Demencia neocolonial, guerra psicológica y la complicidad de los medios

16 Octubre 2013

tortilla con sal.

Observar a alguien mientras se degenera y muere de la demencia nos recuerda del complejo misterio de la mente humana y de su fragilidad desoladora. Las pausas y avances en el proceso físico de degeneración conducen inevitablemente al colapso humillante de las capacidades vitales como, por ejemplo, el apetito o poder tragar. Una vez así destruido, la persona que conocíamos cae rápidamente hacia la muerte, separado de los demás por una implacable barrera de la incoherencia, la desorientación y el olvido.

Se siente la misma sensación al leer la producción intelectual occidental que justifica o evade el bárbaro mal del terrorismo y agresión infligido por los países de la OTAN contra Afganistán, Irak, Costa Marfil, Libia, Siria y otros países. Parece que las creencias falsas occidentales se han avanzado a tal grado que todo el degenerado sistema de la oligarquía corporativa del capitalismo de consumo se ha arruinado hasta caer en una incoherencia irrecuperable. Al observar los crímenes de lesa humanidad del Occidente, una pregunta clave es sobre qué variedades de auto-engaño lo hace posible para las y los intelectuales occidentales a promover las creencias falsas necesarias para justificar los crímenes de sus gobiernos.

A un nivel, muy poco ha cambiado desde los tiempos de la descolonización después de 1945. Los antiguos poderes imperiales occidentales siguen desestabilizando política y económicamente a los gobiernos que rechazan hacer lo que quiere el Occidente. Esos gobiernos recalcitrantes y sus dirigentes son satanizados por los medios occidentales. Si sigan resistiendo, los Estados Unidos y sus aliados promueven la subversión violenta para así provocar violaciones de los derechos humanos y la miseria general con la meta de derrocar el gobierno en cuestión.

Los poderes occidentales siempre han abusado el sistema de la Naciones Unidas para aplicar sanciones genocidas y para justificar la agresión militar. Si por acaso aún el corrupto sistema de las Naciones Unidas no logre los resultados deseados, los poderes occidentales recurren a la agresión armada unilateral, o directamente o por medio de sus peones regionales. Actualmente, este modo de operar se aplica de la manera más obvia a Cuba, Iran, Corea del Norte, Siria, Venezuela y Zimbabwe. En años recientes se ha aplicado exitosamente con algunos variantes a Somalía, Haití, Honduras, Costa Marfil y Libia.

En Libia y en Siria, a los medios corporativos occidentales se han unido sus contrapartes alternativas y el sector no gubernamental correspondiente. Todos colaboran activamente como el brazo de guerra psicológica de la agresión neocolonial de sus gobiernos.  Un artículo reciente del escritor irlandés Patrick Cockburn ofrece una oportunidad de ver como un destacado apólogo progresista del Occidente necolonial defienda los hechos facilitados en años recientes por su clase intelectual-gerencial.

Sería difícil encontrar un ejemplo más claro de las premisas y perspectivas en base a que aquella clase construye su producción intelectual. Al dirigirse hacia las faltas de la cobertura de los medios occidentales en Afganistán, Irak, Libia y Siria, Patrick Cockburn omite sacar las obvias conclusiones con respecto al papel jugado en la guerra psicológica occidental por las y los trabajadores mediáticos y las y los intelectuales. Su artículo es una evasión esmerada de la falsedad motivada por ideología de aquellos trabajadores, incluso de él mismo.

Cockburn empieza por observar en relación a las recientes guerras neocoloniales, “A pesar de los aparentes éxitos militares, en ninguno de estos casos han logrado la oposición local y sus patrones consolidar  el poder y establecer estados estables.” Pero Cockburn no saca la conclusión obvia, que aquellos movimientos de oposición no tenía suficiente apoyo popular para derrocar a su gobierno. Esto contrasta marcadamente con los ejemplos de revoluciones verdaderas como las de Cuba o de Nicaragua donde más de 70% de la población apoyaba su eventual triunfo revolucionario solo para ser agredidos inmediatamente por los Estados Unidos.

La premisa implícita de Patrick Cockburn parece ser que los poderes occidentales esperaban poder establecer estados estables en Afganistán, en Irak y en Libia. Pero no ofrece ningún apoyo para una suposición tan benigna. En cambio, nota acertadamente que, “Más que en otros conflictos armados, estos han sido guerras de propaganda en que los periodistas de la prensa, la televisión y la radio han jugado un papel central.” Vale la pena examinar lo que esto quiere decir. Los medios occidentales son organizados deliberadamente para filtrar de una manera ideológicamente selectiva la enorme cantidad de insumos que reciben para excluir las perspectivas contradictorias del punto de vista occidental procedentes del mundo mayoritario.

Este proceso involucra un puñado de medios altamente concentrados de los países de la OTAN y de sus aliados. El Internet lo ha hecho posible para medios más pequeños de empezar tener un impacto. Pero aún así, los medios globales de información en los idiomas europeos quedan controlados por los insumos cuidadosamente filtrados procedentes de un número muy reducido de agencias de noticias occidentales. Casi nunca se encuentra reportajes noticieros procedentes de agencias no-occidentales que contradicen el razonamiento fundamental de las políticas de los gobiernos occidentales.

