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Pensamiento Crítico

El trípode inestable que sostiene al bolsonarismo

Equipo Editorial. | Análisis Geopolítico. | 19 Mayo 2019

Desde que Bolsonaro llegó al poder, se pueden notar las inestabilidad de su gobierno que solo es ocultado por su retórica discursiva, sus medidas polémicas y su acción en política exterior. A corto plazo la coalición que lo llevó al gobierno fue exitosa pero surgen dudas a mediano plazo.

Crisis. Después del exitoso mandato de Lula da Silva, el PT parecía hegemonizar la política brasileña, algo siempre difícil por su complejo modelo de “presidencialismo de coalición” donde las negociaciones parlamentarias son complejas por la diversidad de partidos y de fuerzas políticas difusas. Lo cierto es que Lula logró formar una variopinta alianza con sectores de la derecha evangélica, sectores de los agronegocios, sindicatos y lo más importante: una alianza política con el mayor partido político del país, el Partido Movimiento Democrático brasileño (PMDB).

Así a sus medidas progresistas en lo social –Bolsa Familia, Plan Sonrisa- le sumó un conservadurismo social, como no aceptar discutir el aborto legal, el matrimonio igualitario o la decisión de militarizar aún más la seguridad pública. El ejército, a pesar de su retirada de la vida política nacional, logró en 2006 hacer que el Presidente despida al Ministro de Defensa por sus discrepancias con los manejos del alto mando militar.

El lulismo fue muy exitoso en lo socio económico, impulsando a unos 40 millones de brasileños de la pobreza a la clase media y haciendo crecer al país en tasas chinas. En términos concretos, fue llamado el milagro brasileño, más allá de que la pobreza y la desigualdad siguieron siendo alta.

La salida de lula del poder, dio paso al gobierno de Dilma Rouseff  que hizo virar al partido más al centro político abandonando a la izquierda y a la militancia ya de por sí poco proclive a movilizarse (la desmovilización de las masas es culturalmente histórica). El ajuste fiscal ortodoxo que la nueva mandataria decidió aplicar bajo el mando del nuevo Ministro de Hacienda, el banquero Levy, generaron el descontento en la clase media ya bastante cansada del largo gobierno del petismo. Así, en 2014, Rouseff apenas pudo ganarle al PSDB (Partido Socialdemócrata Brasileño) en el ballotage; la debilidad fue la gran característica de su segundo gobierno. Aquejada por la explosión del escándalo del lavajato y de Odebretch, Dilma fue profundizando su pérdida de apoyos populares y políticos, que terminó con su destitución en 2016, siendo traicionada por su vicepresidente procedente del PMDB, Michel Temer.

Su decadencia política fue responsabilidad de errores propios pero también por una clara intencionalidad del establishment brasileño que nunca aceptó al PT en sus filas, y con la participación activa del Poder Judicial, en concreto del Juez Sergio Moro, magistrado que estudió en EE.UU. y que, según reveló WikiLeaks, respondía a la Embajada estadounidense en Brasil (no es ninguna novedad la complicidad y los contactos de la élite brasileña con Washington).

No haré aquí un análisis judicial del juicio político a Dilma porque no soy experto en Derecho brasileño ni abogado pero está claro que la intención era terminar con el gobierno no con la corrupción (a juzgar por la aceptación de Temer como presidente, un personaje oscuro y corrupto); otro de los grandes errores del PT fue creer que podía gobernar con instituciones y partidos tan poco confiables pero lo cierto es que no tenía otra opción, justamente por el modelo de presidencia de coalición que siempre deja al gobierno de turno en una posición de minoría parlamentaria.

El de Temer fue un gobierno encargado de aplicar las reformas que el mercado exigía y militarizar aún más la seguridad pública, haciendo equilibrios para no caer en prisión por corrupción.

Las elecciones de 2018 encontraban a Lula como favorito a volver a habitar el Palacio de Planalto pero fue detenido por una causa poco seria, donde los testimonios más comprometedores eran de dos vecinos y donde el inmueble nunca fue comprado. Con estas jugadas del Poder Judicial y la sed de justicia contra la corrupción de parte de la sociedad, la falta de una política contra la inseguridad y una economía estancada por años, llevaron al poder al ex militar Jair Bolsonaro.

