Aquí fue Granada (Here was Granada) otra vez

07 Junio 2018
Aquí fue Granada (Here was Granada) otra vez

Managua. Por Edelberto Matus

Fue tanta la impresión que hombres y caballos, con todo y armaduras, se zambulleron en el inmenso azul del mar dulce. Ya más calmados, recostaron sus arcabuces y alabardas a los extraños árboles de jícaro que parecían fantasmas y entonces repararon en el enorme volcán que tapaba el cielo, en el bosque flotante y en los dos lejanos pechos en el centro del agua. El que parecía el jefe, el más viejo, dijo: “En el nombre de Su Majestad, acá fundaremos una ciudad”. Dejo ahí algunos de sus hombres, con los aborígenes que a la fuerza o por su propia curiosidad los acompañaban. Cincuenta años después había doscientos ciudadanos y más de dos mil aborígenes a los cuales sus dueños les decían “indios”, era menos que un pueblo, pero ya le decían “Ciudad”, pues el Rey desde su trono lejano le había autorizado un nombre larguísimo. Pero aquí todos le decían Granada.

Primero fueron ranchos de techos pajizos, después casas de adobe y tejas. Cuando les quitaron a sus dioses, los indios hicieron muchos templos para el dios chele, los dueños de todo, que eran todavía pocos, construyeron casonas, palacios, fortalezas y la ciudad se fue llenando de calles empedradas, parques y plazas. Ya era bella Granada.

También tomó fama de rica y entonces aparecieron los primeros piratas y corsarios (que no es lo mismo) y después de cruzar el Estrecho Dudoso, le cayeron a cañonazos, la saquearon y más de una vez le prendieron fuego. El peor de todos fue un tal Dampier, que no quería Poder, sino solo lo que es tarea de piratas: Saquearla y violarla.

Los siglos lo curan todo y la primera ciudad del Continente en tierra firme, se hizo majestuosa, pero llego otro chele loco, con casi quinientos aventureros tan locos como el, se esparcieron con teas por todas las calles y callejones y al sonar un disparo de cañón como señal, le pegaron fuego a la ciudad más bella de Nicaragua. No se salvaron ninguna de sus ocho iglesias, ni su convento, ni su fortaleza, ni ninguna de sus majestuosas casonas. Ese pirata rubio que había guerreado en Rusia, en Hungría, en España, Asia y los Estados Unidos, siempre como mercenario sin corazón ni patria, obedecía las ordenes de otro mercenario, un tal Walker, que quería ser Presidente.

Ciento sesenta y dos años después, enviados por otros que quieren ser Presidentes, otra horda con teas, por enésima vez, prendió fuego a Granada. Pero esta vez no fueron cheles, extranjeros, soldados sin corazón, piratas o corsarios de la lejana Europa. Fueron hijos de Xalteva, de Monimbo o quien sabe de qué rincón de la Patria. La ciudad quedo en pie, pero tocada de muerte en su economía, con tufo a humo y cenizas en el centro orgulloso de su historia.

Granada volverá a curar sus cicatrices, levantará de nuevo sus edificios, pero nunca olvidará el dolor de haber sido herida por sus propios hijos.

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