Escúchenos en línea

De México a Las Segovias: las primeras batallas del General Sandino

20 Febrero 2020
De México a Las Segovias: las primeras batallas del General Sandino

Por Emigdio Maraboto

Extractos del libro «Sandino ante el coloso», publicado en agosto de 1929, que el periodista mexicano Emigdio Maraboto escribió fruto de sus entrevistas al General durante su estancia en Veracruz, México.

Augusto César estuvo en Costa Rica a la edad de 16 años, que dejó su país, luego en Panamá, en México, en los Estados Unidos, regresó a México, volvió a Guatemala y de allí a Estados Unidos otra vez. Fue una vida aventurera en que el joven Sandino iba haciéndose hombre al correr de la vida. Se inició en la mecánica y llegó a ser un buen tornero, aprendió la lengua inglesa durante su estancia en los Estados Unidos, y en México aprendió las doctrinas de la revolución.

Fue en nuestro país en donde Sandino comenzó a comprender el estado primitivo en que se hallaba su país y la necesidad de una renovación en los métodos, en lo político y en lo social. Las leyes del trabajo de México, las leyes de tierras y las leyes del petróleo sirvieron de base a Sandino para formar un programa nacionalista en lo político-internacional y social para su país.

En las minas de Durango y de Hidalgo, y en talleres de la capital trabajó Sandino. En Veracruz, en el año de 1924, trabajó también durante poco más de dos meses con la casa comercial Agustín Ortiz, consignatarios de buques y comisionistas. Durante el período de tiempo que el héroe de Nicaragua vivió en Veracruz, cultivó sinceras amistades y de sus jefes se hizo apreciar por su honradez y la firmeza de su carácter. Pronto dejó este ambiente que no era el suyo y marchó a la Huasteca petrolera, en donde trabajó como empleado de la Huasteca Petroleum Company en el campo de Cerro Azul.

Allí le sorprendió la revolución de su país y de allí salió para ir a incorporarse a las filas de la revolución liberal, en la que el destino le reservaba el papel de jefe supremo del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.

Esto ocurrió en el año de 1926, cuando el guerrillero que ha asombrado al mundo por sus hazañas en la lucha tan desigual que sostiene en Nicaragua, contaba 32 años de edad.

Ya ha explicado el propio Sandino, en el mensaje que envía al Segundo Congreso Internacional Antiimperialista, las razones que le obligaron a marchar a Nicaragua para combatir la oligarquía de Chamorro y Díaz. Las circunstancias de esa marcha y los actos subsecuentes que comprenden la historia contemporánea de Nicaragua y del actual movimiento libertador que allí se debate, así como la tesis política de Sandino y sus relaciones y rompimiento con el representante general del movimiento libertario, Froylán Turcios, están contenidas con todos sus detalles y siguiendo en lo más ajustado posible al orden cronológico de los sucesos el relato de las campañas del guerrillero, sus triunfos más significativos, sus derrotas y en capítulo posterior la tesis política de Sandino, que le convierte en un nuevo Bolívar, y las proposiciones que le fueron hechas por el Contralmirante de la Marina Americana, Sellers, para rendirse y la respuesta que el caudillo dio a éstas así como las bases que propuso a Moncada, actual Presidente de Nicaragua, para someterse.

Sandino sale de México

El 15 de mayo de 1926 la Huasteca Petroleum Co. admitió la renuncia de su empleado Augusto César Sandino, y de Cerro Azul, esa misma mañana partió en automóvil con destino a Tampico. Abordó el vapor americano "Mexico" y un día después estaba de nuevo en Veracruz, de donde emprendió viaje al Suchiate y de allí a Nicaragua.

El General Sandino ofrece entrevistas a varios periodistas mexicanos durante su estancia en México en 1929

Ningún incidente ocurrió al futuro general durante su viaje, salvo que en Guatemala fue despojado de una pistola que llevaba, pero como escondido conducía otro revólver, una pistola antigua calibre 44 especial Smith y Wesson. Con ella inició sus campañas y posiblemente con ella las termine, porque aún la usa.

