¿Por qué nadie sabe cuántos son los muertos?

06 Enero 2019
¿Por qué nadie sabe cuántos son los muertos?

Por Maritza Montenegro Álvarez

Según la APNDH fueron 545 las personas muertas a partir de abril, el CENIDH ha hablado de 314,  la CIDH ha afirmado que fueron 322 y el gobierno ha dicho que fueron 199. Y mejor no hablemos de las cifras de las redes o las de los medios, pues cada quien dice lo que quiere.

¿Por qué, si nos referimos a los mismos hermanos nuestros, no coinciden las cifras?  ¿Por qué es tan difícil contar los muertos?

La respuesta es simple: A partir de abril, la Verdad fue degradada intencionalmente, y en cambio el engaño se convirtió en el recurso más usado por los programadores del desastre para incidir sicológicamente en la población y crear un alzamiento popular.  El origen no fueron las reformas del INSS, no fue algo que nació espontáneamente como se gritó hasta la saciedad, sino con un plan que se venía orquestando desde varios años atrás. Si analizamos las cifras atendiendo quien los anuncia, es fácil entenderlo.

Tomemos los números más extremos: el gobierno dice que fueron 199 y la ANPDH una organización supuestamente de derechos humanos que participó abiertamente en las acciones, dice que fueron 545.  Desde esta simple comparación ya podemos decir que tenemos una premisa: al gobierno no le convienen los muertos y en cambio a los señores que lideran las protestas entre quienes encontramos a la ANPDH, les conviene que sean muchos.

Este interés por aumentar los muertos ha sido uno de los propósitos  más visibles desde el mismo comienzo de los sucesos de abril, cuando desde las redes, los  trolls hablaron de múltiples enfrentamientos violentos en diferentes sectores de Managua,  con disparos, cuchillos, piedras, etc., y detrás de este panorama exagerado surge la primera gran falacia: una mujer asesinada en enfrentamientos en la UCA el día 18.

Y este mismo interés por ver muertos inmediatamente se diversifica en mil formas el día 19 en denuncias por aquí y por allá el 19  que hablan de sangrientos enfrentamientos en Managua y Masaya. Y así, nos encontramos que, el día 20, las redes tronaban con hasta seis muertos que supuestamente eran estudiantes y que habían sido causados por la policía. Después conocimos que los muertos eran tres: un oficial de policía y un joven de nombre Jimmy Parajón, los dos ocurridos en el sector de la UPOLI y un tercer muerto en Tipitapa que había pertenecido a la Juventud Sandinista.

Aparecen los francotiradores

Jimmy Parajón, el joven mencionado en el párrafo anterior,  es la primera víctima de francotirador. El disparo ocurre por la madrugada del día 20  en el sector de la UPOLI. A partir de este hecho, los asesinatos  por francotiradores comienzan a ocurrir de manera selectiva, a cada momento y, extrañamente, la mayoría de los disparos se hacen contra jovencitos o niños y sin afectar a los líderes que debían ser, por lo menos esos primeros días, fáciles de visualizar entre los mítines y barricadas.

Es muy llamativo que desde el  inicio de las protestas, el interés de los propagandistas fue el de presentar más y más muertos aunque no hubieran ocurrido, y achacarlos enfáticamente a la policía y a la juventud sandinista. Este interés se extendió luego, de manera permanente en los medios televisivos que recogían los reportes de las redes y las lanzaban al aire sin ningún tipo de verificación.

Una variación del interés pero que apunta a lo mismo, se percibe desde el mismo 19 cuando se comienzan a difundir los reportes de falsos ataques a los "estudiantes" de la Upoli, anunciados con teatro y dramatismo en falsos audios en los que se escuchaba la voz de alguien que lloraba y gritaba "nos están matando".  Esta frase luego se convirtió en un llanto o en un grito repetido en todo momento y en todas partes.

Desde el inicio la intención apuntó a exaltar los ánimos a través de acciones creadas artificiosamente para el engaño, a través de una propaganda muy bien preparada y ejecutada desde las redes con grupos especializados para realizar ese trabajo. Esta campaña de propaganda ya había sido ensayada varias veces, desde varios años atrás, en una permanente campaña de desprestigio emprendida siempre desde las redes y los medios, en contra el gobierno que hacía énfasis en la Policía, y especialmente en la de Tránsito.  Una de las campañas más brutales, ocurrió –la recordarán– durante la Semana Santa, dos semanas antes de que se iniciaran los sucesos de abril, pero en realidad son muchas las formas usadas para ese mismo efecto, desde el primer año de Ortega, lo cual indican que desde entonces algo ya se estaba preparando.

El propósito de construir una imagen monstruosa de Ortega, había avanzado lentamente hasta antes de abril, sin embargo, es algo que se logra en las primeras semanas de las protestas cuando la propaganda comienza a presentar el número creciente de asesinados, principalmente los ejecutados por francotiradores. 