Coalición conservadora. Bolsonaro formó detrás de su candidatura a toda la élite brasileña. Apostando a no permitir la vuelta del PT al gobierno, forjó una campaña de desinformación pocas veces vistas en la historia agregándole un discurso de extremo conservadurismo que algunos se animaron a llamar “fascismo tropical o a la brasileña”, que tuvo el apoyo de la mayoría de los medios de comunicación del país.

Pero si bien, todos se encolumnaron detrás de su candidatura, tres fueron los pilares por los que se sostuvo su campaña y se sostiene su actual gobierno:

1- Los evangélicos: la ola del evangelismo neopentecostal que viene sumando adeptos en Brasil desde la década de los 90’, tiene su correlato en la política. A diferencia de los representantes católicos, estos no buscan la influencia de manera indirecta o a escondidas, sino que directamente se pronuncia por un candidato o son ellos los candidatos. Bolsonaro entendió que para gobernar en un país donde la mayorías son escasas, debía ganarse el apoyo de los pastores evangélicos, por eso dejó el catolicismo para bautizarse en el río Jordán en la nueva religión en cuestión. El evangelismo le dio tres herramientas necesarias para ganar las elecciones: conforman el 22% de la población brasileña que, ante el pedido de los pastores, arriba de un 70% votó por su candidatura; por otro lado, el líder de la Iglesia Universal, la más grande de las neopentecostales, controla la segunda cadena de medios de comunicación de Brasil, solo por detrás de la red O Globo, quién hizo campaña abierta por Bolsonaro; por último, ellos financiaron con su amplia chequera al recorrido electoral del ex capitán y ahora aportan su poder político en la cámara de diputados, donde conforman la segunda minoría del país, juntos a la BBB (Biblia, Buey y Bala).

Pero ¿Qué piden los evangélicos a cambio? Al igual que cuando apoyaron a Lula en su mandato, los neopentecostales no quieren que se apliquen medidas de corte progresista en lo sociocultural, ya sea la legalización del aborto, el matrimonio igualitario o cualquier avance en materia de reivindicaciones feministas, sumado su alineación en política exterior a Tel Aviv. Estas medidas coinciden con el pensar ideológico de Bolsonaro y la de su asesor Olavo Carballo, muy cercano a Steve Banon y a la derecha Israelí[1]. (Queda por ver si los liberales del gobierno aceptaran el anti globalismo cultural de los evangélicos y del mismo Carballo).

2- Los militares: el otro sector en el que apoyó su candidatura, fue en el estamento militar. A pesar de su retirada de la vida pública, estos nunca se fueron. Las tensiones que ya relaté durante el gobierno de Lula, se volvieron convirtieron en intromisiones a la justicia para presionar en el proceso judicial contra Dilma y su predecesor. Las amenazas a los jueces cuando definían el juicio contra el ex presidente o las declaraciones dirigidas al Congreso para que voten a favor del juicio político a Dilma, dan cuenta de la degradación republicana de Brasil. Con Temer además, su poder se esparció por todo el Estado, quedándose con algunos ministerios y militarizando aún más los espacios públicos.

Bolsonaro, ex Capitán del Ejército, siempre recibió las simpatías de sus ex superiores. Recordemos que las Fuerzas Armadas en Brasil tienen una buena imagen, muy diferente a la de Argentina por ejemplo. Allí, se cuentan como desaparecidos a 800 personas de una población de más de 150 millones durante la hegemonía castrense (1964-1984), y su modelo económico fue el tradicional desarrollismo brasileño con políticas de estímulo industrial y un crecimiento económico fulgurante, diferente al desastre neoliberal de la dictadura argentina. El retorno del discurso anticorrupción, pro moral y de estabilidad económica, benefició a Bolsonaro, quién aceptó que el ejército ponga candidatos propios en muchas intendencias y entregó la vicepresidencia al General Washington Murao, y varios ministerios al ala castrense, volviéndose más poderoso utilizando métodos democráticos[2].