Al enfocar estrechamente sobre los países de que él tenga experiencia directa, sin referir al patrón global más amplio de la agresión de los países de la OTAN, Patrick Cockburn comete las mismas faltas de omisión que él identifica correctamente en los reportajes de sus colegas. La tarea que él se asigna, de examinar las faltas en los reportajes de los medios occidentales, es falsa porque él deliberadamente omite de explorar su papel como componente de la guerra psicológica. Comenta de Afganistán, Irak, Libia y Siria que, “Durante estas cuatro campañas, el mundo en general ha quedado con conceptos falsos aún sobre la identidad de los victoriosos y los derrotados.”

Pero al explicar eso, Cockburn hace la banal observación que son los reportajes dramáticos que captan la atención y los títulos. A notar esto, él mueve parte de la responsabilidad para los reportajes falsos e incorrectos de los periodistas hacia los editores. Pero eso en sí omite otra pregunta amplia relacionada al tema de qué tipo de persona se emplean en las organizaciones mediáticos de los países de la OTAN. Evidentemente, van a ser personas dispuestos a reportar desde dentro del marco ideológico dominante occidental a favor de la OTAN.

Cockburn alude a esta conclusión, pero sin hacerlo explícita, cuando él escribe que “las simplificaciones excesivas eran groseras y engañosas más de lo normal en Afganistán e Irak cuando se unieron a la propaganda política.” Y así procede a hacer un resumen compuesto de los acontecimientos recientes en Egipto y en Bahrein de una manera que los une implícitamente a los acontecimientos en Siria, como si todo fuera de algún modo homogéneo, solo porque todos los gobiernos de aquellos países usaban medidas de represión similares contra los disturbios que enfrentaron. Esta sugerencia contradice las propios advertencias de Cockburn contra las explicaciones fáciles de acontecimientos complejos.

Sobre Siria, Cockburn omite mencionar la relevancia de eventos muy importantes como las elecciones parlamentarias en Siria y su referéndum constitucional. Esta omisión rinde algo insincero su comentario que “las guerras irregulares o de guerrilla siempre son intensamente políticas y ninguna tanto como los raro conflictos con desarrollo esporádico que se desarrollaban después de 11 de septiembre 2001.” Da la impresión que él está observando desde afuera pero está hablando también de sí mismo. De hecho, son las omisiones en este artículo de opinión de Patrick Cockburn que definen la naturaleza esencialmente ideológica de su argumento. El nota de manera crítica, “La Historia – incluso la historia de sus propios países – no tenía nada a enseñar esta generación de radicales y revolucionarios aprendices.”

Así que habría sido razonable esperar encontrar alguna referencia a la experiencia en la década de los 1980s de países como Afganistán, Nicaragua, Mozambique y Angola. De igual manera, obviamente relevantes son los conflictos más recientes como los de la Costa Marfíl, de Somalia o de los paises de los Grandes Lagos Africanos. También , los países de la OTAN en años recientes han aplicado el mismo tipo de agresión de baja intensidad contra Haiti, Zimbabwe y Venezuela que usaron durante décadas en mayor o menor grado contra Irak, Libia y Siria. De hecho, Cockburn salta por encima de toda esta histroia tan relevante para citar antes de todo la relevancia de......los levantamientos europeos de 1848.

Cockburn distrae sus lectores por medio de simpáticas referencias a su propia experiencia en Irak, Libia y Siria, a la vez que vuelve a advertir contra la simplificación excesiva. Sin embargo, algunas cosas sí son extremadamente sencillas, como el mismo Cockburn comenta con respecto a Libia, “El enfoque mediático en las escaramuzas pintorescas distraía la atención del hecho central que Gaddhafi fue derrocado por la intervención militar de los EE.UU, Gran Bretaña y Francia.”·De la misma manera, los episodios agraciados de primera mano de Cockburn distraen sus lectores de la evidente conclusión que el gobierno libio fue más legítimo que la violenta oposición minoritaria. Lo mismo es cierto en el caso de Siria.

Sobre Libia, Cockburn menciona un par de ejemplos de la propaganda falsa pero omite que cada acusación occidental lanzada por los gobiernos, las ONGs y los medios de información fueron completamente falsos desde el inicio. Por ejemplo, los primeros incidentes en Benghazi de febrero 2011, lejos de ser principalmente manifestaciones pacíficas, incluyeron asaltos bien armados y planificados contra las bases de las fuerzas libias de seguridad ejecutados por rebeldes apoyados por numerosos terroristas extranjeros. Fue totalmente falso que “Gaddhafi” había masacrado manifestantes pacíficas. Tampoco fue verdad que el ejército libio empleaba mercenarios africanos.

