Pensamiento Crítico

A 70 años del asesinato de Federico García Lorca: Vida y muerte de un hombre sensible

Varios autores | Hilda Cabrera, diario Página/12. Buenos Aires. | 23 Agosto 2006
Sus obras teatrales, sus poesías y su historia personal marcaron profundamente a varias generaciones. Aún hoy se discute sobre cómo fueron los últimos días del autor de Bodas de Sangre. El director Oscar Barney Finn presentará en el Teatro Cervantes una versión de Doña Rosita la soltera. Cómo y quiénes asesinaron a Federico García Lorca, a quiénes se fusiló junto al poeta, cuántos manuscritos quedan aún por descubrir o publicar. Las preguntas se amontonan, porque las declaraciones de los supuestos testigos del crimen no coinciden o las investigaciones no son nunca definitivas. ¿Condicionó aquel asesinato el aprecio sobre su obra? En este punto, las ironías de algunos escritores y cineastas fueron demoledoras. Entre los españoles de genio vivo, Luis Buñuel –de quien se dijo que no había logrado autorización de los herederos del poeta para llevar al cine La casa de Bernarda Alba– se burló de términos como "claveles de sangre" y "espuelas de luna". Lorca era un autor exitoso en la década del ’30, y ya en 1929 se le rendía homenaje en Fuentevaqueros, el pueblo donde nació el 5 de junio de 1898. Las crónicas de la época destacan su sensibilidad y apego a la tradición popular, incluso en su costado pagano, expresado en los versos de Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías: "Que no hay cáliz que la contenga/ que no hay golondrinas que se la beban". Apego que no significó desdén por lo experimental: El maleficio de la mariposa (1920), un fracaso teatral. Luego del episodio en la Huerta de San Vicente –propiedad de familiares en la vega de Granada, de donde unos hombres armados se llevaron al jardinero Gabriel Perea, por "rojo"–, Federico se refugió en la casa de su amigo el poeta Luis Rosales, cuyo hermano José era jefe de la Falange granadina. Esa amistad no lo salvó: Ramón Ruiz Alonso, un ex tipógrafo, y entonces diputado del Partido Demócrata, lo había marcado. Lo arrancaron de la casa con gran despliegue de fuerzas el 16 de agosto de 1936. Respecto de la fecha de su muerte se toma como cierta la del 19 de agosto, en Viznar (Granada), después de un mes de comenzada la Guerra Civil (el 17 de julio) con el levantamiento del general Francisco Franco. Se cuenta que Lorca proyectaba los montajes de Los sueños de mi prima Aurelia y La casa de Bernarda Alba, y el traslado al cine del mundo del toreo. Buscaba editor para su poemario Suite, escrito entre 1920 y 1923, y el surrealista Poeta en Nueva York. Había iniciado la escritura de una pieza en contra del militarismo y mantenía en carpeta su obra El público, de 1930, pues creía que aún no era momento para darla a conocer. Al dejar Madrid para trasladarse a Granada, en julio de 1936, confió el manuscrito a Rafael Martínez Nadal. El texto fue leído entre amigos, y publicado hacia 1933 en España y Argentina, pero solamente las escenas segunda y quinta. En 1976 reapareció junto a otras obras. Aún hoy sigue siendo una pieza reveladora, porque alude a la homosexualidad y a las tensiones que en el teatro generan oficiantes y público. El director catalán Lluís Pascual realizó una versión junto al actor Alfredo Alcón que fue invitada al célebre Teatro Piccolo, de Milán, y estrenada luego en Madrid. En el convulsionado 1936 español, Federico había criticado a ciertos sectores de la sociedad granadina, repudiando además la gestión de gobierno de José Antonio Primo de Rivera, fundador en 1933 de Falange Española. El compromiso del poeta fue destacado por el hispanista irlandés Ian Gibson, quien opinó que ejecutando al artista se aterrorizaba a la población granadina. Se sabe: para sembrar terror se necesita este tipo de víctimas. Lorca había apoyado al Frente Popular, pero no aparecía con el ropaje del militante. Era amigo de Fernando de los Ríos, crítico a su vez de las derechas tradicionales. Lo cierto es que, más allá de los sarcasmos de Buñuel y los ataques de orden estilístico, Lorca se había impuesto como artista sagaz en el campo del lenguaje metafórico, y original en el tratamiento de lo mítico y lo barroco, de las contradicciones del amor y de las experiencias de dolor y muerte. Su ejecución lo convirtió en símbolo de todo aquello que las dictaduras