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Expansionismo tico y una paranoia injustificada

23 Septiembre 2013

Por Edwin Sánchez.

Empezaron con Guanacaste y Nicoya. Y ese expansionismo no solo se expresa en una extensión territorial, sino en una suerte de Doctrina Monroe bananera: "Nicaragua para los costarricanos".

Avanzaron en el siglo XIX en despliegue político y militar hasta el borde del Gran Lago y fabricaron por presión una orilla de nuestro Río San Juan. El historiador Orient Bolívar Juárez, subrayó en un escrito del año 2000, que las provincias arrebatadas a Nicaragua, les da ánimo a la dirigencia tica de llevar "adelante la frontera siempre más allá que sea posible". No se equivocaba.

De esto nos damos cuenta más reciente en la historia, porque prevaleció una mirada folklórica, por no decir lastimosa, de los intelectuales conservadores, reproductores del establishment, hacia el expansionismo tico. No fue su tema, más bien lo encubrieron con halagos a Costa Rica, con el cuento de que en el pasado era "más fácil cambiar de país que de partido", sin reparar que entonces pertenecíamos a la Capitanía española de Guatemala y después a la República Federal de Centroamérica. Lo peor es que "ignoraron" que nuestros antepasados del sur si no se juramentaban costarricenses, serían pasados por las armas.

Que un nicaragüense haya hecho méritos en cualquiera de las provincias, incluso en el pequeño territorio de Costa Rica, antes de su zarpazo, no da para justificar con Pablo Antonio Cuadra semejante desgarro de nuestra soberanía: "No nos extrañe, por tanto, que con esas vivencias de la nacionalidad, los nicaragüenses de Liberia y Nicoya, al sufrir Nicaragua recién independizada una guerra tras otra, prefiriera para su tranquilidad entenderse con el gobierno de Costa Rica, más estable y pacífico".(*)

El liderazgo de Costa Rica gusta de representar papeles en el escenario internacional de "pacífica, cívica, democrática, respetuosa del Derecho Internacional, sin ejército y ecológica", todo lo que alcance en un espléndido spot.

Pero la triste historia de su actitud contra Nicaragua no es para contarla en sus preciosos brochures, sino para verla en la carretera que destruye el Río San Juan, el desprecio a la jurisdicción de la Corte Centroamericana de Justicia que mandó paralizar la vía perjudicial al caudal; el escaso cuido de la cuenca fronteriza que violenta la obligación binacional de proteger el ecosistema; la declaratoria de facto de territorio y mar perteneciente a Nicaragua como suyo, y no reconocer los instrumentos de integración regional como el Parlamento Centroamericano.

Estos son los hechos y las palabras de la presidente Laura Chinchilla y su canciller Enrique Castillo. Este último en una entrevista al diario español "El País", culpabiliza a Nicaragua de lo que realmente la propia Costa Rica ejecuta sistemáticamente, en su afán expansionista, para presionar a nivel mediático a los organismos internacionales y mostrar a Nicaragua como nación guerrerista e invasora, y ella la sufrida víctima de un "mal vecino".

Las mentiras de sus "verdades"

El canciller Castillo dijo que la capacidad de su policía (más apertrechada que la de Nicaragua, igual que su Guardia Civil y Rural, y la flamante Fuerza Especial de Fronteras) "es muy vulnerable. No está equipada ni suficientemente entrenada para involucrarse en situaciones de alto riesgo como las que se han dado".

Sin embargo, el doctor Norman Miranda, en base a datos del Instituto de La Paz de Estocolmo, Suecia, Sipri, por sus siglas en inglés, indicó al Canal 12 que el presupuesto militar del año 2011 en el país vecino supera más de dos a uno al del Ejército de Nicaragua y la Policía Nacional.

Si Nicaragua invirtió US$126. 9 millones en seguridad nacional y defensa de fronteras, Costa Rica desembolsó US$283 millones, y otros gastos militares que al final suman US$311 millones.

A Costa Rica le fue muy bien en los años 80. Se benefició de la guerra de agresión contra Nicaragua, y su economía se robusteció. Ahora, al parecer, quisiera reeditar esa década al acusar a Nicaragua de que "se apoya en una potencia extracontinental, que es la Federación Rusa". Esto, infamó Castillo, "significa una escalada en las actitudes expansionistas de Nicaragua".

