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Pensamiento Crítico

Después del miedo, vendrá la rabia

Por John Carlin | 18 Mayo 2020

Diario Clarín, Argentinaivimos en la época del miedo. Miedo de la ciudadanía al coronavirus. Miedo de los gobernantes a que se les acuse de no haber hecho todo lo posible para salvar vidas. Miedo de los medios a cuestionar el miedo.

Una amiga española cuyo padre de 84 años se ha debatido en el hospital entre la vida y la muerte, y que parece que ahora ha superado el virus, me pronosticaba esta semana que en unos meses la ciudadanía pasará del miedo a la rabia. Y más rabia aún si hay un rebrote y se recurre otra vez a las mismas reglas de confinamiento impuestas a lo largo de los últimos dos meses.

Rabia, entre sectores importantes de la población, por motivos obvios. Por verse condenados a sufrir para dar de comer a sus familias; por haber perdido sus trabajos o, si son jóvenes, por ver reducidas sus posibilidades de conseguirlos. La rabia será mayor entre aquellos que juzguen que el riesgo de morir del virus no es tan alto como se les había hecho creer.

Cada uno es libre de interpretar el riesgo como quiera. Si una persona de 45 años con tres hijos pequeños cree que se debe seguir con los confinamientos hasta que se venza al virus, pese a haber perdido su trabajo y a tener pocas posibilidades de recuperarlo, muy bien. Si una persona de 20 años contempla la perspectiva de una vida mucho más pobre que la de sus padres o abuelos con resignación cristiana, muy bien también. Incluso admirable.

Sus sacrificios en la tierra serán recompensados, si hay suerte, en el cielo.

El sentido común diría, sin embargo, que la ansiedad que el virus genera en la gente debería ser más o menos proporcional a los riesgos reales. Al padre o madre de familia de 45 años y al joven o a la joven de 20 se les podría pasar los siguientes datos, cortesía de la Oficina Nacional de Estadísticas del Reino Unido, el país europeo que ha sufrido el mayor número de muertes hasta la fecha.

De los 10 millones de niños de menos de 15 años en Reino Unido, dos se han muerto del virus.

De los 17 millones de menos de 25 años, se han muerto 26.

David Spieghalter, estadístico y profesor de análisis del riesgo en la Universidad de Cambridge, dijo en la BBC el domingo pasado que hablar de "proteger a los niños", cuyo riesgo de morir del virus es "los más diminuto imaginable", era caer en "el engaño"; que el riesgo de muerte del virus para una persona de menos de 25 era muy inferior al riesgo de muerte accidental en circunstancias normales.

Otro dato que la persona de 45 años con hijos que ha perdido su trabajo podría añadir a sus cálculos: el 88 por ciento de las víctimas mortales del virus en Reino Unido han sido mayores de 65 años.

Cabe pensar que la información británica no es una aberración, que corresponde ─con pocas variaciones─ a lo que ocurre en el resto del mundo. Todos estos datos no se conocían hace un par de meses cuando medio mundo optó por encerrarse en casa. Es comprensible que los gobiernos hubiesen respondido con un cierto pánico. Viene el lobo: vamos a escondernos todos en el sótano. La cuestión es qué estrategia seguir de ahora en adelante, especialmente si es verdad, como ha dicho la OMS esta semana, que tardaremos cuatro o cinco años en controlar el virus.

En el probable caso de que el lobo vuelva en octubre, por ejemplo, tenemos la opción de seguir con el Plan A, bajar todos corriendo de nuevo al sótano, y volver a hacerlo quizá en enero del año que viene, y en abril, y otra vez en octubre y así hasta 2024 o 2025. Nos moriremos muchos de hambre (en el caso de África, literalmente), y de otras enfermedades mentales o físicas que provienen de la oscuridad del confinamiento.

¿Cuál podría ser el Plan B? Al padre o madre de familia de 45 y al joven o la joven de 20 se les podría excluir del confinamiento y permitirles que sigan con sus vidas como antes. La condición sería que se alejaran de sus padres o abuelos, que gozarían de la máxima prioridad sanitaria pero serían los que tendrían que pagar el pato del confinamiento. Aunque, si los hospitales aguantan, se les podría dar la opción a los mayores de no confinarse; que ellos ─y no los gobiernos─ juzguen si evitar la muerte es más importante que vivir la vida.

Un editorial en The Sunday Times de Londres propuso los argumentos a favor del Plan B el domingo pasado.

"Cada día de confinamiento que pasa se destruyen más las vidas y los futuros de los jóvenes. Nunca en tiempos de paz un gobierno ha impuesto restricciones de esta naturaleza, y nunca se ha causado tanto daño a la mayoría para proteger a la minoría. Debemos cuidar a los mayores. Esa es la señal de un país civilizado. Pero hay formas mejores de hacerlo que el confinamiento en masa para todas las edades…

"Los jóvenes están desesperados por huir del purgatorio del confinamiento y, suponiendo que no viven con gente mayor, con razón…Dejar salir a los jóvenes conduciría a sustanciales beneficios económicos y sociales sin costes significativos a la salud. Tiene sentido. Un programa de relajación que empiece por los jóvenes se podría extender a otros grupos de bajo riesgo…Que se libere a los jóvenes del confinamiento. No nos arrepentiremos."

Algunos podrán ver este argumento como otra expresión más del desalmado pragmatismo de "los piratas ingleses".

Un amigo médico español me escribió hace un mes, "los anglosajones tienen el dilema de los muertos vs la economía... Aquí hay poco dilema, los abuelos son insustituibles".

El sentimiento es encomiable y la apreciación correcta. Aunque a día de hoy el gobierno británico ha dado la misma prioridad o más a los abuelos que los gobiernos latinos, es verdad que allá el dilema no se esconde, se ventila.

Ventilar, sin embargo, no es un mal hábito. Es señal siempre de una democracia sana y sería útil en este caso para ayudar a decidir la estrategia a seguir contra el coronavirus con los ojos abiertos y no cerrados, llenos de miedo.

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