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«El interrogatorio», un dramático testimonio de la brutalidad somocista

12 Abril 2019
«El interrogatorio», un dramático testimonio de la brutalidad somocista

Por Alejandro Dávila Bolaños

Güegüense: Arre ya, con que bueno después de pagado me has azotado; esos no son cueros, esos son azotes.

Güegüense: Sor, Gobor. Tastuanes, asaneganeme ese lucero de la mañana que relumbra del otro lado del mar, asanecaneme esa jeringuita de oro para ya remediar el Cabildo Real del Sor. Gobor. Tastuanes.

(De El Güegüense o Macho–Ratón)

El día miércoles 6 de septiembre del año en curso de 1978 fui capturado en mi casa de habitación, en lo que antes de la Guerra de Estelí era un hogar feliz y alegre, por elementos de la Guardia Nacional que llegaron en un yip color marrón, de esos que llamamos "becat", manejado por un oficial del ejército.

Un sargento de tránsito conocido le dijo a mi esposa, Merceditas, La Mama, que me llamara, pues el comandante de turno, coronel GN Gonzalo Martínez G. (de El Viejo, Chinandega) deseaba conversar conmigo en el cuartel.

Eran las 4:20 pm. Y, precisamente en ese momento, me encontraba con dos buenas amigas, Merceditas U. y Berenice P., preparando un trabajo literario sobre el desarrollo cultural de Estelí, como tesis de grado que iba a presentar para optar a la Licenciatura en Letras en la UNAN.

Ese miércoles cumplíamos 13 días de estar en huelga patriótica como consecuencia del Paro Nacional que el pueblo, los sindicatos, los partidos políticos, los profesionales, comerciantes, banqueros y demás fuerzas vivas del país habían decretado contra el régimen dinástico somocista que por más de 44 años gobernaba a Nicaragua, llevándonos desde el primer momento al caos administrativo donde el peculado, el latrocinio y el desorden fue la tónica imperante, agravada en los últimos tiempos por el desmedido afán de lucro de la inmensa mayoría de los altos miembros del Ejército, que no paraban en mientes para sacar dinero a los ciudadanos que por desgracia caían en sus manos.

Nosotros, como ciudadanos de izquierda

La captura sorpresiva, las redadas contra los estudiantes, el asesinato político contra cualquier ciudadano que tuviera el coraje para denunciarlos, la desaparición de centenares de campesinos que en una u otra forma expresaran su inconformidad ante el régimen, la tortura brutal y violenta, las muertes misteriosas de prisioneros en las cárceles, las violaciones de mujeres, la mutilación y aún la castración de los reos, etc., impulsaron a toda la ciudadanía nicaragüense a perder el miedo y la vergüenza ganando la calle y exigiendo valientemente la renuncia del tirano para instaurar un nuevo gobierno responsable con el respeto y la dignidad humana.

Nosotros, como ciudadanos conscientes, acordes con la ideología política de izquierda, miembro de un partido progresista y revolucionario, perteneciente a una comunidad que siempre se había caracterizado por su rebeldía y audacia para manifestarse contra la dictadura, no vacilamos en tomar parte activa; organizando y dirigiendo en primera línea el Paro Nacional en la ciudad.

Para ello contamos con el apoyo directo de los estudiantes de secundaria, asociados en una agrupación denominada AES (Asociación de Estudiantes de Secundaria), los cuales desde el mes de enero, cuando el primer paro, desplegaron una extraordinaria actividad de agitación y concientización en todos los sectores sociales, que hizo posible la unidad monolítica en toda la ciudad, cuando se decretó el Paro Nacional en agosto, y luego en la guerra contra Estelí, en la tercera y cuarta semana de septiembre de 1978.

La tarde de mi captura me encontraba en camisa de pijama y pantuflas, no permitiéndoseme cambiarme:

– "Bueno Mama –le dije a mi esposa, Merceditas– creo que no será por mucho tiempo".

Tomé asiento en el yip y, después de asistir impotente a la captura de otros compañeros, también opositores, enrumbamos al cuartel, sita en el sector norte de la ciudad, como a las 5 pm. Esa tarde había cierta actividad en el comando, que uno de mis amigos calificó de poco corriente. Muchos vehículos militares llegaban y otros partían hacia la ciudad.

Ocho prisioneros

Fuimos conducidos hacia una oficina donde un oficial alto, un poco obeso, color blanco y ya entrado en años, el teniente coronel Adolfo Casco (de Jinotega), nos tomó las generales de ley. En la amplia sala que en tiempo normal servía de sala de recibo, esa tarde estaban conversando el Ministro de la Gobernación, José Antonio Mora Rostrán, y el general GN Armando Fernández, quienes nos quedaron viendo muy detenidamente pero no dijeron nada.

Me llamó la atención la presencia de Mora Rostrán porque nunca antes lo hubiera relacionado con nuestra captura y prisión.

Desde ese día hasta mediados del mes de octubre, Mora llegó casi todos los días al comando de Estelí transportado en helicóptero, en avión o en carro. Muchas veces, en el curso de esos arribos, supe de su presencia por las arengas que dirigía a los soldados de la Guardia y dos vivas al ingeniero Mora que repetían.

En la celda estaba esperándonos un compañero. Saludos y cambio de impresiones. Nos refirió que a su llegada, un cuarto de hora antes, había tenido unas palabras fuertes con los citados Mora y Fernández, relacionadas con el cierre de una gasolinera de la cual era dueño.

A las 6 pm ya sabíamos el total de los capturados: ocho divididos en dos grupos. Seis en la celda donde me encontraba, y dos en una pequeña sala cercana a una de las oficinas.

Posteriormente, cuando la guerra, estos amigos fueron trasladados a la nuestra. Este grupo de los ocho compartió conmigo todas las vicisitudes, angustias y temores que durante nuestro encierro acaecieron. Una parte, seis, salieron en la segunda semana de Noviembre.

Solamente dos, el ingeniero I. K. y, poco antes de salir, el poeta C. M., cumplieron un poco más de tres meses. Fui puesto en libertad por el decreto de amnistía, el 12 de diciembre. Estuve preso 97 días.

El presente relato comprende solo un aspecto de mi estadía en la cárcel de Estelí: el interrogatorio, o mejor mis interrogatorios, que fueron seis en total.

«Soy marxista leninista»

Al día siguiente, 7 de septiembre, a eso de las 9 am, se presentó un guardia preguntando por mi nombre, siendo llevado enseguida a la sala de enfermería del comando, donde me encontré con un hombre que tenía cubierta media cara, con un pañuelo común y corriente, identificándose como oficial de la Seguridad, y que me dice que quiere hacerme varias preguntas.

Me hizo tomar asiento y después de una breve conversación sobre mis generales, se puso delante de una máquina de escribir y apuntó: Alejandro Dávila Bolaños, 56 años, nacido en Masaya y con más de 30 de vivir en Estelí, casado con Merceditas, padre de Alexis, Anabel, Axel, Néstor, Xilonem, Karelia, Arlon y Alliam; 5,5 pies de altura, moreno, pelo negro, sangre tipo O, con cuenta corriente en el Banco Nacional y pasaporte.

Dije ser marxista–leninista; no tener religión ni pertenecer a ningún partido político, haber estado más de 70 veces detenido por ser opositor. Cuando me preguntó que por qué motivo apoyaba el paro, contesté diciendo que por convicción propia, que estaba plenamente convencido en la necesidad de un cambio total, tanto en el aspecto social como en lo económico; que 44 años de desaciertos y errores en el aspecto administrativo y político habían llevado al país al desastre, surgiendo como consecuencia la reacción del pueblo hacia un cambio de gobernante y de sistema.

Al preguntarme si creía que por medios pacíficos, como la huelga general, se podría botar al gobierno, respondí afirmativamente.

Cuando me dijo en qué forma había trabajado para organizar el paro, respondí negativamente. Amplié mi declaración expresando que el pueblo nicaragüense y en especial el esteliano, no necesitaba de agitación alguna para responder al llamado patriótico de una huelga, puesto que era uno de los más afectados, bastando como ejemplo la falta de libertad sindical en una ciudad donde habían más de dos mil mujeres explotadas brutalmente por los cubanos haciéndolas trabajar más de 10 horas al día, en un trabajo a destajo, en un ambiente cerrado, carente de aireación y durante seis días a la semana; que en el campo la situación era peor porque el campesino se encontraba carente de organización laboral, recibiendo una paga miserable y viviendo en las condiciones más infrahumanas de vida.

