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Un 31 de diciembre con los presos políticos de la dictadura

08 Enero 2019
Un 31 de diciembre con los presos políticos de la dictadura

Por Margine Gutiérrez (*)

Yo fui una de ellas. Fui una de las presas políticas de la dictadura, junto con centenares más que estaban en La Modelo o  diseminados en horribles e inhumanas cárceles de San Carlos y hasta de Puerto Cabezas, donde alguna vez estuvo presa Ana Julia Guido, ejemplar guerrillera de la montaña.

Los presos políticos de la dictadura siempre fuimos tratados con crueldad y mantenidos en situación condenable e inaceptable para aquellos organismos que supuestamente defienden los derechos humanos pero que, en el caso de los presos políticos de la dictadura, nunca se ocuparon ni siquiera de conocer cómo éramos tratados mucho menos en denunciar nuestras pésimas condiciones carcelarias.

Caí presa el 19 de octubre de 1977 y luego de una semana de torturas -entre ellas tortura acústica- e infames y violentos interrogatorios en los sótanos de la seguridad somocista, fui trasladada junto con Gloria Campos y Auxiliadora Cruz, a la Central de Policía. Allí ya estaban, entre otros,  Rosa Argentina Ortiz, capturada luego de ser herida en combate en agosto del 76, cuando integraba la Columna Guerrillera de Carlos Fonseca, y Charlotte Baltodano Egner, hecha prisionera el 4 de mayo de 1977 en el operativo con el que el FSLN iniciaría en una nueva y más sostenida etapa: la  resistencia urbana.

Aisladas y sin salir al sol

Desde el primer día estuvimos aisladas unas de otras en minúsculas celdas individuales de castigo en las que escasamente alcanzaba un inmundo camarote de tres pisos, lo que imposibilitaba  sentarse en "la cama" porque el segundo piso lo impedía. De manera que solamente teníamos dos opciones: estar acostadas o sentadas en el piso, con el camarote como respaldo y con las piernas recogidas porque no había espacio para estirarlas. Si estábamos mucho tiempo en el suelo se nos entumían las piernas. Así que la vida era un rato acostadas y otro sentadas.

Pasaron los meses sin recibir sol y sin caminar. Casi todas éramos unos esqueletos transparentes, algo intolerable y criminal (lo supimos en esos días) según Amnistía Internacional, a la que nunca le vimos la cara ni tuvimos noticias de ese organismo.

Hicimos nuestra primera huelga de hambre bajo el grito permanente y a toda hora, hasta que nos faltaron las fuerzas, de "Tenemos derecho al sol, por eso lo pedimos y exigimo". Después de 15 días de férrea huelga de hambre, en la que ni siquiera aceptamos que nos llevaran caramelos, las presas políticas de la dictadura fuimos sacadas al sol de forma individual. Nosotras nos habíamos imaginado salir todas juntas, pasear en buena compañía en los patios de la cárcel y platicar, platicar, platicar que era lo que más nos hacía falta. Esa fue la primera frustración, aunque estábamos victoriosas por haberle arrancado esa conquista, vital para nosotros, a la cruel y sanguinaria dictadura.

Casi inválidas

La segunda frustración fue cuando nos dimos cuenta que casi estábamos inválidas, que nos costaba caminar y que solo podíamos dar un paso y detenernos porque nuestras piernas no tenían fuerzas. Con grandes dificultades llegamos hasta un patio en el que el sol nos cegó y lo único que alcanzamos a hacer fue sentarnos en una piedra y taparnos los ojos con la mano porque nos resultaba intolerable. El sueño de caminar y recibir sol se apagó. A todas nos pasó igual. Después de esa primera salida  nunca más volvieron a sacarnos y seguimos en tinieblas hasta que el FSLN nos liberó.

Nosotras solamente dábamos unos cuantos pasos los domingos por la tarde, cuando salíamos al área de la visita que, lastimosamente, quedaba a unos cuantos metros de nuestras celdas. Demasiado cerca para nuestro gusto. La vida de las presas políticas de la dictadura giraba alrededor de ese momento feliz. Toda la semana transcurría para nosotros a la espera de esa media hora en que veríamos a nuestros familiares a través de dos mallas, una del lado de nosotras y otra del de nuestros familiares, con una distancia de por medio de un metro o tal vez más. Jamás pudimos darles un abrazo o al menos tocar sus manos, que también era un anhelo, un sueño para nosotras que jamás teníamos contacto físico con nadie por el hecho de que cada una estaba sola en una celda de castigo.

