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Pensamiento Crítico

La guerra comercial de Trump traerá más pobreza para todos

Por Joseph Stiglitz | Estrategia y Negocios, El Salvador | 21 Mayo 2019

A finales de 2017, el Gobierno del presidente estadounidense Donald Trump y los congresistas republicanos lograron impulsar una rebaja de impuestos corporativos por un billón de dólares, compensada en parte por el aumento de impuestos a la mayoría de los estadounidenses de clase media. Pero en 2018, la celebración de la comunidad empresarial en Estados Unidos por este regalo comenzó a dar paso a la preocupación por Trump y sus políticas.

Hace un año, la codicia desenfrenada de los líderes empresariales y financieros de Estados Unidos les hizo olvidar su aversión al déficit fiscal. Pero ahora están viendo que el paquete impositivo de 2017 fue la ley tributaria más regresiva y a destiempo de la historia. En la más desigual de todas las economías avanzadas, millones de familias estadounidenses sufren problemas económicos y las generaciones futuras tendrán que pagar las rebajas de impuestos destinadas a los multimillonarios. Aunque Estados Unidos tiene la menor expectativa de vida de todas las economías avanzadas, la redacción de la nueva ley tributaria implica que otros 13 millones de estadounidenses se queden sin seguro médico.

Como resultado de la ley, el Departamento del Tesoro prevé para 2018 un déficit de un billón de dólares; el mayor déficit anual en tiempos de paz no recesivos que haya tenido cualquier país en toda la historia. Y para colmo, el prometido aumento de inversiones no se ha materializado. Después de dar algunas migajas a los trabajadores, las corporaciones destinaron la mayor parte del dinero a recomprar acciones y pagar dividendos. Nada de qué sorprenderse: las inversiones necesitan certezas, pero Trump medra en el caos.

Además, el apuro por aprobar la rebaja impositiva ha llevado a que esté llena de errores, incoherencias y privilegios metidos de contrabando en la distracción general. La falta de un apoyo popular para la ley es casi la certeza de que terminará derogada en su mayor parte cuando cambien los vientos políticos (y los empresarios lo saben).

Como muchos advertimos en el momento, la rebaja impositiva (que se combina con un aumento temporal del gasto militar) no estaba diseñada para dar a la economía un estímulo sostenido, sino más bien el equivalente a un pasajero subidón de azúcar. La amortización acelerada del capital implica que las ganancias después de impuestos sean mayores en el corto plazo, pero que se reduzcan después. Y como en la práctica la ley reduce la capacidad de deducir pagos de intereses, aumenta en definitiva el costo después de impuestos del capital, lo que desalentará la inversión (que en buena medida se financia con deuda).

En tanto, el inmenso déficit de Estados Unidos tendrá que financiarse de algún modo. Como la tasa de ahorro estadounidense es baja, la mayor parte del dinero tendría que proceder de prestamistas extranjeros; es decir, Estados Unidos estaría enviando grandes sumas de dinero al exterior para hacer frente a sus deudas. Es casi seguro que dentro de una década la renta total de Estados Unidos será menor que sin la rebaja impositiva.

Además de la desastrosa ley tributaria, las políticas comerciales del Gobierno de Trump también están perturbando a los mercados y alterando las cadenas de suministro. Muchas empresas exportadoras estadounidenses, que dependen de insumos chinos, ahora tienen buenos motivos para trasladar operaciones al extranjero. Todavía es demasiado pronto para evaluar los costos de la guerra comercial de Trump, pero no es arriesgado suponer que el resultado será más pobreza para todos.

En tanto, las políticas de Trump contra los inmigrantes están alentando a las empresas que dependen de ingenieros y otros trabajadores cualificados a trasladar al extranjero laboratorios de investigación y plantas de producción. Es sólo cuestión de tiempo que empecemos a ver escasez de trabajadores en otros sectores de Estados Unidos.

Trump llegó al poder explotando las promesas incumplidas de la globalización, la financierización y la economía del derroche. La crisis financiera global y una década de escaso crecimiento desprestigiaron a las élites, y entonces apareció Trump para repartir culpas. Pero por supuesto, ni la inmigración ni las importaciones son la causa de la mayoría de los problemas económicos que Trump supo explotar para obtener ventajas políticas. Por ejemplo, la pérdida de empleos industriales se debe en gran medida al cambio tecnológico. En cierto sentido, hemos sido víctimas de nuestro propio éxito. Pero es indudable que las autoridades podían responder mejor a estos cambios, para asegurar que el incremento de la renta nacional llegara a todos, no sólo a algunos. La dirigencia empresarial y los financistas se dejaron cegar por la codicia, y el Partido Republicano, en particular, accedió de buen grado a todas sus demandas. El resultado fue estancamiento de los salarios reales (ajustados por inflación) y abandono de los que resultaron desplazados por la automatización y la globalización.

Como si las políticas de Trump no fueran suficientemente malas por el lado económico, son todavía peores por el lado político. Y lamentablemente, su modelo de racismo, misoginia y provocación nacionalista tiene réplicas en Brasil, Hungría, Italia, Turquía y otros países. Todos ellos experimentarán problemas económicos similares (o peores), así como todos enfrentan las consecuencias reales del incivismo en el que prosperan sus líderes populistas. En Estados Unidos, la retórica y las acciones de Trump han desatado fuerzas oscuras y violentas que ya se están saliendo de control.

La sociedad sólo puede funcionar cuando los ciudadanos confían en el Gobierno y en las instituciones, y se tienen confianza mutua. Pero la fórmula política de Trump se basa en erosionar la confianza y maximizar la discordia. ¿Dónde termina esto? ¿En el asesinato de once judíos en una sinagoga de Pittsburgh? ¿En una Kristallnacht estadounidense?

No hay modo de saberlo. Mucho depende de cómo evolucione la situación política actual. Si los que hoy apoyan a los líderes populistas se decepcionan por el inevitable fracaso de sus políticas económicas, podría ocurrir que se acerquen todavía más a la derecha neofascista. O, siendo más optimistas, que se los pueda traer de vuelta al rebaño de la democracia liberal (o que al menos la decepción los desmovilice).

Lo único que sabemos es lo siguiente: la política y la economía están conectadas y se retroalimentan la una a la otra. En 2019 serán mucho más visibles las consecuencias de dos años de medidas erradas y de un modo de hacer política todavía peor.

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