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Amar a Nicaragua es respetar, estudiar, trabajar y construir

09 Diciembre 2019
Amar a Nicaragua es respetar, estudiar, trabajar y construir

Por José Aragón

La paz debería estar considerada como el más valioso patrimonio que cada generación se comprometa a heredar  a la juventud del futuro. La paz también debería asumirse como el derecho y responsabilidad humana más universal e insoslayable porque, promover, respetar y conservar la paz, es la mejor manera de preservar la vida, cultivarla y dotarla de verdadero significado.

La paz es de especial interés para el pueblo trabajador porque es la única época en la que florece el surco y abunda la cosecha, se pone en pie la industria y cantan futuro las fábricas. La paz es el estado de ánimo social en donde se multiplican los abrazos, la mirada es franca y confiada,  y la fraternidad se vuelve fuerza y progreso solidario. Solamente en la paz se puede aspirar al crecimiento económico, la educación, la cultura, la salud y los derechos para todos.

El pueblo trabajador necesita y le conviene la paz, porque en la violencia sólo encuentran negocio y rentabilidad los poderosos.

La vida y el bienestar del pueblo dependen de su fuerza de trabajo y, para que esa fuerza esté empleada y pueda llevar comida, ropa, libros, bienestar y dignidad a su familia, se necesita crear puestos de trabajo, algo que solo es posible en un ambiente de tranquilidad social que genere inversión, emprendimiento y dinamismo económico.

El nicaragüense ha sido un pueblo pacífico, laborioso y progresista que tuvo la desgracia histórica de haber estado dirigido por una elite económica y política mediocre y egoísta que promovió, usó e implantó la violencia como cultura y herramienta política en beneficio de sus negocios e intereses. A esos grupos de poder nunca les interesó hacer de la política un espacio de participación popular, diálogo, debate y consensos que contribuyera a conformar un sociedad de paz, progreso y oportunidades, porque su objetivo no era gobernar para construir un país democrático para todos si no, usar el Estado y las instituciones como mecanismo de expolio en beneficio de sus intereses y de los intereses de potencias extranjeras.

Promoviendo la violencia, el miedo, el odio y la confusión, dividían al pueblo trabajador, aumentaban sus negocios y consolidaban su capacidad de sometimiento. Del conflicto endémico entre nicaragüenses, liberales y conservadores, obtuvieron jugosas ganancias con las que conformaron grandes fortunas y privilegios, mientras el pueblo  asumía la carga del dolor y las heridas, el sufrimiento, la hambruna, el desempleo crónico, el analfabetismo y el fraccionamiento social.

Con ese modelo de violencia política promovida a lo largo de nuestra historia por liberales y conservadores, siempre ha salido perdiendo Nicaragua y su pueblo trabajador. Además de las miles de muertes, fracción social y pobreza causadas por cada guerra estúpida, en 1826, mientras políticos granadinos y leoneses se peleaban por intereses y poder, Costa Rica aprovechó e inició un proceso de anexión de los territorios de Nicoya y Guanacaste, un área de más de 10 mil kilómetros cuadrados que se nos esfumó oficialmente el 15 de abril de 1858. Cuando los políticos nicaragüenses quisieron reaccionar, ya era imposible revertir la anexión, perdiendo así Nicaragua un extenso  territorio con áreas marítimas incluidas.

Eso mismo estuvo a punto de pasarnos de nuevo en los años 90, cuando, mientras los neoliberales se concentraban en repartirse el botín que les dejó la guerra de los años 80, Costa Rica, disimuladamente, comenzó a utilizar nuestro Río San Juan, navegándolo de forma abusiva y violando todos los acuerdos limítrofes, lesionando nuestra soberanía, sin que a ninguno de los flamantes gobernantes neoliberales se le ocurriera reclamar e intentara hacer valer nuestros derechos soberanos sobre ese bello y estratégico río, orgullo de nuestra nicaraguanidad. Si nos descuidamos un poquito más, los vecinos del sur se nos hubieran llevado, como Nicoya y Guanacaste, también el Rio San Juan!

Tenemos un bello país que debemos cuidar y engrandecer. Eso obliga a todo nicaragüense de bien a esforzarse para aportar a la construcción de la paz porque en la paz ganamos todos. Es una enorme estupidez pensar que con violencia se pueden solucionar las diferencias y los problemas de una sociedad. Todo aquel que tenga un día la tentación de incitar al odio y apuntarse a la violencia, antes debería tener en cuenta que, hasta el día de hoy, ninguna guerra ha terminado en el campo de batalla, si no en una mesa de negociación. Por lo tanto, lo más inteligente, lógico  y responsable sería esforzarnos por promover y practicar el diálogo y el acuerdo constante antes de que los estragos causados por la violencia nos obliguen a sentarnos y ponernos de acuerdo alrededor de una mesa llena de cadáveres.

Amar a Nicaragua nos obliga a esforzarnos por hacer un ejercicio continuo de respeto hacia el compatriota, estudiar, trabajar, construir, hacer de nuestras diferencias un debate de altura y constructivo que fortalezca nuestra identidad nacional y nos una a todos alrededor del progreso, la fraternidad y la libertad. El amor a Nicaragua nos exige aprender a hacer propuestas políticas, sociales, culturales y económicas serias, aportar ideas que nos beneficien a todos y abandonar, de una vez por todas, esa cultura violenta que nos impusieron y que nos ha hecho perder territorio, tiempo, vidas y futuro en peleas estériles.

A los nicaragüenses nos encanta presentarnos ante los amigos del mundo diciendo que venimos de una bella  tierra habitada de Poetas, lo que significa inteligencia, sensibilidad y sentimientos sublimes. Construyendo una nación de Paz y Progreso sería la mejor manera de hacer honor y ponernos a la altura de ése elevado título que autoproclamamos poseer. ¡Diciembre podría ser un buen mes para comenzar!

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