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Pensamiento Crítico

«Lo que no podrán entender jamás es por qué la Revolución tiene el respaldo del pueblo»

Por Fidel Castro Ruz (*) | Cubadebate | 24 Febrero 2020

El 24 de febrero de 1960 junto al Che en la entrega al Ministerio de Educación del Regimiento Número Siete de Holguín para convertirlo en la Ciudad Escolar Oscar Lucero. Foto: Universidad de Holguín/Sitio Fidel Soldado de las Ideas.

Compañeros dirigentes de la clase obrera cubana:

Quizás este acto de hoy sea el más grandioso entre todos los actos revolucionarios que hemos efectuado desde el comienzo de esta etapa de la Revolución. Y para más emocionante coincidencia, tiene lugar hoy 24 de febrero.

Hace exactamente 65 años, se reunieron nuestros compatriotas para dar aquel grito con que se iniciaba lo que para ellos constituía la batalla final por la liberación de la patria. Nos imaginamos aquella mañana, después de este largo trecho que ha andado la república, nos imaginamos aquellos hombres que hace más de medio siglo concibieron para su patria grandes realizaciones, por las cuales ellos se decidieron a entregarlo todo.

¿Qué cruzaba por la mente de aquellos revolucionarios? ¡Cuántas esperanzas! ¡Cuántos sueños de felicidad para su país! Cuántas ilusiones, sin pensar quizás en lo lejos que estaban de realizarse todavía, porque la patria plenamente libre, la república absolutamente independiente y soberana, el pueblo dueño de sus propios destinos, fue un sueño de aquel día, que apenas comienza a realizarse hoy.

Y este acto, este acto de profunda significación no solo revolucionaria, moral y patriótica, sino de extraordinaria significación, de características quizás nunca vistas; este acto excepcional es en realidad el inicio de un ideal que empieza a cumplirse.

Y para los que nos emocionan estas cosas, para los que sabemos apreciar estas cosas, para los que meditamos sobre estos problemas, para los que recordamos la Cuba de ayer, la vida republicana de ayer, y los hechos de hoy, la vida de hoy, no podemos menos que sentirnos embargados de una serie de sentimientos, de esperanzas, de reconocimientos y, sobre todo de orgullo, porque posiblemente en ningún minuto anterior, nosotros, los que tenemos esa gran responsabilidad de ir acertando en todos los pasos para no defraudar el cúmulo extraordinario de esperanzas depositadas en el Gobierno Revolucionario, este minuto es un minuto de verdadero orgullo por nuestro pueblo; y al llegar a estas etapas de nuestra Revolución es como para sentirse realmente optimistas, como para sentirse realmente seguros, porque no se ha arado en el mar.

Y más de lo que la Revolución está obteniendo del pueblo en respaldo y en colaboración, no puede siquiera concebirse. Es posible que muchos empiecen ahora a comprender la Revolución en toda su significación y en toda su grandeza, porque incluso era una palabra muy en boga, muy repetida y que para muchas personas no tenía sino una significación sonora, una idea confusa, porque incluso se llamaba revolución a cualquier cosa, y cualquiera se llamaba revolucionario. Y fácil parecía una revolución, y sin embargo, una revolución no es tarea fácil.

Una revolución no es un acontecimiento sencillo en la historia de un pueblo. Una revolución es un hecho complejo y difícil y que tiene, además, la virtud de ser una gran maestra, porque nos va enseñando sobre la marcha, y sobre la marcha va fortaleciendo la conciencia del pueblo, y sobre la marcha nos va enseñando qué es una revolución.

Y para comenzar a darse cuenta de esto, es preciso que haya transcurrido un tiempo, y aunque ese tiempo sea breve, porque la Revolución tiene en el poder apenas 14 meses, esos 14 meses nos han enseñado mucho a todos. Y lo más satisfactorio es tener la seguridad y la convicción de que la Revolución marcha bien; y marcha bien, por encima de todos los obstáculos, de todas las zancadillas, de todas las trampas y de todas las maniobras contra ella. Y marcha, se puede decir, un día como hoy, cada vez mejor.