no toleran. El crimen multiplicó los trabajos sobre su persona. Se editaron más libros y se promovieron investigaciones. Aún hoy se esperan inéditos, sobre todo de su juventud. Textos fabuladores quizá, pues –se dijo– Lorca inventaba hechos, gastaba bromas y se reía de los acartonamientos. De todas formas, se ha publicado bastante más sobre esto que sobre su homosexualidad, soslayada por los estudiosos españoles. La experiencia con el teatro trashumante La Barraca, entre 1932 y 1936, le permitió llevar por toda España obras breves y entremeses clásicos y de su autoría. Las denuncias a personas se sucedían en 1936, y en el caso de Lorca provenían –según Gibson– de miembros de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) cercanos al comandante Guzmán Valdés, gobernador civil desde el mismo día del alzamiento de Granada y jefe provincial de Falange Española. Sobre su muerte hubo distintas versiones. Una de éstas es que fue asesinado por un piquete de guardias que cumplía órdenes de Valdés. Otros dicen que la orden partió del general Queipo del Llano. En ese reparto de responsabilidades algunos sectores intentaron atenuar cargos. Y se editaron libros, como Los últimos días de Federico García Lorca, del periodista granadino Eduardo Molina Fajardo, director de Patria y otros periódicos. Allí aparece una declaración que el poeta Luis Rosales hiciera al jefe provincial de Falange, intercediendo por Lorca en los días que precedieron a la detención, y la posibilidad de que la ejecución se hubiera producido en la madrugada del 17 de agosto y no en la del 19. En ese texto se alude a un piquete de guardias con orden de fusilar a cuatro. Uno de ellos era Federico, que iba en pijama, y a quien mataron "en el campo de instrucción de las tropas, antes de llegar a la Fuente Grande, a la derecha de la carretera, según se va hacia Alfacar...". Otro muy diferente es el contenido del certificado de defunción extendido recién en 1940 por el Registro Civil de Granada, donde consta que Lorca murió como consecuencia de "heridas producidas por hecho de guerra". Los investigadores señalan que Francisco Franco prefería decir que Lorca murió en una riña de gitanos. Así abonado el desprestigio de Lorca, algunos devotos del Generalísimo optaron por hacerse eco de lo publicado por un periodista francés en diciembre de 1956. Su artículo sustentaba que el poeta había muerto durante una riña de homosexuales. Lo nuevo sobre las razones que motivaron el asesinato lo proporciona el documental Lorca, el mar deja de moverse, que se estrenará a finales de septiembre en España. Basado en investigaciones previas de Ian Gibson, Miguel Caballero y Pilar Góngora, el film (de cien minutos) desarrolla la teoría de que el fusilamiento fue instigado por miembros de las familias ricas de la vega de Granada, donde tenían propiedades los familiares del poeta. El director Emilio Ruiz Barrachina hace foco en las discusiones por el reparto de tierras "compradas a medias", en la homofobia y las ambiciones políticas de integrantes de la familia Roldán, poderosos de la zona. Especialmente en Juan Luis Trescastros Medina, casado con una prima lejana del padre de Lorca. La relación con el cine En la Residencia Universitaria de Madrid se reunían todas las artes. Allí encontraban refugio los estudiantes de provincias, entre otros Luis Buñuel, quien había organizado un cine-club, y Federico García Lorca, organizador de tertulias a las que acudían Salvador Dalí y Pepín Bello. El cine era otra de las pasiones del poeta. En la Residencia conoció a Juan Piqueras, cineasta y crítico, asesinado también él por los falangistas. Se cuenta que Lorca admiraba al actor Buster Keaton, cuyo trabajo le inspiró un breve texto para teatro: Diálogo de la bicicleta de Filadelfia, divulgado luego como Paseo de Buster Keaton. Pero fue en un viaje a Nueva York, realizado entre 1929 y 1930, cuando concibió su único guión para cine, Viaje a la luna, y a pedido del pintor y realizador mexicano Emilio Armero. Lorca decía que era un homenaje a Buñuel y al surrealismo de El perro andaluz, aun cuando creyera que ese título del aragonés aludía a su persona. Convertido en mediometraje, Viaje... fue estrenado a fines de la década del ‘90 en España. El realizador fue entonces el pintor Frederic Amat. Los temas no son otros que el amor, la sexualidad y sus represiones.