Como muestra de la corrupción administrativa puse como ejemplo el gobierno municipal donde constantemente le descubrían desfalcos cuyos autores quedaban impunes.

Varias veces este oficial, el enmascarado de plata, volvió a preguntarme si creía que por medios pacíficos podría cambiarse de gobierno, y yo siempre respondí afirmativamente.

Luego me dijo si quería firmar mi declaración, haciéndolo después de su lectura.

Cumpleaños en la cárcel

Cuando regresé a la celda manifesté en voz alta, pero usando palabras claves, que el interrogatorio había sido suave, sin mucha importancia, pero qué tuviéramos cuidado para no ser sorprendidos.

Transcurrieron tres días de relativa calma.

Poco a poco fuimos adaptándonos a la nueva situación.

Hubo necesidad de advertir que pasada la euforia de los primeros días, pudiera llegar un momento en que comenzaríamos a discutir y hasta pelearnos entre nosotros mismos, para lo cual rogábamos mucha comprensión, sensatez y serenidad. Que no se nos olvidara nuestra condición de reos y que por lo tanto no aumentáramos a nuestro triste infortunio los pleitos nuestros sobrevenidos más por el encierro que por otra causa.

Muchos oficiales GN, no todos, que estaban de servicio en el comando, llegaban a visitarnos y con ellos conversamos muchas veces. Generalmente el tema era siempre el mismo: el oaro, la huelga y nuestra actitud con respecto a la GN. Bueno, en apariencia durante esos días nunca se mostraron hostiles. No obstante los antiguos, los de línea no académica y los de alta graduación, no se acercaron.

El día 9 de septiembre cumplí 56 años. Llegó la Mama, mis hijas Xilonem y Karelia, y mi pequeño Alliam. El comandante accedió a que se juntaran con nosotros los dos compañeros que estaban en la otra celda, pasando una hora, poco más o menos, contentos. Antes de retirarse el comandante nos dijo que posiblemente el día lunes próximo o el martes íbamos a salir libres.

Por la noche, como a las 7 pm, mi buen amigo I. K. sacó una minúscula botellita wiski y con ella terminamos de brindar por mi día. Como era sábado, llegaron muchos alistados borrachos y gritones que estuvieron escandalizando cerca de la celda donde estábamos recluidos. Pasadas las 10 pm todos dormíamos, salvo dos o tres que platicábamos en voz baja.

El comando bajo asedio guerrillero

A las 5:40 am del día domingo 10 de septiembre comenzó la Guerra de Estelí. Se inició con un fuerte ataque al cuartel que desde ese momento se vio asediado por los muchachos del FSLN y por la inmensa mayoría del pueblo joven esteliano. Yo sentí una fuerte detonación y acto seguido una serie de débiles descargas de rifles que continuaron durante todo el día.

La Guardia no pudo salir más allá de los límites del edificio, contestando con baterías de grueso calibre. El férreo cerco de los jóvenes con sus rifles 22 se mantuvo por una semana. Y no se tomaron el cuartel por temor de que en el asalto nos asesinaran.

¡Ah! Si no hubieran llegado los aviones...

Como en ese momento no tenían médico y oíamos que tenían numerosos heridos (GN), personalmente me presté para servir como tal junto con otro colega y estuve atendiendo a los que llegaban lesionados hasta como a la 1 pm, cuando en un helicóptero llegaron médicos, enfermeras y medicinas.

Desde ese mismo día nuestra suerte cambia para siempre.

Los oficiales muy rara vez se acercaron a nosotros, y los soldados alistados comenzaron a insultarnos y luego a amenazarnos con matarnos a balas o con granadas de mano que constantemente nos enseñaban. Noche hubo en que un guardia, después de tratarnos como le vino en gana, disparó su Garand dentro de la celda, no hiriendo ni matando a ninguno por pura fortuna nuestra.

La primera golpiza

El día 11 de septiembre, el segundo de la guerra, cuando la Guardia tenía que admitir su derrota e impotencia pues no habla podido pasar más allá de dos cuadras alrededor del comando, y mientras me bañaba, llega un compañero y me dice que me vista pronto pues están dos guardias esperándome afuera.

Termino el aseo y me acerco a la puerta enrejada, preguntando:

– ¿Me buscan?

– ¿Usted es Dávila?

– Sí señor.

Abren la puerta y como todavía llevo la toalla, uno de ellos me la arrebata y me la envuelve alrededor de los ojos cubriéndome toda la cabeza. Arrastrado más que caminando, fui conducido hacia una sala que por la dirección voy recordando sería la enfermería donde había atendido a los heridos el día antes.

Mientras me llevan oigo de vez en cuando algunas voces de los guardias que dicen: –"Llevan a un jueputa". Luego siento sobre mi humanidad tres o cuatro trompadas. ¡ay!, ¡ay!, que me alcanzan desde cualquier parte.

Cuando me introducen en la sala alguien me da un terrible puñetazo, ¡ay!, en la boca del estómago, seguido otros, ¡ay, ¡ay!, debajo de los codos cuando por una reacción de defensa me cubrí el tórax con los brazos en equis.

Como no veo soy todo oídos y así reconozco algunas voces que cuchichean. De pronto oigo a un teniente cuyo segundo apellido es Zelaya, que me dice:

– ¡Ya, hijueputa! Tenés que decirme todo lo que sepas, cómo organizaste a esos bandidos sandinistas. No me andes con chochadas de que no sé nada, pues si no, no salís vivo de aquí.

Acto seguido trató de amarrarme las manos por detrás, por la espalda, a la altura de los lomos, y como opusiera resistencia me volvió a golpear el abdomen y luego en la cara con sus rodillas cuando me agaché.

Así las cosas, junto con otros oficiales, me amarraron como quisieron, y ya indefenso, el teniente Francisco García Sequeira (de Chinandega) me siguió cargando a golpes, ¡ay! ¡ay! ¡ay!, hasta que yo caí al suelo donde él mismo me soltó la faja y enrollándomela en mi cuello me alzó con violencia, mientras Zelaya me golpeaba el pecho, ¡ay!, ¡me ahogo!, y después la nuca y la cabeza con unas reglas que llamaban "coreanas".

Cansados, me dejaron en el suelo, cuan largo era, aunque minutos más tarde llegó el coronel Adolfo Casco, quien me dio dos patadas, ¡ay!, en la espalda.

Segundo interrogatorio

Enseguida el teniente Zelaya se acercó a una mesa donde habla una máquina de escribir, y me ordenó que me acercara.

Guiándome por la voz, me arrastré como pude y ya cerca de él, me dijo que me pusiera en cuclillas juntando bien los talones, levantando la cara y extendiendo los brazos hacia arriba por encima de la cabeza. Después, dándome un fuerte reglazo en la espalda, me dijo que me iba a seguir dando golpes si no le confesaba todo lo que sabía de la organización de los sandinistas.

Como no dijera nada o como las respuestas no le satisfacían, él y ellos seguían golpeándome por todos lados.

Recuerdo que en una caída, unas monedas de córdoba que mis hijas me habían obsequiado el día de mi cumpleaños se me salieron, por lo cual un clase, el cabo Rivera, me hurgó los bolsillos robándome como veintes pesos que era todo lo que andaba.

A veces me ponían a saltar como rana hasta cincuenta veces, pero cuando llevaba unas veinte me decían que sólo llevaba cinco, y que volviera a comenzar.

"Ve, hijueputa", me dijo Zelaya, "nada de lo que me has dicho es cierto, de manera que alístate", y comenzaron de nuevo a golpearme (Zelaya, García, Linares, y otros que no pude identificar), y por último a fajearme sin compasión alguna.

Cansados, me dejaron tirado en el suelo y cuando pude incorporarme fue para recibir una carga de patadas en el pecho, ¡ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay! Así estuve por varios minutos.