Tortura permanente

Sabedora la dictadura de cuanto valorábamos ese momento de la visita, con bastante frecuencia nos castigaban suspendiéndola. Por cualquier cosa. Por lo que se les ocurría nos suspendían la visita y nos hacían saber que estábamos castigadas. El desánimo, la tristeza y la depresión se apoderaban de nosotras. Pasábamos acostadas en el camarote y al menos yo ni siquiera me levantaba para recibir la chupeta ("comida") entre los barrotes de la celda, hasta que pasados unos cuantos días se imponía el instinto de sobrevivencia y volvíamos a hacer de la visita, aunque fuera a los quince días, el sueño cotidiano recurrente junto con el de fugarnos. Un sueño nada original entre los presos, como nos mandó a decir en una ocasión Bayardo Arce Castaño, nuestro jefe.

Quince días sin salir de la celda y cuando asesinaron a Pedro Joaquín Chamorro el 10 de enero de 1978, más de un mes. Sin dar ni un paso. Sin mirar a nuestros familiares. Sin vernos de reojo entre nosotras en la malla de la visita. Nos sacaban de tres en tres, con suficiente distancia entre cada una. Sin comer algo rico que no fuera gallo pinto e indio viejo. Porque los presos políticos de la dictadura no recibíamos "barco" (comida de los familiares) más que el día de visita y era limitado a una pequeña bolsa que registraban al revés y al derecho, al igual que la comida que siempre nos llegaba batida por las inmundas manos de los esbirros. 

Como vemos, de múltiples formas recibíamos tortura permanente  las presas políticas de la dictadura, incluyendo la habilitación de un cuarto de torturas contiguo al pabellón donde estaban nuestras celdas. Allí llevaban a los muchachos del FER o del FES, a los combatientes populares que cotidianamente, de forma sistemática, permanente y con inigualable valor combatían a la dictadura somocista. El pueblo estaba desatado, en contra del tirano impuesto y sostenido por los gringos. El propósito era que nosotros escucháramos los vejámenes contra esa juventud que sí estaba dispuesta al sacrificio, para minar nuestra moral y someternos.

El viernes antes de Navidad

El 23 de diciembre de 1977, como a eso de las 7 de la noche, empezamos a oír golpes fuertes, gritos y quejidos sordos. Supusimos que estaban torturando a jóvenes sandinistas. La cosa empezó a subir de tono. Era evidente que estaban torturando muchachos.

Nosotras empezamos a gritar que no se rindieran, que aguantaran la tortura. Les gritábamos Patria Libre o Morir y luego intercalábamos gritos con consignas que sabíamos muy moralizantes como "La marcha hacia la victoria no se detiene" o "No habrá fuerza técnica ni humana capaza de detenernos" y les cantábamos nuestras canciones de lucha. Así, también nosotras fuimos subiendo el tono y les decíamos a los guardias asesinos, torturadores, criminales. 

Era casi la media noche, ya estábamos afónicas y casi incontrolables, cuando de repente decenas de guardia armados hasta los dientes y con una gigantesca manguera, abrieron de forma intempestiva y muy violenta, los portones de nuestro pabellón y enfilaron un tremendo chorro de agua hacia mí, que era la primera en la fila de celdas. El chorro de agua era tan pero tan poderoso, que casi me ahogaba. Para poder seguir gritando tenía que voltear la cara. Como vieron que no me callaba, empezaron a mojar todo lo que había en el camarote. No dejaron nada seco. Ni mi poca ropa ni mi colcha, que era lo único que tenía allí. Con grandes dificultades habíamos conseguido café en polvo, que lo repartimos entre todas. Quedó empapado. Fue lo que más nos dolió. Concluida, su fechoría conmigo, pasaron al resto de las celdas -donde aún y pese a la tortura se mantenía la protesta-  hasta dejar anegadas a todas mis compañeras. Pero ni aún así dejamos de respaldar a nuestros hermanos de lucha y seguimos cantando y gritando.

Esa noche no pudimos dormir. Era imposible con los camarotes y la ropa mojada.

Al día siguiente recibimos la "fatídica nota knox". Estábamos castigadas. Sin visita ni el domingo 25 ni el domingo primero de enero. Por supuesto, tampoco el 31 de diciembre. Así que fin de año, como todos los 31 que pasaron en la cárcel  los presos políticos de la dictadura, lo que recibimos fue castigo, represión y aislamiento. Eran nuestras madres y familiares los que más sufrían con esta medida pues ellas siempre vivían con la permanente tensión y preocupación de si nos encontraríamos vivos o si nos estaban torturando.

Los tranqueros en la cárcel

En cambio, me he dado cuenta en estos días por fuentes directas y por testigos de primera línea, presenciales podríamos decir, que en el Gobierno Constitucional del Comandante de la Revolución Daniel Ortega Saavedra. Los presos reciben un tratamiento humanista,  impensable para los presos políticos de la dictadura que pasamos años en esas mazmorras.