Entrevista con Oscar Barney Finn

El director, régisseur y realizador Oscar Barney Finn presentará en el Teatro Cervantes una versión de Doña Rosita la soltera que, junto al elenco del Teatro Estable de Tucumán, mostró ya en aquella provincia. Este artista, premiado y con estudios de formación realizados en Francia, propone un original montaje, donde el tiempo es protagonista. "Un poco al estilo de Luigi Pirandello, con personajes que van en busca del autor", puntualiza. El tratamiento del tiempo es fundamental en este autor, como en otro preferido de Barney: Anton Chejov. "Hoy se podría pensar el futuro en los términos en que él lo hizo, porque –en esencia– el mundo es igual", sostiene este director, y lo ejemplifica con la secuencia final de Las tres hermanas ("Vivamos. La música toca con tanta alegría que parece que pronto sabremos para qué estamos viviendo, para qué sufrimos..."). Luego de las funciones de Doña Rosita... (una de las piezas del Programa Federal del Cervantes), que se ofrecerá hoy a las 21 y mañana a las 20.30, Barney inaugurará la Feria del Libro Teatral, en el mismo teatro. Se desarrollará entre el miércoles 23 y el 3 de septiembre, con entrada gratuita. Tras la apertura, a las 16.30, se exhibirá el film Muchacho de luna. –¿Cuánto influye la personalidad de un autor al momento de una puesta? –Eso tendrá que ver, supongo, con las preocupaciones de cada uno, con la propia inquietud y sensibilidad. En mi caso, la aproximación a García Lorca comienza en la escuela secundaria, en La Plata. Un profesor me encomendó que leyera La casa de Bernarda Alba. Me atrajo ese mundo de mujeres enclaustradas, tan raro frente al hombre que acecha desde afuera. Recuerdo que ese maestro me preguntó en qué ponía el autor el estado de conmoción de esa casa, y me sorprendió que dijera "en las patadas que daba el caballo contra las paredes. Ese es el estado de las mujeres", me dijo. –¿Pudo ver alguna puesta histórica? –Mi encuentro más potente fue el de Doña Rosita..., protagonizada por Luisa Vehil y dirigida por Esteban Serrador. La voz de Luisa era maravillosa. Una voz que hoy no encontramos fácilmente, como la de María Rosa Gallo, María Luisa Robledo o Eva Franco. En los años ‘80 fue la versión de Thelma Biral, dirigida por Cecilio Madanes en el Liceo. No alcancé a ver la de Margarita Xirgu, pero se me hizo difícil encarar esta puesta con todo eso detrás. Esas experiencias, sin embargo, me ayudan a conocer al hombre al que un pelotón fusiló. –¿Y tomar nueva conciencia de la brutalidad? –Cuando uno conoce el sustento histórico, social y político, se encuentra con la barbarie. Fue un gran auxilio haber leído al irlandés Ian Gibson. Lo tuve presente cuando filmé Muchacho de luna para Canal 7. Ese programa ganó el Grand Prix de la Televisión, en Biarritz, en 1988. Me aseguraron del canal que lo iban a transmitir este mes. La lectura de lo escrito por Gibson me inspiró entonces el armado de la escenografía. Pensé en el semicírculo de una plaza de toros y en un jurado ubicado en un palco. Ese jurado representaba a los familiares y testigos. Abajo, en la arena, se encontraban los personajes de sus obras: un poeta, un niño, la luna que personificó Bárbara Mugica, ¡maravillosa! Inda Ledesma era Bernarda; María Rosa Gallo, la madre de Bodas de sangre; Luisina Brando, Mariana Pineda, y Graciela Dufau, Doña Rosita. Cuando se publicaron más investigaciones, ese mundo se amplió. Los cuestionamientos sobre el asesinato de Lorca fueron más numerosos después de la muerte de Franco. –¿Acabó el encubrimiento? –El mismo Franco había justificado ese asesinato, y muchos habían convivido con sus explicaciones. Después muere la hermana de García Lorca, quien tenía el material a buen resguardo e impedía que se conocieran algunas obras y poemas. Entonces se supo más sobre él. El libro de Gibson me abrió caminos, y cuando conocí El público, Los sonetos del amor oscuro y Así que pasen cinco años, avancé. Así... tiene relación con Doña