Ha habido que librar muchas batallas

Para nosotros, es decir para el pueblo, la tarea que tenía delante el día 1ro de enero de 1959 era una tarea grande y una tarea dura. En aquellos momentos era la alegría, la alegría de ver romperse aquellas cadenas, cadenas de oprobio y de sangre, cadenas de injusticia y de crimen, cadenas que ahogaban a un pueblo en la humillación y en la miseria y sobre todo en la falta de esperanza.

Era en aquellos días primeros, la alegría general, aunque con una idea vaga de todo lo que teníamos por delante. La Revolución no había cobrado forma todavía; la Revolución era algo así como una silueta que no se definía claramente en la mente del pueblo.

La Revolución era algo así como una esperanza, y aquella alegría posiblemente nos impedía pensar en todo lo que teníamos que hacer todavía, que el romper aquellas cadenas no significaba sino la oportunidad de empezar; de empezar a hacer esa obra compleja y difícil, cuando teníamos por primera vez la oportunidad, después que nuestro pueblo había estado luchando por ella más de un siglo, sin poder alcanzarla, tuvimos los de la generación presente le fortuna de alcanzar esa oportunidad por primera vez en la historia de nuestra patria, porque, en otras ocasiones, factores más poderosos que los deseos y las aspiraciones y la fuerza de nuestro pueblo, lo habían impedido. Y en manos nuestras, es decir, de nuestro pueblo, cayó esa oportunidad.

Ya, después de un año, se puede hacer un recuento y un recuento que tiene un saldo de realizaciones, que no serán nunca lo suficiente para que tengamos derecho a sentirnos satisfechos, pero que han ido dejando su huella en todos los aspectos de la vida de nuestro país, y que se pueden percibir claramente.

Y se han logrado realizar, no sin tener que librar batallas, porque en el transcurso de esos 14 meses ha habido que librar muchas batallas, y entre ellas la batalla contra nuestra propia falta de experiencia de lo que es una revolución, la batalla contra nuestra propia ignorancia y las demás batallas en que el pueblo ha tenido que participar, porque no fueron batallas de un grupo de hombres, sino que fueron batallas de todo el pueblo, ya que no se ha realizado absolutamente nada, no se ha emprendido absolutamente nada que no haya sido con el pueblo.

Muchas eran las tareas, porque en todos los campos todo estaba por hacer y esas tareas se comenzaron a realizar, unas más difíciles que otras, pero una más difícil que todas las demás, una que era y es la decisiva de la Revolución: la batalla contra la miseria, la batalla contra la pobreza, la batalla contra nuestras debilidades económicas, la batalla, en resumen, contra el desempleo.

Es decir, ese terrible látigo que ha pesado sobre nuestro pueblo desde siempre, que fue pesadilla de nuestro pueblo, y cuya solución era la tarea más importante de la Revolución, ya que fracasar en el orden económico significaría el fracaso de la Revolución.

Y no era fácil la empresa, porque no podíamos haber recibido al país en condiciones peores de lo que se recibió; no podíamos haber recibido una economía más débil que nuestra economía.

Ya no pueden engañar al pueblo

Y ahora, cuando hemos emprendido ya el camino efectivo de vencer ese obstáculo, nos podemos sentir con confianza de que lo lograremos, porque no se trata de un pueblo ignorante; no se actuaba a espaldas del pueblo, frente a millones de ojos vendados a nuestras realidades, sino de que el pueblo empezaba a entender estas cuestiones, que eran ignoradas por las grandes masas, ya que los secretos de la economía eran privilegios de grupos reducidísimos que tenían la posibilidad de alcanzar las fuentes de información, y una buena parte de los que tenían ese privilegio estaban interesados en confundir al pueblo, o en engañar al pueblo, o en ocultarle al pueblo la verdad, porque es lo cierto, que nadie podrá negar, que al pueblo se le mantenía en la ignorancia más completa sobre las cuestiones que más le afectaban, sobre las cuestiones de las cuales estaban dependiendo la seguridad, la tranquilidad y el bienestar de las familias y el pueblo solo percibía los sacrificios, solo percibía los males, sin llegar a explicarse cabalmente cuáles eran las causas de esos males y cuáles eran los remedios para resolver esos males.

