se presentó ante Alicia y su hijo Pedro para conocer a los parientes del donante cuyas retinas le permitían seguir viendo. La literalidad de la comunicación entre los ojos de Cooke y el Cordobazo es, de todos modos, secundaria. Aquí importa más el orden estricto que impone la metáfora. Porque, en verdad, muchos y muchas apreciaron el Cordobazo con sus ojos. Sus ideas, su persistente praxis, ya comenzaban a ser filtro y tamiz para una generación revolucionaria emergente.
El primer aniversario de la muerte del Che, el mismo año de la muerte de Cooke, marcó un antes y un después en la cultura política de la izquierda en todo el mundo, por los acontecimientos de ese año y por todo lo que esos acontecimientos retomaban y proyectaban de años anteriores. El 68 trazó la línea que separaba la vieja de la nueva izquierda. Las diferencias eran de índole filosófica, teórica, política, metodológica, cultural, axiológica, de sensibilidades, de perfiles militantes. Lo que no quiere decir que la separación, en los hechos, haya sido siempre clara y tajante. Eran comunes las combinaciones entre filosofías viejas y sensibilidades nuevas, entre metodologías viejas y valores nuevos, y así.
El 68 es la cifra de la emergencia de un movimiento contracultural de carácter universal que suele sintetizarse apelando a los siguientes ítems: el cuestionamiento a la hegemonía del capital, dentro y fuera de la fábrica, por parte de una generación de trabajadores y trabajadoras jóvenes; el rechazo al trabajo monótono, a las formas autoritarias y verticales de encuadramiento social y político, y al modelo dominante de consumo y producción.
El 68 es el año de la Primavera de Praga y de la ofensiva del Tet (en Viet Nam), del Mayo Francés y de la matanza de la plaza de Tlatelolco (en México), del Congreso Eucarístico de Medellín y de los atletas y las atletas afrodescendientes haciendo el saludo black power en los Juegos Olímpicos.
En el 68, el peruano José María Arguedas, al recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega, pronunciaba su célebre discurso: “No soy un aculturado”. Y la nueva izquierda, en la Argentina y en toda Nuestra América, quería ser una izquierda no aculturada.
El mundo se sacudía arisco en 1968. Pero, como decía Horacio González:
1968 no era 1968 en la Argentina, sino un intermedio anticipador, un espacio para movimientos incompletos, apenas insinuados. Cosas que se desnudaban, cosas que se deshilachaban […]. No tuvimos el 68 cuando correspondía. Al contrario, ese fue un año de anteproyectos, de amenazas calculadas y de promesas. Año puente, año como para deslizarse como por un nexo circunstancial que lleva al corazón de las cosas.
Entre otros anteproyectos, amenazas calculadas y promesas del 68 argentino podemos mencionar el surgimiento de la CGT de los Argentinos (CGTA), en el congreso de la CGT del 28 y el 29 de marzo. Alrededor de ella se generó un espacio donde comenzaron a confluir tendencias combativas, antipatronales, antiburocráticas. No sólo participaron de la CGTA algunos sindicatos enfrentados al vandorismo; esta central tuvo la virtud de convocar a los estudiantes, a los intelectuales, a los artistas y a un abanico de organizaciones sociales y políticas. Ahí estuvieron Raimundo Ongaro, Raimundo Villaflor y Rodolfo Walsh, uno de los principales hacedores del semanario CGT. También, cabe destacar la realización de la muestra “Tucumán Arde”, un signo de la politización de los artistas y de un sector de las “capas medias”.
Como vimos, en 1968 Cooke participó del “Congreso clandestino del peronismo revolucionario”, en la sede del legendario Sindicato de Farmacia, en Rincón al 1000. Se realizó un 19 de agosto, justo un mes antes de su muerte, y fue su última actividad pública. Jorge Pérez, uno de los asistentes al Congreso, se refiere a un breve intercambio de palabras con Cooke.
Me intereso por su salud y contesta que lo disculpe, que ahora sólo dice frases célebres. Me puse contento, al contemplar su expresión irónica pensé que estaba casi recuperado. No lo estaba. Cooke se burlaba de la muerte y de los acartonados manuales de historia. En su lenta agonía, eran tan digno como había sido en sus años de plenitud.
Por esos días póstumos Cooke, que no perdía la sonrisa apacible y burlona, solía comentarles a sus ocasionales interlocutores: “Me he pasado la vida intentando construir células y ahora estoy luchando para evitar que se reproduzcan”.
En el documental Alicia y John, el peronismo olvidado, Pedro Gustavo Catella Eguren, el hijo de Alicia, define a Cooke como una “figura fantástica” y cuenta que la noche anterior a la operación, el Bebe se había puesto un pijama de seda color borravino, colocó en el tocadiscos su Fox-Trot favorito, “Sweet Georgia Brown” (compuesto por Pinkard Maceo y Kenneth Casey en 1925), y bailó con ampulosidad y extraña dicha durante media hora. Popularizado por las primeras orquestas de Jazz, los orígenes del Fox-Trot se remontan a una danza de los esclavos negros de los Estados Unidos, que consistía en imitar los pasos de los animales. Por cierto, la traducción de Fox-Trot es “trote del zorro”. Esa fue la forma íntima que Cooke eligió para despedirse. Sabía que tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir a la operación.
Tal vez recordó las flaquezas de Rimbaud en el lecho mortuorio, y para preservar su condición de maldito, para seguir libre de cadenas hasta el final, en su carta-testamento dejó instrucciones precisas para Alicia: “En caso de que mi estado se agrave y entre en coma, debes ocuparte de que bajo ningún pretexto ni artimaña se me acerque personal eclesiástico, monjas, etc. o se intente suministrarme sacramentos, exorcismos, etc. La prohibición incluye a los sacerdotes que sean amigos personales” [Obras Completas, Tomo III, p. 263].
Unos pocos años después de su muerte, la Unidad Básica “John William Cooke” propuso instituir el 19 de septiembre como el Día de la Resistencia, los fundamentos, plasmados en un volante, eran los siguientes:
En el lapso de veintitrés años cumplió todos los papeles posibles que puede desempeñar un político salvo el de burócrata: diputado nacional, prisionero, profesor universitario, periodista, exiliado, fugado, clandestino, conductor máximo del movimiento –por expresa voluntad de Perón–, activista revolucionario, guerrillero combatiente y teórico fundamental.
La moción no encontró muchos partidarios. Según Eduardo Jozami, en la década del 70, quienes con toda justicia podían ser considerados sus herederos, en particular la denominada Tendencia Revolucionaria del Peronismo, no “reivindicaron excesivamente a Cooke. Quizá porque su coherencia doctrinaria no aportaba demasiado para justificar la teoría del cerco o las otras contorsiones tácticas que la coyuntura imponía. Quizá, también, porque el distanciamiento se había iniciado, de algún modo impreciso, en los últimos años de la vida del Bebe”.
Agregamos nosotros: no tenía mucho sentido invocar a Cooke como justificativo del esquematismo, del fatalismo histórico, de las ideas y los métodos estereotipados, de las políticas sustentadas en reglas impecables y organigramas perfectos, de la ceguera cortoplacista. Los y las que concibieron la revolución y el socialismo como intervención de minúsculos destacamentos de combate y no como acción masiva de la clase trabajadora y el pueblo; los y las que relegaron a un segundo plano la conciencia forjada en la participación en la lucha de clases; los y las que en pos del objetivo final se desentendieron del proceso histórico real, comenzaron a cimentar el olvido de Cooke.