En Nicaragua, Sandino comenzó a orientarse en el movimiento popular que estaba latente contra Emiliano Chamorro, después del "lomazo" que derrocó al Presidente Solórzano y al Vicepresidente Sacasa, que estaba refugiado en Guatemala. La casualidad cooperó con Sandino y éste encontró a un grupo de obreros que se dirigían de un lugar llamado León, a la Mina San Albino a donde iban a trabajar.

Sandino se unió a ellos en calidad de aspirante al trabajo, con la secreta ilusión de iniciar entre los mineros su propaganda revolucionaria, conocedor, como era de la mala situación en que vivían los trabajadores que pasaban meses sin recibir salarios en dinero, porque las compañías pagaban con cupones sin valor adquisitivo de ninguna especie, por lo que se veían obligados a comprar todos sus artículos a la propia compañía. Este estado de cosas tenía disgustados a los trabajadores, quienes indudablemente le seguirían a una revolución.

Y Sandino comenzó a trabajar en la Mina San Albino. Durante algún tiempo estuvo haciendo propaganda entre los mineros y trabajadores, para lanzarse a la revolución. Les explicó la situación en que habían colocado al territorio de Nicaragua los gobiernos conservadores que en tres millones de dólares habían enajenado la soberanía nacional; además hizo notar la tiranía que pesaba sobre los trabajadores.

Les contó que en México había una legislación avanzada; que el Gobierno tenía departamentos de Trabajo encargados de velar por que al trabajador no se le explotara, que se le pagaran sus salarios en dinero, se les proporcionaran atenciones médicas, escuelas, ocho horas de trabajo diario, y todas las ventajas de que carecían los parias nicaragüenses.

Sandino adquirió ascendiente entre los obreros que se decidieron a seguirle en la aventura revolucionaria, máxime cuando se sabía que el Vicepresidente Sacasa con su Ministro de la Guerra, el general José María Moncada, que habían recibido un envío de armas y parque de un país amigo, venían de Guatemala para iniciar una revolución contra Chamorro, y que todo el pueblo del país secundaría ese movimiento. Sandino, pues, con trescientos dólares de sus ahorros, hizo adquirir armas en Honduras y con ellas proveyó a su gente. En el mes de octubre se lanzaron al campo en abierta revolución contra Chamorro.

La primera batalla de Sandino

La primera batalla que libró en su vida, Sandino, fue en esta vez cuando se inició en sus aventuras guerreras, el 2 de noviembre de 1926 en un lugar llamado Jícaro. Con Sandino iban 29 hombres y se enfrentó a una fuerza de doscientos guardias nacionales de Chamorro, que por su superioridad numérica pronto les vencieron e hicieron huir.

Pero Sandino no se desanimó por ese contratiempo. Al contrario, comprendió que necesitaba armas y parque para preparar más gente, y dejó a sus 29 hombres escondidos en las sierras de las Segovias, para ir a encontrar a Sacasa y Moncada, que se hallaban entonces en Puertas Cabezas, donde habían recibido 700 toneladas de armas y parque para iniciar la guerra en contra de Chamorro.

Sandino embarcó en una canoa primitiva y se dejó llevar por el curso de la corriente del río Coco, desde las Segovias hasta su desembocadura en el mar, cerca de Puerto Cabezas. Allí llegó nueve días después y se presentó al doctor Sacasa ofreciéndose a sus órdenes juntamente con la gente que tenía en las Segovias y la que pudiera levantar en la zona. Sandino quería elementos únicamente.

Pero entonces ocurrió algo lamentable. Los miembros del gabinete del doctor Sacasa, inclusive el Ministro de la Guerra, Moncada, tenían sus ambiciones personales, y Sandino encontró verdaderas dificultades para conseguir los elementos que buscaba. Encontraba jefes que estaban dispuestos a ir a las Segovias para servirse a ellos mismos, para adquirir gente, y hacer méritos personales en provecho propio. Y como eran varios los que tal propósito tenían, siempre encontró difícil entenderse con los políticos.

Y así llegó la intervención yanqui a petición de Chamorro, que ya había fraguado un plan para dejar en el gobierno a Adolfo Díaz y obtener el reconocimiento de los Estados Unidos, cuyo verdadero objetivo en Nicaragua es la construcción del canal y de la base naval para ensanchar su poderío en la América Latina.