Así, nuestro vecino quiere recalentar la Guerra Fría, inventando un "desbalance regional" que solo en San José existe, disparando su paranoia por la presencia de buques rusos que vinieron en señal de amistad y por el apoyo de esa Federación a la lucha contra el narcotráfico internacional.

Ahora pretenden prefabricar un absurdo enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia, y eso que se reservan el derecho de extender su "intransmisible" a China para un ensayo de Armagedón tropical, Made in Costa Rica.

Si fuera coherente el rector de la política exterior costarricense, debería contar mejor su mentira, pues si presenta a Rusia casi "apoderándose" de la región, cómo explica que Nicaragua le haya otorgado a un consorcio de los Estados Unidos, Noble Energy Limited, una concesión de exploración petrolera a 168 kilómetros al este del municipio de Bluefields.

Costa Rica inventa a más no poder: habló además de que Nicaragua ha hecho canales que lesionan su soberanía, cuando, como dijo a El 19 Digital el director de la ecologista Fundar, Norving Torres, "lo que se observa a simple vista en realidad no son caños (canales) artificiales, sino cárcavas resultantes de la mala construcción de una carretera en Costa Rica".

Historia del Expansionismo (**)

Esta es una síntesis para ver qué país es el expansionista y cómo se aprovechó del liderazgo inútil que padeció Nicaragua en el siglo XIX. Máximo Jerez, "redimido" por la intelectualidad conservadora de manufactura colonial, por ejemplo, fue en realidad un asociado de las causas perdidas (***), amén de haber participado en la contrata de Byron Cole.

9 de septiembre de 1823. Un enviado del gobierno de Costa Rica llega a León, sede del gobierno enfrentado al Departamento Oriental, a pedirle campantemente que le entreguen Nicoya y Guanacaste. Con tal de perjudicar a Granada que tenía bajo su jurisdicción esos territorios, León cede ilegal e inconsultamente gran parte del mapa de Nicaragua.

Septiembre 1826. Decreto del Cuartel General de Nicoya: "Por mi orden comparecerán todos los vecinos de Santa Cruz (digo lo que no hubieren jurado a este pueblo el diez y seis de éste) a celebrar la jura el diez y siete, prometiéndole a los que así lo hicieren verlos como vecinos obedientes, y a los que no, PASAR CON LAS BAYONETAS a esta costa, embargar sus bienes, quemar sus casas y traer sus familias a morar a este pueblo. (F) Pedro Zamora".

1852. Costa Rica se confabula en secreto con Gran Bretaña para firmar en Washington el Tratado Webster-Crampton. De no ser por don José de Marcoleta, Costa Rica hoy sería dueña de la Costa Mosquita, el Río San Juan y la costa sur del Gran Lago de Nicaragua.

1857. El general José María Cañas, en representación de Costa Rica, el mismo del Tratado rubricado con Jerez, tras la expulsión de los filibusteros, les participa a éste y al general Tomás Martínez que "la línea del Tránsito, la Fortaleza de El Castillo y los vapores del Lago y del Río, quedarían en poder de Costa Rica" con el cuento de "evitar otra invasión filibustera". Cañas vende la idea al comodoro Vanderbilt para conseguir el apoyo de Estados Unidos y hasta se siente presidente de una republiqueta, pero Washington rechaza el disparate. Sin embargo, el disparate sigue en el Siglo XXI.

30 de julio de 1857. Informe confidencial del Encargado de Negocios de Estados Unidos a la Casa Blanca: "El Estado de Costa Rica intenta afirmar y reafirmarse para reclamar y al mismo tiempo juntar la posesión del lago y el río...El actual Gobierno de Nicaragua es una hechura del de Costa Rica, y probablemente aceptará el reclamo". Entonces los generales Martínez y Jerez dirigían un raro régimen, tan raro que el pueblo lo llamó "Gobierno Chachagua".

Y un largo etcétera que casi llega al Río Ochomogo.

Notas:

(*) Pablo Antonio Cuadra. Ensayos I, El Nicaragüense, p.84

(**) "De Cómo perdimos las provincias de Nicoya y Guanacaste". Miguel Ángel Alvarez Lejarza)

(***) Gobernantes de Nicaragua. Aldo Díaz Lacayo, p.62.

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