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El primer encuentro entre Tomás y Carlos Fonseca

13 Agosto 2019
El primer encuentro entre Tomás y Carlos Fonseca

Por Tomás Borge Martínez

De su obra cumbre La Paciente Impaciencia, ganadora del Premio Casa de las Américas, Género Testimonio, publicamos los acápites del 4 al 7 de Capítulo 1, de la primera edición publicada en La Habana en 1989

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A orillas del río Matagalpa, viendo las alturas que también nos miran, leí Azul... ¿Ha leído usted Azul..? Lo leyeron primero don Eduardo de la Barra y don Juan Valera, y después poetas, novelistas, pintores, casi todos los abogado", gran parte de los ecologistas de América Latina y España. Lea usted Azul... Lo escribió Rubén Darío, de generales conocidas. Yo lo leí cuando construían el puente para comunicar la ciudad con el hospital que está al otro lado del río, en la falda de El Calvario.

Allí leía yo, maravillado, sobre unas piedras, cerca del lugar donde llegaba a bañarse una ninfa que se entretenía en chupar un terrón de azúcar y que estaba a la espera de un sátiro velludo para convertirlo en su amante. Yo miraba mi escuálida adolescencia despejada de vellos y de tonos graves. Cuando saludaba a la ninfa, lo hacía con una voz en la que habitaban gallos pichones; ella me miraba, parecía una gata y se reía como chicuela a quien hiciesen cosquillas. Alguna vez la seguí entre los tupidos árboles y se me perdió en un recodo.

Una tarde, mientras seguía leyendo Azul..., en presencia de mi amigo Ramón Gutiérrez, llegó un poeta y nos dijo que hacía tiempo que cantaba el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán –dijo–, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. Interrogado, continuó: he roto el arpa adulona de las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza, he arrojado el manto que me hacía parecer histrión o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura.

Fotografía de 1935, cuando Tomás tenía 5 años, con su madre, sus tías y una «hermana de crianza» en Matagalpa, suministrada por su viuda, Marcela Pérez-Silva

Estimulado para que siguiera, dijo: el arte no está en los fríos envoltorios de mármol ni en los cuadros lamidos. No viste pantalones ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Ramón, poniendo los puntos sobre la íes, le preguntó sobre sus zarpazos, y él respondió: son como dos leones, señor. Entre un apolo y un ganso prefiero el apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.

Después de escuchar sus quejas, llegamos a la conclusión de que mejor que poeta era ser matemático o estudiar jurisprudencia o investigar los síndromes tímidos –ya que no está dilucidado si el timo es o no una glándula endocrina–, aunque, por razones hipocondríacas o ideológicas, tampoco queríamos ser burgueses ni reyes.

Ese mismo día fuimos al hospital para estrechar la mano de los tuberculosos y reprochar a las enfermeras porque no eran capaces, como nosotros, de beber en el mismo vaso de Juancito, el flaco tosigoso que era nuestro amigo, el hombre que ponía a prueba nuestra lealtad con Winnetou.

De regreso al río, ahora con Douglas Stuart, otro amigo de la adolescencia, encontramos en Azul... a la tigre de bengala con su lustrosa piel manchada que se yergue a la entrada de la gruta. Allí lanza su rugido y eriza de placer su piel. Está en el mes del ardor. La tigre respira a pulmón lleno, se le hincha el seno, abre las anchas fauces, exige vasallaje, husmea. Cuando ve al tigre le chispea su ojo verde. Es muy bello. Le muestra los blancos dientes y los músculos hinchados. El rey llega, halaga; corresponde la tigre, se acarician con salvaje ardor. Después, el idilio monstruoso. El terrateniente avanza con la escopeta mientras somos testigos del polen, del nervio, de los torrentes de vida. Las fieras se acarician, el cafetalero atrevido se adelanta y apunta con un solo ojo. Douglas salta como un cachorro y cierra el libro. No quiere escuchar el desenlace.

Mejor el realismo. Leamos El fardo, dijo Douglas. La escuela naturalista, hermano, al estilo de Zola. Parece una página de Gorki, reitera Stuart, quien ha leído también a Gogol. A Rubén lo despidieron con cariño los portuarios de Valparaíso, agrego yo, y lo recibieron con aclamaciones los portuarios, los poetas, los carpinteros y los vendedores de sortilegios de Montevideo. Los uruguayos son así con nosotros, los nicaragüenses, aunque eso nada tiene que ver con La canción del oro.