¿Por qué tenemos los gobernantes revolucionarios moral para pararnos ante el pueblo... , moral para responder a los enemigos de nuestro pueblo, sino porque venimos con la verdad en la mano, porque no le ocultamos nada a la nación y porque vamos a las raíces de los problemas y podemos probar hasta la saciedad, frente al coro de los enemigos, que la Revolución ha actuado correctamente, que la Revolución actúa correctamente, porque hay razones que son irrebatibles, hay hechos que son irrefutables, hay números que no se pueden contradecir.

Y cuando se va a la verdad de esos números, cuando se va a esas realidades, es cuando tienen que callarse la boca los enemigos de la Revolución, porque ellos ni le dijeron nunca la verdad al pueblo, ni buscaron jamás remedios a nuestros males y frente a cuestiones trascendentales venían con fórmulas ridículas e inoperantes, que no servían más que para ir prorrogando nuestros males y para ir produciendo ese cúmulo de problemas y esa herencia negativa que, después de 50 años de república, le han dejado a nuestro pueblo.

Porque cuando se ve lo que avanza una obra día a día, cuando se ve lo que ha avanzado nuestro país en un año, el dolor más profundo de nosotros es pensar lo que habría sido nuestro país si desde el primer momento se hubiese comenzado a hacer, no ya una obra revolucionaria, profunda y grande como la que se está haciendo hoy, sino tan siquiera una obra honesta de gobierno, una obra medianamente justa de gobierno, porque entonces, entonces no estaría nuestro país luchando contra los males con que hoy lucha y no tendríamos ante nuestros ojos el cuadro doloroso de lo que era nuestra patria después de 50 años.

Y cuando se analiza cualquier obra, bien sea solamente la construcción de viviendas, o los cultivos de nuestros campos, o el desarrollo de nuestras riquezas, o el incremento de la educación, se comprende, cuando se ve lo que se avanza en un año, lo que habría sido nuestro país, tan rico en recursos naturales, tan rico en inteligencias, tan rico en pueblo, lo que habría sido hoy nuestra patria, y no lo que es después de haber sido víctima de todos los despojos que podían imaginarse.

Pero, frente a los enemigos de la Revolución, y como argumento irrebatible para los que combaten la obra que la Revolución está haciendo para resolver nuestros problemas, bastaría citar una cifra, una cifra que es el resultado de 50 años y que, en realidad, aquí, donde decían haber ensayado todos los procedimientos, aquí, donde hemos tenido gobiernos de todos tipos, si realmente hubiesen estado acertados, nosotros no habríamos recibido la herencia de esa cifra.

Desempleado, la palabra más atroz

Si hubiesen tenido razón los que nos combaten desde fuera, los intereses que nos combaten, nosotros no habríamos recibido el saldo de esa cifra, y me voy a referir a una sola cifra, no me voy a referir al número de bohíos que hay en nuestra patria, no me voy a referir al número de pueblos que están sin calles y sin acueductos; no me voy a referir al número de enfermos tuberculoso s que hay en nuestro país sin asistencia médica; no me voy a referir al número de analfabetos; no me voy a referir a ninguna de esas cifras.

Me voy a referir solamente a la cifra de desempleados que había en nuestro país, porque es una cifra esencial, ya que todos los males se pueden derivar perfectamente de ese mal, de la falta de economía en un país, de la falta de desarrollo en un país, de la falta de empleo en un país.

Y que además es la condenación de todo lo que se había hecho hasta hoy, ya que la cifra habla por sí misma y porque el ser humano tiene que vivir de algo, y si no vive de algo, es decir de su trabajo, tiene que vivir de alguien, o tiene que morirse de hambre.

