Origen de la Salutación del optimista

02 Febrero 2016

Por Álvaro Enrigue, escritor mexicano. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Publicado en el diario El Universal, de México, el 19 de febrero de 2011.

Sobre lo que hay consenso es sobre el hecho de que Rubén Darío produjo la "Salutación del optimista" completamente borracho, pero hay versiones contradictorias sobre cómo lo hizo. Todo el mundo conoce el poema, o cuando menos su delirante primer verso: "Ínclitas razas ubérrimas, sangre de España fecunda".

El hecho no es importante por lo que tiene de pintoresco y divertido, sino porque es a partir de entonces que se abre definitivamente el campo de la poesía en español para todas las maneras imaginables de la experimentación formal. La "Salutación" es un poema directamente imposible, tan imposible y perfecto que el sistema de cuenta de sílabas no alcanza para explicar cómo está construido y por qué es armónico. Los versos de aliento latino de 16 sílabas en que está escrito a menudo o no juntan o rebasan ese número, pero funcionan porque está escrito por intervalos melódicos –una forma de organizar poemas en español que nadie había utilizado desde el siglo XIII y que no queda claro cómo fue que Darío resucitó.

La escritura del poema supuso una epopeya personal: Rubén Darío, de regreso en Madrid después de muchos años en París, tiene una lectura en el Ateneo que supone su coronación como el mayor poeta vivo de la lengua. Su entusiasmo ante el evento es tal, que promete estrenar un poema que va a revolucionar la manera de escribir en español. Para su desgracia y nuestro beneficio, justo después de hacer esa promesa, un grupo de parientes de su segunda mujer –con la que nunca convivió y que le chupó tantísima sangre que una vez muerto trató de vender su cerebro a un circo– llegó a instalarse en su departamento de la calle de Veneras 4 en Madrid: un entrepiso pequeño y más bien agobiante. El poeta se bloquea y se tira al alcohol para sobrevivir a la circunstancia. Todo Madrid se preocupa y lo visita y le pregunta por el poema en su casa o cuando lo ve por los bares con su whisky y sus mariscos –la dieta Darío. A todos les responde lo mismo: no puede escribir con esos trogloditas en casa.

Es raro que la historia ofrezca una fotografía precisa del momento en que un poeta de consideración hizo un surco en el mundo. Recuerdo el testimonio emocionado de Juan José Arreola en su Vida contada a Fernando del Paso, en el que relata cómo vio a Neruda en el balcón de su hotel en Guadalajara, pensando un poema que leyó ese mismo día. En el caso de la "Salutación" hay dos testimonios. Uno del pésimo poeta pre–vanguardista Vargas Vila, que iba leer en el Ateneo como cortinero de Darío.

Cuenta que un amigo común fue comisionado para resolver el bloqueo, "resuelto a emplear todas las fuerzas, no espirituales, sino espirituosas que fueran necesarias para vencer la indolencia del Poeta... el efecto de esas fuerzas fue lento, pero completo; a las dos de la mañana, entró en ese grado de sonambulismo lúcido que marcaba los momentos álgidos de grande inspiración; silencioso, grave, como siempre que entraba en ese estado, se puso a escribir; dos horas después leía el poema a sus amigos, conmovidos y atentos".

Juan Ramón Jiménez, sin duda el discípulo más avezado de Darío y que en marzo de 1905 estaba en Madrid, tiene otra versión de los hechos. Dice que es cierto que el poema estuvo listo hasta la noche justo anterior a su lectura y que fue escrito en condiciones guerreras, pero de un modo más pausado. Según él, el nicaragüense se lo dictó a su secretario al ritmo graso "de dos hexámetros por noche", después de ocupar las tardes que le antecedían al dictado en agotar una botella de whisky completa a traguitos de una onza.

Salutación del Optimista

Rubén Darío

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,

espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!

Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos

lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;

mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;

retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,

se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,

y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron

encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,

cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,

la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

 

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba

o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,

ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,

mientras dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,

del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,

digan al orbe: la alta virtud resucita,

que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

 

Abominad la boca que predice desgracias eternas,

abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,

abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres

o que la tea empuñan o la daga suicida.

Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,

la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;

fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,

y algo se inicia como vasto social cataclismo

sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas

no despierten entonces en el tronco del roble gigante

bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?

¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos

y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?

No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo

ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,

la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,

que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,

ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,

tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

 

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos:

formen todos un solo haz de energía ecuménica.

Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,

muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.

Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente

que regará lenguas de fuego en esa epifanía.

Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros

y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,

así los manes heroicos de los primitivos abuelos,

de los egregios padres que abrieron el surco prístino,

sientan los soplos agrarios de primaverales retornos

y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.

 

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,

en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,

ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura:

en un trueno de música gloriosa, millones de labios

saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,

Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva

la eternidad de Dios, la actividad infinita.

Y así sea esperanza la visión permanente en nosotros,

¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

 

(*) Publicado en su libro Cantos de vida y esperanza, en 1905.

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