Pensamiento Crítico

Venezuela: ¿Hay que formar al pueblo?

Por Augusto Márquez | Misión Verdad | 05 Julio 2018

Desde distintos espacios, como si fuera una verdad absoluta, se plantea que el punto neurálgico del momento político actual pasa por la imperiosa "necesidad de formar ideológicamente al pueblo".

Desde hace 20 años esa exigencia, que casi siempre proviene de las mismas "voces" y de las mismas instituciones, se ha mantenido inalterada. A lo largo de ese tiempo se ha instalado como el paso que falta, el definitivo, el "ahora sí", para que todos los problemas económicos, sociales y culturales de los que adolece el país sean superados.

Se le ha dotado de una condición mágica a la esperanza de lo que "el pueblo" puede llegar a hacer si se "forma ideológicamente", de una vez por todas.

Un buen punto de partida, sincero y lo más honesto posible, es que, si a 20 años después seguimos en el mismo punto, es que efectivamente no se ha avanzado en la "formación del pueblo". Si no fuera así, por lógica simple de descarte, simplemente no existiera el sentido de urgencia estratégica que se la da a este tema.

Las excusas para explicar el "qué pasó" son varias, vienen desde distintas direcciones y actores, pero casi siempre concluyen en que el otro (los partidos, el Estado, el Gobierno, etc.) no lo hizo, lo abandonó o simplemente no le dio la importancia debida.

Es decir, se dejó huérfano a un pueblo hambriento de formación ideológica, que la necesita para poder hacer lo que tiene que hacer.

Acorde a nuestra condición de nación irresponsable a lo largo de dos siglos, la crítica en torno a este tema siempre es una acción externa. La autocrítica es un acto de vulgar complacencia. 

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Como toda construcción humana, el lenguaje no es un acto inocente. Está impregnado de códigos de poder y sentidos que se van normalizando a lo largo del tiempo, a tal punto de que creemos que son "verdades absolutas" aquello que repetimos o que leemos cientos de veces, sólo por el hecho de repetirlo incansablemente.

Ese aspecto también toca el tema de la "formación ideológica", ya que a la hora de plantearla se establece un lugar de enunciación que remarca una frontera entre quien se dice "formado" y "el pueblo".

Los códigos de la superioridad moral que tanto le reprochamos a la oposición persisten, a veces inconscientemente, en ese acto primario de la palabra que avala el supramacismo de la academia, del libre mercado como proyecto civilizatorio y la criminalización de la base del chavismo como sujeto orgánico. Todo eso con lo que en el discurso estamos en contra.

El lenguaje es el principal músculo del poder. Su acto creativo primario. Lo que lo cubre ideológicamente, está en segundo plano. 

Como resultado de esa cartografía mental, ese "pueblo" no sólo es una entidad separada, vacía, sino que es situado en una postura pasiva, inmóvil, sin capacidades de hacer algo por sí mismo y a la espera de que el "formado" le indique la ruta. Es decir, no sabe nada y si no se le dice lo que tiene que hacer, lo más seguro es lo que haga mal. Porque sólo sirve para eso, para ejecutar.

Este aspecto, sin embargo, no vincula únicamente al lenguaje político que empleamos diariamente, sino que abarca nuestra forma de entender y procesar esta encrucijada de la historia y, por ende, cómo y bajo cuáles coordenadas conducir la política, el Gobierno y el Estado. Hasta allá se vincula un aspecto que en apariencia es cosmético.

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Insistir en la idea de que el pueblo necesita "formación ideológica" ha traído como consecuencia que se instale una noción totalizada de la política como una actividad profesional, técnica, sólo capaz de ser ejercida por personas con "conocimiento" (la mayoría de las veces tecnocrático), donde lo que impera son los resultados medidos en cifras de gestión y no la construcción política en sí misma.

Mientras, a esa entidad abstracta y concreta a la vez denominada "pueblo", se le otorga un papel de mano de obra, desprovista no sólo de sentido sino también de las propias claves históricas que ha construido en su día a día.

Es producto de la inercia, de una verdad absoluta que se cree cierta sólo porque históricamente las cosas se han hecho así y porque el Estado es también un modo de hacer que poco ha cambiado desde Juan Vicente Gómez.

Del modelo tecnocrático de la política, el cual determina en buena medida las acciones del Gobierno, por ejemplo, tenemos el espantoso saldo negativo del desvalijamiento de PDVSA, coordinado desde sus capacitados puestos de dirección. Una radiografía lo bastante nítida del horizonte propuesto por los expertos y los que sí saben para el futuro del país.

El presidente Maduro ha dicho recientemente que "el pueblo es la vanguardia", algo que puede sonar como una ráfaga más de demagogia, más bien puede ser interpretado como un reconocimiento de que la inercia de ese modelo de administrar la política puede llevarnos al colapso definitivo del proyecto chavista.

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Hablar de "formación ideológica" es referirse a una cartilla de textos sobre distintas experiencias revolucionarias en el mundo desde la óptica de sus propios actores fundamentales. “Formarnos”, para la intelectualidad que la propone como una urgencia, significa aprender, al caletre, las tesis de Marx, Lenin, Fidel, sus experiencias particulares y cómo hicieron para intentar liberar al proletariado de las cadenas que lo oprimen.