Y la palabra desempleado, es la palabra más atroz que puede pronunciarse, porque es la idea de un ser humano que dentro de la sociedad, porque vivimos en sociedad, no vivimos divorciados unos seres de otros, vivimos constituyendo una nación, constituyendo un pueblo, para ayudarnos unos a otros, y la palabra desempleado entraña la idea de un ser humano sin tener algo de qué vivir y viéndose en la necesidad de vivir de alguien, que es una penosa y triste necesidad, o tener que dejar de vivir, o tener que vivir, como se vivía en Cuba, como vivían y todavía viven muchas personas en Cuba: de milagro.

Y, sin embargo, ¿qué medidas se adoptaron, qué remedios se aplicaron a esos males, qué soluciones hallaron los sabios que hoy combaten a nuestra Revolución, con ese saldo de desempleados que encontró la Revolución al llegar al poder y que era la consecuencia de la vida de nuestro país en 50 años?

Y esa cifra, esas mismas cifras hablan a favor de nosotros, por cuanto nosotros podemos demostrar de manera irrebatible, que hemos ido ganando terreno en la lucha contra el desempleo, en un año tan solo de Gobierno Revolucionario y hay cifras irrebatibles que demuestran la razón de nuestra obra, frente a la herencia terrible que nos dejaron.

No era fácil el problema de nuestro país

¿Qué es lo que nos quieren decir hoy? ¿Qué es lo que quieren decir hoy frente a la política correcta que sigue la Revolución?

No, que el camino nuestro es equivocado, que el camino bueno es aquel, el camino aquel en que el pueblo era víctima de todas las explotaciones, desde la casa hasta la luz eléctrica, o el teléfono, o cualquiera de los servicios de los cuales tenía que vivir; que el sistema bueno no era el sistema mediante el cual una familia se convierte, en 20 años, en dueño de su casa, sino que el sistema bueno era aquel en que estaba 20 años pagando el triple, y si un día no tenía dinero lo echaban a la calle; que el sistema bueno no es este en que los campos se ven cultivados, en que los tractores avanzan sobre los latifundios para convertirlos en centros de trabajo y de riqueza para nuestro país, sino que el sistema bueno era aquel de los guajiros en las guardarrayas y en los cañaverales, explotados por los intermediarios, trabajando pocos meses en el año en las tierras de nuestra rica patria, que no es propiedad particular de nadie, sino que es propiedad de la colectividad, es decir, del pueblo, porque cuando hablaban de patria nadie sabía aquí qué querían decir, porque era una patria en que algunos tenían, por ejemplo, miles de caballerías de tierra y otros no tenían ni una pulgada de tierra, y se quería que el concepto de patria fuera igual para aquel que para el otro.

Que el sistema bueno era aquel de los latifundios, que el sistema bueno era aquel de comprarles barato a los campesinos y venderle caro al pueblo; que el sistema bueno era aquel del juego, de la lotería, de la politiquería, de las prebendas, de los robos, del contrabando y de todas las inmoralidades que ha barrido la Revolución, y no el sistema de honradez, no el sistema de cumplimiento de la ley, no el sistema de rectitud, que hace que cada artículo tenga que pagar los impuestos en la aduana, y que aumenten los empleos en las fábricas, porque desaparece el contrabando, que antes venía nada menos que por los canales oficiales, porque los contrabandistas no desembarcaban sus productos en costas apartadas, los contrabandistas desembarcaban sus productos en las aduanas y en los aeropuertos; que el sistema bueno era aquel en que a las playas no podía ir nadie, en que a las playas podían ir unos cuantos, en que una población de más de un millón de habitantes no tenía acceso al mar; que el sistema bueno es aquel y no este, que ha convertido en un magnífico centro de turistas, para disfrute del pueblo, las playas naturales de nuestro país; que el sistema bueno era aquel donde los funcionarios del Estado se enriquecían, y estaban al servicio exclusivo de intereses; donde los problemas obreros eran siempre resueltos a favor de esos intereses, en que los trabajadores no tenían ni siquiera el derecho de elegir a sus dirigentes, en que no tenían medio de defenderse de los abusos y de los atropellos que con ellos se cometían; que el sistema bueno era aquel del soldado sirviendo a los latifundistas y sirviendo a los grandes intereses, del policía exaccionando a todo el mundo, del inspector enriqueciéndose de la noche a la mañana; y no el sistema de hoy, de funcionarios honestos, de soldados al servicio del pueblo, porque es el pueblo quien los paga y los sostiene.

