Pensamiento Crítico

El Salvador: Violencia contra la lógica

Por Luis Armando González | ALAI-AMLATINA | 29 Junio 2017

La magnanimidad del gobierno hacia las grandes empresas no se acaba con el puñado de ejemplos que hemos planteado, pero para describir todos y cada uno de los casos de búsqueda de rentas con el beneplácito del gobierno haría falta otro libro”.

Joseph Stiglitz

En nuestro país –aunque no sólo en él— se ejerce una violencia contra la lógica, que va más allá de ella, pues lo que se busca, muchas veces, es amañar los argumentos con el propósito de manipular a los demás. No es sólo un asunto de las palabra y su uso, sino de lo que está detrás: la deformación de la realidad, lo cual comienza precisamente con la perversión del lenguaje.

Una moda en El Salvador es la de “contradecir” lo que otros afirman, con el objetivo de demostrar sus errores o refutar sus planteamientos. Abundan los que están dispuestos a oponerse a una tesis a partir de planteamientos que a su criterio son una negación de aquélla. Ahora bien, lo que destaca en buena parte de esos esfuerzos “negadores” es su inconsistencia lógica, pues se suele violar flagrantemente el principio de negación que en lógica es simple y preciso: lo opuesto de A (su negación) es no A. No es B o C, o no B o no C. Es decir, la contradicción de A es no A; la contradicción de B es no B; y la contradicción de C es no C. Y así, sucesivamente.

El P. Ignacio Ellacuría decía en sus clases que la mejor forma de entender la contradicción era imagimarse dos trenes que van en la misma línea férrea pero en dirección opuesta, pues eso lleva a su colisión directa. En ese sentido, en el plano argumentativo contradecir una afirmación o una tesis es sostener lo contrario de esa tesis o afirmación. Veamos algunos ejemplos. Si alguien afirma que la pobreza en El Salvador ha disminuido, el argumento que contradice esa afirmación es que la la pobreza en El Salvador no ha disminuido. O si alguien afirma que en el país no hay pobreza, la tesis contraria es que en el país hay pobreza. Lo mismo vale para la seguridad o la inseguridad: si una persona sostiene que en el país la inseguridad ha disminuido, la tesis opuesta (que contradice su argumento) es que en el país la inseguridad no ha disminuido. Mientras que si alguien afirma que El Salvador es un país sin violencia, la tesis opuesta es que El Salvador es un país con violencia. En todos esos casos, los datos deberían ser el sostén de los argumentos en uno u otro sentido.

Por otro lado, ante cualquiera de las tesis anotadas arriba se puede reaccionar con afirmaciones que se plantean como una contradicción, pero que no lo son. Por ejemplo, ante la afirmación de que en El Salvador la pobreza ha disminuido, se puede argumentar con estos tópicos: “quien lo dice es un tonto”, “los homicidios continúan”, “tenemos pobreza”, “la migración no se detiene”, etc., lo cual a lo mejor es cierto –habría que detenerse en cada situación—, pero con tales aserciones no se está negando (no se está contradiciendo) la afirmación de que en El Salvador la pobreza ha disminuido, ya que no hay una colisión directa entre una afirmación y la otra. Y esto vale para los otros casos.

¿Qué sucede en El Salvador con esa exigencia de la lógica básica? Pues sencillamente es violentada permanentemente. El modo más común de hacerlo es mediante argumentos ad hominen, es decir, atacando o descalificando a la persona que sostiene algo con lo que no se está de acuerdo. Tal como reza la definición de este tipo de argumentos, un “argumentum ad hominem es una descalificación que en vez de enfocarse en la lógica y evidencias de los argumentos presentados, se dirige contra la persona del que los presenta, o [en contra] de otras personas que también los sostienen o las han sostenido”1. Usualmente, la descalificación consiste en un ataque artero: “la persona que sostiene tal afirmación es tonta o ignorante”; “es una persona vendida”; “es corrupta”; y así por el estilo. Otra forma de hacerlo consiste en identificar, en la persona que sostiene argumentos que no nos gustan, motivos o intenciones presuntamente ocultas y que permiten exclamar a quien las encuentra “¡eureka!, encontré una falla indiscutible en la postura de mi rival”2.