El primer paso disimulado de los yanquis para intervenir en Nicaragua fue declarando zona neutral Puerto Cabezas, donde se hallaba el gobierno de Sacasa, a quien notificó el Contralmirante Sellers que en 48 horas debía desalojar la ciudad, porque pasado ese plazo, los marinos norteamericanos ocuparían la ciudad y serían arrojados al mar todos los elementos de guerra que se encontraran allí.

En ese perentorio plazo que fue concedido el 24 de diciembre de 1926, Sacasa y Moncada, con su gobierno y los pocos elementos que pudieron sacar, se fueron a Prinzapolka, lugar situado a poca distancia de Puerto Cabezas. Los marinos yanquis ocuparon Puerto Cabezas y arrojaron al mar gran cantidad de armas y parque del que habían recibido del país amigo. Sandino, en cambio, que había solicitado armas no pudo obtenerlas, pero antes que el invasor las tomara recogió cuarenta rifles y siete mil cartuchos, con los que se reconcentró también a Prinzapolka. Estas armas, Sandino las recogió de las mujeres públicas de Puerto Cabezas, que con más pudor patriótico que los soldados, las escondieron antes que dejar que los invasores las recogieran.

En Prinzapolka, Sandino consiguió al fin quedarse con las armas que había recogido en Puerto Cabezas y entonces emprendió la marcha para unirse a su gente en las Segovias. El camino que hizo río abajo en nueve días, ahora lo realizó en un mes, ayudado de seis personas que le sirvieron para transportar el armamento.

Llegó Sandino a las Segovias y reclutó gente formando un buen núcleo y operando en San Rafael del Norte. Allí recibió a principios de abril de 1927 una desesperada carta de Moncada, en que le pedía auxilio, porque estaba en muy malas condiciones en Chinandega y era tal su desesperación, que le advertía que le haría responsable de cualquier desastre si no acudía pronto en su auxilio.

Sandino se dirigió a auxiliar a Moncada, haciendo una marcha triunfal hasta llegar a las Mercedes, en donde estaba refugiado el Ministro de la Guerra de Sacasa.

(...)

Soldados del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional en San Rafael del Norte, 1927

El Pacto de la traición

Reunido todo el ejército liberal con la llegada de Sandino en auxilio de Moncada. Derrotadas las fuerzas de Chamorro en todos los combates, y los liberales a las puertas de Managua, el triunfo era seguro.

El imperialismo yanqui no podía tolerar que los liberales ocupasen el poder. Ello significaba la posible abolición de los tratados Bryan-Chamorro, complicaciones internacionales, y cuando menos el retraso para la construcción del canal. El imperialismo de Wall Street hubiera sufrido la más seria derrota si los liberales consumaban el triunfo. ¿Entonces? La traición.

¿El traidor? José María Moncada. ¿Quién mejor que el Ministro de la Guerra? ¿Qué mejor elemento para asumir la Presidencia de Nicaragua? ¿Qué buscaba el pueblo? ¿El triunfo de los liberales? Bien, Moncada era liberal. Se trataba, pues, de comprarlo. Wall Street conoce el precio de todos los traidores. A Moncada le compraron con la Presidencia de su país. Seguramente algunos dólares habrá recibido también.

Y entonces se firmaron los tratados Moncada-Stimson, por los que el Partido Liberal convino en entregar todas sus armas, recibiendo a cambio diez pesos nicaragüenses por cada rifle, y comprometiéndose los Estados Unidos a vigilar las elecciones futuras para evitar una imposición de los conservadores.

Moncada supo convencer a sus generales de que los liberales habían obtenido un triunfo completo. Les hizo entender que el Partido Liberal ocuparía el poder y que el orden constitucional se restablecería. Todos aceptaron.