Que el sistema bueno era aquel de los campos olvidados sin escuelas, de los niños analfabetos, y no el de la Revolución, que se preocupa de convertir las fortalezas en escuelas y llevar miles y miles de maestros a los campos.

Que el sistema bueno era aquel de entreguismo a los intereses extranjeros, de sumisión ante los intereses extranjeros, de un país cuyo comercio estaba limitado, cuyos productos no podían siquiera venderse en todos los mercados del mundo, porque se limitaba, se autolimitaba la posibilidad de expansión comercial, cuando los pueblos no pueden vivir sin comerciar unos con otros, porque unos pueblos necesitan los productos de otros pueblos, unos pueblos producen con exceso determinados productos, que cambian por aquellos productos que no tienen y que en cambio producen con exceso en otros países...

Que el sistema bueno era aquel en que le decían al gobierno, no se inmiscuya, mientras todo era miseria en la nación y mientras en cambio siempre se inmiscuía el gobierno para defender privilegios y para defender intereses; entonces sí llamaban al Estado; entonces sí reclamaban la presencia de sus personeros dentro de aquel Estado, para defender sus intereses y privilegios, mientras trataban de prohibirle al Estado que interviniera absolutamente para nada para defender los intereses del pueblo.

No era fácil el problema de nuestro país. Era lógico que cada familia tuviera la aspiración de mejorar sus ingresos, pero la Revolución podía mejorar esos ingresos hasta cierta medida, en la medida en que lo permitiera la economía del país.

Y efectivamente la Revolución mejoró los ingresos de las familias, mejoró los ingresos de casi todos los sectores del trabajo y además redujo una serie de gastos de la familia, como el gasto de la vivienda, el gasto de la luz y el gasto de cuantos productos pudo rebajar la Revolución.

La resignación no podía ser el camino

Fidel junto a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en Holguín el 24 de febrero de 1960. Foto: Alberto Korda.

La resignación no podía ser el camino porque para resignarse con todo el pasado no murieron 20 000 cubanos; para resignarse con el pasado no se han sacrificado muchas generaciones. Si queríamos darles tierras a los campesinos, si queríamos producir aquí los artículos que podemos producir en vez de importarlos; si queríamos vender nuestros productos en todos los mercados del mundo, si queríamos proteger la industria nacional; si queríamos proteger nuestras reservas, si queríamos defender al pueblo, pues tendríamos que afrontar los problemas.

Era un camino de problemas, con los enemigos de nuestro pueblo, pero era el único camino revolucionario. La otra fórmula sería el camino de arreglos con los intereses contrarios al progreso de nuestro país, pero un camino de traición al pueblo y, ¡nosotros no podíamos escoger el camino de la traición al pueblo!

Teníamos que escoger no el camino fácil de los gobernantes de ayer, teníamos que escoger el camino riesgoso, el camino difícil, el camino duro; pero el único camino correcto y los únicos caminos por donde los pueblos pueden progresar y pueden conquistar una verdadera felicidad, y pueden encontrar verdaderas soluciones a sus problemas.

Nosotros teníamos que enfrentarnos a esos intereses, no íbamos a esperar que esos intereses vinieran a resolver nuestros problemas. Nosotros, para resolver nuestros problemas teníamos que enfrentarnos a esos intereses, y teníamos que afrontar las consecuencias de esas medidas que tomásemos. Luego, no había alternativa, la Revolución seguía el camino verdadero.

