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Pensamiento Crítico

Hasta la victoria siempre, Roberto Fernández Retamar

Por Atilio Borón | Muro de su Facebook | 22 Julio 2019

El intelectual Roberto Fernández Retamar falleció en la tarde del 22 de julio pasado en La Habana a los 89 años de edad. Nació en La Habana en 1930 y en 1986 alcanzó el título de doctor en Ciencias Filológicas e investigador titular, fue profesor honorario de la Universidad de San Marcos (Lima) y doctor honoris causa de las Universidades de Sofía (1989), Buenos Aires (1993) y Universidad Central de Las Villas (2011). Durante la dictadura de Batista integró el Movimiento de Resistencia Cívica y publicó en la prensa clandestina. Al triunfo de la Revolución cubana fue diplomático, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Consejo de Estado. Presidente de la Casa de las Américas desde 1986, Retamar se convirtió en uno de los pensadores más prestigiosos del continente. El destacado poeta, ensayista y promotor cultural obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1989, así como múltiples reconocimientos y condecoraciones. Integraba la Academia Cubana de la Lengua, institución que también presidió, y a su infinita obra habría que añadir su labor docente e inigualable faceta de editor. Por decisión familiar, su cadáver será cremado y sus cenizas lanzadas al mar. La muerte de Roberto Fernández Retamar es una pérdida irreparable para la cultura cubana.

El sábado 20 de julio, a últimas horas de la tarde llegaba la triste noticia del deceso de Roberto Fernández Retamar. Se consumaba así una pérdida de verdad que irreparable, aunque esto parezca una frase trillada o un lugar común. Roberto deja un hueco en la cultura emancipadora imposible de llenar, sin que esto signifique menosprecio alguno para tantas y tantos intelectuales revolucionarios de Nuestra América.

 

Retamar era claramente un fuera de serie: un hombre de convicciones firmes y de exquisita cortesía, poseedor de un castellano límpido y preciso, siempre armonioso al oído de su lectora o su lector. Una pluma elegante, que deleitaba con su lectura y a la vez punzante para con los siervos del imperio, los enemigos de la revolución y también para la legión de eclécticos que en momentos como éstos vacilan en condenar categóricamente al imperialismo por la interminable sucesión de crímenes de lesa humanidad que comete a diario. No sólo con sus bombardeos, sus drones, sus guerras sino también con sus bloqueos, como el que padece Cuba desde hace 60 años, o el más reciente perpetrado con saña feroz en contra de la Venezuela bolivariana.

 

Retamar fue el prototipo del intelectual comprometido, que actuó sin desmayos a lo largo de toda su larga y fecunda vida. Organizador cultural, lector incansable, crítico incisivo pero siempre amigable. Su labor en Casa de las Américas ha sido extraordinaria, en línea con lo que hiciera su predecesora, la gran Haydée Santamaría. No hay palabras suficientes para trasuntar el dolor por su pérdida y la relativa orfandad en que a muchos de nosotros nos deja su partida.

 

Guardo muchos recuerdos de tantos encuentros y conversaciones con él, en La Habana y en Buenos Aires, y muy especialmente las dos últimas cuando en su oficina de Casa de las Américas mientras dialogábamos sobre uno de sus temas favoritos, los intelectuales y la deserción de la academia, le conté al pasar de mi indignación ante las mentiras y tergiversaciones que poblaban un reciente libro de Mario Vargas Llosa (La Llamada de la Tribu) y mi intención de escribir algo al respecto. Pensaba en un artículo que, tal vez, pudiera publicarse en la Revista Casa, le dije con cierta timidez. Quedé paralizado cuanto noté que su cuerpo entero se puso en tensión, abandonó la charla sobre los intelectuales, y me dijo que eso, una simple nota, no sería suficiente y que el personaje de marras merecía algo más que una nota. Un libro, me dijo, "escribe un libro donde expongas todas sus patrañas y traiciones".

Me sorprendió la fuerza con que se expresó y debo reconocer que ese fue el origen de El Hechicero de la Tribu. Sentí que lo que me transmitía con tanto énfasis no era un consejo sino un mandato para realizar un ajuste de cuentas que percibía como urgente y necesario y que tal vez él sabía que ya no tendría tiempo para hacer. Salí de Casa de las Américas confundido y dubitativo. Pero pocas horas después caí en la cuenta de que tenía que hacer lo que Retamar me había dicho.