Y en eso estábamos cuando llegó un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, y sacando de su bolsillo un pan moreno, dio al viento su himno. Cantemos el oro, rey del mundo, que nace del vientre fecundo de la madre tierra. Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan en sus corrientes. Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, porque se derrama por los mantos como un fuego e inunda las capas de los arzobispos.

Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos y él nos pone mamparas para cubrir las locuras abyectas, porque va a repletar las cajas de los bancos. Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque luce en las corazas de los héroes homéricos. Cantemos el oro, amarillo como la muerte. Cantemos el oro, purificado por el fuego, Dios becerro, tuétano de roca, sonante como un coro de tímpanos; feto de astros. Cantemos el oro, hecho sol, cuya camisa de crespón, negra de estrellas es, después del último beso, como una muchedumbre de libras esterlinas.

Miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, vagos, rateros, bandidos, y vosotros, poetas, unámonos a los poderosos, a los semi–dioses de la tierra. ¡Cantemos el oro!

5

Y como ya la tarde era crepúsculo, nos fuimos con el poeta harapiento a recorrer las calles de la ciudad. No habíamos caminado cien pasos, cuando llegamos al parque Morazán, lugar donde por el día habitaban los lustradores y los locos, y por la noche se acumulaban besos, regateos, brisas en los labios húmedos. Cerca de la estatua de Morazán se nos juntó Ramón Gutiérrez, y el poeta desapareció entre las ramas de los naranjos.

A nuestra izquierda, la catedral semejaba una fruta cerca de la inmolación; respetable como viuda madura, sólida como un burócrata a punto de jubilarse. Mirando hacia el río, las torres se crecían por las tardes mientras el gran reloj nos enseñaba a leer la hora y las citas que algún día tendríamos con la muerte.

Entonces sólo marcaba el encuentro con la sonrisa de Amelia, los minutos para jugar al escondite, las siete y quince en que se iniciaba la película de Buck Jones, o la fragancia del incienso y el pater noster, qui es in caelis (padre nuestro, que está en los cielos).

En la torre de la derecha está el campanario desde donde se recuerda la puntualidad para homenajear a los difuntos, el estornudo de las misas dominicales, la carcajada con que se golpea el rostro de la luna llena en Semana Santa, la lucidez con que, juraría, se anuncian los bautizos.

Caminamos hacia el barrio La Salida a Jinotega y, sin que se acelerara el ritmo de la vida, subimos por una escalera de grillos al cerro La Cruz o Chuga Bello; desde allí se domina la pequeña ciudad que parece una cuchillada certera. Dos calles principales, animadas con impresionante cantidad de comercios y de vestidos de manta de todos los colores, corren paralelas al río. A nuestra izquierda está Guanuca y, oculta a nuestra mirada, la fábrica de hielo, que es un sitio de árboles frondosos, apropiado para los paseos dominicales.

En el fondo, tirando para El Apante, está el barrio Palo Alto, donde pequeñas casas de adobe se apoderan de los recodos de piedra para incrementar la geografía y el desafío. Unos centímetros antes, en las curvas de nivel de un mapa cuya escala es de uno sobre cincuenta mil, está el barrio Laborío, donde correteó, con juguetes de madera y sobre pisos de barro, Carlos Fonseca.

Desde aquella colina se observaban el aserrío y el Teatro Margot, fundado por Antonio Corriols, marido de la hermosa señora Delia Morgan, padre del primer automóvil, la primera planta eléctrica, la segunda bicicleta y el primer piropo obsceno que llegó a la ciudad, y padre de los Corriolitos, que tocaban guitarra y pateaban pelotas de fútbol con la misma maestría con que hacían vibrar pezones y motocicletas.

María Corriols fue mi compañera de primeras letras, donde las niñas Pérez, Angélica y Perfecta. Ella descubrió una mañana que yo había escrito, sin saber lo que significaba, la palabra Dios, por lo que la niña Angélica, tan dulce de rostro como amargo era el de la niña Perfecta, pronosticó que yo sería médium, obispo o, por lo menos, catador de pieles.