La Revolución no le decía al pueblo: "Gasta más de lo que consumes"; "consume más de lo que produces"; "no importa, que vendrán capitales extranjeros a convertirte en un esclavo".

Nosotros le decíamos al pueblo: "No esperes tu solución de los capitales extranjeros"; "consume menos de lo que produzcas"; "ahorra para poder invertir, porque si el dinero no puede esperarse de fuera, el dinero hay que sacarlo de aquí, el dinero hay que ahorrarlo; el dinero tiene que salir de la producción nacional, de esa parte de la producción nacional, que en vez de gastarla la vamos a invertir; es decir que en vez de comernos las 100 libras de granos producidos, vamos a gastar 90 libras y vamos a invertir 10; no podemos consumir todas las libras, porque si no, no podremos sembrar, si no, no podemos desarrollarnos, si no, no podremos darles trabajo a los que están sin trabajo, si no, no podremos elevar el estándar de vida del pueblo".

Y ese era el único camino correcto de un pueblo que quisiera liberarse. Y si viene capital extranjero, no es capital de inversión extranjera, es capital que se entrega a la nación, para que la nación lo invierta, para que las industrias sean de la nación; y la nación pague con su producción; pero que las empresas sean nacionales, que el país no tenga que estar dependiendo de la voluntad de amos extranjeros.

Que el amo de sus riquezas sea el país, porque no se concibe un país libre, cuya economía es economía de extranjeros. Porque quieren mandar no solamente en la economía, sino que entonces quieren también mandar en la política, y quieren mandar en todos los aspectos de la vida del país.

Lo que nos aconsejaban los detractores de la Revolución y los reaccionarios, era la política de entregar la economía en manos extranjeras, para que la patria tuviera amos extranjeros, para que la felicidad del pueblo, la seguridad del pueblo, el estándar de vida del pueblo, estuvieran no a merced de los brazos del pueblo, no a merced de la voluntad del pueblo, sino a merced de la voluntad omnipotente de los amos extranjeros de nuestra economía, y el camino ese, antinacional, era el camino que proponían los reaccionarios.

Y nos critican a nosotros, critican a la Revolución, porque no escogió ese camino de buscar amos extranjeros a la economía, sino de buscar un camino que condujese a la nación al pleno dominio de sus recursos naturales y de sus riquezas.

Es decir que estamos luchando por lo más legítimo que puede luchar un pueblo, un derecho tan justo que nadie le puede discutir.

Hemos venido aquí a rendir cuentas al pueblo

Se pueden inventar razones, argumentos; se puede hablar en términos insolentes de nuestro país, cuya única conducta es la noble conducta de aspirar a ser feliz por su trabajo y por su esfuerzo; se pueden decir un millón de cosas; pero eso no quiere decir que puedan tener razón, porque la razón la tenemos nosotros, si en una asamblea de pueblos del mundo, no digo de representantes, por supuesto, de muchos pueblos, si en una asamblea de pueblos se discutiera si es justo que cada pueblo aspire a vivir de sus riquezas y de su esfuerzo, todos los pueblos del mundo dirían que eso es lo más justo.

Y, precisamente, cuando se ha querido violar este principio, es que se ha esclavizado a los pueblos. Cuando se ha violado este principio, es cuando se han provocado las guerras y los trastornos. Y la humanidad tiene que marchar hacia la aspiración de que cada pueblo viva de su esfuerzo y de sus recursos y que, en todo caso, unos pueblos puedan ayudar a otros, pero jamás unos pueblos explotar a otros.

Esa es sencillamente la esencia del esfuerzo revolucionario; esa es la razón de ser de la Revolución, que no tiene que reprocharse de nada.

Puede tener errores, no es omnisciente la Revolución, ni los hombres. No son sabios los dirigentes de la Revolución, son como todos los demás, hombres que se esfuerzan por acertar y por hacer bien las cosas; por cumplir su deber en el puesto que a cada cual le ha correspondido.