Sin embargo ambas mentiras se incluyeron en la desgraciada Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que fue dejado pasar de la manera más vergonzosa por los diplomáticos de Rusia y China. Durante febrero y marzo del 2011, se generalizaron los linchamientos racistas por los rebeldes, atacando a los decenas de miles de trabajadores africanos atraídos a Libia por las generosas políticas del gobierno. Sin embargo, los medios occidentales no reportaron aquellas masivas violaciones de los derechos humanos y mucho menos lo que significaban en términos de la falsa revolución de los rebeldes. La Resolución 1973 llamaba a todas las partes al conflicto de trabajar por una solución pacífica. Pero alrededor del 19 de marzo cuando la Resolución llegó a ser vigente, los rebeldes rechazaron las negociaciones de paz porque sabían que los gobiernos de la OTAN habían decidido apoyarlos militarmente de manera directa.

De igual manera, ningún medio occidental cubrió de una manera comprensiva la humillación total de los países de la Unión Africana en sus urgentes esfuerzos de promover una tregua para facilitar negociaciones de paz. Desde un inicio los hechos fueron manipulados para facilitar las políticas agresivas occidentales y todo, incluso las políticas de cobertura mediática, fue dirigido hacia la guerra total, completa con deliberados bombardeos de blancos civiles, contra el pueblo libio. El cínico fracaso moral del Occidente jamás fue más evidente de parte de todos sus sectores, incluyendo la crema de su clase intelectual progresista neocolonial. Casi nadie entre los más destacados intelectuales y escritores occidentales, incluyendo Patrick Cockburn, alzaron la voz en contra de la agresión contra Libia.

Cockburn llegó a Tripoli en Libya después que la ciudad había caído frente a la ofensiva de las fuerzas de la OTAN y su aliado Qatar que permitió a los rebeldes pretender que fueran ellos que habían capturado la ciudad. En ese momento el sitio web alternativo Coutnerpunch publicó varios artículos por diferentes escritores, entre ellos Patrick Cockburn. Pero ninguno de estos escritores reportaban de una manera fiel el criminal genocidio de la OTAN contra los libios que seguían defendiendo su Jamahiria durante y después de la caída de Tripoli.

Tampoco dieron una justa cobertura al salvaje bombardeo de Bani Walid y Sirte o la compleja realidad de la actividad de la resistencia verde en lo demás del país. Por ejemplo, un reportaje extraño de Cockburn en Counterpunch repitió un rumor escuchado por Cockburn en Tripoli que fuerzas leales a Muammar al Gaddhafi se habían replegado hacia el Sur a la provincia de Fezzan y que iban a sabotear el suministro de agua hacia el norte de Libia. Ese reportaje falso después parecía desaparecer del sitio de Counterpunch sin ninguna explicación.

Pero indica la frívola complicidad de Patrick Cockburn y Coutnerpunch en la satanización de Muammar al-Gaddhafi. En ese momento, el dirigente libio acompañaba su ejército en Sirte, antes de su asesinato que dio tanto sádico placer a Hillary Clinton. Entonces, no sorprende de todo que cuando Cockburn vuelve a ofrecer otro ejemplo de la falsa propaganda contra la Jamahiria libia durante esa cruenta guerra, de nuevo el escritor omite a abordar el tema de la amplia duplicidad de los medios occidentales. En su lugar, elabora una débil y contradictoria coartada que busca exculpar a los periodistas por su cobertura de ese tipo de conflicto, una cobertura al servicio de la propaganda gubernamental de los países de la OTAN, o directamente o por defecto.

Este artículo de Patrick Cockburn demuestra que ignorar lo que es evidente puede ser todavía más pernicioso que mantener absurdas creencias falsas. Los reportajes de asuntos extranjeros por Cockburn no tendrían donde publicarse si él no aceptaba las reglas del juego del sistema mediático occidental, organizado para promover la guerra psicológica contra quienes los gobiernos occidentales perciben como el enemigo. Esta guerra psicológica está clara en los ataques de aquellos medios contra Hugo Chávez y Nicolas Maduro en Venezuela, contra la Revolución Cubana, contra Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, o contra otros dirigentes de América Latina.

El bárbaro mal de la destrucción por los países de la OTAN de Libia y de Siria, dos países árabes muy exitosas, se refleja también en el profundo fracaso moral de las y los intelectuales occidentales al no reconocer su complicidad en los crímenes de lesa humanidad de sus gobiernos. Individuos como Nelson Mandela y Hugo Chávez responsables de incuestionables transformaciones positivas en sus países, trataban a Muammar al-Gaddhafi como el gran estadista antiimperialista que fue. Todavía es dudoso si o no va a ser posible impedir un agresión directa de los bárbaros de la OTAN contra Siria, pero pase lo que pase, el lugar histórico de Bashar al-Assad también sera el de un gran estadista antiimperialista.

Las guerras en Libia y Siria han demostrado categóricamente el muy claro compromiso de la clase intelectual-gerencial del Occidente con las premisas neocoloniales fundamentales de sus gobiernos. En ese contexto, el artículo de Patrick Cockburn constituye una obra maestra de la evasión. Su publicación en numerosos sitios de los medios alternativos progresistas indica una ósmosis insidiosa entre aquellos medios y los grandes medios corporativos, una ósmosis que ha destruido casi completamente la consciencia antiimperialista políticamente eficaz en el Occidente.

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