Soberbia sobre ruedas

25 Junio 2015

Por Edwin Sánchez.

I

Carl Benz y Henry Ford fueron los progenitores de la industria automotriz. Se suponía entonces que la civilización rodaría mejor y moderna a bordo de uno de los principales símbolos del siglo XX: el automóvil.
Por desgracia, el aparato manufacturado originalmente para facilitar la vida, trasladar a la gente de un lugar a otro, se convirtió para no pocos en un arma de perdición. Ni los fabricantes ni la era de los adelantos científicos pudieron desarmar al salvaje que algunos llevan dentro.
El invento mecánico se constituyó así, en manos de tales espíritus, en un vehículo de la vanidad y la soberbia, produciendo, con esa mezcla mortífera, la irresponsabilidad que ha provocado tantos muertos y heridos como las guerras. ¡Y si le agregamos el alcohol!
La Organización Mundial de la Salud, OMS, nos confirma que “cada año se producen cerca de 1,24 millones de muertes por accidentes de tránsito en las carreteras en todo el mundo”   y “entre 20 y 50 millones de personas sufren “traumatismos no mortales”.
Por supuesto, no todo el que conduce un automotor, lo hace como una anómala extensión de su temperamento. En términos generales, no tendrá problemas con la Policía de Tránsito. Pero otros, honorables ciudadanos, ¡ay Dios!, con solo tocar el timón borran de sus mentes la cortesía.
Algo sucede con la personalidad del individuo necesitado de una carrocería como segunda piel para exhibirse de cuerpo entero: los cambios parecen cambiarle su mansa biografía; el acelerador le acelera un deseo de dominio que no hay freno que lo detenga ni semáforo que lo calme, y la velocidad –una droga peligrosísima– le proporciona lo que otros estimulantes no ofrecen.
Hemos visto a estos sujetos, conocidos o no, transfigurados en siniestros personajes. El devoto que va a misa o hasta predica en un culto, ya al volante se olvida de quién es, y asume una identidad desconocida, solo que no la de Peter Parker para ir a salvar el mundo como el Hombre Araña. No, a este no le importa el mundo. De hecho es un anti héroe. Una verdadera amenaza pública.
Y así como el callejón oscuro se torna en un escenario idóneo para el asaltante dispuesto a violentar la ley, las calles y las carreteras se vuelven en la irresistible tentación para hacer lo mismo, solo que con la “elegancia” de un bien aceitado ego.
El malhechor lo hace premeditadamente, pero, y he aquí la pregunta de los 60 mil: nuestro honesto conductor –o la señora adrenalina, porque esto no es asunto de género– ¿estará consciente o no de su extraña metamorfosis?
Si ya el particular miembro de la especie descrita de por sí constituye un atentado con licencia, ¿qué no se podrá decir de los señores que están al frente del transporte colectivo?  
Por supuesto, no todos los choferes son irresponsables. Pero el solo hecho de no respetar la bahía en la ciudad capital o de impacientarse con un adulto mayor, ¿qué nos indica?

II

¿Y qué de las cooperativas del supuesto transporte “expreso” interlocal? Utilizar el concepto Cooperativa, ya entraña estimables valores. Solidaridad. Unión. Trabajo. ¡Lindos son los lemas de estas organizaciones! Parecieran iglesias laicas, con un par de pinitos por campanarios.
La Cooperativa de Transporte, según Wikipedia: “es un grupo de conductores o choferes, pilotos que deciden trabajar directamente en forma organizada y conjunta para prestar un servicio eficiente a la comunidad, a través del transporte de personas o cargas”.
La realidad, sin embargo, es triste. Claro, como en todo, no todos. A lo largo de los años, muchas víctimas hay, incluso, muertos, producto de este “servicio eficiente a la comunidad”.
A ciertos conductores no les importa romper las marcas de sus velocímetros entre Managua-Carazo; Managua-La Concha-San Marcos. Son apasionados a jugar la ruleta rusa vial, adelantando en cuestas y curvas con doble raya amarilla y abismos a los lados. La única “consideración” para los pasajeros es el pago de la tarifa: incluye un “tour filosófico” de lo pasajero que somos en esta tierra.
Prácticamente estos señores –de nuevo, no todos– viven en una república aparte, degradando las carreteras, concesionadas por el Ministerio del Transporte e Infraestructura, en corredores de la muerte. Y para colmo, algunos hasta cuelgan en el retrovisor una banderita rojinegra o la efigie de Sandino. ¡Qué manera de manchar al FSLN!
La exposición de personas al peligro es una constante y las autoridades encargadas de regular los “servicios” que prestan, en los tramos aludidos, parecieran no darse cuenta de que ahí reinan los bárbaros del manubrio.

III

Hace años, uno de estos conductores temerarios tomaba el vehículo desde la terminal como si les hiciera un favor a los indefensos usuarios: cualquiera diría que llevaba sacos de papas y canastos de papayas.        .
Cuando le tuvieron un bebé, se transformó. Ya conducía como un ser humano prestando un servicio a otros seres humanos. Ahora había quienes le esperaban en casa. Ya no era un desesperado más con un plomo por pie sobre el pedal del acelerador.
Y aquellas pobres almas secuestradas por la irresponsabilidad de choferes como este, dejaron de ser canastos de papayas: habían sido ascendidas a personas, a papás y mamás. Otros recuperan sus estatus de estudiantes con padres que en la noche estaban pendientes del regreso; unos más volvían a ser trabajadores con esposas y empleadas con familia.
¡Hasta que gozó de la experiencia de ser padre, aquel “humilde obrero del volante” se graduó de buen chofer! Pero, ¿era por ellos o solo por su criaturita?  
Es loable el Plan Especial de Mejoramiento del Tráfico Vehicular, que se extendió a 15 departamentos de Nicaragua. Y digno de destacar lo dicho por el Comisionado Mayor, Roberto González Kraudy, jefe de la dirección de Tránsito: “Cada acción que se realiza para concientizar a la población debe de verse como una cruzada nacional por la vida”.
Mas no todo es tarea de nuestra Policía Nacional. Si los conductores –hombres honrados, no se duda de ello– como los aquí reflejados no abandonan la arrogancia, la temeridad y el desprecio por la seguridad del prójimo, nuestras calles y carreteras serán un mundo peor que el jurásico.
El filósofo Joseph de Maistre, recordado por Rubén Darío, quizás nos ayude a explicar el comportamiento de estos seres con su inobjetable radiografía del corazón:
“No conozco la conciencia de los criminales; conozco la de algunos hombres honrados y es espantosa”.
 

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