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Ellos también tienen las manos manchadas de sangre

12 Febrero 2019
Ellos también tienen las manos manchadas de sangre

Por Álvaro El Zahir Zúñiga

Cómo un juego de niños en donde después de romper el cristal de la casa del vecino el niño transgresor se hace el desentendido e indiferente, no corre, no se inmuta, no pierde su aplomo. Actúa como si el hecho nunca hubiera ocurrido y más grave aún, como si él no fuera el responsable del mismo.

Así, tristemente, ha actuado la cúpula de la empresa privada nicaragüense, la oposición política y algunos miembros del clero. Como niños malcriados, caprichosos y berrinchudos, que nunca se hacen responsables de sus actos y que cuando cometen un error, tratan de esconder su responsabilidad y la trasladan a los demás.

Hace nueve meses un "ilustre" grupo de ciudadanos nicaragüenses intentó realizar un golpe de estado para despojar del poder constitucional al Presidente de la República Daniel Ortega Saavedra.

Para alcanzar su objetivo, ellos estaban dispuestos a pagar el precio que fuera necesario e inclusive el fin del estado de derecho y la sucesión presidencial. Nada tenía más valor que lograr ese propósito, como ellos mismos así lo expresaron.

Michael Healy, presidente de la Unión de Productores Agropecuarios de Nicaragua (UPANIC), expresó en la mesa de negociación del diálogo nacional: "Lo que queremos es que Daniel Ortega y Rosario Murillo se vayan del país. La economía será el costo que tendremos que asumir para lograr este objetivo". Luego, en una entrevista con uno de sus periodistas, expresó: "los tranques se quedan y no vamos a permitir que el gobierno los quite".

Edgar Tijerino nos ilustró hasta dónde estarían dispuestos a sacrificarse y a sacrificar al pueblo de Nicaragua por lograr sus "santos" objetivos: "Nuestra resistencia está ahí... en resistir. ¿Que si podemos resistir tres millones de muertos? Los podemos resistir. No importa cuántos caigan. No importa cuántos mueran. Pero están liquidados", en referencia al Presidente y a la Vicepresidenta.

Luego, uno de los más altos jerarcas de la iglesia católica, oraba pero no porque la paz fuera una realidad en Nicaragua, sino porque se realizara una segunda etapa de los tranques que él denominó "la tranqueadera". También reveló sus más íntimos deseos, nacidos del corazón de un hombre de Dios y que muestran el profundo amor que tiene por su prójimo Monseñor Silvio Báez: "tenemos ganas de fusilarlo o meterle un balazo (al Presidente de la República), pero no lo vamos hacer".

Ante todo lo anterior me es inconcebible que hoy dichos autores nieguen y desconozcan su participación no directa, porque nunca expusieron su vida, pero si intelectual porque fueron ellos los que conspiraron, los que se confabularon para que en Nicaragua se realizara un golpe de estado. Sus manos también están llenas de sangre. Pueden hacerse los desentendidos e indiferentes, pero el pueblo recuerda sus palabras registradas en audios y videos. Su participación indirecta los incrimina. ¡Será la propia historia la que los juzgue. "¡Que Dios tenga misericordia de sus almas!".

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