Un siglo de eternidad

17 Febrero 2016

Ciudad de México. Por Alberto Paredes, revista Proceso.

En una lengua de enormes poetas (del arcipreste de Hita a Sor Juana, Góngora y Quevedo, de Díaz Mirón y Silva a López Velarde, de Juan Ramón y Lorca a Neruda, Borges y Paz…), el nicaragüense es quizá el latinoamericano más reconocido. No llegó a los 50 años. El sábado 6 de febrero se cumplió el centenario de su fallecimiento. Alberto Paredes –uno de los académicos especializados en la obra de Darío que prepara una nueva edición de sus cuentos juveniles para el Fondo de Cultura Económica–, escribió el siguiente perfil.

Eran las diez y cuarto de la noche del domingo 6 de febrero del año bisiesto 1916 cuando el mortal que en vida se llamó Félix Rubén García Sarmiento se despojó de carne, diablo y mundo; sucedió en León de Nicaragua, pues como los elefantes, los grandes felinos y otros animales regios volvió a sus orígenes para exhalar el último suspiro.

La catedral de León se honra en albergar sus restos mortales en un pilar derecho. Esa noche, como dicen nuestros hermanos nicaragüenses, murió el hombre y Rubén Darío inició su inmortalidad. Desde el fin del siglo XIX hasta al menos la fiebre del "estructuralismo de izquierda" de los años 60-70, ha sido denostado y se ha escatimado o incluso negado su importancia. La calidad de su obra, la trascendencia de su ejercicio literario son la respuesta incontrovertible a esas diatribas. Invitemos a los lectores de Proceso a recordarlo.

El poeta

¿Podemos imaginar la cultura en español –que no sólo la literatura– sin los aportes decisivos de las vanguardias (Huidobro y Vallejo), de Borges y Neruda, de los mexicanos Contemporáneos y aun los peninsulares miembros de la generación del 27? ¿Es posible, en nuestros días, el acto de imaginar en español sin el llamado boom hispanoamericano cocinado en Barcelona, sin Onetti, Rulfo, Carpentier y otras pocas estrellas de tan gran dimensión? Pues bien, todos ellos, incluso en sus periodos de necesario y ritual parricidio cultural, testimonian su admiración a Darío.

Pero no es sólo un "culto a la figura", pues la iconoclastia es parte de la evolución cultural, es algo que rebasa al "vate de Metapa", al "Mozart de León", como se le llegó a motejar. En efecto, el trayecto de los siglos XVIII y XIX fue un viacrucis para nuestra sufrida lengua. Lo mejor de su fuerza y belleza expresivas se habían vulnerado a tal grado que sólo unos cuantos esforzados (Feijoó, Cadalso, Moratín, Larrea, Avellaneda, Bécquer) lograban mantener viva la llama de la lengua que conocía su peor atonía antes de mil años (edad tan juvenil para las lenguas).

Yendo del pasado inmediato al pretérito, el boom y la narrativa posterior de ambos lados del Atlántico, las generaciones de medio siglo, la generación española de 1927 (y aun los maestros del 98 decimonónico), los Contemporáneos mexicanos y también las vanguardias irreverentes y amantes del furor expresivo son inimaginables, imposibles, sin el modernismo. La elocuencia aliada a la suntuosidad expresiva que gozamos en Silva, Martí, Gutiérrez Nájera, Del Casal, Herrera y Reissig, Lugones, González Martínez, López Velarde significan una resurrección de lengua, la más importante que el español ha experimentado.

Y el modernismo sin Darío... no podemos siquiera hacer el esfuerzo de abstracción e intentar imaginarlo. Cierto que no fue el iniciador, que él apenas estaba naciendo y en sus primeras letras infantiles, cuando sus mayores hispanoamericanos ya habían retribuido con creces el don recibido e impuesto de "hablar castilla". En la misma medida histórica es cierto que las dos apariciones de Azul... (1888, 1890) fueron la primera medalla de oro –si el símil olímpico se me permite–, que los países americanos le dieron a la lengua. Hay un modernismo antes de Azul… y otro después.

Todos los antecesores mencionados supieron que con ese color aportado por el nicaragüense, estaba ganada la primera gran batalla. Él mismo dijo con firmeza en 1896:

"Y la primera ley, creador: crear. Bufe

el eunuco. Cuando una musa te dé un

hijo, queden las otro ocho encintas."

