La era de las Inocencias y los Simplicios se acabó

26 Mayo 2015

Por Edwin Sánchez.
I
No es responsable que algunos asuman, desde determinadas posiciones políticas, ornamentadas de religiosidad, que “x” confesión representa al pueblo y constituye su exclusiva voz.
Una institución por ser tradicional puede ser parte del pueblo, pero no es todo el pueblo. De Benito Juárez comprendemos que el respeto a la creencia de los demás  –y a la incredulidad ajena–  es también la paz.
El mapa religioso de Nicaragua dejó hace muchas lunas de ser estrictamente monocromático. Antes, una mayoría rezaba y  a sus hijos les tocaba cargar la pesada cruz onomástica del santoral: Emeterio, Tiburcio, Venancia, Serapio, Agapito, Olegario, Eduviges, Atanasia. Ahora, ya no hay joven que se llame Chevo ni Chona, (Eusebio o Encarnación). La era de las Inocencias y los Simplicios se acabó.
En la actualidad muchos oran, dialogan con el Señor, y una nueva generación se llama Jonatán, Josué, Nohemí, Ruth, Samuel, y otros Gerlis, Rudy, Ahmed, Ingrid, Andy, Yaosca, Stephanie, Amy, Kevin, Karen, Junior…
Ayer solo las procesiones movilizaban, hoy, cruzadas y campañas evangelísticas nutren calles y plazas. Como cantaría Mercedes Sosa: “Cambia, todo cambia…”.
Pretender que el siglo XX, con sus viejas facturas del XIX, se quedó estacionado en nuestro país, que las antiguas estadísticas están bien conservadas en formol, mientras el resto del planeta gira vivo con sus colores y amaneceres, es ir en contra del desarrollo y del sentido común. Nicaragua no se puede sustraer a esas formidables transformaciones, muchas de ellas espirituales.
La misma Iglesia Católica no es un bloque monolítico, a pesar de los esfuerzo del papa Francisco de ir en una admirable dirección. En este nuevo camino, que a muchos ha sacudido sus conciencias y han vuelto sus ojos a Roma, el Papa de los cambios enfrenta la resistencia de la vieja guardia, estamento vetusto que no solo padece Ciudad del Vaticano.
El Papa soltó esta confesión en la homilía matutina de Santa Marta, el 21 de mayo: “Jesús sabe que el espíritu del mundo es un espíritu de división, de guerra, de envidias y de celos, también en las familias religiosas, también en las diócesis, y también en toda la Iglesia: es la gran tentación”. “Esa que lleva – dijo el Papa – a las habladurías, a etiquetar, a tachar a las personas”.
Esos religiosos contaminados con “el espíritu del mundo”, descritos por Francisco, no tienen la paz ni la humildad del Rabí de Galilea, porque cuando hablan, de suyo hablan.  Puesto que sus palabras, mejor dicho sus habladurías, cuentan con un abierto énfasis político, ciertos dueños de partidos y medios que se presentan como el primer coro de serafines delante de Dios, ocupan estas acusaciones para tirar la primera piedra, etiquetando y tachando a las personas.
Con “odios de campanarios”, como diría Rubén Darío, no se construye un mejor país.
II
En los cenáculos del pensamiento conservador tradicional, albarda sobre aparejo, todavía veneran a una Nicaragua decimonónica, pero sin el ilustrado “estorbo” de Zelaya.
En ese desfasado imaginario, no conciben que las iglesias evangélicas hayan crecido exponencialmente en las últimas tres décadas o que una buena parte de la sociedad se identifique con el sandinismo y no tanto con los sobrevivientes y viudos de las paralelas históricas.
Trancar puertas y calendarios a los nuevos vientos y tiempos, con los rancios paradigmas del pasado, es una deformación.
De acuerdo a M&R, la Iglesia Católica contaba con un 51.4% de fieles en marzo de 2015;  los evangélicos el 34.5%.
Esto representa un bajón. La agencia Efe detalló en febrero, basada en desactualizado datos oficiales: “Nicaragua es un país habitado principalmente por el cristianismo, en donde el 58.5 % de la población dice ser católica, un 38 % evangélica”.
Con cualquiera de las referencias porcentuales, algo es claro: ninguna de estas dos iglesias puede caer en la tentación autoritaria y excluyente de presentarse como “el pueblo” y ser su “sagrada voz”. Pueden hablar en nombre de sus congregaciones, pero no a título de la vasta sociedad.
El pueblo está compuesto, además, por otras corrientes y denominaciones. Hay testigos de Jehová, adventistas y mormones. Aparte, están los musulmanes.
También existen ateos, agnósticos y creyentes sin afiliación específica. Y hay, porque los hay, nicaragüenses esculpidos por el Yoga en sesiones de Ashtanga, Kundalini, Hata Flow y Jivamukti, para “despertar y liberar energías”.
Ninguno de los sacerdotes, pastores, oficiantes, imanes, fieles, practicantes, gurúes, etc., de esta variedad de religiones, credos o filosofías de la vida, han encontrado en Nicaragua, con el Gobierno Sandinista, impedimentos para entregarse a los diversos menesteres del alma.
Tampoco ninguna romería, fiestas patronales o cruzadas evangélicas han sido obstaculizadas, al contrario, la Policía ofrece protección a la libertad de culto y de pensamiento.
Que alguna de estas devociones al exponer sus puntos de vistas sobre determinada situación lo haga como si representara a la totalidad, pasando por encima del resto de prójimos, contradeciría a la piedad y no se podría contar como auténtico acto de amor y compasión.
Corresponderá a cada quien entrar en la senda de la verdad, y ver la realidad que no depende de decretos ni de documentos pastorales.
Las verdades no se imponen, mucho menos la Verdad de Cristo.

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