Chávez, la democracia y la derecha

04 Marzo 2014

Por Edwin Sánchez

Siempre lo recordó con satisfacción. Cuando pertenecía a la oficialidad del Palacio Blanco, donde se hacen los actos de gobierno, hubiera querido estrecharles las manos y abrazar a los comandantes Fidel Castro y Daniel Ortega.

Ocurrió en la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez. Lo que hizo el entonces Jefe de Ayudantía del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, teniente coronel Hugo Chávez, en el pasillo del Despacho Uno, fue una parada militar "a los dos, porque venían para acá directo, los saludé, apenas nos vieron, éramos un grupo de oficiales".

Los líderes, vestidos de verde olivo, representaban las primeras revoluciones triunfantes en América Latina. ¿Qué fuerza les haría coincidir en el mismo punto de lo que sería un inédito vértice en el desarrollo de la historia?

El integrante de la 42 Brigada de Infantería Paracaidista, al cuadrarse militarmente ante ellos, por una admiración inalterable en el tiempo, saludaba acontecimientos venideros. En la cámara magmática de la nueva centuria americana estaba por surgir un volcán con la extraordinaria fuerza telúrica de los pueblos: la tercera Revolución.

Lector intenso, hombre de ideas inmensas, su papel en la historia cuenta con enemigos despiadados porque no fue obra de sus escuelas del pensamiento, tampoco una extensión de la tradición que ha saboteado el futuro de Nuestra América; no, fue un soldado que pasó del formato de las academias donde se entrenaban oficiales para proteger el orden de los desórdenes nacionales, a ser ejemplo que de ahí mismo, en aquel siglo de los Cuarteles sin Luces, pueden aparecer aprendices de Bolívar, Sucre, San Martín y Augusto C. Sandino.

Sultanato

La era de los dos partidos que se habían turnado en la IV República presentaba un cuadro que reducía la definición de "egoísmo" de la Real Academia Española a los pecados de cualquier mortal: "Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás".

Los académicos debieron redefinir "Egoísmo", para poder entender un poco al primer sultanato de América Latina en la Venezuela de Caldera, Herrera, Lusinchi y Cia. Un sultanato con sus propias historias de Las Mil y un Derroche.

Petroegoísmo: comportamiento desmesurado de la oligarquía al acaparar la colosal riqueza petrolera para importar desde agua de los países nórdicos, "mantequilla de Australia" hasta "arenques de Escocia" (Eduardo Galeano). El París de Givenchy, Chanel y Dior vestía y embellecía a la alta y plástica sociedad de Caracas, pero su élite no daba ni un trapito usado a los "niños color de mi tierra, con sus mismas cicatrices, millonarios de lombrices" (Alí Primera).

Galeano, quien vivió en esa nación en 1971, escribió: "Ningún país ha producido tanto al capitalismo mundial en tan poco tiempo: en medio siglo ha drenado una riqueza que (…) excede a lo que los españoles usurparon a Potosí o los ingleses a la India".

Inequidad para los de abajo, corrupción en las alturas; aplicación exclusiva de los ajustes económicos y sociales para los damnificados de la codicia organizada, y el olvido del pueblo como política de Estado. Frente a esa decadencia del alma, emergió el hombre de la Boina Roja.

Chávez se adelantó en 15 años a las palabras del papa Francisco dirigida esta semana a los obispos: por primera vez un gobierno en toda su historia acercaba la democracia "a los alejados". Al fin los excluidos de Venezuela se beneficiaban de la renta petrolera con ¡121 años de atraso!, desde que una compañía inauguró sus pozos en 1878.

Demócrata

En 14 años puso en pie el país patas arriba que le entregó a regañadientes la arrogante derecha, con transformaciones en las estructuras económicas y sociales para erradicar la expoliación: ya nunca se podrá hacer politiquería bajo aquel ripio que todavía en 1998 pomposamente llamaban "democracia".

La intelectualidad burguesa no concede ningún crédito al comandante Chávez. Se le acusó de "dictador", sin embargo no hay ningún partido de derecha ni líder del mundo Occidental que haya ido a las elecciones tantas veces como un pitcher en la temporada regular del mejor béisbol del mundo. De hecho, Chávez llevó la Democracia a las Grandes Ligas, liberándola de la mediocridad de sus antiguos usurpadores.

De 16 elecciones en fila, ganó 15 con su equipo socialista. Y como un versátil jugador en el campo, arrasó con las presidenciales, legislativas, referendos, comicios regionales y municipales, y siempre a una sideral distancia de su más cercano competidor: de 10 a 20 puntos porcentuales. Demócrata con dormida adentro, cuando perdió una, reconoció el triunfo ajeno, un ejemplo que se niega a emular la dirigencia radical de la oposición.

A los individuos poseídos por el odio, bombas molotov y otros demonios, que intentan reeditar el Golpe de Estado de 2002 con una infernal versión, corregida y aumentada, contra el presidente democrático Nicolás Maduro, la Prensa de Ocupación nunca les llama "turbas", sino "estudiantes, pueblo". No importa si matan la democracia.

Multiplicados por las portadas de la ultraderecha, menos de 20 mil en algunas calles donde demandan con violencia lo que no pudieron con los votos, son garúa en comparación con el diluvio chavista.

Millones de bolivarianos respaldan, con sus días despiertos de paz, una Revolución que se nutre en las urnas con los sueños del formidable cultivador de buenas voluntades, a quien sus enemigos nunca le perdonarán el haber vuelto al Kilómetro Cero de la Democracia para empezar de nuevo: el Poder del Pueblo.

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