Naturalmente que ni los ataques a la persona que emite una opinión ni la identificación de presuntos motivos ocultos que la llevaron a emitirla son una refutación de sus argumentos. Sin embargo, quienes proceden de esa manera –y en nuestro país, basta dar un vistazo a Facebook para darse cuenta de ello— no cejan en sus arremetidas personales o en sus afanes por identificar los motivos ocultos que están detrás de tal o cual argumento.

También es común encontrar “refutaciones” a determinados planteamientos que recurren a “pruebas” ajenas a (o sólo relacionadas con) lo que se pretende refutar. Así, un político de derecha ha grabado un mensaje –que se pudo escuchar en días recientes, a través de los parlantes instalados en un vehículo en el Centro de Gobierno, lo siguiente: “ellos dicen [es de suponer que se refiere a funcionarios del actual gobierno] que han disminuido los homicidios, pero El Salvador aparece en el cuarto lugar de una lista de los países más violentos”. Quien grabó este mensaje no está refutando a quienes afirman que los homicidios han disminuido, por más que él lo crea así. Hay que enseñar a este político que la negación de A es no A. Dicho en lenguaje llano, cuando alguien sostiene que en el país han disminuido los homicidios no está diciendo que El Salvador no es un país violento, sino más bien lo contrario: está asumiendo que lo es.

Del mismo tenor es un planteamiento que circuló como parte de una publicación digital en la cual supuestamente se “demuestran” las contradicciones existentes entre el discurso del vicepresidente de la República, Óscar Ortiz –en el marco de una reciente reunión realizada en Miami en la que participó el funcionario— y la realidad. Una de esas “contradicciones”, a juicio de quien redactó el texto, consiste en que mientras el Vicepresidente habló de la amistad entre los pueblos y gobiernos de El Salvador y Estados Unidos, aquí hay quienes critican, desde el FMLN, al gobierno estadounidense. Ni modo: el redactor de ese artículo se equivoca en ese punto (y quizás en los demás, pero no hay espacio para examinarlos): no hay contradicción entre afirmar la amistad de dos gobiernos y las críticas que pueden ir de un lado a otro, o en ambas direcciones. Las relaciones amistosas entre gobiernos (y entre personas) no excluyen los desacuerdos y las discrepancias, especialmente si ambas naciones se rigen por principios democráticos. Lo contrario de la amistad es la enemistad, que en el caso de las naciones se traduce en conflictos, tensiones y amenazas recíprocas.

A propósito de Estados Unidos en días recientes circuló en Internet una noticia según la cual la embajadora Jean Manes sostuvo que El Salvador es un “nido de corrupción”. Alguien anotó, a partir de esa afirmación, que “quienes dicen que en El Salvador no hay corrupción, son corruptos”. Se trata, obviamente, de un exbrupto que violenta la lógica básica; aparte de que, de haber alguien que niegue que en el país hay corrupción, ha de estar oculto quién sabe dónde, pues si hay algo sobre lo que aquí hay “consenso” es sobre el problema de la corrupción.

Pero bien, volvamos a la afirmación “quienes dicen que en El Salvador no hay corrupción, son corruptos”. O sea, “A es B”. Pero, ¿cuál es la condición para que A sea B? Simple: “decir que en El Salvador no hay corrupción”. ¿Es esa una condición necesaria? ¿Es una condición suficiente? ¿Y dónde quedan quienes afirman que en El Salvador hay corrupción? ¿Quiere decir que no son corruptos? Se trata de preguntas retóricas, porque de afirmar la existencia (o inexistencia) de algo no se sigue su existencia (o inexistencia). Lógica y ontológicamente se trata de realidades distintas. Es decir, nadie es o se convierte en corrupto por afirmar que no hay corrupción. Lo mismo que nadie se moja o esta mojado por afirmar que llueve (o que no llueve). Aunque pudiera ser: depende de las condiciones. En fin, para que A sea B se requiere especificar las condiciones que lo permiten. No hacerlo es violar la lógica argumentativa básica.