 

Ni bien regresado a Buenos Aires puse manos a la obra y a lo largo de toda la fase de búsqueda de documentación y por supuesto durante la redacción del libro el intercambio de correos con Retamar era frecuente, casi semanal. Y no eran uno o dos, sino varios cada vez, con sus comentarios, aclaraciones, precisiones y datos de contexto que estaban en su memoria alojados en un enojoso anaquel reservado desde hacía décadas a Vargas Llosa y su relación con la Revolución Cubana. Sus observaciones eran de una precisión quirúrgica e invariablemente acertadas.

 

Estando sumido en toda clase de dudas acerca de cuándo darle el toque final a mi manuscrito pude visitarlo una vez más en La Habana y mantener otra larga conversación con él y con Juan Fornet, otro gran escritor cubano. Allí sentí que Roberto me dio el impulso final para resolver un problema que suele ser muy serio para muchos escritores: poner punto final a la obra, decidir que ya está terminada y que sólo resta entregarla a la imprenta.

 

Me fui de esa reunión preocupado porque si bien Retamar conservaba una lucidez asombrosa su físico se había debilitado considerablemente. Pero me marché aliviado porque me había resuelto el permanente desafío de saber cuándo poner el punto final a mi escrito. Tuve la inmensa satisfacción de que en Febrero del 2019, con ocasión de la Feria del Libro de La Habana, pude entregarle una copia de mi libro impreso por el Instituto Cubano del Libro. Un brillo relampagueó en sus ojos y creo que para sus adentros se habrá dicho: "misión cumplida".

 

No me alcanzará lo que me queda de vida para agradecer la oportunidad única de haber sido agraciado con su amistad, con la de su amada esposa, Adelaida de Juan, y haber sido educado con su magisterio.

 

No tengo palabras para expresar todo lo que siento, y me disculpo ante quienes leen estas líneas y en especial con Laidi, su hija. Ocurrirá con Roberto lo que pasa con las estrellas: aún muertas siguen emitiendo luz. En su caso, sus poemas, ensayos, notas de todo tipo seguirán iluminando la conciencia de los revolucionarios de Nuestra América.

 

Sólo me resta decir que cuando bien pronto regrese a su amada Habana arrojaré una flor al mar, justo enfrente de donde se encuentra Casa de las Américas, para honrar sus cenizas y su memoria y gritar con toda la fuerza de mi alma "¡Hasta la victoria siempre, Roberto. Venceremos!"

 

Sería bueno merecer este epitafio

Poema de Roberto Fernández Retamar

 

Puso a disposición de los hombres lo que tenía de inteligencia

(Poco o mucho, pues no es de eso de lo que se trata),

Y quedan por ahí algunos papeles y algunas ideas y algunos amigos

(Y quizás hasta algunos alumnos, aunque esto es más dudoso)

Que podrán dar fe de ello.

Les entregó lo que tenía de coraje

(Poco o mucho, pues tampoco es de eso de lo que se trata).

No faltará algo o alguien

Que pueda verificarlo.

Se sabe que deploró de veras no haber estado la madrugada de aquel 26 entre los atacantes al cuartel,

No haber venido en aquel yate,

No haberse alzado en la montaña.

No haber sido, en fin, de los elegidos.

Pero, como se ve

(Espero que el epitafio pueda llevar esta oración sin forzar la realidad),

Hizo su parte, llegado el momento.

Se sabe también que lamentó no haber escrito

“Nuestra América”, Trilce, El 18 Brumario

(¿Para qué hablar del Capital?)

 

Aunque tú, lector, recuerdas

Probablemente

(Sobre este adverbio no debe insistirse mucho)

Aquella página.

Se equivocó más de una vez, y quiso sinceramente hacerlo mejor.

Acertó, y vio que acertar tampoco era gran cosa.

De todas maneras, llegado al final, declaró que volvería a empezar si lo dejaran.

De él en vida se dijo bien y mal, y con los años, ésos en los que

Todo se va borrando y confundiendo,

No faltará quien lo mencione de modo que lo hubiera complacido,

Mezclando su nombre con otros nombres, bajo el epígrafe revolución.

 

(Se ruega a los obituaristas vocativos de siempre

Simplificar lo más posible estas sugerencias.

Y, por favor, no precipitarse).

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