Mayo 1927: Sandino y su capacidad de Fe

04 Mayo 2015

Por Edwin Sánchez.
¿Qué legión del mal rodeaba Nicaragua hace 88 mayos? ¿Por qué se cayó hasta la más degradante humillación no solo moral, sino nacional y físicamente? ¿Alguien podía generar otra realidad?
Tras firmarse el luctuoso Pacto del Espino Negro, promovido por Henry L. Stimson, enviado de Calvin Coolidge, ni el presidente vende patria, Adolfo Díaz, ni el próximo, José María Moncada, se dijeron una sola palabra. Y eso que el general de Masatepe declaró el 4 de mayo de 1927, día de “fiesta”.
No hubo abrazos, cuenta Carlos Cuadra Pasos. Nadie pronunció un fúnebre “hola”. Ni ellos, ni sus soldados. ¿De qué estaban construidas, o destruidas, aquellas almas?
El contraste es evidente. Augusto César Sandino, después de conocer la traición, se aparta de sus muchachos para que no lo vean llorar. No va a un lugar cualquiera. Busca, a falta de desierto, una elevación y así sube al cerro El Común, como los profetas del Antiguo Testamento. Ahí permanece en la más absoluta soledad durante tres días.
En aquel lugar inhabitado escuchó “una voz extraña” que le decía: “¡Vende patria!”. Es cuando rompe “la cadena de reflexiones” y se decide a luchar, documenta Gregorio Selser. No había razón para que los Estados Unidos “intervinieran en nuestros asuntos de familia”.
Su decisión tiene el sólido soporte de las elevaciones del espíritu y de los macizos del Centro y Norte de Nicaragua. En las alturas es que reescribe la patria en documentos, estrategias, crónicas, circulares, tácticas, manifiestos, cartas y combates.
Dice del general Moncada: “Con su palabra fácil trató de convencerme de una vez, respecto a la claudicación, diciéndome que sería una locura pelear contra los Estados Unidos de Norteamérica (…), que yo no podría hacer nada con trescientos hombres (…) a mi mando…
“Le dije que yo consideraba un deber morirnos o libertarnos. Que con ese fin yo había enarbolado la bandera rojo y negro simbolizando libertad o muerte”.
El otro espíritu se descubre. Moncada “sonrió sarcásticamente. Me dijo (…) en tono despreciativo:
‘No hombre… ¿Cómo se va a sacrificar usted por el pueblo? El pueblo no agradece… Esto se lo digo por experiencia propia… la vida se acaba y la patria queda… El deber de todo ser humano es: gozar y vivir bien sin preocuparse mucho…’”.
“Hágase la paz”
En la superficie visual de los hombres, el intento de Moncada de convencer a su subordinado contaba con demasiado respaldo. Cuadra Pasos en su “Historia de Medio Siglo”, citado por el historiador Adolfo Díaz Lacayo, (“Nicaragua: Gobiernos, Gobernadores y Genealogías”) narra que el coronel Stimson:
“Traía la misión de convencer a los nicaragüenses de que debían arreglarse para restablecer la tranquilidad pública. Si los nicaragüenses no le oían debería pronunciar categóricamente el fiat pax. Para repercusión de sus palabras, tenía a mano almirantes, generales, barcos de guerra y más de tres mil soldados yanquis en territorio nicaragüense”. Olvidó los primeros aviones artillados del mundo.
En ese mayo de sacuanjoches, de las iniciales lluvias, allá, rozado por las nubes, el guerrillero asume dos compromisos de amor que se desenvuelven en una asombrosa armonía de acontecimientos: Nicaragua el 4 de la Dignidad Nacional y  el 12 de su resolución en Yalí, de enfrentar a los invasores; el 18 su boda con la mejor alegoría de pureza en el nombre de la tangible Blanca Aráuz, ¡y en el mismo día de su cumpleaños 32!
Con su fe movería las montañas de la realidad para componer otro 4 de mayo distinto al que ensuciaba el calendario: “Es día de fiesta nacional  porque fue ese el día en que Nicaragua probó ante el mundo que su honor nacional no se humilla; que le quedan todavía hijos que con su sangre lavarían la mancha de los demás”.
Sandino lanzó doce palabras que ordenaron más que un símil, una visión literal: “Moncada negoció al ejército liberal como a partida de ganado en Tipitapa”.
New York Herald Tribune recogió el presagio: cinco mil soldados de los dos ejércitos enfrentados, marchaban en harapos y descalzos  para recibir los 10 córdobas prometidos. Muchos sufrían de mala alimentación, fiebres, heridas y otra clase de penurias.
Cuadra Pasos refuerza: “En verdad que fue lamentable aquel desfile de soldados de divisas verde y roja, arriados (arreados) por las calles de Managua por los marinos americanos. Los que vieron aquella humillación de seguro no aman a Nicaragua sino odian desde entonces la guerra civil. El plan Stimson no terminaba con esta paz impuesta. Se proponía preparar los instrumentos de una nueva política”.
¿De qué estaba hecho Sandino que podía moverse de lo posible a lo extraordinario al grado de  trasladar la historia nacional del crepúsculo al alba?
En vez de ser “espoleado” igual que la recua de políticos tradicionales y sus soldados en 1927 ¿cómo es que se dio el lujo de ser él quien en 1933 derrotara y arreara de Nicaragua al ejército más poderoso de toda la humanidad?
Dios habrá puesto a este hombre con luz y fe sobre un país abatido por las huestes de la oscuridad y del no-se-puede.
Tamaña herencia no la posee ninguna otra formación política de Nicaragua, solo el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Esta enorme responsabilidad histórica del sandinismo no la han evadido el comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo.
Con luz y con fe es que deben arrearse el atraso, la pobreza y el no-se-puede que ha padecido la nación a lo largo de su existencia.
Luz revelada en “un pensamiento inquieto y profundo”, en quien bullía “el eterno deseo de saber”,  testimonió el vasco Ramón de Belausteguigoitia.
Porque la clave para no retroceder a las “páginas fatales de la historia” está en la educación y su santo remedio contra el subdesarrollo: la construcción de la sociedad del conocimiento.
 “…saber, aprender, ¡eso siempre!”, exclamó Sandino.
Y la “capacidad de fe”, tan admirada por Belausteguigoitia, que facultaba al niquinohomeño disolver las fronteras de lo imposible: su certeza en la “alta obra por realizar”.


 

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