Pensamiento Crítico

Sencillamente seamos chavistas

Misión Verdad, Venezuela. | Misión Verdad, Venezuela. | 08 Octubre 2018

Hugo Chávez nos recuerda: "El capitalismo dice que no pensemos, que hagamos, que resolvamos. ¿Pero que resolvamos sobre qué? ¿Hagamos sobre qué? Eso hay que pensarlo. ¿Qué es lo que vamos a resolver? ¿Qué es lo que vamos hacer? Tenemos que pensarlo".

Abrir una conversación en medio del fuego enemigo es como meter la mano en un nido de mapanares, no es cualquier cosa. Pero diseñar el país requiere de esa audacia. En Venezuela tenemos 500 años sin pensarnos, y cuando alguien lo plantea, todo el mundo lo rechaza, como si fuera un leproso. Entendemos que la propuesta del compañero Wilmer está sustentada en una preocupación por construir país.

Nosotros diremos sobre ella lo que debemos decir, sin condenar, como un aporte a la gran conversa que necesitamos como pueblo. Convocamos a que todos abandonemos los panfletos, clichés, dogmas, pequeños intereses, cortas visiones y asumamos la realidad en el campo del discurso, construir otra cultura lo requiere. No sigamos criticando a ciegas, hagamos política.

Lo de la burguesía nacional revolucionaria, a nuestro entender, no es una propuesta del compañero Wilmar Alfredo Castro Soteldo (ministro de Producción Agrícola y Tierras de Venezuela). De hecho, él la hace previa cita del libro Venezuela violenta de Orlando Araujo. Esa propuesta tiene sus orígenes en las viejas discusiones de los comunistas, quienes buscaban alianzas en las periferias para la toma del poder, cuando aún era incipiente el desarrollo del capitalismo y se podía percibir como avanzado o progresista el comportamiento de algún sector empresarial en cualquier país mina, cuando se pensaba que la burguesía era nacional y que el sistema capitalista no era un todo que obedecía a un concepto, a una manera de vivir, de concebir la realidad. Pero hoy el planeta está copado, todo huele, sabe, se siente, se piensa, se imagina en capitalismo.

Podemos entender la propuesta como lo paralelo, pero si no tenemos un plan para después de ganada la guerra, que haga irreversible el proceso, nos devolveremos al capitalismo en peores condiciones, porque tendríamos que pagar con creces el atrevimiento.

La burguesía ya fue revolucionaria

Con el desmembramiento del llamado Imperio romano, se iniciaron grandes guerras que duraron siglos. Producto de esas guerras y el saqueo, se acumuló una gran porción de capital no sólo material sino también en conocimiento; estos dos elementos hacen posible la aparición de centros llamados monasterios, continuados por universidades, en donde inicialmente se incubó el pensamiento que siglos después se le llamó humanista.

Este pensamiento estalla a la luz pública hacia la llamada Edad Media, en donde los intelectuales y artistas de la época se percatan de la inexistencia del Dios cristiano, creencia que determina y nombra la existencia del ser y también sustenta el poder del Rey. A partir de allí se dan cuenta de que la gente había inventado a Dios y la conclusión es lógica: si yo inventé a Dios, entonces yo soy más que Dios, soy quien lo nombra y da existencia, por lo tanto yo me nombro y me doy existencia, yo nombro y doy existencia, decido quién soy y qué son los demás.

En adelante, surge la noción del individuo ego, la Tierra deja de ser plana en el imaginario, lo no usado o prohibido por la ley divina se pone en práctica, se surcan los mares más allá de lo conocido, se invaden nuevos territorios que se nombran como suyos, se destruyen selvas, montañas, ríos, mares; a los sometidos se les impone arte, religión, modos, usos y costumbres; el método: el asesinato, el terror, el robo y el saqueo.

La guerra entre poderosos europeos trae como consecuencia la definición entre los que se nombran los humanistas y los que creen que son el poder por obra y gracia de Dios. Estas luchas sangrientas, financiadas por los ingentes recursos robados de África, América y Asia, traen como consecuencia la división del poder monárquico, lo que obliga a un tratado en donde por primera vez se impone la noción del Estado–nación.

La burguesía, en el nuevo reparto del territorio y fundamentalmente en Inglaterra, desarrolla otro modo de producción que con el tiempo será conocido como capitalismo.

