La lección chilena 45 años después

12 Septiembre 2018
La lección chilena 45 años después

Por Fabrizio Casari (*)

Hace cuarenta y cinco años, los traidores de las Fuerzas Armadas chilenas bombardearon el palacio presidencial, la Moneda, con la orden de asesinar al presidente Salvador Allende, médico y líder socialista elegido democráticamente al frente de la coalición de Unidad Popular. Ese día nació el reino del terror, con torturas, asesinatos y detenciones masivas. El estadio de Santiago de Chile lleno de presos políticos, la DINA, la infame policía política o Villa Grimaldi, el lugar de las peores torturas, se convirtieron en íconos de una sangrienta dictadura con su jefe con gafas negras permanentemente gastadas y el inexplicable uniforme de frisos militares nunca obtenidos en el campo.

El 11 de septiembre 1973 terminó en la sangre y la traición de sus fuerzas armadas (y algunos partidos de derecha como los democristianos que desempeñaron el papel de frente interno del golpe hecho en los EE.UU.), acabaron con el experimento de un socialismo que alcanzó el poder no con la insurrección, fase final típica de un proceso revolucionario, sino con el camino electoral, propio del diseño político democrático-liberal.

El gobierno de Unidad Popular había logrado importantes éxitos sociales y la apuesta por el futuro por parte de su presidente fue igualmente decisiva. Allende había elegido marcar la historia de Chile en nombre de la justicia social y de la construcción del socialismo: nacionalizó las minas de cobre (de los cuales Chile fue el primer productor y exportador del mundo) y procediò con un plan general de nacionalización o , al menos, de reposicionamiento del Estado en los ganglios estratégicos de la vida del país, como las telecomunicaciones y la gran producción de alimentos, así como las rutas de comunicación.

El gobierno de Estados Unidos, encabezado por Richard Nixon, no iba a tolerar un desafió a su dominación e incluso a sus propios puestos militares estratégicos en el Polo Sur. La Casa Blanca, empujada por las empresas estadounidenses como AT & T y United Fruit Company (que veìa la desaparición de ganancias muy altas) y con ganas de dar una lección válida para cualquier pais, decidió promover el derrocamiento violento del gobierno de Salvador Allende. El inspirador del golpe de estado fue Henry Kissinger, un criminal internacional que, como otros, recibió el Premio Nobel de la Paz, tal vez como un tributo a sus habilidades en el arte del exterminio programado.

El 11 de septiembre de 1973, con la victoria de los líderes golpistas bajo las órdenes del general Augusto Pinochet, Chile dejó de ser solo un país en América del Sur para transformarse en un nuevo paradigma internacional. Lo que estableció, desde entonces, que los ritos democráticos deben ser respetados solo si son convenientes; que las elecciones son válidas solo si los aliados de los EE. UU. ganan y deben ser canceladas si las fuerzas populares las ganan. Por supuesto, en ese momento, utilizando el arsenal ideológico de la Guerra Fría, frente a los procesos revolucionarios el imperio tuvo que recurrir a la alternativa de la democracia representativa, sus rituales electorales, la división de poderes y la relación entre los votantes y los órganos elegidos mediada por los cuerpos intermedios. Pero, incluso si con este camino hubiera ganado la izquierda, en aquel entonces de origen socialista y comunista, el camino debía interrumpido por cualquier medio y a cualquier precio.

En resumen, se determinó, de una vez por todas, que la democracia parlamentaria es poco más que un juego de sociedad cuando el mando político y la posesión de recursos están en juego. Que Estados Unidos es el poseedor absoluto del destino de cualquier país en cualquier parte del mundo, que tiene ante sí solo dos opciones: obedecer o perecer.

Paraguay y Uruguay, Argentina y Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua: todo el subcontinente latinoamericano fue el teatro al aire libre de la representación más auténtica del modelo estadounidense, que incluía (y todavía proporciona con diferencias metódicas, no de fondo) la anulación de cada instancia independentista y socialista, para que Centro y Sudamérica garanticen, con el continuo saqueo de todos sus recursos, la acumulación de riqueza que, junto con la supremacía militar internacional, define el estado de la superpotencia de los Estados Unidos y su comando unipolar.

Las dictaduras militares fascistas latinoamericanas también fueron un laboratorio criminal, el primer experimento a escala internacional de un sistema policial para el arresto de opositores políticos. Se llamó Plan Cóndor y vio a la CIA coordinar las fuerzas policiales de todas las dictaduras en la búsqueda, captura, tortura y asesinato de decenas de miles de militantes de la izquierda y de las fuerzas democráticas. Como recuerda la dramática historia de Colonia Trinidad, no hubo falta de cooperación en las operaciones por parte de los antiguos jerarcas nazis reparados en Uruguay, Argentina en Paraguay; habían llegado con la ayuda de Estados Unidos, que después de la caída del fascismo, decidió utilizar funcionarios de la antigua Gestapo, cuya experiencia sería muy útil en vista de la lucha contra la creciente influencia del socialismo internacional.

Dos generaciones de verdugos fueron entrenados para asegurar la supremacía de Estados Unidos en el continente. La formación de investigadores latinoamericanos fue llevado por la agencia de espionaje de Langley, mientras que la formación de torturadores y líderes militares quedò a cargo del Pentágono, que la organizò en la infame Escuela de las Américas con sede en Panamá.

Chile, entonces, también representó una cuenca hiconográfica internacional. Con su destino cayeron máscaras y surgieron verdades ocultas. Junto a Allende, en el balcón de La Moneda, apareció el Comandante Fidel Castro, que en el curso de su visita, con su constante previsión, quiso dar al presidente de Chile un fucil ametrallador de fabricación rusa, AK-47, que Allende utilizò cuando fue a la última batalla de su vida contra el golpe militar. Tres décadas más tarde, en ese mismo balcón, una foto que dice todo lo que hay que saber acerca de sus personajes y la intersección de la afinidad ideológica, muestra juntos y sonrientes Papa Wojtyla y el dictador Augusto Pinochet, quien se encontraba en el Pontífice, en Ronald Reagan y especialmente en Margareth Teatcher, sus mejores aliados y amigos.

Cuarenta y cinco años después, la lección chilena recuerda a todos cómo las estrategias de desestabilización de los gobiernos consideradas hostiles por los Estados Unidos son armas recurrentes en los cuatro rincones del planeta, pero también dice que su éxito necesita un clima internacional y fuerzas armadas dispuestas a la traición como condiciones indispensables para el éxito del golpe.

Por esta razón, a pesar de la presión, las sanciones, los embargos y el aislamiento, la propaganda mediática y las amenazas militares, con Venezuela y Nicaragua los golpistas no pueden. Los intentos de golpe sólo ganan cuando la izquierda pierde el contacto con su gente, la capacidad de defender sus instituciones, y entra la rendicìòn frente a lo que en el crepúsculo puede parecer incluso un gigante, pero viendo bien a menudo resulta ser un enano sobre los hombros de otro enano.

Así que es bueno conservar la memoria de ese médico socialista que, con un casco en la cabeza y una ametralladora en la mano, decidió que frente a la arrogancia imperial uno puede perder todo pero no la dignidad; que puedes morir, incluso, con tal de no ponerte de rodillas.

(*) Faro di Roma, Italia.

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