Luego me volvieron a ordenar que me pusiera en cuclillas. Estando en esa posición entró el mayor Bermúdez, Juan Ramón, un hombrón que pesaba más de 200 libras, quien se me sentó encima al mismo tiempo que me golpeaba las costillas diciéndome "arre, caballito".

«Hoy te palmamos»

En eso llegó otro oficial preguntando qué había dicho, y como le respondieron que nada, contestó: "Ya hablará". Otro quiso saber la hora, contestando una voz que eran las 11 y 10.

Alguien dijo: "ponele en la mano la bomba con que lo vamos a matar en la noche". Me soltaron las manos y me pusieron en ellas una granada de fragmentación. Después, una pistola. De nuevo una patada en el pecho, ¡ay!, y una voz que dice: "Hoy te palmamos, hijueputa". Y luego "¡lléveselo!".

Esta vez, de arrastrada me llevaron a la celda donde manos amigas me acostaron en el camarote. Me dolía todo el cuerpo y más el pecho a cada respiración.

Al entrar exclamé:

– ¡Tengo sed, tengo sed! Denme una fanta, por favor. Una fanta...

Esta era la consigna que quería decir que debíamos callar (por aquella publicidad que decía "guarda bien las tapitas y ganarás un premio").

Dos o tres horas más tarde llegó un médico, que me examinó el abdomen y el tórax, prescribiendo una ampolla de Lisalgil en la vena para calmar el dolor y unas pastillas analgésicas. Un sargento–enfermero, Cantillano, a quien conocía, cumplió a cabalidad lo ordenado.

Esta vez observé una alteración en la relativa tranquilidad de la celda: todos mis compañeros estaban de pie y con la cara pegada a la pared. Así los obligaron a permanecer durante 10 días. Esa noche la pasé muy mal. Dos días estuve acostado en el camarote, bastante drogado a causa de las inyecciones.

Al tercer día llegó "El Comanche" (comandante) quien suprimió momentáneamente el castigo de mis amigos y se excusó conmigo, diciéndome:

– Cuando me di cuenta de lo que te sucedía ordené inmediatamente que suspendieran la golpiza.

¡Pura hipocresía! Como si no supiéramos que dentro del cuartel no se mueve ni una hoja si no es por la orden superior.

Ese mismo día por la tarde supe que la suerte de Estelí estaba ya echada pues la noche anterior un consejo militar compuesto por el ministro Mora Rostrán, el jefe de la zona general Fernández, el comandante Martínez y todos los demás oficiales del cuartel, habían dispuesto que los operativos comenzarían el 14 de septiembre.

Como antes de dormirnos siempre evaluábamos nuestras actividades del día, revelé a mis compañeros lo que confidencialmente me habían transmitido acerca del bombardeo que iban a realizar contra Estelí, poniendo reparos, pues creía que la efemérides del 14, día de la batalla de San Jacinto, iba a detener el criminal proyecto.

Tampoco pude dormir bien. Llegó el día y con él las habituales descargas de los fusiles, las ametralladoras y los M–50. Nada indicaba que se alteraría la rutina de la guerra.

Siete días llovieron cruces fósforo rayos

No fue sino como a las 9 am que apareció el primer avión, grandote, como de transporte, y minutos más tarde un segundo, de doble cola, muy rápido, los cuales estuvieron sobrevolando la ciudad durante todo el resto del día, hasta como a las 5:30 pm. Cuatro días estuvieron repitiendo estos vuelos desde las 7 am hasta las 5 – 6 pm. (La ciudad alegre y confiada por la presencia de los muchachos del FSLN, comenzó a angustiarse).

El día 18 de septiembre –lunes– hicieron su aparición como a las 8 de la mañana los aviones y cuál no sería nuestra aterradora sorpresa y angustia cuando oímos disparar sobre nuestra querida ciudad. Eran tiros de verdad que sembraban el dolor, el espanto y la muerte en nuestros hogares. Nada comparable al suplicio que esto significaba y el dolor de la impotencia por no poder hacer nada para impedirlo.

Y después, este nuevo sonido nunca antes percibido por mis oídos: los roquets. Aquella estela de cortante silbido –y el estallido final ¡bom! ¡BOM!–, niños muertos, madres aplastadas, casas destruidas, jóvenes huyendo despavoridos, ancianas horrorizadas.

¡Y sin poder hacer nada!

Al cuarto día borrachos de mariguana y odios

subieron a los aviones de doble triángulo entrelazados

y desde el cielo

–Oh, nuestro puro, cielo del norte

girando en negras órbitas

dejaren caer, con satánica precisión computada todo

el espanto de bombas metralla napalm roquets

abriendo pesados surcos de llanto destrucción y miedo sin límites

en lo que antes era nuestra ciudad de vida, de canto y de paz.

Siete días llovieron cruces fósforo rayos.

Sembramos a nuestros hijos muertos en los mismos patios donde crecieron

al lado de nuestros hermanos muertos junto a nuestros abuelos muertos.

Debajo de los rosales los depositamos amorosamente

y no pudimos derramar lágrimas porque el terror nos había dejado secos los ojos

y no gritamos porque el dolor nos había arrancado la voz.

El miércoles 20 de septiembre, como a las 7:30 pm, mi fraterno amigo I. K., me dijo:

– Hoy está cumpliendo años mi hija menor. Comámonos este chicle a medias que lo tengo desde hace varios días para celebrarlo.

Gustosamente acepté haciendo votos para que la próxima vez lo celebráramos en una Patria Libre.

Conversamos. En eso estaba cuando llegan dos guardias quienes preguntan por mí, abriendo a continuación la puerta de pesadas rejas.

Tercer interrogatorio, otra golpiza

Ya afuera me vendan los ojos con fuerza y, jalado más que caminando, me llevan al corredor donde vacilan un momento, conduciéndome luego, hacia la derecha, seguramente a una pieza de la oficina de Policía. Tocan y enseguida abren. No había terminado de cerrarse la puerta cuando oigo la voz del mayor Donald Torres (de Granada), que dice:

– Vos sos el hijueputa comunista que ordenaste la destrucción de Estelí.

Después se me vino encima comprobando si la venda que tenía puesta me impedía ver y hecho una furia salvaje me tomó férreamente del cuello apretándolo y causándome gran dolor y asfixia. Luego me dio una tremenda trompada en el pecho –me ahogo ¡ay!

"Tomá comunista, bandido, hijueputa", pero entonces ya no es sólo Torres sino toda una jauría de chacales.

Los golpes y los insultos se suceden con rapidez. Yo siento, ¡ay! ¡ay! ¡ay!, los puñetazos que dan en el pecho, en el abdomen, en los costados, ¡ay!, cruzo los brazos para protegerme y luego me pegan en la cara. Me agacho y cargan conmigo en la espalda.

Grito terriblemente: ¡Ay! Todo el comando escuchó el alarido.

Entonces Torres, Donald, tomó una bayoneta y ordenándome que abriera la boca me dio con ella en los dientes.

– Mordé duro, jodido.

– ¿Qué es eso?

– ¡Con ella te cortaré la lengua si no hablás!

Entre todos me amarraron las manos por detrás, en la espalda, y vuelven a golpearme sin asco, ¡ay! ¡ay!

Como me agachara me dan rodillazos en la cara. Me ensartan la punta de la bayoneta varias veces en la nuca, ¡zas! ¡zas! ¡zas! ¡ay! En el suelo me cargan a patadas al gusto. "¡Tomá, comunista!"

Me levantan del pelo y como la venda que me cubre los ojos se afloja, por una hendija, en la parte de arriba, veo a la jauría de oficiales que me estaba agrediendo: Torres, Mario Casco, Roberto Quintanilla, Francisco García, Linares y otros más.

– ¡Está viendo! ¡Tomá jodido, cuidado ves!

– ¡Ay! ¡ay!

– ¡Cuidado decís algo, jueputa!

Yo sigo gritando, ¡ay! ¡ay! ¡ay! y ellos golpeándome. No hubo nadie que no se diera cuenta de mis quejidos.

