Pensamiento Crítico

El estorboso fantasma de Mao

Fredric Bobin | Le Monde, París, Francia. | 09 Septiembre 2006
La figura del Gran Timonel ayuda aún al régimen comunista chino a alimentar la imaginería nacional, pero complica a la hora de los nuevos desafíos como la inserción económica en un mundo globalizado y altamente competitivo. Un neomaoísmo desafiante ha puesto en problemas a las nuevas autoridades. El 9 de septiembre de 1976, Mao Tse-tung exhaló su último suspiro, en la atmósfera crepuscular de un régimen minado por las últimas réplicas de la revolución cultural, desencadenada diez años antes. Treinta años después, el Partido Comunista Chino sigue sin resolver su problema con Mao. El difunto Gran Timonel sigue siendo un motivo permanente de bochorno, una monumental preocupación para los historiógrafos oficiales, encargados de formatear la imaginería nacional. Los términos del dilema son conocidos. Los herederos que lo han sucedido, en primera fila de los cuales está Deng Xiaoping, el "arquitecto de las reformas", fueron adversarios irreductibles de Mao. Fueron perseguidos por los guardias rojos fanatizados del Gran Timonel. Incluso deben su legitimidad al hecho de haber sido víctimas de la revolución cultural, ese decenio (1966-1976) de caos general que los encargados de la propaganda han criticado como un "error generalizado". ¿Y Mao? ¿Cómo tratar la figura de este desconcertante Jano que presenta una doble cara: a la vez fundador del régimen del que proceden las actuales autoridades chinas e iniciador de una secuencia histórica destinada a eliminarlas? Oficialmente, el asunto se zanjó desde que a principios de los años ochenta, el Partido Comunista decretó que la obra de Mao comprendía "70% de positivo y 30% de positivo". ¿Realmente se solucionó el asunto? La momia de Mao se estremece bajo las losas de su mausoleo en la plaza de Tiananmen, en Beijing, y la dirección del partido revela la misma molestia ante esa picazón de la memoria. Un neomaoísmo oficioso recorre ciertas capas de la sociedad china, al grado de que podría erigirse, al tiempo, en alternativa legítima a la de la dirección actual. No se habla aquí de la nostalgia generacional de los quincuagenarios, ex guardias rojas que, con lágrimas en los ojos, siguen comulgando en la evocación de su juventud ardiente y sacrificada. Las casas de té y los restaurantes, donde se siguen representando las óperas revolucionarias en medio de una decoración de carteles rojos y de bustos de Mao Tse-tung, abundan en las grandes ciudades pero el fenómeno se parece más a una mercantilización de la memoria -en fase con el capitalismo ambiente- que a una asamblea de conjurados. El desafío está en otra parte. La referencia a Mao ahora es reactivada por algunos espíritus críticos que tratan de poner al partido en dificultades en los dos terrenos en que es más vulnerable: la cuestión social y el nacionalismo. El primer punto es el más delicado. Un cuarto de siglo después del lanzamiento de las reformas económicas, China vive una crisis social larvada, que ciertamente aún no ha tomado un giro revolucionario pero que hunde a los excluidos del "milagro económico" en la amargura y el resentimiento. La clase obrera histórica, la aristocracia destronada, está empobrecida por la restructuración de las empresas del Estado. A riesgo de decepcionar a los liberales de Occidente, que esperan que la protesta social de China sea un fermento de democratización, los obreros chinos se encomiendan ante todo a los ideales de un "socialismo" que otrora les garantizaba una "escudilla metálica de arroz" (privilegios sociales), hoy en día perforada por todas partes. En los cortejos de los encolerizados obreros, no es raro ver esgrimido el ícono de Mao, santo patrón de una edad de oro desaparecida. "El imaginario de los desposeídos atribuye al pasado todas las virtudes", señala Jean-Louis Rocca en su libro "La condición china", donde analiza la "apuesta por el trabajo capitalista" que ha metamorfoseado a China desde hace veinticinco años. Es ahí donde la invocación a Mao se vuelve peligrosa para un partido que, al liquidar sus referencias obreristas de antaño, ha sellado una nueva alianza social con la clase media emergente y la casta de empresarios, antiguos parias convertidos en niños consentidos de la "reforma". Extrañamente, los campesinos, que nunca fueron parte de los privilegiados de la revolución, también mitifican la figura de Mao, en reacción a las múltiples injusticias de que actualmente son víctimas (arbitrariedad fiscal, expropiaciones de tierras). Los preceptos de Mao, si fueran tomados al pie de la letra por estas nuevas "clases peligrosas", podrían ser devastadores para un Partido Comunista que se ha transformado en partido de la élite social. Nacionalismo civil El honor de la patria es otro registro donde la sombra de Mao irrita al poder. Y ahí, la potencia del mito moviliza a otros medios, aparte de las clases populares. Algunos segmentos de la juventud urbana e intelectual tejen desde hace un decenio un nacionalismo militante, que funciona como nuevo idealismo después de que la represión en Tiananmen (1989) prohibió toda perspectiva democrática. Si bien desde 1989, el mismo régimen tomó la iniciativa de exaltar a la China eterna, su nacionalismo de Estado -erigido como ideología substituta del difunto marxismo- ahora tiene la competencia del nacionalismo civil, que podría desbordarlo. Ahora bien, el Partido Comunista no puede darse el lujo de ir demasiado lejos en la vía del enfrentamiento con Estados Unidos o Japón, blancos preferidos de los neonacionalistas. A la hora de la inserción de la economía china en el mundo global, tal aventura desestabilizaría el crecimiento del país. Nacionalismo o crecimiento, hay que escoger. Y el régimen de Beijing ya escogió, manteniéndose moderado en las cuestiones geopolíticas, para no comprometer sus resultados económicos, la principal fuente de legitimidad que le queda. Pero esa prudencia lo pone en situación incómoda ante los patriotas que gritan traición. Cada vez que el régimen chino juega al acomodamiento, después del estallido de un diferendo con EEUU o con Japón, los nacionalistas fulminan por Internet: "¡Capitulación! ¡Mao no tenía miedo de desafiar a las grandes potencias!". El Partido Comunista no es insensible a las presiones que ejerce ese neomaoísmo oficioso, tanto sobre la cuestión social como sobre la nacional. Desde su acceso al cargo supremo, en 2002, el número uno chino, Hu Jintao, ha dado numerosas prendas de esto. A contrapelo del elitismo afectado de su predecesor Jiang Zemin, Hu Jintao cultiva una postura populista y le gusta repasar la leyenda roja de antes de 1949. Manifiesta así un neomaoísmo oficial pasteurizado, cuya meta es neutralizar los peligros del oficioso, virtualmente contestatario. La incómoda figura de Mao debe permanecer sólidamente sellada en su mausoleo de Tiananmen.