Sandino se rehusó, sin embargo, cuando Moncada le hizo tal proposición, aunque se le ofreció la Jefatura Política de Jinotega, y Moncada le dijo que Díaz pagaría todo: que las mulas que hubiese tomado eran legalmente suyas y que por todo el tiempo que había estado en revolución tendría un sueldo de diez dólares diarios que se le pagarían en el acto. Sandino pidió tiempo para resolver y entre tanto se dirigió a Jinotega, en donde fue recibido cordialmente con flores y músicas. Habló de sus propósitos de luchar contra los yanquis y preparó a su gente, licenció a los tímidos, y con trescientos hombres se dirigió a San Rafael del Norte en plena montaña de las Segovias. En Jinotega dejó organizado el gobierno de la ciudad para evitar abusos y en previsión de posteriores acontecimientos envió cuarenta ametralladoras y gran cantidad de elementos a las montañas, en donde los ocultó para disponer de ellos en el momento preciso.

En San Rafael se casó Sandino con la señorita Blanca Arauz, que era telegrafista de ese lugar, y a la que había conocido cuando se dirigía a auxiliar a Moncada. El casamiento de Sandino fue muy sencillo en la madrugada del día 18 de mayo de 1927.

Blanca y Sandino después de su boda en San Rafael del Norte, posan con toda la familia Arauz y algunos amigos. En el extremo izquierdo, el General Pedro Altamirano.

El período más penoso de la lucha en Nicaragua fue el que siguió a la rendición de Moncada. El desaliento cundió en todas las filas, los soldados se rendían, entregaban sus armas y recibían los diez pesos, y los jefes cantidades proporcionales, y entre tanto el invasor yanqui comenzaba a internarse más y más en territorio de Nicaragua. Sandino sufrió tantas deserciones que se vio reducido a unos cuantos hombres, que dudaban entre seguir a Moncada, que había sido el jefe hasta entonces, o continuar con Sandino, a quien creían llevaba otro interés.

En 21 de mayo, Moncada, con los invasores yanquis llegó a Jinotega ocupando la ciudad y de allí, por telégrafo, invitó a Sandino a rendirse; pero éste rehusó y se remontó a la montaña, a un lugar llamado Yalí. Entonces no tenía ni treinta hombres y de estos muchos estaban indecisos y se preguntaban por qué Sandino no aceptaba conferenciar con Moncada. Sandino sabía que conferenciar con Moncada significaba la sumisión por la fuerza; pero para complacer a su gente, firmó una comunicación al jefe de las marinos haciéndole proposiciones que, naturalmente, no fueron aceptadas.

Estas proposiciones están contenidas en la siguiente carta que fue elaborada por don Gregorio Sandino y el señor José Moral en cuya casa tuvo lugar la entrevista de Sandino con su padre.

Yalí, 24 de mayo de 1927

Al Jefe del Destacamento Americano acampamentado en Jinotega.

Considerando que las bases propuestas y aceptadas por el general Moncada no garantizan la paz y tranquilidad del país bajo la Presidencia de don Adolfo Díaz, contando como en realidad cuenta con una mayoría elegida por él mismo en el Congreso, Senado y Corte Suprema, y que con el tiempo daría acción a nuevos vejámenes para el Partido Liberal y nueva guerra civil, teniendo en cuenta el anhelo de paz que a todos nos anima, para que sea eficaz y duradera, proponemos como condiciones indispensables, la abstención de los dos partidos de toda injerencia de los asuntos de la República, mientras no haya elecciones absolutamente libres por tanto si Estados Unidos, con buena fe ha intervenido en el país, proponemos como condición sine qua non para deponer nuestras armas, que asuma el poder un gobernador militar de Estados Unidos mientras se realizan las elecciones presidenciales supervigiladas por ellos mismos.

Al ser aceptadas estas proposiciones, nos permitimos manifestar que ni yo ni mis soldados aceptamos dinero alguno por la entrega de nuestras armas.

–A. C. SANDINO, Jefe de los Montañeses.

Prácticamente, desde el día siguiente al envío de esa comunicación, inició Sandino la actual lucha que constituye la epopeya más grandiosa de la América Latina, después de las guerras de Independencia. El 25 de mayo, Sandino emprendió la marcha a las más intrincadas serranías y allí reclutó más gente y formó el pie veterano de su ejército, con sesenta hombres, entre quienes se hallaban los mineros que le siguieron desde el principio.