Cuando regresamos al parque, pasando cerca de la cantina La Vida No Vale Nada, nos atrevimos a curiosear por la escuálida ventana de El 130, prostíbulo de la Ángela Godoy. Con timidez nos acercamos a una casa que quedaba a mano izquierda, no sé con exactitud de qué, donde vivía Clementina, la prostituta sonriente y solitaria, que de todas formas era demasiado costosa para nuestras posibilidades. Pasamos también de largo por la puerta amarilla detrás de la cual prestaba sus servicios la buena señora Cara de León. Pintarrajeada, fea como el vómito de un sacristán, ella casi no cobraba, pero nadie tenía con qué comprar la máscara para detener el horror.

Nos topamos con Jolea, cargador de sacos. Pasamos por donde el Chinche, que no podía cortar el pelo sin el silbido insistente de Caballería rusticana y que nos dejaba la cabeza igual a un casco, a una invocación, al rostro de una meseta. Allá va Chavarría, dijo Douglas; era el policía escolar que nos pisaba los talones hasta darnos alcance cuando nos escapábamos de la escuela.

Nos juntábamos en grupos de más de tres para gritarle: ¡Chavarría, chavarranca, la potrilla y la potranca! Lo hacíamos bailar el minuet. Perseguía a una agrupación en el flanco izquierdo cuando se oía el grito en el derecho, otro en la vanguardia y Chavarría chavarranca en la retaguardia. Unos minutos antes de que le pusieran una camisa de fuerza, decidió ser portero en el Teatro Margot.

Pasamos cerca del negocio de Pedro Culito, que por detrás era la menor distancia entre dos puntos. Fue dueño de los billares donde Carlos Fonseca llegaba a vender el periodiquito Rumores y a jugar pool. Ese día recorrimos las cantinas o los estancos: además de La Vida No Vale Nada, estaban el de la Jacinta, el de Pancho Camisa, cerca del cementerio, donde se tomaba el trago del adiós, el de la Cheba, una gorda misericordiosa que servía jocotes, mangos en rodaja y te expulsaba con un gesto de la nalga izquierda cuando estabas insufrible, el de Chumbulún, donde me emborraché por primera vez, junto con Julio Cuarezma, a los catorce años.

Esa tarde enamoré a una mujer imposible, vomité la leche con la que me atragantó la nodriza días después de mi nacimiento; nos capturó una patrulla mientras yo insultaba por alguna razón lógica a la Luna, y Julio trataba de explicarme que la culpa, como es natural, la tenía el Sol. Por la mañana, como no fui amable, me hicieron barrer el parque Morazán. A mi madre tuvieron que atenderla dos médicos porque se desmayó de la vergüenza.

Cuando cogía agua la nube, es decir, después de escamotearle a mamá algunos pesos, invitaba a mis amigos a comer al restaurante Shanghai, propiedad del chinito Lay, maestro del chop suey; o al restaurante cantones, del chinito Po, especialista en chuletas de pescado y donde, a veces, metían, según Rumores, ratón por paloma de Castilla. También donde Palomo, al pie de un hermoso guanacaste.

Donde la Servandita bebíamos chicha de maíz, cacao, raspado de ciruelas, cebada con pajilla, leche con almendra, Kola Shaler, chibolas Orúe, chía, fresco de naranja agria, sonrisas contagiosas, agua helada y, si lo pedías, café con chisme.

Vamos a El Molino, recomendó Ramón; ahí paseaban las parejas, casi siempre con las manos entrelazadas; o a Los Mangos, que era la finca de los padres de Consuelo Baldizón, sugerí yo. La quebrada Yaguare, donde estaba la poza La Cagalera, quedaba muy lejos, igual que El Salto de El Apante. También La Hiciera, al otro extremo del pueblo, donde se comían paletas y se bautizaban los evangelistas hundiéndose en un agua tan fría que, de seguro, quedaban limpios y sin ánimo de volver a pecar contra el sexto mandamiento; al menos, hasta el próximo verano.

No se nos ocurrió ese día ir sobre el río principal donde estaban las pozas: El Chivo, La Carnicería, La Culebra, El Mico, Don Bruno, La Presa. A ellas llegaban, los domingos, pequeños grupos de gente a pasear, a pescar o a pecar, según las circunstancias, los motivos o las motivas.

6

Estábamos de vacaciones. Ramón Gutiérrez y yo hicimos amistad con todos los locos: La Pantaleona, extraviada por un desengaño amoroso, pintadas las tersas mejillas con achiote, se levantaba las faldas para mostrarle al mundo la sinrazón del abandono.