Rosita... Las dos tratan sobre el paso del tiempo: uno es el cronológico que se va y el otro el que se quiere retener. Descubrí otra idea en un libro de un autor inglés sobre la crisis que atravesó Lorca a fines de los años ’20 y comienzos de los ’30. Es la época en que hace un viaje iniciático a Estados Unidos. El Romancero gitano había tenido gran éxito, pero no fue aceptado por ese cenáculo de amigos tan particulares como Salvador Dalí y Luis Buñuel. Ellos se burlaron. Además, él sufrió un desengaño afectivo. –Lo tildaban de folklórico... –Sí, pero ese viaje le hizo bien. Escribió el guión para cine Viaje a la luna y reflexionó sobre la imposibilidad de mostrarse tal como era. –¿Condicionado por la sociedad? –Es interesante analizar Doña Rosita... desde ese punto de vista. En uno de los espectáculos que Lluís Pasqual dirigió en Buenos Aires, Alfredo Alcón hacía el monólogo de Doña Rosita... sentado y muy quieto en una sillita. Era muy impactante. Del análisis de esta obra pasé al de Federico, como persona, y a la imposibilidad de expresar su sexualidad. Rosita y Federico son, para mí, prisioneros de una ciudad, Granada, prisionera a su vez de una España que no dejaba hacer. Ese fue el centro de toda esta puesta. Busqué también aproximaciones en Los sonetos del amor oscuro, que está entre lo más jugado. Creo también que Lorca fue creciendo poéticamente desde Poeta en Nueva York. –¿Cómo fue la experiencia en Tucumán? –Aceptaron la puesta, porque el universo lorquiano está allí. Para esta versión se había propuesto a Thelma Biral, pero no pudo ser por problemas de producción. Tenía esta idea en la cabeza. Por eso cuando me llamaron del Teatro Cervantes, no dudé. Tengo experiencia desde los años ’60 en las provincias. Me dediqué entonces a armar el equipo con los intérpretes del Teatro Estable de Tucumán. Surgió además la posibilidad de trabajar con el escenógrafo Alberto Negrín y la diseñadora de luces Leandra Rodríguez. La música es original de Leandro Valiente. Propuse como vestuario utilizar liencillo pintado, que diseñó Ana Uhrich y fue confeccionado por artesanos de Tucumán, una provincia con gusto por el teatro, con grandes escritores y buenos intérpretes.

¿Cuándo dejarán de matar a Federico?

Pedro de la Hoz. La Jiribilla, Cuba.

Federico muere en cada niño muerto de hambre o enfermedad curable en el Tercer Mundo y aún dentro de ese mundo que derrocha lujos y asiste impávido a los destrozos de la pandemia del VIH en África. Federico recibe un nuevo disparo letal por cada hombre y mujer dejados a la mala de Dios por quienes únicamente entienden el lenguaje de la especulación financiera y la música de las ganancias de los bancos y las corporaciones. Que no se nos pierda la memoria podría ser un buen homenaje a Lorca a setenta años del crimen de Viznar. Mejor aún sería conjurar de una vez y para siempre esa furia homicida que nos sigue matando a Federico. ¿Fue en la noche del 18 o en la del 19 de agosto de 1936? Día más, día menos, a fin de cuentas lo mataron. Silvio Rodríguez, con la lucidez y el dolor de su canto, vio aquel acto bárbaro con estas palabras: "Dicen que al filo de la una / un angelote compasivo / pasó delante de la luna, sobrevolando los olivos. / Y cuentan que con mala maña / fue tiroteado su abanico, / justo a la hora que en España / se nos mataba a Federico". El 16 sacaron a Federico García Lorca de la casa del poeta Luis Rosales, en Granada, y lo condujeron a la sede del Gobierno Civil. Uno o dos días después, salió de allí esposado junto al maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros Joaquín Arcollas y Francisco Galadí. Se sabe que a estos dijeron que "iban de paseo" y quizá dieran una mano en la reparación de una carretera. Extraño paseo de madrugada: nocturnidad y alevosía. Unos cuantos kilómetros más allá, en el barranco de Viznar, se hizo evidente la intención. Alguien recordó después que uno de los soldados le pidió a Lorca que rezara y el poeta quedó perplejo, en ese minuto