3- Los liberales: el otro sector, quizás el más descontento con la heterodoxia de Lula y la siempre insuficiente ortodoxia de Dilma, son los liberales o neoliberales. Estos, dejados de lado desde la partida de Fernando Enrique Cardozo, esperaron su momento para volver a ocupar las carteras de economía y aplicar su programa. Opositores a las empresas del Estado, a los subsidios industriales que favorecen a las cámaras empresarias paulistas y al proteccionismo comercial tradicional, proponen un modelo de apertura y de libre juego del mercado para sacar del estancamiento a Brasil. Precisamente, la crisis del modelo petista de exportación de materias primas –soja, petróleo, madera- y de industria pesada, fue lo que les ha dado popularidad de tecnócratas capaces de resolver los problemas económicos que aquejan a la sociedad.

Bolsonaro, a pesar de apoyar por mucho tiempo el programa económico de Lula, apuesta a recuperar el vigor económico con un shock económico ortodoxo, privatizando las empresas públicas y abriendo la economía a los flujos de inversión internacionales. Para mandar esa señal al mercado, nadie mejor que su pope en economía, Paulo Guede, hombre de la escuela de Chicago y amigo de Wall Street. A este programa se sumó todo el poder económico: desde los agronegocios hasta los industriales y gran parte de la clase media[3].

Mirándolo detenidamente y buscando ejemplos históricos, pareciera que el bolsonarismo planea ser una especie de pinochetismo a la brasileña, donde el poder militar y las políticas ultra liberales se unan a una agenda conservadora en lo socio cultural, capaz de reformar al país como lo hizo Pinochet en Chile. ¿Funcionara? A meses de haber comenzado su mandato, aparecen las primeras fisuras que desestabilizan al proyecto de Bolsonaro.

Triangulo inestable. Aunque la coalición fue exitosa para ganar las elecciones, gobernar es diferente, ya que no se trata de seducir al electorado sino que debe medirse la correlación de fuerzas, administrar intereses contrapuestos y de cumplir con la sociedad.

En las últimas semanas, todo el vigor y la firmeza que parecía tener Bolsonaro y su círculo familiar, se ha ido esfumando no solo ante la sociedad sino ante el mercado. Las encuestas muestran una caída pronunciada en la imagen del presidente y de su gobierno, y la caída de la bolsa más la volatilidad del Real –la moneda brasileña-, demuestran el descontento de las altas finanzas y de los grandes inversionistas.

Sin dudas, la desconfianza surge de la inestabilidad del bloque de poder dominante del bolsonarismo. Las señales son concluyentes: en política interna, su avance sobre los derechos civiles ha alertado a los sectores medios jóvenes y cosmopolitas que están saliendo a las calles a protestar por sus avances en contra de la enseñanza de educación sexual en las escuelas, sus intentos de intervenir en las cátedras del docentes y su intento de eliminar las asignaturas de ciencias sociales y humanidades. Bolsonaro no puede dejar de lado su agenda conservadora de lado porque sería abandonar las promesas hechas a los sectores evangélicos, quienes abogan por la recuperación de los valores familiares y los rechazos a lo que el ideólogo derechista Olavo Carballo llama el “marxismo cultural”, verdadero enemigo de las extrema derecha global; utilizan este término para referirse a la lucha de las minorías y de los círculos progresistas por cambiar la percepción sobre los grupos postergados de la sociedad.

Su apoyo explícito a las cadenas de Macedo, lo enemistaron con la poderosa red O Globo que ve a las preferencias del mandatario un obstáculo en su predominio comunicacional, que puede ser un poderoso rival en la batalla por el discurso en la esfera pública. Algo necesario porque la prensa internacional lo ve como un iliberal populista de derecha que va en contra del globalismo de los medios dominantes, castigándolo todo el tiempo.

También en política interna, encuentra ya no la resistencia social sino directamente de dos de los pilares del trinomio, en lo referido a la economía. El Ministro de Economía Paulo Guede, en un dialogo con las cámaras empresariales de Sao Paulo, dejó en claro que quiere eliminar los subsidios a la producción manufacturera y, además, bajar los aranceles a la importación para generar mayor competitividad. Los industriales saben que estas medidas de ser llevadas adelante, podrían provocar una pérdida de ganancias o incluso la quiebra del complejo fabril nacional porque competir con la productividad occidental o la china –por los motivos que sea- es prácticamente imposible.

