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Galeano: la democracia «sembrada» y Cuba

04 Febrero 2019
Galeano: la democracia «sembrada» y Cuba

Por Eduardo Galeano (*)

En 1915, los Estados Unidos invadieron Haití. En nombre del gobierno, Robert Lansing explicó que la raza negra era incapaz de gobernarse a sí misma, por su tendencia inherente a la vida salvaje y su incapacidad física de Civilización. Los invasores se quedaron diecinueve años. El jefe patriota Charlemagne Peralte fue clavado en cruz contra una puerta.

Veintiún años duró la ocupación de Nicaragua, que desembocó en la dictadura de Somoza, y nueve años la ocupación de la República Dominicana, que desembocó en la dictadura de Trujillo.

En 1954, los Estados Unidos inauguraron la democracia en Guatemala, mediante bombardeos que acabaron con las elecciones libres y otras perversiones. En 1964, los generales que acabaron con las elecciones libres y otras perversiones en Brasil recibieron dinero, armas, petróleo y felicitaciones de la Casa Blanca. Y algo parecido ocurrió en Bolivia, donde algún estudioso llegó a la conclusión de que los Estados Unidos eran el único país donde no había golpes de estado, porque allí no había embajada de los Estados Unidos.

Esa conclusión fue confirmada cuando el general Pinochet obedeció la voz de alarma de Henry Kissinger, y evitó que Chile se volviera comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo.

Poco antes o poco después, los Estados Unidos bombardearon a tres mil panameños pobres para capturar a un funcionario infiel, desembarcaron tropas en Santo Domingo para evitar el regreso de un presidente votado por el pueblo, y no tuvieron más remedio que atacar Nicaragua para evitar que Nicaragua invadiera los Estados Unidos vía Texas.

Por entonces, ya Cuba había recibido la cariñosa visita de aviones, buques, bombas, mercenarios y millonarios enviados desde Washington en misión pedagógica. No pudieron pasar más allá de la Bahía de los Cochinos.

Martí

Paseaban el padre y el hijo por las calles floridas de La Habana, cuando se cruzaron con un señor flaquito, calvo, que caminaba como si estuviera llegando tarde.

Y el padre advirtió al hijo: -Ojo con ése. Es blanco por fuera, pero por dentro es negro. El hijo, Fernando Ortiz, tenía catorce años.

Tiempo después, Fernando iba a ser el hombre que supo rescatar, contra siglos de negación racista, las ocultas raíces negras de la cubanía.

Y aquel peligroso señor, el flaquito, el calvo, el que caminaba como si estuviera llegando tarde, se llamaba José Martí. Era hijo de españoles el más cubano de los cubanos, el que denunció:

– Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.

Y repudió la falsa erudición llamada Civilización, y exigió: -Basta de togas y de charreteras, y comprobó: -Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

Poco después de aquel cruce en La Habana, Martí se echó al monte. Y estaba peleando por Cuba cuando, en plena batalla, una bala española lo volteó del caballo.

Fundación de Cuba

Revolución, revelación: los negros entraban en las playas, antes prohibidas para quienes teñían el agua, y todas las Cubas que Cuba escondía estallaban a plena luz.

Sierra adentro, Cuba adentro, niños que nunca habían visto cine se hacían amigos de Carlitos Chaplin, y los alfabetízadores llevaban letras a perdidos lugares donde esas cosas raras no llegaban ni de visita.

En pleno ataque de locura tropical, la Orquesta Sinfónica Nacional viajaba completa, con Beethoven y todo, hacia pueblitos caídos del mapa, y los eufóricos lugareños garabateaban carteles de invitación:

– ¡A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional!

Andaba yo por el oriente, allá donde los caracolitos de colores caen en lluvia desde los árboles y las montañas azules de Haití asoman en el horizonte.

En algún camino de tierra, me crucé con una pareja. Ella venía a lomo de burro, bajo un paraguas que la defendía del sol. Él, a pie. Los dos vestidos de fiesta, reina y rey de esos parajes, invulnerables al

tiempo y al barro: ni una arruga, ni una manchita perturbaban la blancura de esas ropas que habían estado esperando años o siglos, desde el día de la boda, en el fondo de algún armario.

Les pregunté adónde iban. Contestó él:

– Nos vamos a La Habana. Al cabaret Tropicana. Tenemos entradas para el sábado.

Y se palpó el bolsillo, confirmando.

Yo sí puedo

En 1961, un millón de cubanos aprendió a leer y a escribir, y miles de voluntarios borraron las sonrisas burlonas y las miradas compasivas que habían recibido cuando anunciaron que lo harían en un año.

Tiempo después, Catherine Murphy recogió evocaciones:

* Griselda Aguilera: Mis padres alfabetizaban aquí en La Habana. Yo les pedía, pero no me dejaban ir. Cada mañana, bien temprano, se marchaban los dos, y yo me quedaba en casa, hasta la noche. Un día, después de tanto pedir y pedir, me dejaron. Los acompañé. Carlos Pérez Isla se llamaba mi primer alumno. Tenía cincuenta y ocho años. Yo, siete.

* Sixto Jiménez: A mí tampoco me dejaban. Tenía doce años, ya sabía leer y escribir y cada día pedía y discutía, y nada. Es muy peligroso, decía mi madre. Y justo en esos días vino la invasión de Bahía de Cochinos, los criminales esos venían a vengarse, venían con la sangre en el ojo, ellos, los dueños de Cuba. Nosotros los conocíamos bien, ya en los viejos tiempos nos habían incendiado la casa dos veces, allá en la sierra. Y entonces mi madre me preparó la mochila. Adiós, me dijo.

* Sila Osorio: Mi madre alfabetizó en las montañas, de Manzanillo para allá. Le tocó una familia con siete hijos. Ninguno sabía leer ni escribir. Seis meses estuvo mi madre viviendo en esa casa. Durante el día, recogía café, buscaba agua… En las noches, enseñaba. Cuando ya todos sabían, se fue. Había llegado sola, pero no se fue sola. Figúrate: si no hubiera sido por la campaña de alfabetización, yo no existiría.

* Jorge Oviedo: Yo tenía catorce años cuando llegaron los brigadistas a Palma Soriano. Nunca había ido a la escuela. Pero fui a la primera clase de alfabetización, dibujé unos palotes y ya me di cuenta: esto es lo mío. Y a la mañana siguiente me escapé de casa y me eché al camino. Bajo el brazo llevaba el manual de los brigadistas. Caminé mucho, hasta que llegué a un pueblo metido allá en las montañas de Oriente. Me presenté como alfabetizador. Di la primera clase, repetí lo que había escuchado allá en Palma Soriano. Recordaba todito. Para la segunda, estudié, o más bien adiviné, lo que decía el manual. Y para las clases siguientes…

Yo fui alfabetizador antes de ser alfabetizado. O fui todo junto, no sé.

Fotos: Los ojos más habitados del mundo

La Habana, Plaza de la Revolución, marzo de 1960.

Un barco ha estallado en el puerto. Setenta y seis obreros muertos. El barco traía armas y municiones para la defensa de Cuba, y el gobierno de Eisenhower ha prohibido que Cuba se defienda.

La multitud cubre las calles de la ciudad. Desde el podio, el Che Guevara contempla tanta furia reunida. Tiene la multitud en los ojos. Korda toma esta foto cuando los barbudos llevan poco más de un año en el poder. Su diario no la publica. El director no le ve nada especial. Pasarán los años. Esa foto será un símbolo de nuestro tiempo.

Fidel

Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el «Granma», ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.

Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.

Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.

Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.

Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.

(*) De su libro «Espejos», publicado en 2008

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