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Acapulco, la tragedia de México

19 Septiembre 2013

Por Carlos Loret de Mola, diario El Universal, México.

He visto pilotos de helicóptero recostarse un instante sobre el timón de sus naves, exhaustos. He visto rescatistas tomar una siesta a pesar del ruido inmisericorde de las hélices que los trasladan a una ranchería incomunicada.

He visto hombres con chalecos fosforescentes que se adhieren a su piel porque no se han bañado desde que hace varios días empezaron a coordinar la distribución de comida que aterriza a Acapulco. He visto mujeres que se desviven por instalar albergues.

He visto cómo estos elementos de Marina, Defensa, Policía Federal, gobierno estatal hacen esfuerzos casi sobrehumanos... pero no bastan. Se diluyen ante las dimensiones del desastre. "Esto es mucho más grande de lo que previmos", me confiesa un funcionario federal a condición de guardar el anonimato.

Las víctimas están desesperadas, se aglutinan por miles en las calles, en los albergues, el aeropuerto, en la base aérea militar, a las orillas de las colonias inundadas.

Tienen hambre. Tienen sed. Quieren salir de Acapulco o volver a sus casas aunque tengan medio metro de agua porque ya supieron de la rapiña. Se hartan de las filas que prometen vuelos que no son suficientes para sacarlos a todos en un día. Se quejan de las colas para comprar alimentos en supermercados con anaqueles vacíos. Muchas zonas afectadas no han sido alcanzadas por el brazo de la autoridad.

Desde una señora proveniente de una zona marginada que se acercó para pedirme si le ayudaba a conseguir leche para sus hijos que no habían comido nada, hasta un señor que me solicitó gestionar el permiso para que su avión privado pudiera ya despegar del aeropuerto donde está estacionado con una veintena más.

Los meteoros Ingrid y Manuel atacaron con sus lluvias desde el jueves y los pobladores, acostumbrados en esta región del país a seguir con rigor los planes de la laureada protección civil mexicana, se quejan de que esta vez nadie les avisó de lo que venía.

La emergencia nacional ha rebasado a las autoridades. Llegaron tarde y con menos de lo necesario. Quizá porque estaban concentrados en el desalojo de manifestantes del Zócalo, preocupados por si el Grito se podía dar desde Palacio Nacional, por la organización de los desfiles de Independencia que significó el traslado y uso de personal y equipo el lunes por la mañana, quizá porque el "puente" hace que todo mundo baje la guardia.

Los elementos desplazados para la atención de la emergencia requieren más compañeros e infraestructura (vehículos, naves, provisiones) que los respalden en sus tareas.

Los gobiernos están a tiempo de volcarse en apoyos antes de que reinen el desabasto de mercancías, los saqueos de comercios, los abusos en los precios y las enfermedades derivadas del agua que está por cumplir una semana asentada.

Tal escenario profundizaría las consecuencias trágicas del evento y generaría un reclamo todavía más encendido de una población que se siente desatendida, que atestigua que todo marcha lento.

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