Darío y la descolonización cultural

03 Marzo 2014

Por Francisco José Lacayo Parajón

La gesta del mestizo Rubén convirtió en metrópoli lo que hasta entonces era definido como periferia y, superando los collages imitadores, afirmó la autodeterminación cultural de nuestra América.

El español, que magistralmente renovó nuestro prócer, no es una lengua autóctona de los pueblos precolombinos. Rubén injertó en ella, como una yema, nuestras raíces patrimoniales milenarias, la enriqueció con nuestra diversidad  y con otras diversidades universales, clásicas y modernas, la recreó y la devolvió totalmente renovada a los pueblos hispanoparlantes.

La epopeya de Rubén elevó nuestra creatividad y nuestra diversidad culturales al rango de patrimonio universal y, al igual que los creadores y portadores del Güegüense y de nuestras culturas aborígenes, al igual las mujeres precolombinas que inventaron la hamaca, la tortilla y la piedra de moler, marcó, desde la nicaragüanidad, el patrimonio cultural, la diversidad y la creatividad de la humanidad.

Adelantándose más de un siglo al nuevo paradigma de cultura consensuado universalmente, Darío nos universalizó, sin atentar contra nuestra identidad, haciendo suyo el pensamiento de Publio Terencio "Homo sum, humani nihil a me alienum puto" – "Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno"-, principio definitorio y permanente de nuestra nicaragüanidad.

Esta gesta del prócer se realizó, no a pesar de ser nicaragüense, sino por ser nicaragüense.

En nuestro vate triunfa, en clímax de síntesis dialéctica, la fuerza creativa y universalizadora, que sólo el mestizaje cultural puede engendrar.

No es por casualidad que nuestro Güegüense del Pacífico y la Lengua, Danza y Música de nuestra Cultura Garífuna caribe han sido declarados recientemente por la UNESCO  Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, mientras todavía son subvalorados por intelectuales contemporáneos.

En 1821 nuestros pueblos firmaron el Acta de Independencia política, territorial y administrativa. Ha llegado el momento de que los pueblos del Sur, en continuidad con la gesta iniciada por Darío, prócer de la descolonización cultural, firmemos el acta de la independencia cultural.

Esta opción no es suntuaria, sino vital, para existir como nación, libre y soberana, en la era de la globalización.

Pero, en este momento de nuestra historia, antes de injertar en nuestras raíces la excelencia de las diversidades universales, debemos primero conocer, re-conocer y articular nuestras diversidades histórico-culturales internas.

Los múltiples rostros de la nicaragüanidad no se limitan al Pacífico o al Güegüence. Hay rostros de nuestra identidad en el Caribe, en los pueblos del norte y del centro de nuestro país. La política ante esta rica diversidad no pasa por un proceso de integración, sino por la sabia articulación de esas diversidades. Esa es la única Nicaragüita posible y deseable.

No  olvidemos  que,  hasta  1980,  se  desconocía  oficialmente uno de los rostros excelsos de la  nicaragüanidad, la Cultura Garífuna, inscrita, hace pocos años, en la Lista de Obras Maestras del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Por todas estas razones, es válido afirmar que  Darío no es sólo un quehacer pasado, sino el quehacer permanente de nuestra sociedad. Darío no es sólo el gran reformador de la lengua, él es también icono y paradigma en las grandes dimensiones del nuevo paradigma de cultura: patrimonio, diversidad y creatividad de la personalidad histórica de Nicaragua, de los pueblos hispanoparlantes y del mundo.

Es necesario repensar, desde el nuevo paradigma universal de cultura, lo que Darío significa en la lucha por la descolonización integral de los pueblos de Nuestra América.

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