Y es entendible el interés que ponían los propagandistas anti gobierno en presentar cifras altas de muertos aunque tuvieran que inventarlos, pues cada muerto agregado a la lista era una campanada que se escuchaba en el mundo entero denunciando a  un Ortega asesino en masa. Cada muerto ayudaba a construir la imagen que más favorecía a los planes de la oposición de acabar con su gobierno.

La barahúnda en redes y medios que hablaba de más y más muertos, tenía una doble función: por un lado atraía la atención más allá de las fronteras, y por otro, servía de estímulo, para que la población se sumara a las calles en la sublevación.   Y la sublevación era un efecto lógico, si tomamos en cuenta que  la mayoría de los asesinatos se producían en circunstancias aberrantes, que como era de esperarse, al conocerse, provocaban en la población, sentimientos de enojo, tristeza, incomodidad, dolor y luego eso se convertía en  odio, repudio y arrojo. El resultado: la gente en las calles.

De esa manera se ponía en uso el arma más eficaz en contra de Ortega: la propaganda repleta de mentiras, desinformaciones, teatros y publicaciones engañosas. Se puede afirmar que sin el uso de estas estrategias embusteras, hubiera sido imposible lograr que la población se sumara anímicamente y se volcara en acción y simpatía hacia quienes desde varios años atrás, venían planificando la destrucción de la economía de Nicaragua con el objetivo de acabar con el gobierno de Ortega.

Está claro que la razón de inflar más y más la lista de muertos se debe fundamentalmente a un propósito propagandístico de guerra psicológica, pues qué sentido tendría entonces que en esa lista se incluyera también a los sandinistas muertos e incluso a 22 policías fallecidos durante los sucesos. Pero además, para hacer más sensible el dolor, las listas abultadas buscaban cómo hacer creer que el grueso de los muertos eran estudiantes, cuando la cifra de estudiantes muertos no llegó a ser mayor de 20 en todo el país.

El organismo ANPDH, en su afán de abultar más y más la lista, incluyó en ella a más de 200 personas fallecidas por causas ajenas a las protestas a partir de abril, y esa es la razón por la que sus cifras distan mucho, incluso, de las presentadas por la internacional CIDH.

El interés de doblar la verdad como si fuera un plástico viejo, por quienes han estado comandando los sucesos e instigando desde los medios y las redes, ha llegado al colmo de poner entre los muertos a algunas personas que luego han aparecido vivas, desmintiendo su supuesta muerte.

La propaganda, la desinformación, y todo el conjunto de informaciones falsas, engañosas, vertidas y distribuidas principalmente en internet y televisión, han jugado un infame y efectivo papel en la conformación de la imagen ahora destruida de Daniel Ortega, tanto nacional como internacionalmente. Y esa imagen se la debe fundamentalmente a que esa enorme cantidad de muertos que aparecen en las listas han sido adjudicados exclusivamente a su autoría en esa campaña que presenta a las fuerzas que acompañan a Ortega como sanguinarias y a los armados detrás de los tranques como angelitos. Y parece que a nadie le importa que gran parte de los muertos sean de origen sandinista, ni siquiera a la CIDH y sus grupos de apoyo GIEI y MESENI, pues los muertos se cuentan parejo y al antojo, y todos van al bolsón contra Ortega. Y ya sabemos que fueron muchos los muertos que claramente fueron causados por las personas que estaban detrás de los tranques y las barricadas.

Y es el mismo interés que queda manifiesto cuando a través de Facebook y hasta en los medios se habla de cientos y hasta miles de desaparecidos. La CIDH no registra ningún nombre que yo sepa y el único caso comprobado es el de un sandinista torturado por tranquistas anti-gobierno de Carazo, cuyo cuerpo aún no ha aparecido.

Ha habido pues un claro interés de los líderes anti orteguistas de agrandar la lista de muertos, de inventarlos y de achacarlos a Ortega, y de señalarlo de estar detrás de los francotiradores. Pero, ¿no les parece que hay algo aquí que no cuadra? Si a Ortega, tal como se demuestra al principio, no le convienen los muertos ¿por qué entonces sería tan tonto como para mandar a matar nada más porque sí?  Cualquier político en su sano juicio sabe que asesinando a la población el efecto se volvería completamente en su contra. Pero además, si los opositores tienen esa extraña necesidad de ver más y más muertos, ¿no les parece que es un tanto lógico pensar que esas muertes por francotiradores fueron acciones programadas y ejecutadas por anti-orteguistas para crear el estado de odio en la población que luego los motivaría a apoyar tranques y barricadas?

Así que a mí me quedará siempre la duda razonable de que los disparos mortales de francotiradores, sobre la cabeza y el pecho de la mayoría de muertos en los sucesos, pudieron haber sido realizados por criminales antiorteguistas, con el objetivo de  provocar ánimos en los pobladores para que se insurreccionaran en contra de Ortega. A mí siempre me quedará la duda. Sería muy triste y abominable, me pongo a pensar,  que algún familiar de los muchos que fueron asesinados, haya recibido durante la vela o en el funeral, las condolencias de quien asesinó a su ser querido o de quien pago al asesino, o de alguien que sabía de dónde habían llegado los disparos.

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