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Pensamiento Crítico

La desaparición forzada es un método de control social y político en Colombia

Por Felipe Morales Sierra | Diario El Espectador, Colombia | 19 Agosto 2019

Erik Arellana Bautista lleva gran parte de su vida buscando justicia para su madre, Nydia Erika Bautista. Militante del M-19, la sacaron de su casa en el barrio Casablanca, Bogotá, en 1987. A su familia le tomó tres años encontrar sus restos y su caso es uno de los más representativos de desaparición forzada en el país, un crimen que se ha llevado a más de 82.000 personas, según el Centro Nacional de Memoria Histórica. Él y su familia impulsaron la Ley 589 de 2000, que penalizó la desaparición forzada, ha trabajado en organizaciones como la Asociación de Familiares de Desaparecidos (Asfaddes) y hoy es vocero del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice).

Arellana es periodista de formación y estudió arte en Alemania, en el primero de los tres exilios a los que se ha visto volcado. Su vida la ha dedicado a denunciar y visibilizar el crimen que le arrebató a su madre valiéndose del documental, la fotografía, la poesía y, más recientemente, la cartografía. En diálogo con El Espectador, habla de su próxima publicación: Cartografía de la desaparición forzada en Colombia, una recopilación del trabajo que ha desarrollado por tres años en el sitio web colombia.desaparicionforzada.com, de la mano del cartógrafo Fidel Mignorance y el periodista Paco Gómez Nadal.

Es evidente que su trabajo está atravesado por el caso de su madre. ¿Cómo transforma su dolor y rabia en ideas, en arte?

Es todo un tránsito existencial: pasar de la angustia y la desesperación y la impotencia, que son sentimientos abrumadores, a decir: hay que encontrar el sentido de la vida antes de la muerte. Por mucho tiempo describimos la forma en la que fue desaparecida mi madre, su tortura, la violencia sexual de la que fue víctima, pero ella fue muchas otras cosas antes de su rapto y ejecución. Entender eso, así como los sueños que tuvo, fue la catapulta para sobrepasar el escenario del dolor y buscar otros lenguajes. Además, descubrí que mi dolor era muy profundo, pero que había otras personas en la misma situación; verlo en dimensiones colectivas me llevó a buscar herramientas para tramitarlo.

¿Cómo así?

Erik Arellana Bautista, periodista y artista

Cuando estuve exiliado me di cuenta de que la desaparición forzada ha sido un método de control social y político. Incluso en la misma Alemania fue uno de los mecanismos para llevarse a la gente a campos de concentración y borrarlos del mapa. Ese mismo modelo se fue expandiendo y se fue aplicando en distintos contextos. No queremos que esto se repita porque es una cosa que pasa de generación en generación. Mi hija, por ejemplo, me dijo una vez: "Yo entiendo que mi abuela haya sido de la oposición y que por eso tuvo que pagar un precio muy alto, que fue con su vida, pero a mí me quitaron el derecho a tener una abuela".

¿Cómo es esa relación de mapear la desaparición con la expresión "borrar del mapa"?

Cuando empezamos a mapear la desaparición forzada decíamos: si no sabemos en dónde están los desaparecidos, es imposible hacer un trabajo cartográfico; por eso pensamos que han sido borrados del mapa. En ese mapa de ausencias teníamos que utilizar metáforas: si tenemos un territorio y la gente no está es porque ha sido borrada del mapa, y para ubicarlos hay que tener alguna referencia. Esa referencia es el último sitio donde fueron vistos antes de ser desaparecidos. Por eso hicimos un mapa de los 80.000 puntos, uno por cada desaparecido, para volver a ubicarlos.

Luego de hacer fotografía y poesía, ¿por qué termina haciendo cartografías?

Por las circunstancias del país. Empecé en esto en 1999: con un amigo diseñamos un mapa de Bogotá y le pusimos 35 nombres de personas desaparecidas a las calles. Llevamos el proyecto (para cambiar la nomenclatura) al Concejo, que lo aprobó, pero faltó la firma del alcalde (Andrés Pastrana) y no lo pudimos hacer real. Después diseñé el mapa del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, la cartografía de la memoria, con los cincuenta puntos de víctimas en la ciudad. Luego hice un proyecto llamado Geo Malla, para aportar a que la discusión de los territorios en torno a la memoria fuera analizada en relación con la evolución de las TIC.

¿Y cómo empezó este proyecto de mapas a escala nacional?

Cuando salí al último exilio, del que regresé hace dos años, me encontré con un amigo geógrafo que ya estaba investigando la desaparición forzada, porque él fue voluntario en Brigadas de Paz Internacional y uno de sus acompañados fue Ángel Quintero (víctima de desaparición), de Asfaddes. Nos pusimos a trabajar y desarrollamos la iconografía y la representación de un territorio tan diverso como Colombia. Terminamos adoptando el símbolo de los retablos, por el significado que tiene para los desaparecidos. Comenzamos el trabajo con las bases de datos oficiales, pero notamos un problema: existen cuatro fuentes y ninguna cifra coincide.

¿Cuáles son esas fuentes y por qué no coinciden?