olvidó las palabras de cualquier plegaria. Dispararon a matar a hombres indefensos. Hay versiones de que a Federico le dieron un tiro en la nuca, pero uno de los asesinos, Juan Luis Trescastro, se jactó en los días siguientes de haberle disparado dos pistoletazos "en el culo". A los cuatro los sepultaron en una fosa común que no se ha abierto todavía. Lorca era demasiado conocido, sumamente popular, como para silenciar su muerte. Entonces trataron de adornarla: que si fue una equivocación, que si el error provino porque los falangistas pensaron que los republicanos habían matado a Jacinto Benavente en Madrid, lo cual era una infame mentira; que si no tuvieron que ver motivos políticos, que si se trató de una venganza familiar, que si un triste azar en tiempos convulsos. Mas bien hay que creer en lo que dice ahora mismo, cuando todavía llueven justificaciones, el escritor granadino José Abad en cuanto a que Lorca y sus compañeros fueron víctimas de "la puesta en práctica del programa de exterminio con el que las fuerzas nacionales [franquistas] pretendían borrar del mapa a los opositores de una España anacrónica que implantaron, aún, su buen medio siglo". Con Lorca también trataron de matar un símbolo: el de la poesía, que es decir la imaginación. Entonces, después y ahora, el fascismo ha actuado contra el pensamiento, contra los sueños, contra la belleza. Las palabras de Lorca dolían a los seres oscuros: "Yo soy la libertad porque el amor lo quiso, (...) Yo soy la libertad herida por los hombres", había dicho en boca de la protagonista del drama Mariana Pineda. Esos seres no podían obviar el énfasis auténticamente libertario y democratizador de un autor que concebía el arte con estas palabras: "Yo arrancaría de los teatros las plateas y los palcos y traería abajo el gallinero. En el teatro hay que dar entrada al público de alpargatas. ¿Trae Vd, señora, un bonito traje de seda? Pues ¡afuera!" Queipo del Llano, el hombre fuerte de Franco en Andalucía, vociferaba diariamente arengas vulgares por la radio que alentaban al crimen: "Por cada uno de los nuestros que muera, yo fusilaré por lo menos diez. Los sacaré de bajo tierra si es preciso, y si ya están muertos, los volveré a matar". Los nazis quemaron libros y rasgaron cuadros, y enseñaron a las hordas pinochetistas esa práctica. ¿Por qué las dictaduras del Cono Sur mataron a Víctor Jara, a Paco Urondo, a Rodolfo Walsh? ¿Cómo explicar los irreparables daños al patrimonio de la humanidad causados por la invasión norteamericana a Iraq? Se conoce que en enero de 2003, antes de la agresión, un grupo de intelectuales y directores de museos advirtieron a oficiales del Pentágono acerca de los peligros que amenazaban a los tesoros culturales iraquíes en caso de guerra. Nadie los tuvo en cuenta. ¿Cómo entender por estos días los bombardeos indiscriminados israelíes sobre Tiro y otras reliquias arquitectónicas libanesas? Mientras escribo esta nota leo en las noticias que la UNESCO se apresta a enviar una misión evaluadora de los daños causados a Tiro, Biblos y Baalbeck por los proyectiles del ejército sionista. Presumo que harán un informe técnicamente detallado que caerá en saco roto. Tal parece que los halcones de hoy han hecho suya aquella terrible frase que se le atribuye a Goering: "Cuando escucho la palabra cultura, me llevo la mano a la pistola". Federico muere en cada niño muerto de hambre o enfermedad curable en el Tercer Mundo y aún dentro de ese mundo que derrocha lujos y asiste impávido a los destrozos de la pandemia del VIH en África. Federico recibe un nuevo disparo letal por cada hombre y mujer dejados a la mala de Dios por quienes únicamente entienden el lenguaje de la especulación financiera y la música de las ganancias de los bancos y las corporaciones. Que no se nos pierda la memoria podría ser un buen homenaje a Lorca a setenta años del crimen de Viznar. Mejor aún sería conjurar de una vez y para siempre esa furia homicida que nos sigue matando a Federico.