Fertilidad y prohijamiento que no han tenido fin.

Cuando el siglo XX se preparaba para nacer, siglo que significó uno de los mayores retos a cualquier tipo de artista para expresarse, para responderle, para mantener vivo el espíritu humano, Darío ya había fecundado la lengua en que estas palabras están escritas con la poesía de Prosas profanas (segunda edición en 1901); en 1905 publicó Cantos de vida y esperanza y en 1907 El canto errante. En nuestro tiempo de "mercadotecnia del libro" y de ediciones digitales que aparecen a nuestros ojos con el vértigo de un clic, léanse al azar cinco o diez de esos poemas para constatar la juventud expresiva de Darío, su capacidad de cantar, gozar, sufrir, meditar… de vivir la aventura humana en las palabras del verso en español.

Cincuenta años después de la muerte del Cisne Darío, el gran filólogo Tomás Navarro Tomás (TNT) pudo culminar sus estudios con su Métrica española. Acaricio mi ejemplar, leo con los dedos:

"Mientras que la escala métrica de Les Djins, de Victor Hugo, no abarca más de ocho tipos de versos [es decir, poemas en medidas silábicas ascendentes], la de la Noche del insomnio y del Alba, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, alcanza hasta quince. En ningún poeta francés, parnasiano o simbolista, se registra un repertorio de metros y estrofas tan extenso como el que Rubén Darío practicó".

No es exagerado decir que el gran saber sobre arte del verso que cristaliza TNT es una pareja natural que hace bodas celestes con la obra dariana: el uno es el enciclopedista filológico y métrico, el otro es el supremo oficiante. Uno nació para contar y el otro para oír y comprender. Cuando aún no acababa de dar sus frutos el estilo modernista ya Huidobro, Girondo, Vallejo y otros jóvenes desmontaban completamente tan soberbia arquitectura verbal. Nosotros podemos constatar que no puede haber parricidio sin padre ejemplar. La música irregular e intensa de las vanguardias debe mucho al extraordinario magisterio sonoro con el que los modernistas les pasaron la estafeta.

Ciertamente, el artificio métrico no basta para hacer que el poema sea arte en el mayor sentido, pero no desdeñemos dos cosas: no basta escribir en renglones disparejos para hacer poesía y que el espíritu humano se exprese ahí; la destreza de cada cual en su oficio es de suyo un espectáculo digno de contemplación y reverencia. Permítaseme un capricho: en mi pequeña biblioteca me digo que las tres más deslumbrantes y encantadoras aliteraciones de nuestra lengua son obra de Garcilaso de la Vega, san Juan de la Cruz y el Divino Rubén.

Las menciono en orden ascendente:

"en el silencio sólo se escuchaba/

Un susurro de abejas que sonaba".

"un no sé qué que queda balbuciendo".

"que desdenes rudos lanza bajo el ala,/

bajo el ala aleve del leve abanico".

El cronista y el periodista cultural

Afortunadamente la segunda mitad del siglo XX ha visto que una serie de estudiosos se esmeren en organizar y establecer la inmensa cantidad de textos periodísticos darianos. La caravana pasa, Los raros, España contemporánea, Peregrinaciones, son algunos de los títulos que él mismo reunió, a partir de un acervo mucho más amplio que a nuestros días sigue sin agotarse. Darío pertenece al tiempo en que llegó a nuestra lengua una invención digna del aprendiz de brujo: la producción y circulación masiva de la prensa. Diarios, semanarios, revistas mensuales proliferaron con una alegría que hoy se ha vuelto saturación e intoxicación global.

Una gran cantidad de los ingresos de Darío, seguramente más de la mitad, provenía de sus incesantes y multiplicadas colaboraciones periodísticas. Él fue parte nada menor de un fenómeno: el que un país hispanoamericano por primera vez rivalizara con la penetración de su diario con los de la ex metrópoli peninsular: La Nación bonaerense. Desde sus páginas y desde las de otros órganos Darío desarrolló una mirada crítica impresionante sobre el limbo frágil que era la Belle Époque. En ocasiones se habla de su excesiva admiración por Europa, particularmente por Madrid y sobre todo París.