Cada uno de ellos me parecen sujetos alucinados, fuera de época y con una habilidad en el combate político inédito. Personas que torcieron el curso de la historia más allá de sus países. Pero una cosa es reconocer y valorar eso, y otra muy diferente creer que replicando con exactitud sus planteamientos saldremos de este atolladero.

Contrastando esa postura con la cruda realidad, y con el balance de nuestras últimas batallas, no tiene explicación lógica que, aún sin manejar un nivel teórico "correcto y aceptable", sectores de la población más afectada por la guerra, que diariamente organizan los CLAP y otras estrategias de aguante en el terreno, entendieron muy bien lo que estaba en juego, se armaron para defender el proyecto en las catacumbas y movilizaron a más de 6 millones de chavistas para que votarán el 20 de mayo por Maduro.

Que la votación del chavismo siga viniendo de los estratos más pobres, quienes disfrutaron en menor medida que la clase media la voluptuosa bonanza petrolera de los últimos años, contradictoriamente, es un síntoma de que se necesita "formación ideológica" para elevar el nivel de claridad política del chavismo.

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En su mayoría mujeres que comparten el atributo común de pertenecer a la tercera edad y que fundamentan su praxis política como una extensión del cuidado familiar, componen lo más activo de esa vanguardia de la que se habla, pero que en el fondo no se valora en su magnitud.

La mayoría de esas mujeres poco y nada manejan el marxismo-leninismo, la experiencia socialista de la URSS o los diversos modelos teóricos importados que se venden como solución. Pero esa "formación ideológica" no les ha hecho falta, en lo práctico para organizar comunidades, resolver decenas de problemas cotidianos, mantener al chavismo movilizado y garantizar que la contención de la guerra sea efectiva.

Esas mujeres que viven en primera persona lo que significa mantener un núcleo familiar con una pensión pálida, son un modelo efectivo de cómo organizar una economía de guerra sin pasar por una escuela de economía y, sobre todo, de cómo activar políticamente en medio de las adversidades sin saber al caletre los discursos de Fidel Castro.

No por casualidad las figuras simbólicas del "descontento chavista" están representados por aquellos que estuvieron más próximos al poder y a los privilegios que encarna. Porque de eso se trataba hacer política.

La comparación con las mujeres que organizan y le dan cuerpo al sistema de misiones sociales, que poco vieron la bonanza vertida en sus bolsillos, habla por sí sola.

Valga entonces la pregunta. Si esa vanguardia ha demostrado efectividad política siendo "ignorante" desde el punto de vista de los "formados", ¿para qué imponerle un conjunto de manuales que no le dicen nada y minimizan su rol histórico?

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Pero ese esfuerzo titánico, cotidiano, de miles de mujeres y hombres que viven entre la espada y la pared que impone la guerra, no es reconocido por la intelectualidad. Como si esa gente sólo estuviera ahí para limitarse a una tarea de consejería.

Se intenta medir su calidad política de acuerdo a tal o cual referente que muy poco tiene que ver con nuestra realidad concreta.

Pero lo cierto es que no sólo en esas mujeres se concentra lo más expresivo de la venezolanidad solidaria, familiar y honesta, pervertida por la globalización y las nuevas generaciones en ascenso que piensan que la vida empieza y termina en su Instagram, también su práctica diaria es el esbozo de un nuevo modelo para la construcción política que exige el proyecto chavista.

El modo de atender familias en comunidades altamente afectadas, la administración de esfuerzos para mantener con vida las misiones sociales y la organización para hacer efectiva la entrega de las cajas CLAP, van convirtiéndose en métodos orgánicos que, por más que sean omitidos por la intelectualidad, representan un conjunto de códigos propios de lo político. 

Esa praxis novedosa en sí no resolverá la situación económica actual, no por falta de voluntad, que hay de sobra, sino porque los factores que hacen posible este cuadro de asedio escapa de nuestras manos.

Sin embargo, abren una ventana para imbuirnos en la reflexión de que en medio del conflicto el país chavista ha parido sus propios métodos y que lo hizo sin la necesidad de aprenderse página por página un manual sobre cómo hacer el socialismo en 10 sencillos pasos.

Esa vanguardia subterránea que hace lo que políticamente pocos quieren hacer en este momento (dejar estar pendiente de ti mismo para preocuparte un poco por el que tienes al lado), indica, muy germinalmente, con mucha complejidad, donde está la sustancia del momento que pudieran darnos las claves para una recomposición política y estratégica. 

Lo cierto es que si buena parte de los ministerios funcionaran acorde a esas claves de solidaridad que muestran los CLAP, si el ministerio de planificación se rigiera por el criterio de ahorro y austeridad selectiva de un hogar de las madres del barrio o si los métodos de las organización políticas del chavismo tuvieran como centro el cuidado del otro más que la pose y el selfie, seguramente el presente no se vería tan oscuro y tormentoso.

Más de un dirigente y un intelectual de la revolución requiere un curso de formación intensiva de esas valientes mujeres.