La Tomasa, gordita, comía ratones y seducía adolescentes borrachos entre las flores del parque; se dice que sus tres hijos rubios, hermosos, eran nietos de un terrateniente de ojos zarcos y rostro pecoso, padre también de una numerosa prole de alcohólicos, buenos muchachos, valientes, anti–somocistas y pendencieros.

Maitro Nicho, íntimo amigo, hiperkinético, cargaba, persuadido de sus tesoros, un costal de manta repleto de piedras preciosas, aunque sin ningún apego a las riquezas terrenales. Un día nos llamó para que fuéramos testigos de cómo conectaba una manguera a las nubes para alimentar de agua a un edificio de ciento cincuenta pisos. Ramón Gutiérrez y yo guardábamos cuanto diamante y lingote de oro nos entregó la generosidad de Maitro Nicho. Para ganar el pan nuestro de cada día, él cargaba sobre sus robustas espaldas los quintales de sal o de frijoles que le solicitaban a mi madre los pequeños expendios.

Un loco antológico era el meteorólogo Toño Aguirre, que se entretenía anunciando veranos e inviernos inapelables, floraciones y cosechas de café más grandes que todos los beneficios.

Otro se llamaba Jesús, pero le decían Sanamambiche. Era un hombrón, todavía joven; cuando niño fue lustrador de los yanquis, quienes le decían son of a bitch. Odiaba a los guardias somocistas porque, decía él, ningún poeta podía dejar de malquererlos. Un día se libró una batalla campal entre Sanamambiche y un pelotón de guardias. Sanamambiche disparaba piedras con pies y manos, aunque usted no lo crea, y los guardias, culatazos. No recuperó el conocimiento. Su muerte provocó duelo entre lustradores, locos y mercaderas.

Había también una mujer esbelta que miraba a los seres humanos con ojos enrojecidos, pidiendo con autoridad una limosna por amor de Dios. Durante las horas más luminosas del día, trataba de descubrir los secretos de las manchas solares. Le decían la Mirasol.

Bárbara era una anciana o parecía serlo. Recolectaba perros vagabundos que la seguían, con total lealtad, por los mendrugos y desperdicios que ella repartía desde un cajoncito de madera amarrado a la cintura. Allí depositaba las sobras de comida que le daba la gente y con las que se alimentaban ella y la tropa fiel de animales pulgosos y despreciados que protegían su sueño. Había un ciego malo, que portaba dos bastones, llamado Anselmo. Se sentaba en la acera del mercado y, al oír los pasos de un niño, le metía uno de los bastones entre los pies. Cuando la víctima caía de bruces, él se reía y su carcajada sembraba el terror entre los transeúntes. Decían que su ceguera era fingida.

Abel, por su parte, era un ciego bueno; acarreaba sacos a cambio de la comida y de ropa usada. Tenía en los hombros la fortaleza de un buey y en los labios una sonrisa de luna tierna, cuya contraparte adivinaba igual que los obstáculos entre un punto y otro de la ciudad. Conocía las distancias, lo cual le otorgaba prestigio. Saludaba a la gente, igual que si la estuviera viendo, mientras cargaba, como si fuera el ala de un zenzontle, una máquina de coser, un saco de azúcar o una tonelada de tinieblas.

7

Nos fuimos a dormir temprano; por la mañana mi madre me despertó para que la acompañara, contra mi expresa voluntad, a escuchar el sermón del obispo y, de paso, para que le sirviera de monaguillo al joven prelado.

Cerca de la iglesia, mi madre saludó a una señora de rostro bondadoso, acompañada de un niño que llevaba, colgados de la nariz y de las orejas escuálidas, unos anteojos gruesos, y en la mano una candela blanca con motivos dorados.

Él entraba a la catedral para hacer la primera comunión, como parte de un grupo de niños reclutados en los barrios, quienes habían estudiado –en una especie de seminario– el catecismo, con referencias al fuego del infierno, a la certeza del purgatorio por los pecados veniales, y a la indescifrable contradicción de la Santísima Trinidad.

Mi madre preguntó el nombre del niño y la señora respondió que se llamaba Carlos. Yo lo saludé apenas y él me regresó un gesto austero y una mirada limpia, azul. La señora se adelantó algunos pasos y yo le pregunté a mi madre quién era ella. Agustina Fonseca, me dijo.

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