Este modo de producción es una sistematización de la experiencia ocurrida durante 15 mil años de guerra, pero eso no queda allí: después de 1712, con la aparición de la máquina a vapor y el desarrollo de la industria, la monarquía pierde el poder absoluto que hasta el momento ejercía; la burguesía crea entonces la división del trabajo, la propiedad del Rey sobre los medios de producción la convierten y crean la propiedad privada; el Estado pasa al ejercicio público con sus tres poderes: ejecutivo, legislativo, judicial, en sus distintas variantes y formas de acuerdo a los intereses de los dueños.

Esos inventos revolucionarios y la creación de la memoria histórica han perpetuado a la burguesía, quien esconde la propiedad privada detrás del trapo rojo que es el Estado. Porque los Estados pueden desaparecer, pero no la propiedad privada. Los dueños pueden hacer con los Estados lo que se les venga en gana, pero no a la inversa.

La burguesía continúa cometiendo sus peores crímenes, ocultándose tras el Estado y todo el que pretende el poder convierte al Estado en el chivo expiatorio, mientras la burguesía es libre de toda culpa.

La burguesía no es sólo una clase: es fundamentalmente una visión del mundo, un compendio histórico del ejercicio del poder. El pensamiento que la hace posible deriva de la necesidad de vencer el hambre, el miedo y la ignorancia, taras que han acompañado a esta especie durante su existencia, y la burguesía entiende que esta condición puede ser superada en la acumulación infinita de la riqueza, único modo de protección que, en la historia, la experiencia ha demostrado, y es lo que se ha sistematizado como organización social, en donde una clase se considera predestinada a mandar y lo ejerce, mientras las demás sólo obedecen y trabajan.

A partir de 1789, la burguesía refrenda y culmina su revolución. Lo que continúa son guerras de independencia, liberación nacional, luchas contra la dependencia y el neocolonialismo. Son planes de la burguesía en su continuo apoderamiento del planeta.

La burguesía, en síntesis, fue revolucionaria porque creó un concepto de sí misma y del mundo donde manda. Generó y se sustenta en otro modo de producción y otro ejercicio del poder político. Creó arte, filosofía, memoria histórica, y ha desarrollado la tecnología de guerra más formidable y terrorífica que nunca antes se haya visto. Creó modos de propagarse, de absorber y convertir en enemigo todo lo que toca.

Pero en la actualidad esa clase ha dejado de ser revolucionaria, y todo su esfuerzo está en función de mantener su poder. Por eso busca desesperadamente eliminar los Estados–nación, para no tener que rendir cuentas a nadie y definitivamente ser el único dios. ¿Podemos los pobres crear nuestra propia existencia?

La burguesía, ya lo dijeron los teóricos, no tiene patria: la burguesía es una clase que está llamada, en su pensamiento único, a dominar por haber sustituido a Dios.

La burguesía entiende que el universo todo es enemigo, por tanto debe ser sometido y lo que existe consumido sin miramiento; eso nos incluye a los pobres. ¿Podemos nosotros crear el otro pensamiento diverso, sustentado en la pertenencia al territorio?

La burguesía no es mala ni es buena, solo es ella y su ejercicio en circunstancia de espacio y tiempo. La burguesía no son muchas burguesías: que si la continental, la mundial, la nacional, la regional, la local, la municipal; es sólo una en todo el mundo.

La burguesía puede hablar todos los idiomas, comer todas las comidas, vestir todas las modas, habitar en todas las regiones, conciliar con todas las religiones, practicar todos los deportes, consumir todas las drogas, admirar todas las artes, pero nunca la burguesía será venezolana, china, japonesa o europea, y en este tiempo, por más que le digan que la hueva de Lisa es superior a la del Esturión, no dejará de comer caviar.

La burguesía creó un sistema de producción mundial que llamamos el capitalismo. En ese sistema cada quien ocupa su lugar: están los dueños del mundo, que controlan las grandes corporaciones; estas a su vez controlan todo el planeta, vía franquicias o subsidiarias que se instalan en los países minas; estas compran insumos, maquinarias, materia prima, asesoramiento técnico y tecnología a las casas matrices, contribuyendo a saquear los recursos de cada país mina, trasladando capital e intereses en forma de ganancia, aumentando el control remachado sobre las minas que aún somos; pero además obligan a los países, vía convenios comerciales, a consumir productos con costos inflados, producidos por las grandes corporaciones. Un circuito cerrado con control remoto.

