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Pensamiento Crítico

Decía Gramsci (el último artículo de Julio Anguita)

Por Julio Anguita | El Economista, España | 18 Mayo 2020

Julio Anguita, histórico dirigente del Partido Comunista de España, de la coalición Izquierda Unida (IU) y exalcalde de la ciudad de Córdoba, ha muerto el sábado 16 de mayo a la edad de 78 años después de que hace una semana fuera ingresado en estado crítico tras sufrir un paro cardíaco, mientras estaba en su residencia. No era la primera vez que sufría problemas de corazón. Tuvo un infarto en 1993 y otro cinco años después, tras el cual decidió alejarse de la política y dedicarse a su actividad docente universitaria. En 2009 y 2014 también ingresó por problemas cardíacos.

Hijo de militar, bisnieto y nieto de guardia civil, nació en Fuengirola (Málaga) en 1941 pero se afincó en Córdoba desde la infancia. Anguita era licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad de Barcelona; en su juventud, ejerció como maestro de primaria y profesor de secundaria. Se inició en política en grupos clandestinos hasta que ingresó en 1972 en el Partido Comunista de España (PCE), del que sería secretario general, y en 1977 accedió al Comité Central del partido en Andalucía (PCA).

En las elecciones municipales de 1979 ganó la alcaldía de Córdoba como candidato del PCE y luego fue reelecto dos veces más por mayoría absoluta, en una etapa en la que fue apodado como el "califa rojo" al ser el único alcalde comunista de una capital española. Diputado en el Parlamento andaluz entre 1978 y 1986, fue candidato a la Presidencia de la Junta de Andalucía en 1986 al frente de la coalición Izquierda Unida, que se estrenó como marca electoral en dichos comicios autonómicos logrando 19 escaños.

Fue el candidato comunista al gobierno de España en las elecciones de 1989, en las que su partido subió de 7 a 17 escaños. Obtuvo escaño en el Congreso de los Diputados y ocupó la presidencia del grupo parlamentario. Fue nuevamente candidato a la presidencia del Gobierno en 1993; renovó como diputado y por cuarta vez como coordinador general de IU y en la Secretaría del PCE. En mayo de 1993, durante la campaña electoral, sufrió un infarto agudo en Barcelona. En 1996 volvió a presentarse a las elecciones generales y se hizo muy popular por sus explicaciones y por la frase, "programa, programa, programa" cuando comentaba la posibilidad de pactos con otros partidos. Ese año vivió la cumbre de su carrera política al frente de IU al ser la tercera fuerza en el Congreso con 21 escaños fruto de más de dos millones y medio de votos por detrás del PP y PSOE.

En 1998 y debido a un segundo infarto no se presentó a la reelección como secretario del PCE, cargo que pasó a Francisco Frutos y en la nueva directiva ocupó un puesto en el Comité Ejecutivo. Entonces dijo que por responsabilidad dimitía tras el importante retroceso de IU en las municipales, autonómicas y europeas de 1999, en las que perdieron 39 diputados autonómicos y 5 eurodiputados. Anguita permaneció como coordinador general pero arropado por una Coordinación Colegiada. Permaneció como asesor parlamentario y en la siguiente asamblea de IU dejó su cargo.

El 29 de octubre del 2000 fue relevado por Gaspar Llamares, su propio candidato y empezó a dejar la vida pública. Volvió a la enseñanza en el Instituto Blas Infante de Córdoba, tras más de veinte años en excedencia, pero permaneció en el Consejo Federal de IU. En 2002 renunció a la dirección del PCE y en 2003 dejó definitivamente la política y los órganos de dirección, aunque siguió participando en reuniones y conferencias de IU.

Julio Anguita es autor de varios libros, entre los que figuran: Textos y discursos (de su etapacomo alcalde de Córdoba), Desamortización Eclesiástica en la ciudad de Córdoba (1836-1845) y Otra Andalucía, escrita junto a Rafael Alberti. En 2011 publicó Combates de este tiempo y a finales de 2013 presentó la biografía política Contra la ceguera.

El 6 de mayo pasado, El Economista publicó este artículo del veterano luchador comunista, probablemente el último que escribió y publicó:

Antonio Gramsci (1891-1937), filósofo y dirigente del Partido Comunista Italiano, decía que: "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos".

Las crisis de toda índole que la pandemia ha agravado, nos traen al presente las palabras del político sardo y, desde luego, nos obligan a reflexionar. El orden político-económico mundial representado por la civilización industrial en su desarrollo capitalista, nació por la confluencia de dos hechos: la revolución científico-técnica de finales del siglo XVIII y la democracia representativa como desarrollo alicorto de la Revolución Francesa, también de esa fecha. Esa génesis llevaba en sí misma el embrión de una contradicción agravada desde mediados del siglo XX; a saber, la incompatibilidad entre unos derechos predicables para toda la humanidad y la búsqueda de la ganancia personal como motor único del sistema. La agudización de este conflicto tiene dos fechas: 1948, Declaración de Derechos Humanos, y 1972 con la publicación de Los límites al crecimiento. En este sentido y desde la experiencia de las últimas décadas puede afirmarse que el viejo mundo, en su versión del neoliberalismo globalizado, se está muriendo.

Pero hay muertes y muertes. Y desde luego que ningún ingenuo piense que el óbito es sereno cual llamita que se extingue lánguidamente. El conflicto, las tensiones, los horrores incluso, son el cortejo que acompaña al moribundo. Y porque, también con él, se van nuestros hábitos de consumo y de valores con los que la cotidianeidad nos ha impregnado. Solamente la pronta aparición del nuevo mundo (si aparece) podría acortar el sufrimiento.

Pero no nos engañemos, el nuevo orden no vendrá cual Nacimiento de Venus del pintor Sandro Botticelli. Será -es- un parto con dolor, con ansiedades, contradicciones y también sufrimiento. Pensemos históricamente cuánto esfuerzo y cuánta lucha han costado el acceder, siquiera medianamente, a las conquistas democráticas y sociales que una parte de la humanidad todavía posee. Tampoco está asegurada la venida del nuevo mundo; entre otras cosas porque no viene si no se le trae. Y desde luego, a fin de no instalarse en una parusía laica, el mundo que se desea nace en el seno de este viejo, y está concretado en proyectos, plazos, programas y renuncias, aunque sean transitorios. La tarea es ardua, aunque tiene la subjetiva recompensa de dar sentido al existir. Se necesitan muchas parteras y muchos comadrones. Y además, una multitud de los viejos topos que describía Karl Marx.

Volvamos a Gramsci y a las palabras con las que comienza este artículo. Es posible, y hasta probable, que no se vea o no se quiera ver el fin de una época a pesar de los datos y evidencias de cada día. También es posible y probable que el nuevo orden o la nueva sociedad, sean considerados quimeras, delirios y ensoñaciones aunque la Historia nos demuestre cuántos cambios positivos para el ser humano fueron antes considerados locuras y disparates.

Pero lo que es evidente para nuestros ojos y oídos es que, en este claroscuro de España, estamos rodeados de monstruos.

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