Pensamiento Crítico

El poder del alma y el alma del poder

Noam Chomsky | Semanario El Espectador, Colombia. Chomsky es profesor de lingüística en Massachusetts Institute Technologies (MIT) | 30 Agosto 2006
La frase "responsabilidad de los intelectuales" oculta una crucial ambigüedad. Desdibuja la distinción entre lo que se "debe ser" y lo que se "es". En términos del "deber ser", su responsabilidad tiene que ser exactamente la misma que la de cualquier ser humano decente, pero mayor: el privilegio otorga una oportunidad, y la oportunidad confiere una responsabilidad moral. Condenamos con razón al intelectual obediente de estados brutales y violentos por su "ciega sumisión a quienes están en el poder". Estoy tomando prestada la frase de Hans Morgenthau, un fundador de la teoría de relaciones internacionales. Sin embargo, Morgenthau no se refería a los comisarios de los totalitarismos, sino a los intelectuales occidentales, cuyo crimen es mucho más grande, porque ellos no pueden aducir miedo sino solamente cobardía y subordinación al poder. La historia de los intelectuales la escriben los intelectuales, así que no es sorprendente que sean descritos como los defensores del derecho y de la justicia, manteniendo los valores más elevados y confrontando el poder y el mal con un coraje e integridad admirables. Pero la experiencia muestra una imagen bastante diferente. Los rasgos de "sumisión conformista ciega" pueden detectarse hasta en los primeros tiempos históricos. Fue el hombre que "corrompió a la juventud de Atenas" con "falsos dioses" el que bebió la cicuta, no aquellos que adoraron a los verdaderos dioses del sistema doctrinal. Una gran parte de la Biblia está dedicada a gente que condenó los crímenes de Estado y las prácticas inmorales. Se les denomina "profetas", una dudosa traducción de una palabra oscura. En términos contemporáneos, eran "intelectuales disidentes". No hay necesidad de reseñar cómo los trataron: de manera miserable, la norma para los disidentes. Había también intelectuales que eran enormemente respetados en la era de los profetas: los aduladores de la corte. Los Evangelios previenen contra los "falsos profetas que vienen con piel de cordero, pero por dentro son lobos hambrientos. Por sus frutos los conoceréis". Una verdad predominante fue expresada por el presidente de Estados Unidos John Adams hace dos siglos: "El poder siempre piensa que tiene un gran espíritu y puntos de vista amplios más allá de la comprensión de los débiles". Esta es la raíz profunda de la combinación de salvajismo y arrogancia que infecta la mentalidad imperial y, en cierta medida, a cualquier estructura de autoridad y dominio. Podemos agregar que la reverencia por el gran espíritu es la instancia normal de las élites intelectuales, quienes regularmente añaden que deben ser ellas las que detenten las palancas de control, o al menos puedan rondar cerca. Una expresión común de este imperante punto de vista es la de que existen dos categorías de intelectuales: los "intelectuales tecnócratas y orientados hacia las normas" —responsables, sobrios, constructivos— y los "intelectuales que se orientan por los valores", un grupo siniestro que constituye una amenaza a la democracia en tanto se "dedica a la derogación del liderazgo, el desafío a la autoridad y el desenmascaramiento de las instituciones establecidas". Estoy citando de un estudio realizado en 1975 por la Comisión Trilateral formada por internacionalistas liberales de Estados Unidos, Europa y Japón, quienes reflexionaban sobre la "crisis de la democracia" que se desarrolló durante la década del sesenta, cuando sectores de la población generalmente pasivos y apáticos, llamados "intereses especiales", quisieron entrar en el ruedo político para hacer sentir sus preocupaciones. Esas inapropiadas iniciativas crearon lo que el estudio denominó una "crisis de la democracia", en la cual el propio funcionamiento del Estado fue amenazado por una "democracia excesiva". Para superar esta crisis, los intereses especiales debían ser vueltos a poner en su función apropiada de observadores pasivos, para que los "intelectuales tecnócratas" pudieran hacer su trabajo constructivo. Los intereses especiales perturbadores son las mujeres, los jóvenes, los ancianos, los trabajadores, los campesinos, las minorías, las mayorías, en síntesis, la población. Solamente un interés específico no es mencionado en el estudio: el sector de las corporaciones. Tiene sentido. El sector de las corporaciones representa al "interés nacional" y no puede discutirse, naturalmente, que el poder del Estado proteja al interés nacional. Las reacciones contra esta peligrosa tendencia civilizadora y democratizante han dejado su marca en la época contemporánea. Para quienes desean entender lo que probablemente nos depara el futuro, es de primordial importancia mirar de cerca los principios de larga data que inspiran las decisiones y las acciones de los poderosos en el mundo actual, primordialmente los Estados Unidos. En el artículo "Who Influences U.S. Foreign Policy?" (¿Quién influye en la política exterior de Estados Unidos?), publicado el año pasado en la revista American Political Science Review, los autores encuentran, de manera nada sorprendente, que la mayor influencia es de las "corporaciones de negocios orientadas internacionalmente", aunque también hay un efecto secundario de los "expertos" quienes, señalan, "pueden estar influenciados por los negocios". En contraste, la opinión pública tiene "un pequeño o ningún efecto significativo sobre los funcionarios del gobierno". El gran espíritu del poder se extiende mucho más allá de los Estados, hacia cualquier dominio de la vida, desde el de las familias hasta el de los asuntos internacionales. Encontrar un balance adecuado entre la ciudadanía y el bien común por un lado, y la autonomía comunitaria y la variedad cultural por el otro, no es un asunto sencillo, y las cuestiones del control democrático de las instituciones se extienden también a otras esferas de la vida. Estos problemas necesitan tener prioridad en la agenda de gente que no adora el brillo del gran espíritu del poder, de la gente que busca salvar al mundo de las destructivas fuerzas que actualmente amenazan literalmente la supervivencia y que creen que una sociedad más civilizada puede avizorarse e incluso hacerla existir.