Cerremos esta reflexión con algo ajeno a la lógica, pero no a la realidad histórica. Se trata de la afirmación de la embajadora de Estados Unidos según la cual nuestro país “es un nido de corrupción”. Digamos lo siguiente: las prácticas corruptas fueron la regla de oro en nuestro país en 20 años de ARENA y las redes de corrupción (públicas y privadas) que se crearon entonces, junto con los hábitos y un hacer estatal corrupto y corruptor, han erosionado al Estado y a la sociedad, y su combate debe ser permanente. En nuestro país se ha avanzado en el combate de la corrupción, pero queda mucho por hacer. Es un grave problema para nosotros, los sañvadoreños, y tenemos que hacerle frente con las instituciones adecuadas y con voluntad política. Quien esto escribe, no sostiene que en “El Salvador no hay corrupción”: la ha habido y en distintas esferas del Estado tiene una presencia perniciosa en la actualidad. Sí se sostiene aquí, en contra de la opinión de la embajadora, que El Salvador en su conjunto no es un “nido de corrupción”, pues hay quienes en la esfera pública y privada ejercen su trabajo con transparencia y honestidad. El juicio de la embajadora es demasiado general y, claro, el problema de los juicios generales es que se caen cuando aparece al menos un caso que los contradice.

Dicho lo anterior, es inevitable no hacer referencia a su país, Estados Unidos, del cual sería absurdo decir que es un “nido de corrupción”, pero no que en él la corrupción es extraordinaria, involucrando a grupos políticos y empresariales, en unas redes de trasiego de dinero de muchos millones de dólares. Financiamiento de partidos, empleos bien remunerados para figuras políticas que se mueven como peces en el agua en el mundo empresarial y político, otorgamiento de prebendas a las grandes corporaciones que se enriquecen con la complicidad del sistema político… y la lista de prácticas ilícitas en ese país puede seguir hasta dar lugar a libros como los que escribe Joseph Stiglitz o documentales como los que hace Michael Moore.

Algo bueno que la embajadora de Estados Unidos podría hacer por nosotros es, quizás, explicarnos cómo funciona la corrupción en su país, indicándonos por qué ellos no han logrado erradicarla; también nos puede informar de los avances que han tenido en la materia… y también cómo es que en un país, Estados Unidos, en el cual la corrupción es parte del sistema político ha logrado salir adelante como potencia mundial (aunque cada vez con más dificultades, como lo demuestra el premio nobel Stigliz en su libro El precio de la desigualdad). Mal hace la embajadora en hablar de la corrupción como si fuera un mal exclusivamente salvadoreño (y ella no tuviera noticias del asunto en su país). Es igual de chocante que cuando otros funcionarios del gobierno de Estados Unidos se rasgan las vestiduras por las drogas, las armas o el terrorismo: sus políticos y empresarios conocen mejor que nadie de esas cosas.

Por último, en estas páginas no hay ningún ánimo de enemistad con el pueblo y gobierno de Estados Unidos. Sí, en cambio, una genuina preocupación por la suerte de esos miles de estadounidenses que desde la crisis de 2007-2008 ha sido condenados a la marginalidad y la pobreza a causa de la voracidad de los ricos de esa nación –el 1% de la población al decir de Stiglitz— que, con la complidad del sistema político, no tiene otro objetivo más que el de acrecentar sus fortunas a expensas de la mayoría.

San Salvador, 27 de junio de 2017

2 Ante un texto que escribí sobre las percepciones –“Las percepciones como problema”— una persona comentó, ufanándose, más o menos lo siguiente: “la intención de Luis González con su escrito es quitar legitimidad a las encuestas”. Qué puedo decir: es posible que mi intención haya sido esa (o cualquier otra), pero quien la “descubrió” no refutó con ello ninguno de los argumentos de mi texto.