Sobre el mujeral en la lucha contra Somoza

12 Julio 2016
Sobre el mujeral en la lucha contra Somoza

Por Martha Isabel Cranshaw Guerra*

Todo comenzó un julio de regreso de clases, caminando de La Asunción rumbo a mi casa en San Sebastián. Una de mis diversiones era subirme sobre los gruesos muros del parque Rubén Darío, bajar en las “puertas abiertas” y volver a subir. En esas andanzas estaba el 15 de julio, cuando el parque central estaba atestado de curiosos y guardias nacionales. Había otra cosa más interesante que ver. Bajo a sumarme a los curiosos y a preguntar qué ocurría. Luego aparecen avionetas y aviones, a lo lejos se oye la balacera, ruido de los tanques hasta el punto que ensordece el bullicio. Ese día conocí una ventaja de ser chigüina: uno pregunta y le contestan cualquier cosa, suponiendo que no entenderá.

Ese día los managuas supimos de la existencia del Padre de la Resistencia Urbana, Julio Buitrago. El rumor recorrió sobre todas las calles y al siguiente día fue el motivo de conversación durante el recreo con mis compañeras de clase. Julio marcó mi vida y quedó grabado en mi memoria como la máxima expresión de la capacidad de resistencia y rebeldía popular. Escondida en el cuarto de baño y con la solidaridad de Ana la cocinera, devoré las noticias en La Prensa.  Dias después, cae presa Doris Tijerino Haslan. Me fui a mi lugar favorito con el periódico entre las piernas.  “¡¡¡Dios mío la violaron y es una chavala!!!”.

Coreaban algunas personas mayores “Qué escándalo, ¡qué falta de pudor desvistiéndose ante los periodistas y dejando tomarse fotos!“. Y yo: “le golpearon el brazo, le dejaron un morado, ¿lo viste?”.
Muchos años más tarde, presa en la loma de Tiscapa, cuando los de la seguridad me golpeaban e interrogaban, me compararon con Doris diciéndome “sos una vulgar con nosotros, la Doris era amable”. Por dos minutos dejé de lanzar epítetos…, casi caigo en su trampa; luego dije “la Doris es la Doris y yo soy yo”.  En mis adentros me decía “brutos, comparándome con la Doris, demasiado honor para mí.” Nunca se enteraron del bien causado y el favorcito que me hicieron: Doris acompañó mi resistencia aun estando ausente.

Muchas de mi generación se integraron al Movimiento Cristiano Revolucionario y al Movimiento Estudiantil desde la secundaria o en la universidad; posiblemente la más conocida fue Arlen Siu, cuya guitarra nos deleitó resistiendo en El Sauce y ella resistiendo un terrible ataque de hemorroides; “yo no me puedo quejar de este bulto de casi 100 libras de medicinas”.  Otras compañeras son menos conocidas y aún más jóvenes como Martha Angélica Quezada, originaria de León. De ella impresionaban su disciplina, modestia y silencio, y por eso se destacó en tareas donde se requerían esas cualidades siendo correo entre cuadros intermedios y la estructura clandestina, cayó resistiendo en Managua. De la belleza de Martha Angélica eran Carmen Moreno en Managua y Saidy Rivas en Matagalpa; ambas lograron llegar al 19 pero nos dejaron unos años después.

La historia de Amada Pineda produjo una rabia profunda. “La violaron delante de sus hijos pequeños y ¡no una ni dos veces sino toda la patrulla de la guardia!”.  Cuando la conocí, Amada me impresionó la dulzura de su rostro y me preguntaba “¿cómo hizo para superarlo?”  Generosa como ella sola, se integró a los Tribunales Especiales destinados a juzgar a los altos mandos de la guardia.

Agosto y septiembre del 78 dejó en mí remembranzas imborrables, cuando en Tinajita aparecieron las primeras imágenes en la televisión. “Son más chavalas que nosotras” decía una, “solo tienen pistolitas”, comentaba otra, “no puedo ver esto, las van a matar”, “la población ya está desesperada”. La Dignidad llenó las calles de sangre y las lágrimas se atoraban en la garganta, pero recogiendo el miedo llegábamos a julio del 79. En los frentes destacaron mujeres, entre las super conocidas es inevitable nombrar a Dora María Téllez o Leticia Herrera, herederas de Los Mártires de Veracruz junto a Ana Isabel Morales, Lourdes Jirón y Gladys Báez, cuyas tareas eran más organizativas.

Quxabel Cárdenas aún conserva en su brazo las marcas nefastas de su resistencia en Chinandega durante la insurrección de septiembre, donde las mujeres al frente de las tropas destacaron como organizadoras y jefas militares aún más que los hombres. Miriam Tinoco, la Negra Mercedes, Silvia Marlene Ramírez y María del Pilar Gutiérrez, eran mujeres amadas por los combatientes populares. Quxa es ahora una migrante resistente a las políticas migratorias xenófobas, una educadora en derechos y organizadora de migrantes.

