Pensamiento Crítico

Cuba amenazada por el «Anexo secreto»

Varios autores | Diario Página/12 | 23 Agosto 2006
"Sin exagerar el peligro", Raúl Castro advirtió sobre la posibilidad cierta de una agresión militar contra Cuba y pidió a la comunidad internacional que exija a Washington el destape de un "anexo secreto" que complementa el plan de George W. Bush para la "transición a la democracia" en la isla.

Miguel Bonasso, diputado por el Partido de la Revolución Democrática de Argentina.

Según el gobierno norteamericano, el anexo permanece secreto "por razones de seguridad nacional" y para "asegurar su efectiva realización". Según Raúl Castro, no revelan el contenido de ese anexo "porque es ilegal". Fiel a su costumbre de "no comparecer con frecuencia en público, salvo en los momentos en que se requiera", el dirigente que debió asumir transitoriamente la conducción del estado cubano reveló al diario Gramma que en la madrugada del 1o de agosto, "dando cumplimiento a los planes aprobados y firmados desde el 13 de enero del 2005 por el compañero Fidel y después de hacer las consultas establecidas, decidí elevar de manera sustancial nuestra capacidad y disposición combativas, mediante el cumplimiento de las medidas previstas, entre ellas la movilización de varias decenas de miles de reservistas y milicianos." "No podíamos –subrayó Raúl– descartar el peligro de que alguien se volviera loco, o más loco todavía, dentro del gobierno norteamericano". El hombre que ha conducido durante décadas las Fuerzas Armadas Revolucionarias piensa que el plan intervencionista que Washington denomina "transición" no puede llevarse a cabo sin agresión militar. Según la retórica imperial, la transición sería hacia "la democracia"; según los cuadros dirigentes de la revolución cubana significaría una restauración lisa y llana del capitalismo neocolonial, que no podría ejecutarse sin un descomunal baño de sangre. Desde hace más de una década, pero de manera muy especial en los últimos tres años, los diversos gobiernos de Estados Unidos han pretendido imponer en Cuba una transición "rápida y pacífica hacia la democracia". Así surgieron las leyes Torricelli y Helms Burton; así pasó con administraciones tanto republicanas como demócratas; ambas igualmente indiferentes a principios internacionales consagrados como la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Pero esta visión prepotente e ilegal llegó al desborde con el gobierno de George W. Bush. El 10 de octubre de 2003, Bush jr. anuncia la creación de una "Comisión de Ayuda a una Cuba Libre", porque "el régimen cubano no va a cambiar por su propia iniciativa". El 5 de diciembre de ese año, el entonces secretario adjunto de Estado para Asuntos Hemisféricos, el ultramontano Roger Noriega, establece que la "transición puede ocurrir en cualquier momento y tenemos que estar preparados para actuar de manera decisiva y ágil". En enero del 2004, Otto Reich, un cubano-americano de talante troglodítico, afirma que son importantes "los días y aún las horas de la transición". A esa altura queda claro que para estos personajes la "transición" debe comenzar tan pronto Fidel Castro deje de existir. Así lo dirá sin ambages la secretaria de Estado Condoleezza Rice: (hay que) "prepararse para cuando llegue la Cuba post Castro, la cual será democrática". Para que la propuesta intervencionista no quede en declaraciones, en mayo de 2004 George W. Bush hace público un mamotreto de 458 páginas: el informe de la Comisión para la Asistencia a una Cuba Libre, donde deja establecido que los Estados Unidos se oponen a la continuación de un gobierno comunista". Y pocos meses después declara: "Creo que el pueblo cubano debería ser liberado del tirano". Pero el afán colonial alcanza ribetes pornográficos el 28 de julio de 2005, cuando Condoleezza Rice anuncia la designación oficial de un procónsul de la "transición", el señor Caleb McCarry, asesor republicano del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes. Por último, el 20 de junio último, de manera sigilosa, el Departamento de Estado inserta en su sitio de Internet un documento complementario del Plan Bush, que "descubren" como borrador algunos medios de Miami y empiezan a difundir rápidamente. El 10 de julio, Bush se hace cargo oficialmente del engendro y de su curioso anexo secreto. El "anexo secreto" provocó la reacción inmediata de más de doce mil personalidades mundiales de la cultura, la política y los derechos humanos, incluyendo varios Premios Nobel. El manifiesto de los Doce Mil (que sigue juntando firmas) advierte sobre esta "amenaza contra la integridad de una nación, la paz y la seguridad en América latina y el mundo" y exige que Estados Unidos respete la soberanía de Cuba. Mientras tanto, en Washington, el secretario adjunto para Asuntos Hemisféricos, Thomas Shannon, descartaba en tono sarcástico la vía militar, pero insistía en la "transición" y el procónsul Caleb McCarry, que tiene pleno apoyo de Bush, emplazaba a los cubanos a "elecciones libres y justas" en "no más de 18 meses". Lo cual demuestra que no han sabido leer lo ocurrido en la sociedad cubana en estos dramáticos días de agosto. No leyeron la respetuosa ansiedad por la salud del líder, ni esa forma superior del coraje que es la serenidad, ni la articulación de la comunidad en una disciplina autoasumida. Tampoco parecen haberse percatado de que hay instituciones y el pueblo las respeta.

