Pensamiento Crítico

Nosotros y las superbacterias

Por Miquel Seguró | CTXT Revista Contexto | 08 Agosto 2018

A principios de 2017 la OMS hizo público un listado de las doce familias de bacterias más peligrosas para la salud humana. Bacterias bien conocidas y responsables de afecciones comunes y controlables están convirtiéndose en un peligro público debido a la resistencia que están desarrollando a los antibióticos. Sin embargo, el año lo terminamos con dos noticias que ayudan a encarar el problema con cierta dosis de optimismo. Por un lado, investigadores de EEUU habrían conseguido modificar un tipo de antibiótico (vancomicina) que lo haría apto para destruir dichas bacterias. Y por otro, científicos del CSIC habrían encontrado un compuesto que desintegra el escudo de resistencia de las bacterias, permitiendo así a los antibióticos volver a ser efectivos.

Hay que ser, con todo, muy cautos. Es de prever, de hecho, que este problema de salud pública ocupe de manera creciente más páginas de prensa, ya que, más allá del reto científico que representa el fenómeno de las súperbacterias, la situación tiene ramificaciones no estrictamente médicas e igualmente complejas de revertir. Es un problema que toca el nervio socioeconómico, también.

Por ejemplo, se habla recurrentemente del mal uso que hacemos de los antibióticos. Esto tendría que ver, por un lado, con el consumo individual, que se relaciona directamente con el menoscabo hacia la figura médica que lo debería prescribir. Quizás porque nos sentimos impulsados ​​por una concepción omnicontroladora de la propia libertad que entiende como coacción el hecho de remitirse a un especialista, quizás porque no hay tiempo para ello, o simplemente porque por las casas corren los fármacos con total naturalidad, lo cierto es que la automedicación es una práctica demasiado extendida. Y los primeros damnificados somos, paradójicamente, nosotros mismos, víctimas de una cultura de la enfermedad y de la salud eminentemente algofóbica (fobia al dolor).

Pero también habría otros factores detrás de este abuso de fármacos, como por ejemplo la autoexplotación. Estar enfermo puede ser concebido como una debilidad y hasta como una culpa, por eso es posible que se interiorice que guardar cama comporta más amenazas que las estrictamente médicas: perder el puesto de trabajo por una baja, un coste de oportunidad demasiado elevado al tener que cancelar un viaje de negocios, o "malgastar" días de vacaciones para recuperarse de una infección, por mencionar algunas. Sería, de hecho, la misma presión socioeconómica que está detrás del uso abusivo de antibióticos en las granjas. Perder por una infección una parte del ganado significa perder dinero, una carga financiera añadida a la necesidad de abaratar costes para poder ofrecer precios competitivos.

Conocer es poder, ciertamente, pero la ciencia, además de hacerla, hay que saberla manejar. Karl Jaspers sostenía que la ciencia garantiza la exactitud de los conocimientos (en el mejor de los casos, habría que añadir), pero no dice nada de la importancia de tales conocimientos. Es una herramienta primordial, indudablemente la más potente de las que disponemos para dotarnos de una vida más larga y próspera, aunque como el resto de saberes, condicionada al uso que se haga de ella. Si asumimos que la lógica del (neo)capitalismo condiciona gran parte de las decisiones que personalmente tomamos en relación a nuestras vidas, ¿por qué no debería dejarse notar igualmente en la gestión personal de la propia salud, nuestro bien más primario y preciado de todos?

Las enfermedades lo son porque hay enfermos, es decir, porque infligen dolor y condicionan la capacidad de desplegar un proyecto de vida. Pero enfermamos porque somos seres corporales y finitos. Es nuestra condición, no una penitencia. Frágiles y vulnerables, condicionados por una realidad física que nos trasciende, nos reconocemos a su vez dotados de inteligencia y libertad para poder afrontar las adversidades. Son las dos caras de una misma moneda. Por eso las ciencias, en su conjunto, son un producto genuinamente humano, porque nacen de la finitud y del afán de superarla, y por eso también están imbuidas de todo aquello que nos hace humanos, las luces y sombras que nos constituyen. Y como producto social que asimismo son, florecen en un determinado contexto socioeconómico y en un determinado sistema de creencias que condiciona su uso.

El inquietante problema de las superbacterias demuestra que con investigar no es suficiente. Saber lo que somos implica ser doctos en conocer, transversalmente, que cada área de conocimiento (científico–técnica o socio–humanística) es necesaria para ensanchar el capital de sabiduría que requerimos para vivir más y mejor. Por eso la bioética no es algo adyacente, ni a las ciencias ni a la sociedad. Así lo daba a entender el pensador alemán Hans Jonas en su célebre libro El principio de responsabilidad, donde definía la responsabilidad como el cuidado, como un deber hacia otro ser, que en virtud de la amenaza de su vulnerabilidad se convierte por nosotros en una preocupación; y, dado que todos somos vulnerables, todos somos responsables de la salud, en genérico. De hecho, no es azaroso que la salud sea un bien "público".

Es más que probable que los homo sapiens sapiens nunca lleguemos a dominar completamente eso que llamamos la naturaleza. Vamos siempre un paso por detrás. De ahí que constantemente aparezcan nuevas y desconocidas adversidades y afecciones, o, como es el caso, incluso reaparezcan. Por eso se hace aún más incomprensible que, sabiendo ya de las dificultades dadas, a veces nos empeñemos en convertir la odisea humana en una aventura aún más difícil. Homo sapiens sapiens… Mysterium tremendum.

(*) Miquel Seguró es Profesor de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC) – Investigador de la Càtedra Ethos (URL).