Sandino dejó de ser un liberal, un factor político, para convertirse en un héroe internacional. Sandino ha vencido al poder más grande del mundo, a los Estados Unidos, cuyos vastos recursos han sido puestos en juego en Nicaragua sin lograr abatir a esa gigantesca figura que conserva enhiesta la bandera de la libertad continental.

En plena lucha

De mayo a julio, Sandino, en las Segovias, en plena serranía, se entregó a la tarea de reclutar gente para continuar la lucha que se había iniciado francamente ya, porque el invasor había declarado que procedería a desarmar a todos los nicaragüenses en su patria. De toda la América hispana, a excepción de El Perú, acudieron jóvenes y viejos, más los primeros, a formar en el ejército de la libertad.

En esa operación se hallaba, cuando el capitán Hasfield [sic], del Ejército norteamericano, que estaba de guarnición en Ocotal, le notificó a Sandino que en un plazo de 48 horas, que comenzaba a contarse desde el día 14 de julio, debería hacer entrega de todas sus armas y pertrechos, porque de lo contrario, sería batido.

Lo ocurrido después, lo cuenta Sandino y copiamos textualmente el relato que al que esto escribe, hizo el guerrillero durante su estancia en Veracruz.

Dos días antes recibí una comunicación del capitán Hasfield, que estaba en Ocotal, en que me daba un plazo de 48 horas para ir a rendirme y entregar las armas.

–Está bien, iremos a entregar las armas; pero han de quitárnoslas muertos.

Así quedo el mineral San Albino, en El Jícaro, Nueva Segovia, después del bombardeo de la avión yanqui en 1927.

Y los sesenta hombres de su ejército se alistaron para ser puntuales a la cita que les daba Hasfiel. Pero antes, y para demostrar que el invasor era incapaz de dar garantías, Sandino hizo convocar a los campesinos de los poblados vecinos, a quienes invitó a saquear Ocotal. Proposición recibida con entusiasmo; y el día 16 ochocientos hombres estaban listos para el asalto de Ocotal. Allí había cuatrocientos piratas (así llama Sandino a los yanquis), y doscientos renegados (los nicaragüenses que sirven a los norteamericanos).

Ante aquel número –dice Sandino–, si bien sólo éramos sesenta los combatientes, el enemigo se replegó. Y nosotros avanzamos. Quince horas combatimos. Llevamos ocho ametralladoras que sembraron la muerte en las filas enemigas. Tomamos Ocotal, lo destrozamos. Los campesinos saquearon y devastaron. Los enemigos acabaron por refugiarse en una manzana de la ciudad y allí les tuvimos copados. Ocupamos las alturas y les dominamos. Hubiéramos pegado fuego a toda la ciudad así como dinamitamos los cuarteles y casas de los conservadores en Ocotal; pero había mucha gente inocente que hubiera sufrido las consecuencias. Entonces nos retiramos, pero llevábamos botín de guerra y la soberbia del triunfo.

Fue en San Fernando, once días después, cuando nos alcanzó un escuadrón enemigo. Por poco me matan. Hubimos de huir en desbandada. Entonces los campesinos que habían entrado a Ocotal, fueron hostilizados y, para salvarse, una vez que les arrasaron sus bienes, acudieron a engrosar nuestras filas. Tres meses después, éramos ochocientos hombres.

Siguió la lucha enconada y hubo alternativas. Vencimos y nos vencieron; pero al enemigo le hacía falta conocer nuestra táctica. Además, nuestro espionaje es superior. Así fuimos adquiriendo armas y parque norteamericano, porque les capturábamos gente y botín. Lástima que sean tan grandes los piratas, porque sus uniformes no le sirven a nuestra gente –comenta el general.

Caricatura de Sandino y Sócrates, dibujada por Alfonso Peña el 28 de junio de 1929 en Veracruz, México

La toma de Telpaneca por los libertadores

Después del combate de San Fernando, que dejamos copiado tal como lo relató el guerrillero a El Dictamen, y en que los invasores le infligieron la primera derrota, siguió el combate de Las Flores, en el que los sandinistas fueron derrotados porque hubieron de abandonar sus posiciones y perdieron más de sesenta hombres, que es el número más grande de víctimas que en todo el período de lucha registra el ejército libertador como habidos en una sola acción.