Luego tomaron trapos y me dijeron que me los tragara, haciendo torpes tapones. Me dan ganas de vomitar y devuelvo el bodoque. Nuevo intento y la lengua lo empuja hacia afuera. Siguen las trompadas. Caigo al suelo y me muelen a patadas.

Sigo gritando, ¡ay! ¡ay! ¡ay! Donald Torres (de Granada) se me sube encima del pecho y comienza a brincar sobre él.

Yo siento como mis pobres costillas ceden, cuántas no sé, siento gran dolor, ¡ay¡, seis, nueve, todas.

¡Dolor! ¡Dolor! ¡Dolor!

– Hijueputa comunista, ¿quién te entregó las armas?

– ¡Ay!

– ¿A quién se las diste?

– ¡Ay!

– ¿Quién te las trajo?

– ¡Ay!

- ¡Habla jueputa!

– ¡Ay!

– Comunista, comunista, sandinista, perro.

– ¡Patria Libre o Morir! ¡Ay!

Yo pienso en mi mujer, la Mama, creo estar junto a ella, a veces hasta oigo su voz. "¡Ay, amor mío! ¡Ay, mi amor! ¡Ay, amor!

Y ellos:

– Este jodido debe ser cochón. Metámosle un palo dentro del culo. Bájenle los pantalones.

– ¡No, no!

– ¡Hablá, jueputa!

– ¡Ay! Me levantan de los cabellos y ya de pie tratan de ensartarme cualquier cosa entre las nalgas.

– ¡No! ¡Por favor no!

Luego me arrancan los pelos de la barba para ponerme esparadrapo en la boca. El sudor no lo deja. "Enrollale bastante". Inútil. "Gritón jodido".

– ¡Decí, cabrón! ¿quién te trajo las armas? ¡Habla!

Me vuelven a agarrar del cuello y como ya no aguantara, cuando me sueltan grito:

– ¡Socorro!

Y ellos:

– ¿Socorro qué? ¿De qué apellido?

– No es nada

– Está llamando. Ya vienen. ¿Cuándo te dieron las armas?

"Andá ve cómo dejaste la ciudad, comunista!"

"¿Cómo se llaman?"

"Vos sos el responsable de todo.

– ¡Tomá!

– ¡Ay, ay, ay!

– ¡Jodido, deja de gritar! Matemos a este cabrón, jueputa.

Estoy cansado. Me duele mi presencia. Mama, Mama mía. ¡Ay, amor mío! ¡Ay, mi amor! ¡Ay, amor!, jadeaba.

– ¿Quién es tu amor?

También ellos, mis verdugos, estaban cansados pero aun así con más furia seguían golpeándome.

(Al otro lado de la pieza donde estaban martirizándome estos académicos oficiales de la guardia, permanecían impasibles escuchando mis lamentos y gritos de dolor, en espera de mis palabras y revelaciones, el general Armando Fernández, el coronel Gonzalo Martínez, el teniente coronel Adolfo Casco, el mayor Juan Ramón Bermúdez, el teniente coronel Moisés Sálomon. Tomaban café y Fernández fumaba incansablemente. De vez en cuando dejaba caer su brazo derecho sobre la mesa oyéndose el ruido que hacía inconfundiblemente la argolla de oro que portaba).

«Patria Libre o Morir»

– ¡Ay, no aguanto!

– ¡Hable!

– ¡Ay! La respiración misma me dolía las costillas.

– ¡Comunista, comunista, sandinista, hijueputa!

– ¡Patria Libre o Morir!

Me arrinconan cerca de la puerta y caigo al suelo. El cabo Rivera me registra los bolsillos y me roba unas monedas. Me levantan a golpes. Oigo la voz del capitán Carlos Vargas:

– ¡Hable, jodido! Yo seré su abogado.

– ¡Ay, no aguanto! ¡Ay!

– ¿Quién te dio las armas? ¿quién te dio las armas? ¿quién te dio las armas?

– ¡Alisten el pelotón para matarlo!

– ¡Hay que matarlo!

"Matarlo, matarlo, matarlo". "Uno menos". Mi mente trabajaba. Con frecuencia quise desmayarme, perder la noción de la realidad.

– ¡Ay!

– ¿Cómo organizaste a la gente?

– ¿Conocés a los (miembros el Grupo Los) Doce?

"Comunista, cabrón", gritaban Torres–Casco–Linares–Quintanilla.

– ¡Ay, ay! Me temblaban las rodillas.

– ¡Callate, jodido!

– ¡Ay!

– ¡Trae el chuzo! ¡El chuzo!

– ¡Ay, ay! Algo me jincaba en los lomos. ¡Ay!

– ¡Callate! ¡Hablá!

No aguanto, ¡ay!

– ¡Dale duro!

– ¡Ay, mi amor!

– ¡Cochón! ¡Tapale la trompa!

Como tenía la cabeza gacha, Donald Torres, me empujó con violencia hasta una pared y agachándome, empezó a golpear la cabeza, ¡ay! ¡ay!, contra la pared, ¡ay! Luego me golpeó los oídos con las manos abiertas, ¡fuiiil! Caigo nuevamente al suelo. Llegan las patadas.

– ¡Hablá, jueputa! Vos destruiste la ciudad. Andá vela. Hoy te matamos.

Todos rivalizaban trompeándome.

Ya no aguanto, ¡ay! Mis gritos retumbaban en todo el cuartel. ¡Fuiii! Las paredes repetían mis alaridos. No hubo nadie que no sintiera mi tormento.

Los compañeros pensaban que no iba a salir vivo. Los centinelas, a lo lejos, comentaban:

– Este jamaqueado palma.

Los golpes en el pecho me causaban gran dolor y me impedían respirar.

– ¿No era esto lo que querías? ¿Querés libertad? ¡Tomá, jueputa!

– ¡Ay!

– ¿Quién te entregó las armas? ¿A quién se las diste? ¡Hablá, jodido!

– ¡Ay! ¡no! ¡no!

Un rodillazo brutal en la cara me empujó boca arriba pero no pude gritar porque inmediatamente el mayor Donald Torres se me tiró encima y comenzó a apretarme la garganta hasta casi asfixiarme.

Yo lo vi claramente, con estos mis ojos que se los va a tragar la tierra, porque en ese mismo instante la venda que los cubría se resbaló y pude contemplar todo su rostro goteando odio y ferocidad. (¿Por qué esta actitud de Donald Torres contra mí, a quien nunca había conocido ni visto?). Alguien debió de haberlo retirado porque si no, ahí no más quedo quieto.

Cuando me levantaron del pelo, ¡ay! ¡ay!, llegó la orden:

– Dice el jefe que ya basta.

Pero yo ya lo sabía muy bien, aún en medio de mi asfixia cuando del otro lado, donde estaban los altos oficiales, la voz que ponía por esta vez punto final a mi martirio.

– ¿Estás viendo, hijueputa?, enrollándome la venda.

Temblaba. Un guardia me tomó de un brazo y me empujó hacia un baño próximo que estaba atestado de muchos jóvenes quejándose amargamente. No sé cuántos había, probablemente unos 10 o más, en un metro cuadrado. Como mis piernas no podían sostenerme ponía la cabeza sobre la espalda de algún muchacho que no tenía camisa, lo recuerdo bien, tratando de no caer.

Dije algo, quizá que me llevaran a la celda. Entonces el guardia me gritó:

– ¿Estás viendo, jueputa?, dándome un fuerte golpe en la espalda tal vez con la punta del rifle.

De pronto oí la voz de un amigo salvadoreño, vecino mío, que reclamaba su condición de extranjero para que lo dejaran libre. Me alegré porque pensé que pudiera revelar mi condición de torturado a mi esposa (lamento decir que no lo hizo).

También oí la voz de un joven que se quejaba al guardia y hasta le hacía ver que eran primos. La respuesta fue la siguiente: "¡Abrí la boca, jodido!", y luego le introdujo un fósforo encendido. Recuerdo bien el chifíl que hizo el palito prendido cuando se apagó en la lengua del desgraciado.

– Llévenme a mi celda, volví a repetir.

Siento pasos que se aproximan y que llegan hasta donde estoy.

– Va para afuera, dijo y me tomó sin violencia.

Al momento de salir alguien dijo:

– Hagámosle la paja.