Sus colaboraciones rezuman conciencia de que la burbuja de champagne se estaba esfumando irreversiblemente en el aire nocturno de las fiestas galantes, de los bares de escritores y de los barrios bajos urbanos. Darío supo que París agonizaba, que estaba amenazada de sombras malignas; lo supo tan bien como los mejores cronistas franceses con quienes se codeaba, tan bien como lo había sabido Baudelaire... y como nosotros lo sabemos hoy con una Ciudad Luz bajo severa vigilancia temerosa de nuevos ataques terroristas. Darío anuncia el lado oscuro de la modernidad:

"Jamás el ser humano ha sido menos ángel; jamás ha sido más bestia fiera. Y esto con automóviles, con telégrafos sin hilos, con cinematógrafo, con la omnipotencia de la máquina en la industria y del oro en todo". (Parisiana, 1907, p. 218)

Una obra como Los raros sigue siendo un libro faro. Escribir semblanzas literarias de un puñado de figuras combinando personalidad con obra. Es un libro de triple valor: refleja el ideario de este particular autor hispanoamericano, el tipo de figuras que admiraba y bajo quienes se modelaba; los ensayos sobre cada autor son penetrantes y pertinentes, empiezan a ser un modo de relacionarse con ellos en un diálogo al tú por tú entre alguien que escribe en español americano y esas figuras occidentales; se atesora algo muy útil para la historia de las ideas en nuestro continente pues Darío era, más allá de sus gustos personalísimos, una encarnación del nuevo escritor hispanoamericano.

El cuentista

Cuentos fantásticos, cuentos realistas, costumbristas, poemas en prosa con anécdota mínima, estampas y divertimentos; ¡influencia de Poe, de Musset y Mendès, de Zola y Maupasant! A quienes quieren imaginar un Darío satanizado por sus borracheras y caos nocturno, habría que ponerlos a leer una amplia antología tan rica como el abanico de sus recursos y preguntarle… ¿a qué horas?, ¿cuándo, cómo? Quienes lo leemos no dejamos de sorprendernos, no sin exasperación, de su capacidad de estar al día y de canalizar tantas influencias y obras dispares.

Ciertamente Darío, todavía en tiempos de don Ricardo Palma, ingenió unas "Albóndigas del Coronel" que es una encantadora tradición a la manera del maestro, color local manejado con gusto y humor, los episodios corren con agilidad, el coronel latinoamericano se muestra sonriente en este divertimento. Claro, en hablando de militares y armas... los mexicanos no podemos dejar de recordar que la narrativa de ficción sobre la Revolución mexicana tiene por texto fundador (o uno de los fundadores) "Huitzilopoxtli" de… ¡Rubén Darío!, aparecido tan temprano como el 5 de junio de 1914. El cuento invoca el atavismo azteca y sus dioses ominosos, la frontera norteamericana, el ascenso del carrancismo, el declive de Pancho Villa… de modo que autores de "lo mexicano" como John Reed, D.H. Lawrence, Eisenstein, los propios Pacheco y Fuentes tienen un iluminado ancestro en el incansable polígrafo cosmopolita nacido en Metapa.

Volando de uno en uno por sus géneros cuentísticos, "El fardo" es con gran probabilidad la primera obra maestra en el cuento moderno hispanoamericano, aquel que ingeniaron Chejov, Poe y Hawthorne y que en inglés se llama short story. La maquinita perfecta de contar un suceso atroz o banal en la que todas sus partes son dientes y ruedas del mismo engranaje impecable de palabras que activan un suceso como bomba de tiempo, tan regido por su unidad que hubiera hecho las delicias de Aristóteles.

El diplomático

Agradezcamos a Jorge Eduardo Arellano la posibilidad de citar:

"El elemento constitutivo de la ciencia de la diplomacia es el conocimiento de las diversas manifestaciones de los gobiernos, el examen de los regímenes nacionales, y la medida exacta o aproximada de las tendencias que se advierten en la dirección de un Estado". Más adelante: "El estudio de la diplomacia es de absoluta necesidad en el seno de un pueblo. Nada hay tan sagrado como la tarea de formar vínculos fuertes, sostenedores de la armonía entre las naciones. De aquí el progreso y movimiento de nuestras transacciones: el bienestar y ser de las sociedades".