Periódicos y revistas dan cuenta de que más de mil presos fueron indultados para que pasaran las navidades con sus familiares y pudieran disfrutar de la grata compañía de sus seres queridos.  Mientras que los otros, los que por la gravedad de sus delitos continuaron en la cárcel, también tuvieron la posibilidad de pasar un 31 de diciembre en compañía de sus familiares y disfrutar de una comida a tono con la fecha, según dice Confidencial, el órgano de propaganda y agitación de los golpistas (y que en un tiempo fue riguroso en lo que publicaba pero que ahora reproduce culebrones y melodramas con párrafos irrespirables, siempre y cuando aporten a la causa de los gringos de derrocar al gobierno).  

Esto es lo que reportan, que ocurrió en la Plaza de Actos de la Cárcel Modelo, el 31 de diciembre:

1. "La visita especial permitía que a partir de las diez de la mañana los familiares previamente autorizados pudieran llegar con alimentos preparados para compartir con su preso político (¿¡!?) en una mesa colocada debajo de unas carpas. Una familia por mesa".

2. "...sonaba una bullanguera música".

3. "...puedo gritar “¡Carlos, te quiero, Te admiramos, Fuerza!"

4. "...no puedo dejar de ver a Víctor Díaz (...) Sin pensarla me voy directo donde él y lo cubro de besos, mientras le digo que Nicaragua pronto será libre, que resistan. Más tarde intercambiamos alimentos, él nos lleva atol de maíz tierno, que le han llevado sus familiares campesinos, nosotros le regresamos el traste con ensalada de frutas frescas".

5. "… Nardo Sequeira  (...) Nos regala rosquillas, nosotros le correspondemos con frutas".

6. "A lo largo de la visita, mientras hablamos sin parar con nuestro hermano, puedo ver las distintas mesas".

Picnic el 31 de diciembre de 2018

¡O sea! Les habilitaron carpas para que disfrutaran un día de picnic como jamás ningún prisionero político tuvo durante la dictadura. Les pusieron mesas y música. Intercambiaron comida. Hubo oportunidad hasta de hacer proselitismo político: "¡Carlos, te quiero, te admiramos, Fuerza!"  Ojo: no crean que es Carlos Fonseca. Sus paradigmas actuales están sumamente devaluados. "Victor (...) Nicaragua pronto será libre (...) Resistan".

Habló sin parar con su hermano en una visita que duró de 10 de la mañana a 3 de la tarde, mientras nuestras visitas de media hora eran mudas por la distancia en la malla y jamás a ninguno de nuestros familiares se le habría ocurrido gritarnos consignas. No lo necesitábamos. Nuestras convicciones y principios era nuestro principal soporte.

Pero además, allí mismo se habrían ganado como mínimo un culatazo de garand como el que le destapó la frente a Daniel Ortega y le dejó una cicatriz de por vida.

Este testimonio me parece muy valioso puesto que deja al descubierto la naturaleza totalmente distinta del Gobierno Revolucionario con el de la dictadura. Ni en nuestros mejores sueños o elucubraciones pensamos jamás en algo similar. Si hasta para que cumplieran nuestro derecho a tener horas semanales de sol -creo que eran 6- tuvimos que hacer huelga de hambre. No tuvimos 31 de diciembre con nuestros familiares, jamás los abrazamos, nunca platicamos con ellos.

Ya hubiéramos querido los presos políticos de la dictadura ser tratados así. Que se interesaran por nuestro aislamiento permanente, que duró años para algunos, como esos organismos que han hecho de los derechos humanos "un modus vivendi" y una mampara para servir a los Estados Unidos en su agresión a Nicaragua. 

Ya hubiéramos querido los presos políticos de la dictadura contar al menos con esa presencia luminosa, casi una reencarnación de Santa Evita a la que todos quieren, a la que miran con tanto afecto, a la que todos se acercan, a la que una madre casi le pide una bendición para su niño o al menos que le confirmara con sus sacras palabras que su padre no estaba preso, sino que allí trabajaba porque el pequeño solo en ella creía. La que se prodiga en las mesas entregando abrazos cubriendo de besos. La que reparte dones, perdón, ensalada de fruta fresca.

Esa que solo con un ademán de saludo de sus blancas e impolutas manos insufla ánimos a los que dirigían el terror en Carazo.

A los que se robaron todo y luego quemaron el Plantel Municipal de Matagalpa.

A los que quemaron vivo al hijo de la Amada Pineda y asesinaron al de la Benigna Mendiola.

A los que torturaron, secuestraron y mantienen desaparecido a Bismarck Martínez.

A los que levantaron tranques y mantuvieron secuestrados durante meses a poblaciones enteras.

A los que quemaron el Mercado de Artesanías de Masaya, el CUUN de León y la Alcaldía de Granada.

A los que claman por un baño de sangre -"300, 400, 3 millones de muertos no importan"- con tal de hacerse con el poder para instalar un gobierno títere que responda a los intereses yanquis.

(*) Periodista y militante del FSLN, residente en Matagalpa.

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