Y otro oficial se agachó y apretándome el pene comenzó a tirar de él. Aburrido, me dio un golpe en la verga y me dejó ir.

El oficial que me llevaba, cuando llegamos a lo oscuro, me dijo:

– Soy su amigo, y luego procedió a quitarme los amarres que me tenían los brazos y manos por detrás. Tal vez no tardó mucho en la diligencia pero a mí me pareció siglos. Luego me quitó la venda pero no pude verle la cara por la oscuridad. Por su voz supe de quién se trataba.

Tercer día de torturas

Cayéndome entré en la celda. Silencio sepulcral. Guiándome por instinto me arrastré hasta el camarote. Minutos después se me acercó un compañero que con voz suave comenzó a consolarme. Luego otros me pusieron vaporub en el pecho y la frente.

¡Agua! ¡Ay! ¡Agua! No podía moverme y el tórax me dolía atrozmente. La respiración era superficial y cuando inspiraba un poco profundamente, la crepitación de las costillas rotas aumentaba el sufrimiento. No pude dormir o mejor el poco sueño que tuve fue intranquilo. Así llegó la madrugada. Como me sentía morir hice testamento verbal.

Con el amanecer llegaron las actividades del vivac. Gran movimiento en el cuartel alistando las escuadras que pronto saldrían a combatir a los muchachos, nuestros muchachos, y que indefectiblemente regresaban con el amargo sabor de la impotencia y la derrota. Yo oía muy bien todo esto, y también escuché cómo un guardia custodia, después de insultar a mis compañeros, los obligaba que estuvieran de pie con la cara pegada a la pared.

¡Dolor, dolor, dolor! ¡Mama mía, cuánto te amo!

Serían como las 9 de la mañana cuando de nuevo se acercan dos guardias y me llaman.

Como pude me levanté y me dirigí a la puerta de rejas, donde después de abrirla me ponen una venda sobre los ojos. Mi corazón latía desbordándose. No podía dar paso alguno pero los empujones de los alistados me hacían avanzar. Sentía debilidad en las piernas.

De nuevo giran hacia la derecha, pero esta vez me llevan unos pasos más hacia afuera. Toques discretos en la puerta y ya estoy adentro.

– ¡Con que este es el hijueputa viejo que no quiere hablar!, dice una voz que no reconozco.

– ¡Déjenmelo a mí!, replica alguien también desconocido.

Se me acercan y siento dos terribles trompadas en el pecho, ¡ay! ¡ay!

– ¿No vas a hablar?

Otra voz:

– Este es el jefe de los comunistas, dice el mayor Juan Ramón Bermúdez.

– ¡Abrí la boca, hijueputa!, y luego me introducen un trapo húmedo. Enseguida me ponen esparadrapo sobre los labios hasta la base de las orejas. Después una capucha. Me amarran las manos por detrás a la altura de los lomos. Oigo una voz que me dice:

– Cuando querás hablar, mové la pierna derecha.

Acto seguido comienza a golpearme brutalmente el estómago, el pecho donde la noche anterior me habían roto cinco o seis costillas. Como no puedo gritar siento asfixia. Agito la cara continuamente mientras la carga de los golpes sigue. No pudiendo resistir se me doblan las rodillas y caigo al suelo donde me dan patadas en el pecho, en la cara, en la cabeza, en la espalda.

De pronto cesan los golpes y una voz bien clara que dice:

– Te voy a quitar los esparadrapos, jodido, pero cuidado con no decir nada hijueputa, porque entonces te matamos a pura verga.

«El suplicio me hizo cuentista»

Me quitan el trapo de la boca. Siento que los labios están resecos. Todo el cuerpo me duele. Respiro rápida pero muy superficialmente. La crepitación de las costillas rotas me atormenta más. Pienso en mis hijos y en la Mama. En lo que represento para ellos. Ahora soy un guiñapo tirado sobre el suelo que ni siquiera puede tenerse de pie. Se me vienen a la memoria las suaves caricias que la Mama me prodiga cuando me quejo. Y ahora, ¡qué lejos!

Oigo que piden papel carbón y la máquina de escribir que empieza a funcionar.

– Sos comunista, ¿verdad?

Contesto: Soy marxista. "Es la misma cosa", dice alguien. La máquina sigue tecleando.

– Ahora decí todo, cabrón, que si no te cargo a verga. ¡Ya sabés, hijueputa!

Comienzo:

– Después del 15 de agosto nosotros supimos por medio de la radio y por el periódico La Prensa, que se estaba preparando un movimiento cívico, una huelga general, un paro para procurar botar... para conseguir un cambio de Gobierno...

Una patada en el pecho me priva de la voz, ¡ay!, al mismo tiempo que el que escribe a máquina me dice:

– ¿Quién te dio las armas, jueputa?

– Fueron los Doce.

– ¿Cuándo?

– Después que estuvieron aquí en julio.

– ¿Por dónde entraron?

– Por el Golfo de Fonseca.

– ¿Por qué ruta?

– Vinieron en lancha, unas por El Salvador, otras por Honduras.

– ¿Cuántas eran?

– Mil rifles.

– ¿Cómo vinieron?

– En camiones.

– ¿Por dónde?

– Potosí, Chinandega, León, El Sauce, Estelí.

– ¿Dónde las guardaste?

– En Catedral.

– ¿Dónde?

– En el altar mayor de Catedral.

Desde luego todo esto era un puro embuste y una grosera mentira gorda. Era mi respuesta al tormento. Decir algo para librarme del brutal martirio de las trompadas, patadas, rodillazos, chuzazos, reglazos, jalones de pelo y demás cosas que me hacían para arrancar una confesión comprometedora.

De los Doce sólo conozco al doctor (Carlos) Tunnermann Berheim con el cual me liga amistad cultural. Políticamente somos opositores al régimen somocista pero nunca he tenido con él una conversación sobre ese tema. Cuando llegaron los Doce a Estelí, no estuve presente en la multitudinaria manifestación que les tributaron y mucho menos en las pláticas que tuvieron con sus admiradores y seguidores.

El suplicio me había convertido en cuentista.

Pero como la mentira más inverosímil es la más creída, el resultado fue que mis verdugos creyeron –o al menos eso me pareció– que decía verdad, confirmándome haber dado en el clavo cuando un correveidile, agitando mis palabras como bandera de triunfo, le dijo al general Armando Fernández:

– Las armas entraron por el golfo de Fonseca.

Ignorancia total sobre armas

En mi condición de ser materialista, muy poco o casi nunca he entrado en la Catedral de Estelí, por lo cual era absurdo pensar que hubiera podido esconderlas en el Altar Mayor sin la colaboración estrecha del párroco, que hubiera hecho prodigios de prestidigitador para ocultarlas.

Semanas después un compañero a quien le relaté este interrogatorio, me preguntó si sabía cuánto valían mil rifles. "No sé", respondí. "Valen más de dos millones de pesos", me dijo. "¿Y sabés cuánta munición necesitan?" "Tampoco", afirmé. "Por lo menos, continuó diciéndome, trescientos mil cartuchos. ¿Y sabes cuánto cuestan? ¿Y los vehículos para transportarlos? ¿Y la gente para entregarlos?".

El interrogatorio continuó.

– ¿Qué clase de armas?

– Rifles, granadas, bazucas, lanzallamas, morteros, garands...

Ordena una voz: "¡Clasifique, jodido! ¿Qué números?

– IL, uno. M, cinco. M, diez. M, quince. M, veinte... Una espantosa patada en un costado, ¡ay!, pone punto final a la cuenta.

– ¡Hijueputa! ¿Te estás burlando de nosotros?

– Es que no sé de armas, nunca las he visto ni tocado.

Una voz y otra patada, ¡ay!

– Ya te las enseñaremos. ¡Continuá, hijueputa!

– M–50, M–70... Me agarran de la cabeza y me tiran al suelo. Luego otra patada, ¡ay!

– ¿Te seguís burlando?

– Es que no conozco nada de rifles.

– ¿Cuántas ametralladoras y qué modelos?

– 300. Modelos Kadir, Jericó, Sinaí, Monte Carmelo...