Paranoico y hostil

Santiago O’Donnell

Dos temas dominaron la semana internacional y ninguno favoreció a George Bush. El primero es la tregua en Medio Oriente. Más allá de los análisis y especulaciones desde uno y otro lado que llegan de todo el mundo, se hace difícil pasar por alto el detalle de lo que está pasando ahora mismo en el Líbano. Hezbolá está reconstruyendo con dinero iraní lo que Israel destruyó con bombas de Estados Unidos. Eso no puede ser bueno para el presidente norteamericano. El otro tema es Cuba. Ahí la desilusión de Bush puede ser aún mayor por la expectativa generada. No sólo en él, sino en muchos norteamericanos que no terminan de entender lo que está pasando. El título de tapa del New York Times del lunes antepasado es ilustrativo: “Sorprendiendo a los expertos, Cuba mantiene la calma con Castro fuera de juego”. Encabeza un relato de Ginger Thompson fechado en Ciudad de México, en el que la periodista cuenta la semana que pasó en La Habana con visa de turista antes de ser expulsada por las autoridades. Thompson escribe que los cubanos siguen trabajando, siguen tomando helado en Copelia, siguen defendiendo a Fidel y siguen quejándose en voz baja de los rigores del régimen. Como siempre, como si nada hubiera pasado. Para intentar una explicación de semejante fenómeno, apela a la sabiduría de dos intelectuales, el profesor Damián Fernández, de la Florida International University, y el consultor Phillip Peters, del Lexington Institute. “No estábamos preparados para un escenario de continuidad del régimen en vez de cambio”, admite el profesor. “Nuestras políticas siempre estuvieron basadas en la idea de que (sin Fidel) el sistema cubano es tan frágil que se puede derrumbar con un dedo. Los hechos demostraron lo contrario”, coincide el consultor. Lo que Bush y sus policy makers no parecen entender es que algo ha cambiado en el vecindario. Los mismos países que antes reclamaban su atención hoy rechazan sus tratados comerciales, cancelan deudas con sus organismos de crédito y le retacean soldados para sus aventuras bélicas. Así las cosas, parece una ingenuidad suponer que Bush pueda imponer a voluntad un cambio de régimen en Cuba. Pero mucha gente en Estados Unidos todavía cree que la Unión Soviética colapsó porque Ronald Reagan le ordenó con voz firme a Mikhail Gorbachov que derribe el muro de Berlín. A juzgar por el tono paternalista de su discurso al pueblo cubano, Bush habrá pensado que podría hacer lo mismo que Reagan, que al escucharlo los cubanos iban a saltar al agua y nadar en masa hasta Miami. La presunción de que todos queremos vivir como Estados Unidos, bajo las reglas de Estados Unidos y si es posible en Estados Unidos es muy fuerte en el imperio. Puede ser que alguna vez haya sido así, que haya existido un Pensamiento Unico, un Consenso de Washington, un ALCA, una Escuela de las Américas, un alineamiento automático para aislar a Cuba y mandar tropas adonde sea. Puede ser que esos tiempos vuelvan porque la historia a veces se repite. Pero este Estados Unidos, paranoico y hostil, ha perdido gran parte de su encanto.