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Dos cartas de Jenny Marx

Por Salvador López Arnal (editor) | Rebelion | 12 enero del 2018

Nota del editor. No es que detrás de un gran hombre siempre haya una gran mujer, como se suele decir, sino que, en este caso y en algunos otros (aunque no siempre como es sabido y contrastado), detrás o al lado de una gran(dísima) mujer había también un gran hombre. Marx fue ese hombre y Jenny von Westphalen, Jenny Marx de casada, fue esa grandísima mujer-compañera. Si tienen alguna duda sobre el inmenso y decisivo papel que Jenny tuvo en el desarrollo de la obra marxiana (teoría y praxis), también sus hijas, aguantando además más de una tontería (por decirlo suavemente) del autor de El capital, lean si no han leído -¡no tarden mucho!-: Mary Gabriel, Amor y Capital. Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una revolución, Vilassar de Dalt (Barcelona), El Viejo Topo, 2014 (traducción, gran traducción, de Josep Sarret Grau). También otras aproximaciones desde luego. Esta, por ejemplo, es imprescindible: Francisco Fernández Buey, Marx (sin ismos), Vilassar de Dalt (Barcelona), El Viejo Topo (varias reediciones; está en prensa otro conjunto de escritos del autor con el título provisional Marxismos después de Marx), sin olvidar "El Marx enamorado", su presentación de Karl Marx, Poemas. Barcelona, El Viejo Topo, 2000, págs. 7-24, edición de Francisco Jaymes y Marcos Fonz). 

 

"Ni graciosa ni por la Gracia de Dios" así finalizaba esta ciudadana (con cuatro hijos y tres nietos fallecidos muy prematuramente) de gran coraje y enorme corazón una de sus cartas. En otra de estas cartas, dirigida a Liebknecht, que estaba entonces esperando la sentencia del juicio que le habían hecho en Alemania con cargo de alta traición por su posición durante la guerra franco-prusiana, comentaba

En todas estas luchas nosotras las mujeres llevamos la peor parte, porque es la menor. Un hombre saca fuerzas de su lucha con el mundo exterior, y se siente lleno de energía por la visión del enemigo, aunque estos sean legión. Nosotras en cambio permaneceremos en casa zurciendo calcetines. Esto no impide que las preocupaciones y las pequeñas miserias diarias destruyan lenta y sistemáticamente el coraje que necesitamos para enfrentarnos a la vida. Hablo por treinta años de experiencia y puedo seguramente decir que no me desmoralizo fácilmente. Ahora soy demasiado vieja para confiar demasiado en nada, y los recientes y desafortunados acontecimientos [la Comuna de París] me han afectado mucho. Me temo que nosotros. no tendremos muchas más experiencias positivas y mi única esperanza es que nuestros hijos tengan una vida más fácil.

 

En 1875, esta mujer que había hablado del coraje necesario para enfrentarse a la vida, escribía a una de sus hijas tras la pérdida de un nieto:

Sé muy bien lo difícil que es y lo mucho que se tarda en recuperar el equilibrio después de una pérdida como esta; es entonces cuando la vida viene en nuestra ayuda, con sus pequeñas alegrías y sus grandes preocupaciones, con todas esas pequeñas tareas y tribulaciones cotidianas, y las mayores penas se ven amortiguadas por unos males más pequeños y constantes, y sin que nos demos cuenta, la violencia del dolor disminuye; y no es que la herida se haya curado, y esto vale especialmente para el corazón de una madre, pero poco a poco se despierta en tu pecho una nueva sensibilidad para acoger nuevas penas y alegrías, y así es como uno sigue viviendo, con el corazón dolorido y a la vez esperanzando, hasta que al final deja de latir y da paso a la paz eterna.

 

Muchos años antes, la hija menor de Marx y Jenny, Francisca, sufrió un grave ataque de bronquitis y murió poco después de su primer aniversario, el 14 de abril de 1851 (el 15% de los niños ingleses morían antes de su primer año). La familia no tenía dinero ni siquiera para comprar un ataúd para su hija. Jenny colocó el cuerpo de la pequeña en la habitación trasera del apartamento y trasladó todas las camas a la habitación de la parte delantera donde dormiría la familia hasta que pudieran encontrar el dinero necesario. "Nuestros tres hijos se tendieron a nuestro lado y todos lloramos al pequeño ángel cuyo cuerpo lívido y sin vida yacía en otra habitación" escribió. Ni siquiera Engels pudo dejarles dinero en aquella ocasión. Jenny tuvo que pedir ayuda a un emigrante francés. Les dejó dos libras para comprar el ataúd. Con palabras de Jenny Marx: "No tenía cuna cuando vino al mundo [Francisca Marx] y durante mucho tiempo se le negó incluso un lugar para su último descanso".

Salvo error por mi parte, no existe una traducción castellana (ni catalana y creo que tampoco en gallego o euskera) de la correspondencia de Jenny Marx. Existen ediciones en inglés y alemán (y acaso en francés). Deberíamos considerar un deber socialista, humanista, filosófico y feminista editar su correspondencia este año del bicentenario del nacimiento de su compañero. Jenny nació en Salzwedel, el 12 de febrero de 1814, cuatro años antes que su compañero, y falleció en Londres, el 2 de diciembre de 1881, dos años antes que Marx, quien apenas pudo superar el golpe. Además, más pérdidas que ardían en su cuerpo, su hija mayor, Jenny Marx Longuet, falleció el 11 de enero de 1883.