Siguen las patadas, ¡ay!, los insultos, los machucones de dedos, los reglazos. Grito:

– ¡Yo nunca he recibido armas! No me golpeen, por favor. Yo no sé de armas.

Y ellos:

– ¡Hablá, cabrón comunista! ¡Si sos el jefe! ¡Hablá jodido!

Una voz:

– ¿A quién se las diste?

– Al Obispo.

– ¿Cuántas?

– 100 armas.

Oigo unos pasos que se alejan y momento después una voz que dice:

– Dice el Jefe que este hombre está mintiendo. ¿Por qué miente, hijueputa?

– Porque me están dando patadas.

La voz desconocida repite:

– Dice porque le están dando patadas.

(Para mis amigos no constituye una sorpresa el absoluto desconocimiento de armería y balística. Asimismo con respecto a las marcas, modelos y calibres. En mi tiempo de joven sólo se hablaba de rifle tiro "u" y nada más. Posteriormente supe de los "concones", "mauser", "remington", "crak". Y hasta allí llenó mi saber al respecto).

Cuando al oficial de la seguridad que me interrogaba y pateaba para que le confesase sobre supuestas armas que nunca recibí le dije de garands y después de M–1, recuerdo muy bien que exclamó: "Es la misma cosa".

Primera vez que oía tal aseveración. Respecto a las M, fueron algunos compañeros de prisión que me ilustraron, cuando las veíamos en manos de los alistados y luego disparándolas en la azotea del cuartel. Como no entiendo de calibre ni de numeraciones de las famosas M, yo las clasificaba, para capearme de los golpes y puntapiés, de cinco en cinco y luego de diez en diez. De las Marcos tampoco sabía nada pero como había oído que eran judías y con nombres judíos las imaginarias armas que yo había recibido, pues también deberían tener apelativos judíos, y por tal razón mencioné los nombres apuntados.

La misma excusa alego, y por los golpes, por haber nombrado al Obispo, con el cual tuve una cordial amistad enrolle éramos amigazos y nos gustaba el curbasá. Y también por haber comprometido a un excelente amigo al mencionarlo como que yo le había entregado armas cuando en realidad no era cierto.

La represión empujó a la lucha armada

La lucha que nosotros libramos en Estelí era una lucha cívica, popular, de palabra. La violencia desatada por la Guardia Nacional contra la inerme población citadina, azuzada por los diputados, jefes políticos, alcaldes, magistrados, jueces y demás ralea de pícaros y sinvergüenzas, al matarnos a nuestros estudiantes, obreros, campesinos; al golpearnos con las culatas de las M–1; al lanzarnos granadas de mano; al embestirnos con sus yipis y camiones homicidas; al reducir a prisión arbitrariamente a opositares y trabajadores, impulsó a los muchachos, en un esfuerzo desesperado y emotivo para contener tanto desenfreno, coger sus rifles 22 y enfrentarse al invencible y glorioso ejército somocista que si no fuera por la aviación, habría sufrido su más vergonzosa derrota.

Según el criterio de los oficiales de la seguridad que me interrogaban, como el del comandante del cuartel y del jefe regional, al ser yo marxista–leninista, debía ser también el principal director de la Insurrección Popular de Estelí, y como tal, conocedor, del Plan de Batalla que se está librando en las calles de la ciudad contra la guardia.

Por ese motivo, a pesar de mis protestas –ahogadas por las patadas, garrotazos y puntapiés recibidos– me veía compulsado a responder cada pregunta que se me hacía. Ya había comprendido que decir algo, por muy absurdo que pareciera, era la salvación.

Una voz:

– ¿Por qué quieren tomarse el Palacio Departamental?

– Para Instalar un Gobierno Revolucionario.

– ¿Qué táctica usan para conservar la cludad?

– Mantenernos en los edificios altos.

– ¿Cuáles?

– Corte de Apelaciones, Palacio Departamental, Catedral, Comunicaciones, Banco Nacional.

– ¿Cómo piensan detener los tanques?

– Construyendo barricadas Ho Chi Minh.

– ¿Dónde queda la colina G–9?

– El cerro Guasgualí.

– ¿Dónde queda?

– Al poniente.

– No entiendo.

– Al oeste.

Una voz se dirige al oficial de seguridad: "Dice el Jefe que describa las barricadas Ho Chi Minh".

– ¿Cuáles son las barricadas Ho Chi Minh?

– Son envolventes y defensivas. Las Primeras sirven para atrapar tanques, yipes y camiones militares. Las segundas para atacar a las tropas de infantería. Seguramente en estos momentos están usando formas combinadas, que se llaman barricadas.

– ¿Dejó armas en la iglesia San Antonio?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque el cura de San Antonio es gringo. Y todos los Curas yanquis son miembros de la CIA.

Oigo voces que no entiendo bien pero me parece que se refieren a mi respuesta.

– ¿Conoce el padre Lucas?

– Sí, señor.

– ¿Le entregó armas al padre Lucas?

– No. señor.

– ¿Por qué?

– Porque todos los curas españoles son reaccionarios.

– ¿En qué otra parte dejó armas?

– En la Casa Cural.

Una voz: "¿En qué otra parte?".

– En ninguna, señor.

– ¿Querés que te recuerde, hijueputa?

– No, señor.

– Diga, pues, ¿en qué otra parte?

– En la Iglesia de El Calvario.

– ¿Qué clase de armas?

– Garands y escopetas reductoras.

– ¿Qué es eso?

– Un dispositivo que se le adapta para que puedan disparar toda clase municiones.

– ¿Cuántas escopetas?

– Doscientas cincuenta, señor.

– ¿Tienen instructores cubanos?

– No, señor.

– ¿Qué hacen con los soldados prisioneros?

– Les damos tranquilizantes fuertes y los ponemos a hacer zanjas.

– ¿Qué harían si se adueñan de Estelí?

– Nos apoderaríamos de Somoto, Ocotal y Cabo Gracias a Dios.

– ¿Por qué Cabo Gracias a Dios?

– Para tener una salida el mar.

Una voz: "¿Y recibir a los cubanos? ¡Contestá, jodido!"

– No, señor.

– ¿Por qué?

– Esta lucha es entre nicaragüenses.

– ¿Qué piensa de los bombardeos?

– Que causan destrucción, ruinas y lágrimas.

– ¿Cuánto ganás al mes?

– Tres mil córdobas.

Un cura «comunista»

Una voz: "¡Ve qué hijueputa! Dana tres mil y se queja. Y yo que gano ochocientos y tengo que dar de comer a los hijos. Así son estos comunistas. Todo lo quieren para ellos".

– ¿Conocés al padre Julio López?

– Sí, señor.

– ¿Es comunista como vos?

Como no contesto, me dan un reglazo en la cabeza.

– El Padre Julio López es un sacerdote católico.

– ¿Es comunista?

– Los comunistas son ateos.

– Vos como comunista y el padre Julio como comunista cristiano. ¿Cómo organizaron los barrios?

– Yo le dije al padre Julio que formara células revolucionarias en todos los barrios.

(El padre Julio López es un virtuoso sacerdote colombiano que hizo mucho por la comunidad del barrio de El Calvario. A él se debe la supresión de las cantinas y prostíbulos del lugar. Lo mismo que la fraternidad y la buena amistad que había entre todas las personas de su parroquia. Organizó sociedades de asistencia mutua, recreativas y de ahorro. Era muy querido por la feligresía. Sus misas eran concurridas y su palabra, llena de sabiduría y amor, inspiraba a los vecinos por los caminos del bien, del orden y de la moral. Con él me ligaba una buena amistad, pero por respeto mutuo nunca hablamos de actividades conjuntas ni mucho menos insinuarle la creación de células revolucionarias.

Las brutales golpizas que yo recibía cuando callaba me obligaban a decir cualquier cosa, como las barricadas Ho Chi Minh, el cerro Guasgualí, las escopetas reductoras, Cabo Gracias a Dios, etc. Como el padre López era muy activo y se había destacado como un verdadero dacerdote, comprensivo y dinámico, batallador por el bienestar de las clases humildes, entonces los jueces, magistrados, síndicos, sanitarios, coimes, empresario de luz eléctrica y los gusanos–batistianos lo calificaron como gran agitador comunista).