Norita Astorga, legendaria figura con el fusil en mano y por ajusticiar al GN 1, tenía una imagen pública de guerrera, pero en realidad era un amor caminando.  Feminista antes que muchas de nosotras, con su voz suave debatía por la equidad de género con ternura y fuerza, sin perder la afabilidad y su capacidad de abrazo. Murió sonriendo resistiendo al cáncer ya bien entrados los años ochenta.

A Rosa Argentina Ortiz la conocí en la cárcel de la Aviación. Menuda y frágil como ella sola, fue detenida en la montaña donde murió su compañero, manoseada y violentada por la patrulla de la guardia que la capturó, colgada de los pies la golpearon aplicando “la piñata”.   En la segunda huelga de hambre, casi se “nos queda” porque estaba muy débil, nosotras le insistíamos que ya era suficiente pues se nos iba a morir. Ella seguía resistiendo. Su testimonio me demostró que” las esencias y los perfumes vienen en frascos pequeños” y su capacidad de firmeza expresa el valor de la moral.

Aparentemente distinta era Charlotte Baltodano, joven de mente muy abierta para su época, pintora y más artista que otra cosa, era una guerrera temida por la guardia debido a su participación en un operativo en Managua donde desde una moto lanzó una granada a una patrulla de la Guardia Nacional, a un BECAT. Al inicio en la cárcel privaba el miedo y respeto entre los custodios. Bella por dentro y por fuera, sexy, coqueta y cuidadosa de su figura, se arreglaba el pelo desde el día anterior a las visitas familiares.  Los presos políticos del otro pabellón, se colocaban con suficiente tiempo en la verja, los presos comunes y los custodios de la oficialía de guardia tomaban las mejores posiciones para verla desfilar con su descotado vestido blanco, su sonrisa coqueta, su oscilante andar y la estela de perfume. Su fama de guerrera decayó sensiblemente entre los guardias aquel día que un ratón se introdujo en su celda y ella expresó su terror por el bicho; sin embargo, jamás disminuyó su club de fans del desfile de Charlotte los jueves y sábados.

La historia a veces destaca a las mujeres guerrilleras más que a las organizadoras, pero sin ellas, no sólo era imposible construir la columna vertebral de la resistencia, sino también su cuerpo. Motivadoras de militantes, colaboradores y combatientes populares, fueron forjadoras de la organización de mujeres (AMPRONAC), de las incipientes células sindicales en Managua, León o Chinandega, de la organización de trabajadores del campo y de los Comités de Defensa Civil, sin ese a veces intangible esqueleto, la resistencia no hubiera existido.

Quinceañeras o veinteañeras entonces y sesentonas hoy, permanecen más anónimas que visibles, animando desde la jubilación procesos de construcción del “hombre nuevo” desde sus hijas y nietos; o bien aportando desde la academia y sus profesiones nuevo conocimiento.

Otras extraordinarias mujeres son las madres de héroes y mártires, de quienes a menudo se les refiere como un “colectivo” y las colaboradoras, ambas quedan invisibilizadas bajo esos nombres, pero desde sus casas, fueron nuestras madres y abuelas de “todos y cada uno” de hombres y mujeres prisioneros, clandestinas y combatientes populares atrincherados en la barricada de la esquina. Ellas exponían sus vidas y las de su familia para cuidarnos y protegernos a nosotros los clandestinos, a nosotros “los muchachos” en insurrección. Tal como ellas hicieron en su momento, he aprendido a compartir lo cierto de “donde come uno, comen dos”, así como a dar amor a través de sencillas, pero deliciosas recetas nicas. Más importante aún es envejecer con su valentía y dignidad.

Otras compañeras como Mónica Baltodano, Margine Gutiérrez o yo, éramos del inexistente club de las “gritonas” en las manifestaciones estudiantiles, en la cárcel y tanto como amantes de comunicar ideas. Nuestro mejor testimonio son las tres declaraciones de las presas políticas durante las huelgas de hambre.  Sin duda, ninguna le llega al ojo del pie de Magaly Quintana, quien además cantaba sin tener voz entrenada, integraba grupos de teatro y cuenta con una extraordinaria imaginación para crear nuevas expresiones de rebeldía.  Vivas estas cuatro, todo parece indicar que moriremos “con las botas puestas”.

​(*) Martha Isabel Cranshaw Guerra, nació en Managua en el Barrio San Sebastián en el seno de una familia clase media, cuyo padre era somocista tuvo cargos políticos y gubernamentales. Se integró en organizaciones estudiantiles de secundaria y al Movimiento Cristiano Revolucionario en Managua antes de ingresar al FSLN (1970). Prisionera política en 1976 es liberada en la Toma del Palacio Nacional. Participó en la guerra de liberación en municipios del norte de Chinandega y León. Se desempeñó como Secretaria Política de Madriz y de León durante los años 80´s, siendo además Ministra Delegada. En los primeros años de la Revolución fue representante en el Consejo de Estado. Desde hace más de 20 años, asumió la investigación del tema migratorio y actualmente coordina el Comité Nacional de Liderazgo de la Asociación de Familiares de Migrantes “Nicasmigrante”, cuyo propósito es promover la visibilización de los y las migrantes y sus familiares como actores sociales.
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