Los empresarios pueden comer cabaña azada con ocumo chino sancochao, carne asada con casabe y queso llanero, caraota con suero y arepa, huevos chimbos o pizca andina, pero nunca pondrán en riesgo su botín en nombre de la nación. La burguesía en Francia, Alemania, Inglaterra o Norteamérica jamás ponen en juego su lucro para salvar la patria, y eso lo han demostrado en las dos últimas grandes guerras que han sostenido. En la guerra actual les importa un carajo que esos territorios se arruinen: si no pregunten por el difunto Estados Unidos, aunque en el cine, las lágrimas por las banderas llenen los cráteres de los mares.

A manera de abreboca para la conversación

Desde que apareció la Unión Soviética, pasando por China, Vietnam, Cuba, el este europeo, Nicaragua, han sido muchos años de experiencia, y una sola conclusión real: todo el mundo se ha devuelto al capitalismo.

Pregunta: ¿nosotros también aportaremos ingentes sacrificios en pueblo y líderes como ya lo hicieron estos pueblos, para después de 70 años devolvernos cansados al redil del capitalismo, con el estigma de no haber cambiado al mundo?

Somos más de 4 millones de personas en lealtad inquebrantable al directorio, no solo en las malas, sino en las peores; trabajando por el socialismo, una idea que no conocemos, que no hemos vivido nunca, que nadie la ha vivido, pero que entendemos se puede llevar a cabo siempre y cuando la concibamos.

La brutal e incesante arremetida de la burguesía contra el Gobierno durante estos años no es porque no le cae bien, es porque se le han estropeado sus planes, es porque busca desesperadamente que se les devuelva el país que siempre se han robado.

Por mucha carantoña que le hagamos a la burguesía, esta no nos perdonará el atrevimiento. La pérdida del control del Estado en Venezuela la ha dejado con las nalgas afuera.

Los barcos están ardiendo, sólo la ausencia de pensamiento nos puede devolver a la miseria de la esclavitud.

Cuando la burguesía le cortó la cabeza al Rey, tenía plena conciencia de quién era y sabía qué buscaba. Por eso la famosa frase de Robespierre: "Cortémosle la cabeza al Rey para que un baño de sangre nos separe para siempre".

Una clase que nace a conciencia, cortando cabezas, hoy que tiene el poder absoluto, más rápido y furiosa, cortará las nuestras por faltoerespeto.

En toda la historia, en nuestro nombre se ha tomado el poder, pero en definitiva nos han devuelto a la esclavitud. Claro está: con otro discurso justificador de los hechos.

El concepto pueblo que debemos soñar, diseñar, elaborar en el marco de la guerra y después de ella, se debe sustentar sobre otros parámetros, con otras valoraciones que nos den existencia. Que permita nombrarnos como gente. Ser colectivo, la vida: fluyendo sin la esperanza ni la utopía generadas por el miedo, el hambre y la ignorancia.

En esta guerra entre poderosos, los pobres pongámonos de cualquier lado nunca ganaremos (eso no evita las alianzas) porque, entre otras cosas, lo que se están repartiendo es a nosotros como botín, en condiciones de suma esclavitud.

Para asumir la presente realidad se requiere crear otra idea. Podemos ganar muchas batallas a costa de grandes sacrificios, pero nunca ganaremos la guerra con los modos, usos y costumbres de la cultura capitalista, y mucho menos con panfletos y dogmas.

Para ganar la guerra y estar de tú a tú en el concierto mundial, necesitamos crear aquello que los otros no sepan y que los pueda influir o puedan tomar como ejemplo, de manera que eso se convierta en nuestra verdadera seguridad. Porque esta guerra durará varias generaciones hasta que realmente podamos ganarla, y sólo lo lograremos cuando construyamos lo distinto, la otra cultura.

Lo demás es continuar siendo carne de cañón de los fabricantes de armas, consumidores y traficantes de energía, vendedores de drogas, especuladores financieros y montadores de espectáculos, que siempre han dominado y usufructuado del planeta, mientras creemos en la ilusión de que vamos ganando.

Hay que fundar en nosotros los pobres la otra cultura, partiendo del íntimo ético que está agazapado en las calcetas de este territorio, dispuesto a saltar en la historia, una cultura de raíz fuerte que se sustente en el adentro y no en la copia de lo extraño.

Los gritos destemplados no bastan. Apretarse los pantalones de la creación política es el acto de valentía más audaz que podamos dar como pueblo. Pero eso no comenzará porque un buen día se nos iluminó la cabeza a todos, sino porque tomamos decisiones trascendentes, sobre hechos y claves que están ocurriendo en el mundo práctico.

Lo paralelo es y seguirá siendo, durante mucho tiempo, la estrategia política que más resultados nos dará como pueblo.

Sencillamente seamos chavistas.