Cuando me llevaron a la celda estaba totalmente exhausto, hecho una dolama. Tenía sed insoportable y los labios resecos. Los golpes que había recibido en el ya quebrado tórax y en el abdomen me impedían respirar. Fraternas manos me depositaron en el camarote, pero como la almohada era muy baja, cuando puse la cabeza, el dolor del pecho aumentó terriblemente.

A las 3 pm llegó un médico militar que comprobó las fracturas de las costillas y me preguntó si había orinado sangre. Ordenó que me siguieran poniendo lisalgyl y comprimidos sedantes. Poco a poco me fui calmando hasta la llegada de los alistados, como a las 5:45 pm, cuando había extraordinario movimiento y aumento de los disparos.

Todos mis compañeros, exceptuando uno, seguían de pie y con la cara pegada a la pared. Este se encontraba tumbado sobre un colchón, también con las costillas rotas, y brutalmente masacrado.

Llegaba para mí otra larga noche insomne. Los soldados comentan en voz baja la derrota. A eso de las 10 pm oigo, junto a la celda, una estentórea voz, que al mismo tiempo que dice mi nombre, me colma de insultos groseros, malolientes, procaces. Es el Mayor Donald Torres, quien llama para que me acerque a la puerta de gruesos barrotes. A como puedo me levanto sin ayuda alguna y le pido que no me golpee más, pues ya no resistía.

Él insiste en que me acerque y yo temía que me agarrara otra vez del cuello y me estrellara contra los hierros. Fortalecido por la presencia de mis compañeros, poco a poco me aproximo al que han encargado de liquidarme físicamente, quien me pregunta cuántas armas había dejado en mi finca Quezalcayán. Contesto que ninguna.

– ¿Por qué dijo anoche que eran doce?, ruge. Respondo que por los golpes. Hecho un energúmeno se retira. Tampoco pude dormir.

Continúa el suplicio

Con el nuevo día se reanudan mis angustias. Cada minuto transcurre atormentado por un nuevo llamado. Y el minuto llega como a las 10 de la mañana, cuando me mandan a traer vendado. Llego a la oficina y después de asegurarme que no veo, me obligan a ponerme en cuclillas y con los brazos en alto sobre mi cabeza.

Luego, como si no existiera, un grupo de oficiales, entre los cuales reconocí por la voz al teniente coronel Adolfo Casco, al mayor J. Ramón Bermúdez; al capitán Carlos Vargas y otros de la sesión anterior, quienes comienzan a hablar de mi familia, de la honra de mi esposa y de mis hijas. Comentan la muerte de mis hijos. La destrucción de mi casa y el saqueo de la misma, como de mis propiedades.

Al oír todo esto, me lleno de sobresalto y no sé si es cierto –porque era posible– o se trataba de una tortura. Siempre apupuyado escucho lleno de terror lo que aparentemente me espera:

– Bueno, ¿qué haremos con este hijueputa comunista?

Una voz: "Hay que liquidarlo".

"También mueren de los nuestros, ¿por qué va a vivir este hijueputa?".

Siguen conversando:

"Es fácil. Lo amarramos delante de la tanqueta y que los sandinistas lo palmen".

"Matémosle primero y después lo llevamos a una calle y ahí que lo encuentren".

"Peguémosle fuego, para lo que vale.

"Saquémosle a combatir con nosotros y ahí lo tiramos".

"Echémoslo muerto a un potrero y que los perros se encarguen de él".

"Hay que tirarlo del helicóptero".

"Hay que arrastrarlo de un yip".

"Lo importante es matarlo, después...".

Así por el estilo. Mi corazón se me escapaba. La incómoda posición de estar en cuclillas cedió y de pronto caí cuan largo era, pero los que hablaban, parecía o fingían no darse cuenta de mi presencia, pues salieron sin decirme cosa alguna.

Una media hora después entró alguien ordenándome que me levantara y alzara un poco la venda de los ojos para mostrarme unos libros. El primero que me enseñaron fue un Diccionario de la Real Academia (Ed. 1850), empastado en cuerina negra y con mi nombre impreso.

– ¿Es tuyo?

– Sí, señor.

El saqueo de mi casa

Enseguida me entregan como 30 libros más, que en vida estaban sobre una pequeña mesa a la orilla de mi cama, entre ellos unos marxistas, otros de Mao, muchos de la colección del Banco de América, diccionarios de lenguas indígenas, y autores diversos (recuerdo El Principito, de Exhupery). Todo esto me revelaba que habían cateado mi casa y con probabilidad saqueada. (Jamás me imaginé que esto tendría carácter catastrófico, pues mi biblioteca de más de tres mil volúmenes había sido objeto del más refinado vandalismo, no dejándonos ni los libreros. Asimismo de los enseres domésticos: todo se perdió, desde las cucharas hasta las camas).

La aparente calma fue rota de pronto cuando me enseñaron un folleto mimeografiado, "¿Por qué soy progresista", escrito por mí. Empezaron a leerlo y como comentario a cada párrafo me insultaban y, a veces, me golpeaban las manos y la cabeza. "¿Dónde lo imprimiste, jodido?". "Es que es un ideólogo", dijo alguien. Luego: "Vayan a la casa de este hijueputa y se traen el mimeógrafo". Siguieron los insultos y los golpes hasta la última página, donde aparecía un poema mío titulado "Estudiantes", y cuando leyeron:

Y las muchachas estudiantes,

perseguidas como fieras

y luego ultrajados sus virginales sexos verticales (...)

me propinaron una trompada en el pecho al mismo tiempo que me preguntaban:

– ¿Te consta a vos, esto?

Después tomaron la revista "24 Horas", de Nacho Briones Torres, leyendo mi artículo sobre los sucesos de mayo en Estelí, atribuyéndome todos los incendios y las barricadas que se levantaron en ese tiempo.

Cuando regresaron los que habían ido a la casa en busca del mimeógrafo, dijeron no haber encontrado nada pero sí expresaron que habían invitado a la gente para que saquearan la casa ("Las empleadas del hospital fueron las primeras en llegar", decían jocosamente. Y bien que fue así, pues también me robaron todo el instrumental médico que poseía, aparte como se dijo, de todo lo que había. Sólo las paredes limpias dejaron, pues hasta los cuadros se llevaron).

Enseguida me enseñaron casi toda la colección ordenada que poseía de los comunicados del FSLN, empastados y encuadernados; lo mismo que del periódico del Partido Comunista de Nicaragua, del Partido Socialista, del MPU, diversas publicaciones de ambos partidos y colecciones de folletos editados en la UNAN, y muchos de mis escritos inéditos y mimeografiados.

Todo un pedazo de historia contemporánea escrita: documentos, revistas, borradores, colecciones de cartas, Iitografías, los álbumes de mis hijos, de mi mujer, periódicos viejos, bocetos de dibujos, etc. Todo esto estaba amontonado sobre una mesa.

– ¿Conocés a esta mujer?, me preguntaron.

Ahí estaba la María con su risa única.

– ¿Conocés a este jodido? Este gran hijueputa se llama Alejandro Dávila Bolaños.

Sigue el silencio, un par de golpes, ¡ay!, ¡a!, y digo:

– Este señor se llama Alejandro Dávila Bolaños. Otro par de golpes, y entonces repiten el insulto a mi persona.

Así procedieron conmigo estos oficiales de la caballerosa guardia nacional.

Al rato oigo una voz que me parece de J. Ramón Bermúdez o de Adolfo Casco, que dice:

– Bueno, señor escritor, le daremos gusto: ahí, tiene papel y pluma y escríbanos toda su participación activa en los sucesos de Estelí. Cómo, lo organizaste, con quién te reunías, quién te entregó las armas, a quienes se las diste, la defensa de la ciudad, el ataque al cuartel, quienes les daban dinero. Todo, Jodido. Ya sabés, lo que te espera si no decís la verdad.

Mi «confesión» escrita

Y se fueron. Comencé a escribir relatando a grandes rasgos la situación del país, la necesidad y la razón de un cambio no sólo político, sino también económico y social de la nación. Los diferentes intentos pacíficos que se habían hecho, incluyendo el paro de enero–febrero de 1978 y el último esfuerzo cívico que se había realizado en agosto, iniciándose en la capital, generalizándose con rapidez a todo el país.