Pero la Revolución no tiene nada de qué reprocharse, porque está absolutamente segura de que está haciendo bien.

Y hasta nuestros enemigos, si tuvieran noción de lo que verdaderamente vale en un pueblo, si tuvieran sensibilidad para apreciar las cualidades morales de su pueblo, tendrían que reconocer lo admirable que es este acto de hoy, este acto sin precedentes en nuestro país, posiblemente sin precedentes en otros países; esta disposición de la mayoría de un pueblo al sacrificio gustoso y generoso por un programa, a este espectáculo de un pueblo gobernando, porque nosotros hemos venido aquí a rendir cuentas al pueblo, a tratar con el pueblo a tratar con ustedes, que son los representantes de todos los trabajadores, que van a impulsar este plan.

Es decir que esta es la obra de la Revolución: que convirtió el vicio de jugar en la virtud de ahorrar; que llena el país de escuelas; que convierte las fortalezas en centros escolares; que cultiva los campos; que organiza los lugares hermosos de nuestro país para esparcimiento de nuestras familias, para que los obreros vayan a descansar; que emplea más de 100 000 cubanos en un solo año; que aumenta la producción en todos los órdenes; que prepara un programa industrial.

Es decir, una Revolución que se esfuerza por aportar, dentro de sus recursos limitados, usando sobre todo lo que sobra aquí, que aquí sobra entusiasmo, utilizando el entusiasmo del pueblo, en resolver los problemas del pueblo.

Eso es el gobierno, eso debe ser el gobierno. Teníamos una idea perdida de lo que era el gobierno; considerábamos que gobierno era un grupo de señores ahí, viviendo como mejor pudiera y robando lo más que pudiera, olvidado de todo el mundo.

Gobernar es un concepto muy sencillo: trabajar en representación de la nación, siguiendo el sentir de la nación, interpretando las necesidades de la nación, actuando con la nación, no a espaldas de la nación, sino codo con codo y brazo con brazo con la nación.

Eso es el gobierno; hombres que están ostentando una responsabilidad, que la tienen por el pueblo, porque nosotros no tenemos el poder porque lo hayamos conquistado en un golpe de Estado; nosotros no teníamos ni ejército, ni fusiles, ni nada, y tuvimos que empezar poco a poco, y, ¿por qué la Revolución llega al poder sino porque el pueblo la ayuda? ¿Y por qué la Revolución está en el poder?

¿Por qué la Revolución está en el poder, sino porque el pueblo la respalda? ¡De qué manera, frente a tantas amenazas y tantos enemigos, estaría en el poder la Revolución, si no fuera por el respaldo del pueblo!

Lo que no podrían negar ni nuestros más recalcitrantes enemigos, los que nos acusan de todas las cosas que se les ocurren y, sin embargo, lo que no pueden negar es que el Gobierno Revolucionario tiene el respaldo absolutamente mayoritario del pueblo.

Y lo que no pueden explicar, y lo que no podrían explicar jamás es por qué tiene el respaldo del pueblo, si fuera un gobierno como ellos lo pintan, si fuera un gobierno irresponsable, si fuera un gobierno inepto. Es decir que, ¿por qué podría tener el respaldo del pueblo?; los pueblos no respaldan a los malos gobiernos; los pueblos combaten a los malos gobiernos.

De esa semilla recogeremos los frutos

Nuestro pueblo fue siempre, casi, sistemáticamente, enemigo de todos los gobiernos; por primera vez el pueblo respalda al Gobierno y está identificado, porque por primera vez tiene el pueblo esa sensación de que se le está sirviendo, tiene el pueblo esa sensación de que se lucha por él; por primera vez, tiene el pueblo esa seguridad de que se vela por sus intereses, y de que, dentro de todas las limitaciones, tanto de hombres como de recursos, nos esforzamos por ayudar al pueblo, porque hemos entendido todos perfectamente nuestra obligación, como la han entendido ustedes.