A este reclamo de la poderosa burguesía paulista, se le sumó el apoyo explícito del ejército que no ve con buenos ojos el proyecto neoliberal de Guede, contrario al desarrollista que ellos impulsan históricamente. La confrontación liberalismo/desarrollismo, entre Guede y el ejército, continuó cuando el Ministro deslizó la idea (una promesa de campaña de Bolsonaro) de privatizar las empresas públicas, entre ellas la joya de la corona Petrobras.

Las divisiones internas vuelven débil al gobierno que no logra los apoyos para legislar la reforma jubilatoria en el Congreso, de alta impopularidad por sus restricciones a la tercera edad, haciendo dudar al mercado de su capacidad para cumplir sus designios.

Pero quizás en la política exterior es donde más se vieron las rispideces del triángulo bolsonarista.

El primero de los enfrentamientos fue con el sector de los agronegocios. Tanto Bolsonaro como su hijo habían denunciado durante la campaña electoral el carácter “depredador” de los chinos en la economía latinoamericana en un guiño a Donald Trump. Entrado ya en su gobierno, sumó a una mujer de los agronegocios al Ministerio de Agricultura que, ante los intentos del Presidente de acusar a China, se opuso para proteger los intereses de los sojeros que tienen como destino de sus exportaciones al gigante asiático. Bolsonaro entendió que debe hacer equilibrio y retrocedió en sus acusaciones a Pekín; ahora, envía a su vice a China mientras él viaja a Washington.

La segunda de las fricciones fue entre el Vicepresidente Washington Murao y el propio Presidente, por la cuestión israelo-palestino. Bolsonaro decidió alinearse totalmente con el eje Netanyahu-Trump, visitando al país hebreo y recorriendo el muro de los lamentos, siendo el primer mandatario en la historia en hacerlo, en un nuevo mensaje a sus apoyos evangélicos de los que ya hablé antes. Mientras estaba en Israel, su vicepresidente, se mostraba afín a la causa palestina, reivindicando la diplomacia tradicional de país negociador que Brasil muchas veces utilizó en la ONU y en las relaciones con el Medio Oriente. Y Murao se dio el gusto de romper dos lemas más de su superior: dio entrevistas a medios opositores y apoyó la salida transitoria de Lula para ir al funeral de su nieto. Otro choque: esta vez entre el ejército y el ala ultraconservadora del evangelismo neopentecostal.

El acercamiento con EE.UU. durante el último viaje de Bolsonaro a Washington, donde entregó la política exterior de Brasil a la Administración republicana, lo enfrentó a los burócratas de Itamaraty –cede de la cancillería del país- a los que el presidente amenazó con despedir por no estar de acuerdo a sus decisiones geopolíticas. Otro frente abierto.

En la reunión que tuvo con Trump, Banon y la CIA, Bolsonaro aseguró apoyar la salida de Maduro del poder en Venezuela y su hijo fue más allá, diciendo que está dispuesto a acompañar una guerra de EE.UU. contra el país caribeño. Nuevamente, los militares rechazaron ser parte de un acto bélico en su propia frontera norte, tensando aún más la relación. El presidente eliminó la búsqueda de desaparecidos de la dictadura, en un claro guiño a las FF.AA.

La pelea entre Murao y Bolsonaro, llegó a tal punto que Bolsonaro directamente acusó a su segundo de querer quedarse con su puesto. Las sospechas no parecen nacidas de la paranoia: ¿por qué Murao se mostró a favor de una intervención en Venezuela, apoyó la prisión a Lula y dijo estar de acuerdo con las propuestas de su candidato, ahora cambió de opinión? ¿Quiere moderarse para “lavar su cara” ante un posible escenario de sucesión que lo envista como primer mandatario? Es de ahí que volvemos al principio, a las desconfianzas existentes en el mercado y en la población.

El bolsonarismo es similar a una silla, si le sacas una de sus patas no podrás sentarse y probablemente termines en el piso; si uno de los pilares se viene abajo, será difícil gobernar para el “Trump tropical”.

¿Podrá Bolsonaro soportar las tensiones sin quebrar el bloque de poder dominante? ¿O tendrá que elegir para u otro lado del espectro? ¿Puede perjudicar su estabilidad a la hora de gobernar? Es muy pronto para definir un diagnostico pero en principio es un trinomio inestable. Lo que vaya a pasar es importante para Latinoamérica y el mundo porque Brasil es un gigante económico y demográfico, capaz de provocar un cisma geopolítico.

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