En efecto, Darío tuvo también como modus vivendi diversas carteras diplomáticas para diferentes países hermanos. Escritores y artistas hay que se desempeñan de forma poco relevante en su cargo diplomático a fuer de entregar, mediante ese sustento, una obra personal que en el mejor de los casos honra a su país. Para quienes piensen que es el caso de Darío, mediten simplemente que este ideario aparecía el 2 de octubre de 1883 ("La diplomacia" en La Voz de Occidente, de León): "apenas tenía 16 años, 8 meses y 14 días de edad" –nos recuerda Arellano. Algo sabemos ya y percibimos que se esmeró en dar a sus cargos dignidad y protocolo, más allá del panorama revueltísimo que eran a la sazón las incipientes repúblicas americanas, y más allá incluso de los erráticos apoyos y pecunios que se le brindaban. En la historia de las figuras culturales que se han desempeñado como diplomáticos, Darío debe estar presente. Ha de investigarse mucho más en los archivos oficiales y particulares esta vena para seguir construyendo el retrato completo del poeta que tuvo una innegable vocación americanista en su obra literaria y en su desempeño internacional.

La figura literaria

Bohemio y padre literario. Fue ambas cosas. En el siglo XVIII se gestó pero en el siguiente se consolidó una figura del imaginario colectivo: el escritor como criatura nocturna. El vagabundo profesional, el hijo lunar, saturnino, de la musa. Noches de ajenjo, vino, aguardientes, pero por qué no de champagne y whisky exquisitos... todo lo que va a dar a la redoma del espíritu inspirado del artista. Esas correrías producirán el parto de poemas deslumbrantes porque ven lo que el común de los mortales (burgueses, obreros y patrones morigerados) tiene vedado tras negras cortinas de misterio. Darío lo fue, sus maestros Poe, Baudelaire y Verlaine le pusieron el modelo. Muchos modernistas también lo fueron (con él y a veces por imitarlo). Sí; y la gran cantidad de sus escritos en tantos géneros evidencian un control de pluma y una cultura tan rica que... ¿a qué horas y cómo? Su obra es un testimonio de viaje oscuro y de anhelo de luz celeste.

Con frecuencia se sigue atribuyendo a Jorge Luis Borges el mérito de ser el primer escritor hispanoamericano que se sintió instalado, él también, en el centro de la cultura Occidental; tanto como si estuviera en New York o Londres o París o al menos Madrid o Barcelona. Claro que Borges lo hizo, pero nuevamente: Darío y otros modernistas son pioneros. Se le motejaba de "galicismo mental", de poco castizo. Antes de llegar a Chile ya conocía su Hugo, y muy pronto también sus Baudelaire y Verlaine. No bien se instaló en los barrios parisinos cuando su oficio de ganarse el pan, el vino, las noches y los días, como periodista cultural y social, lo hizo renacer convirtiéndolo en figura de sí mismo.

Darío consumó su propia identidad literaria gracias a una inusitada intuición cultural. Leyó a todos y todo lo asimiló a su buen y genial entender. Martí y Gutiérrez Nájera, entre otros predecesores, hicieron lo propio. Nueva evidencia de lo que la modernidad debe a los modernistas. Los raros es un excelente ejemplo de cómo un hispanoamericano dialoga con las bibliotecas europeas sin pedir permiso a nadie y polemizando festiva o rijosamente con cualquier interlocutor –españoles incluidos, por supuesto, como el célebre caso de su enfrentamiento con Miguel de Unamuno, que concluyó en un gesto de mutua admiración–. Algo en Darío sabía que todo estaba pronto para que eso pasara y se encarnara en él. Un viajero americano.

La extravagancia de vivir en el centro: París. Y desde ahí y donde fuera revolucionar la vida de las palabras. A esto llama José Lezama Lima la expresión americana –Darío como portaestandarte del modernismo es parte del alumbramiento.

Hace cien años se consumió la vida terrena de Félix Rubén García Sarmiento. No llegó al medio siglo de vida. Como dicen los hermanos nicaragüenses, está cumpliendo cien años de eternidad. Esmerados congresos especializados y actividades de divulgación han programado las ciudades de Managua, Buenos Aires y Madrid. ¿Y México? ¿Seguirá arrastrando nuestro país rebabas de aquel conflicto diplomático que en el explosivo año de 1910 inhibió su visita a la capital? Instituciones como la UNAM, El Colegio de México y la flamante Secretaría de Cultura nacional tienen la palabra. Todos los que hablamos y leemos y escribimos en español estamos a la espera. Pues cada vez hay más Darío que nunca. Así sea.

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