Y era lógico que los pueblos respondieran. El pueblo responde, por mucho que les duela y por mucho que les pese a los enemigos de nuestro pueblo. Y es lógico que los que no lo sirvieron no pudieran contar con él. Nosotros contamos con él para servirlo.

No presumimos de ser más sabios que los demás, presumimos sencillamente —y no presumimos, sino que actuamos sencillamente—, de acuerdo con lo que entendemos nuestro deber, nuestra convicción, nuestra manera de entender estos problemas.

Y con esa convicción tratamos de marchar adelante, sin preocupaciones, sin miedo. Aquí todo el mundo está, cada día, más tranquilo, más despreocupado, y además, seguro de que nosotros, así por el camino que vamos, unidos todos como vamos, pueblo y gobierno una sola cosa, como debe ser pueblo y gobierno, iremos resolviendo nuestros problemas.

Y algún día tendremos el premio, y sobre todo, lo tendrán las generaciones futuras. Esta generación recibirá su parte de premio, la generación futura recibirá una parte mayor; y esta misma generación recibirá los beneficios... quizás me faltó un beneficio cuando hablaba de los beneficios, y es que hoy nosotros estamos produciendo para los que vienen, estamos produciendo para los jóvenes, los miles de jóvenes, estamos trabajando para que puedan vivir todos los miles de jóvenes que arriban a la mayoría de edad, para que todo ese ejército de desempleados se ponga a trabajar, para que toda esa juventud encuentre trabajo seguro.

Hoy trabajamos por los niños que no pueden trabajar; trabajamos por los ancianos que no pueden trabajar; trabajamos por los inválidos que no pueden trabajar; trabajamos por una generación futura; por los niños que crecen, que serán más capacitados que nosotros, van a tener muchas más escuelas, más universidades, van a producir más que nosotros, van a tener más conocimientos, más experiencias, todos esos miles de niños, inteligencias que hoy se abren a la luz de los conocimientos.

De esa semilla que estamos sembrando, nosotros recogeremos también los frutos, porque tendremos una generación mucho más preparada, con recursos mecánicos y técnicos, con recursos educacionales suficientes para producir el doble, el triple, quizás cinco veces más que nosotros.

Y algún día esta generación será también mayor, algún día será vieja, algún día estos niños y esta generación joven estarán produciendo y estarán trabajando; y en la misma medida en que nosotros tengamos éxitos en prepararla y en desarrollar nuestras riquezas, en esa misma medida estará garantizada la seguridad de esta generación presente, porque hoy esta generación trabaja para ellos, pero mañana ellos tendrán que trabajar para los que no puedan trabajar, tendrán que trabajar para sus padres, tendrán que trabajar para los que estén ya retirados del trabajo.

Y en la misma medida en que nosotros logremos multiplicar nuestra producción, cada uno de nuestros ciudadanos tendrá garantizada una vejez feliz y segura.

No como hoy, que nos encontramos ancianitos por las calles, nos encontramos tantos espectáculos de personas que se nos acercan sin poder hacer nada por ellos, porque se nos acercan como si nosotros individualmente pudiéramos resolver, porque ni tenemos individualmente para resolver, ni sería el sistema revolucionario; tenemos que resolver a través de nuestros organismos, dar lo que podamos dar, lo que nos permitan las circunstancias. Y sufrimos todas estas cosas.

Por eso decía lo triste que era pensar lo que habría sido nuestra patria con el tiempo que hemos perdido. Sufrimos con esto, pero tenemos esperanzas de que sea muy distinto en el porvenir, y tenemos derecho a pensar que los sueños de los que fundaron esta república e iniciaron la lucha un 24 de febrero hace 65 años, sueños que nosotros nos hemos propuesto llevar a la realidad, serán realidad algún día.

(*) Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en el acto celebrado por la CTC revolucionaria, en el teatro "Blanquita", el 24 de febrero de 1960.

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