La Fiscalía, el Registro Único de Víctimas, el Centro de Memoria y el Sistema de Información Red de Desaparecidos Cadáveres (Sirdec) son las fuentes. Queríamos demostrar cómo, de acuerdo con los intereses de cada institución, se presentaban las cifras. Con la base de datos del Centro de Memoria, que es la que recoge las otras tres y la que estaba dando cifras más altas, empezamos. Mapeamos los departamentos y después los municipios y tratamos de ubicar todo hasta que llegamos al mapa nacional, que nos mostró una conclusión: de los 1,122 municipios que tiene Colombia, solo en 66 (el 5,8 %) no hay registros de desaparecidos.

¿Cómo surgió la idea del libro?

Todos los mapas los subimos a la página web y el año pasado ya teníamos 150 mapas. Unos periodistas en España nos dijeron que por qué no sacábamos un libro y nos sonó. Nos metimos desde diciembre a pensar los textos, la estructura, todo lo editorial. Y pensamos que la mejor fecha para moverlo es el 30 de agosto, por el significado que tiene para los familiares de los desaparecidos esa fecha: es el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas.

¿Cómo fue ese proceso en el que dijeron: hagamos un mapa sobre esto?

Nosotros tres trabajamos muy colectivamente, de acuerdo con intereses comunes. En principio, pensábamos construir mapas que le sirvieran a la gente en los territorios para trabajar. Por eso empezamos con los mapas departamentales. Después nos interesó mucho, y también por mi historia personal, trabajar el tema de género: la desaparición de mujeres.

¿Qué encontraron ahí?

Hay una gran cantidad de víctimas. No es la misma cantidad que de hombres y, de hecho, el fenómeno se empezó a dar tiempo después. O, por lo menos, eso dicen los registros, aunque la primera desaparición registrada en Colombia es de una mujer: Omaira Montoya, en 1978. Hay muchas, muchas relaciones, y todo eso lo queríamos demostrar de manera gráfica. Estudiamos la desaparición forzada como una estrategia de guerra; o su relación con los cultivos de coca, por ejemplo, porque uno de los departamentos donde más se presenta este crimen es Guaviare, donde hay alta concentración de coca. También, los megaproyectos y la relación de los ríos con la desaparición. Y, bueno, la responsabilidad de agentes del Estado.

El tema de los megaproyectos es delicado, ¿no falta mucha información?

Exacto. Por ejemplo, nosotros mapeamos las masacres en la región donde queda Hidroituango. En esa ribera de doce municipios se cometieron más de setenta masacres. Y después de las masacres, desplazamiento y desaparición forzada. Y la explicación de la empresa es: "Ah no, es que ahí había paramilitares". Sí, pero los paramilitares ¿por qué llegaron? ¿Por qué se posicionaron? También nos pasó en la ciudad. La gente cree que el conflicto ocurrió afuera y ahora podemos mostrarles que aquí donde estamos parados se han llevado a dos personas; eso no es ajeno, que no se vea o que no se tuvieran herramientas para verlo, es otra cosa. Por eso lo queremos hacer visible y que la gente se sensibilice, en este país hay que trabajar mucho la idea de que no es que maten o desaparezcan a una persona: el daño se lo hacen a una comunidad.

¿Eso que acaba de decir es la razón de este proyecto?

Sí, primero, ilustrar un poco a la gente, hay un analfabetismo político en el país y hay que darle herramientas a la gente. Por eso las primeras del libro son instrucciones de cómo leer los mapas, porque no nos interesa que sea un trabajo para técnicos y expertos, sino también para los familiares de los desaparecidos. El otro fin es darle herramientas al Sistema Integral de Verdad, Justicia y Reparación.

¿Qué fenómenos determinan la desaparición y cómo los muestran en el libro?

Hay una serie de elementos sociales, culturales y políticos; no es que un loco decida acabar con la vida de otra persona y ocultarla, sino que hay condiciones que perpetúan este crimen. Por ejemplo, la impunidad, que está por encima del 90 %. Ese absurdo de total impunidad les dice a los victimarios que hay un espacio que les permite hacer estas cosas. Por otro lado, este crimen es una estrategia de terror. Cuando se desaparece a alguien, los familiares o personas cercanas quedan ante la impotencia, la incertidumbre y el fracaso del Estado de proteger a sus ciudadanos. Eso es lo que queremos evidenciar.

¿Qué les recomendaría a las entidades creadas por el Acuerdo de Paz?

Una de las misiones más importantes de la Comisión de la Verdad y de la Unidad de Búsqueda es contar las dimensiones que tiene la desaparición forzada: casi son tres veces más casos de los que ocurrieron en las dictaduras del Cono Sur. Deben mostrarle a la sociedad colombiana la diversidad de violencias que concurren en una desaparición: tortura y violencia sexual, entre otras. Tienen que aportar una cifra oficial de la desaparición en el país. Y, por último, tener en cuenta que aquí ha habido personas que no son profesionales ni académicas, pero que se han dedicado treinta años a trabajar contra la desaparición. Esos saberes tienen que ser reconocidos.

En Argentina o Chile se ha hablado más de la desaparición que en Colombia. ¿Por qué?

Tiene que ver con los contextos. En el Cono Sur, cuando se dieron todas estas dictaduras, se sabía que quienes estaban en el poder lo tomaron por la fuerza. Estaban en una dictadura y había un grupo de personas que se beneficiaban de eso, le imponían a la sociedad un modelo político que estaba en contra de los derechos alcanzados. Esas dictaduras eran ilegítimas. Nosotros, se supone, vivimos en democracia. O, como diría Eduardo Galeano, "una democradura".

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