Que siendo evidente el apoyo que todas las fuerzas vivas de la población daban al paro nacional y a la huelga de brazos caídos, no era de extrañarme que las diferentes asociaciones de Estelí, las secundaran, así como también los Sindicatos y Federaciones locales.

Que sin halago ni temor todo el mundo se había pronunciado a favor del paro, cerrando las puertas de las casas o de los negocios, como el que suscribía.

Que en ningún momento se habla recibido arma alguna ni se preparé un levantamiento popular ni planeé un ataque al Cuartel. Prueba de ello era que la familia del que suscribía se encontraba en Estelí, entre ella una nieta (mi pequefía Ximel) de apenas 40 días.

Que era lógico pensar que si hubiera sabido de un levantamiento, insurrección o guerra contra la guardia, hubiera puesto a toda la familia, desde mucho antes, en un lugar seguro o en el extranjero.

Que ignoraba las actividades de mis compañeros de prisión, porque aunque no conocía a todos ellos, no teníamos ningún nexo político en lo económico ni ideológico.

Todo esto ampliado fue escrito en seis páginas en un sólo tirón, interrumpido, a veces, por, la presencia de los oficiales que recibían las hojas haciendo comentarios, tales como "sólo chochadas estás escribiendo". "Aquí no decís nada, pura mierda es todo esto". "Nos estás vacilando, jodido, aquí no hay nada de lo que dijiste ¡ayer", etc.

Después que hube escrito la última página, me dijeron que la firmara, y luego me cubrieron la cara con una capucha y me pusieron de pie junto a una pared del mismo cuarto.

Cuál no sería mi sorpresa cuando por la abertura inferior de la venda que tenía sobre los ojos, pude ver cómo trescientos libros de mi biblioteca, entre ellos muchos ejemplares de El Güegüense o Macho Ratón, La Medicina Indígena, La Mitología Nicaragüense, todos ellos escritos por mí mismo. (Posteriormente supe por la Mama que mi colección de manuscritos, entre ellos dos Güegüense en papel amate indio, de 75 páginas cada uno e Ilustrados con dibujos de mi hija Karelia, fueron sustraídos por la patrulla al mando de los capitanes Casco y Vargas –que arrojó una granada de mano e hizo tamaño hueco en el techo– y llevados al comando. A pesar del reclamo, nunca fueron devueltos).

Como a la hora de estar de pie llegó un oficial que se acostó sobre una mesa. Minutos después entró un clase que recibió la orden de llevarme a la celda. Todavía resonaban en mi mente las palabras acerca de mi familia.

Cruz Roja constata mi estado lamentable

A finales de septiembre o comienzos de octubre llegó la Comisión de la Cruz Roja Internacional y días más tarde la Comisión de Derechos Humanos. El estado en que me encontraba les impresionó vivamente.

El día 6 de octubre fuimos notificados que estábamos bajo la autoridad de una Corte Militar presidida por el Coronel Moisés Sálomon, , actuando como Fiscal el Dr. y Capitán Arturo Vallejos (de Rivas).

Después de esta fecha mi salud muy resentida en cuanto a las fracturas de las costillas y por el dolor ocasionado por la posición muy horizontal, en que permanecía, no volvió a sufrir físicamente agravio alguno.

No obstante, nuestra situación permaneció precaria por cuanto estábamos a merced de la soldadesca, enfurecida y a veces llena de droga, que constantemente nos amenazaba de muerte.

La insurrección del pueblo esteliano había terminado. La Operación Limpieza había dejado más de dos mil muertos –nuestros muertos– y convertido la ciudad en un montón de ruinas. Los políticos somocistas del lugar, los sapos, orejas y demás paniaguados, estaban felices y contentos por la gloriosa victoria del ejército sobre el pueblo de Estelí.

Yo los ví cuando pasaban ocultándose el rostro con un pañuelo, por el corredor del penal, hacia la cocina. Y aún vi cuando les devolvieron a algunos, los rifles 22 que llegaron a reclamar.

El día 10 me permitieron ver a la Mama durante tres minutos. Yo le pregunté en voz baja:

– ¿Están vivos? Y ella: "Todos'.' El abrazo, su abrazo suave, lo sentí muy hondo por cuanto me presionaba el pecho. Ella observó mi reacción y me preguntó qué me sucedía.

Le contesté, explicando, que porque dormía sobre una tabla, me dolía la espalda. (Semanas después supe que lo que más le había llamado la atención, cuando nos vimos esta primera vez, fue la respiración superficial rápida y la intensa palidez de mi rostro).

El último interrogatorio

El 14 de octubre comparecí ante la Corte Militar de Estelí, presidida por el Coronel Sálomon y por cinco oficiales más. Fui interrogado por el Capitán Mario Casco y el Dr. Arturo Vallejos.

Esta vez la sesión se hizo a plena luz del día, en la sala de recibos y sin golpes ni amenazas. Hasta hubo un interesante diálogo con Vallejos.

El Capitán Quintanilla quiso responsabilizarme como activo guerrillero por una dedicatoria que encontrara en un folleto escrito por el doctor Plutarco Anduray Palma, remitido a mi persona, donde decía "gran luchador revolucionario".

Como al hablar sobre la democratización del país insistiera en la necesidad de una reforma agraria anti-feudal, liquidando los latifundios improductivos, se estableció una polémica acerca de la propiedad privada y la propiedad colectiva de los medios de producción, concretamente del agro.

Desde luego no nos pudimos entender pero quedó firmemente establecido que en Nicaragua no podría haber democratización alguna si la tenencia de la tierra permanecía incólume, tal como existía en la actualidad.

Luego las preguntas giraron en torno a mi presunta participación como jefe y organizador de la Insurrección Popular, los probables nexos con los dirigentes de los otros levantamientos de Matagalpa, Masaya, León y Chinandega.

Sobre mis viajes al exterior, principalmente cuando estuve en Cuba, como representante del MR en la Conferencia de OLAS, y en la Unión Soviética como intelectual. También fui interrogado sobre UDEL, el FAO y el Partido Comunista de Nicaragua. Cuatro horas y media duró la sesión. Como a las dos y media de la tarde fui devuelto a la celda.

Este fue el último interrogatorio que sufriera estando en prisión en la cárcel de Estelí hasta cuando fui puesto en libertad el 12 de diciembre 78, es decir a los 3 meses y seis días de mi captura. El 19 de noviembre murió mi Madre, Doña Isabel Bolaños de Dávila y se me negó permiso para asistir a sus funerales en Masaya.

Quiero dejar establecido y bien claro que yo no fui la única víctima de estas torturas.

De nuestro grupo de ocho, un compañero y mejor amigo también, fue brutalmente jamaqueado una vez dejándolo tumbado por varios días. Todas las noches, a partir de las ocho, desde que se iniciara la Insurrección de los sectores populares contra el régimen somocista, hasta cuando salimos, oíamos los desgarradores gritos de los infelices prisioneros políticos, principalmente jóvenes campesinos, que estaban siendo interrogados por los oficiales de la Guardia Nacional acantonados en Estelí.

Esto aumentaba nuestro sufrimiento al par que crecía nuestra angustia sobre todo cuando una madrugada oímos las voces lastimeras de unas mujeres, porque bien pudiera ser el torturado otro amigo recién capturado, un hijo nuestro, un valiente trabajador o un humilde labrador alejado de la contienda.

Algunos días después estos compañeros de lucha, hermanos en el tormento, relataban en voz baja toda su tragedia, conmoviendo nuestra sensibilidad y fortaleciendo mi decisión de relatar estas crueldades como ejemplo vivo de lo que constituye el régimen somocista de 45 años.

Beso a mi esposa, la Mama Merceditas, y a mis hijos Alexis, Anabel, Axel, Néstor, Xilonem, Karelia, Arlon y Alliam, como a mis nietos Jefry y Ximell, a quienes creí nunca mis volverlos a ver.

¡Viva Nicaragua Libre!

Estelí, 31 de diciembre 1978 y un amanecer esplendoroso.

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