Las Flores es una posición que rodea los caminos que conducen al Chipote, en donde se hallaba el cuartel general de Sandino y a cuyo lugar se había reconcentrado con bastantes elementos en un período de calma que siguió a la escaramuza de San Fernando.

Los yanquis combatieron entonces a su manera. Atacaron con táctica y la escuela militar se impuso sobre la táctica primitiva de los sandinistas. Estos pretendieron defender la posición atrincherándose y el invasor les atacó por los flancos. Pero, además, los aviadores hicieron una parte muy principal y los defensores de Las Flores se retiraron en desorden, perdiendo más de sesenta hombres entre muertos y heridos.

Pero Sandino es un hombre que no desmaya, y tomó la revancha. Sandino, además, tiene intuición militar y a falta de preparación técnica, es un soldado por naturaleza. Comprendió que la táctica americana era superior a la suya mientras aceptase el combate, pero que si fuese él quien ofreciera el ataque, alcanzaría más éxito, y entonces, avisado por su magnífico servicio de espionaje integrado por individuos que militan bajo las órdenes de los renegados nicaragüenses, se enteró que el invasor distribuía su gente en dirección al Chipote. Las sierras y caminos estaban ocupados militarmente. La poderosa máquina de guerra del imperialismo avanzaba sobre el Chipote. En ese entonces la fuerza americana que había en Nicaragua era de cuarenta mil marinos.

Pues bien, Sandino entonces dio la batalla en la ciudad. Mientras los soldados del tío Sam iban en su busca, Sandino con sus hombres iban en la retaguardia y el 19 de septiembre, diez días más tarde de la derrota en Las Flores, atacó durante la noche la ciudad de Tepalneca, que tiene doce mil habitantes. El ataque tuvo el más franco éxito, porque los libertadores ocuparon la ciudad con excepción de la línea atrincherada de los americanos. Estos tenían una serie de trincheras rodeadas de alambres de púas y además una extensa red de zanjas comunicadas entre sí, que les permitían circular por gran parte de la ciudad sin exponerse al peligro.

Pero Sandino pudo colocar su gente por lugares poco atrincherados y ocupó la ciudad tomando las alturas, en donde emplazó sus ametralladoras y barrió a cuanto gringo asomó la cabeza sobre las zanjas, de manera que mientras los invasores permanecían a cubierto en las zanjas, el populacho incitado por Sandino, se entregaba al saqueo.

Toda la noche duró esta situación, hasta el día siguiente en la mañana, que los aviadores comenzaron a situar sus bombas sobre las alturas ocupadas por Sandino y los suyos, que se retiraron por los bosques, ordenadamente.

Después de otro período de escaramuzas y combates ligeros, la lucha en los campos de Nicaragua ofreció la gigantesca epopeya del Chipote y las batallas de las Cruces. El relato de estas luchas está vivo en las narraciones que hizo el general Sandino al autor, y que también ofrecemos textualmente a continuación.

A la izquierda, soldados del EDSN combaten entre San Lucas y Somoto, en 1928

Las batallas de Las Cruces

Llegó el mes de noviembre de 1927. Los sandinistas estaban en El Chipote. Fuertes núcleos de yanquis y renegados fueron destacados para combatirles, pero Sandino puso emboscadas, avisado oportunamente del avance norteamericano. Y en un lugar en que convergen varios caminos que conducen al Chipote, llamado Las Cruces, dio el primer combate de una serie de cinco librados en esa región, de noviembre a enero. Así nos lo cuenta:

Nos emboscamos y atrincheramos en lugares convenientes y allí colocamos nuestras ametralladoras. Llegó el enemigo y abrimos el fuego. Fue una carnicería espantosa. Los piratas caían como hojas de árboles. Y nosotros, bien protegidos, invisibles, apenas si teníamos alguna baja. Y luego del primer encuentro, les tendimos emboscadas a las columnas que iban a reformarlos. En Trincheras, lugar así llamado por los españoles cuando la conquista; en Varillal, donde se peleó cruelmente; en Plan Grande; tres veces más en las Cruces, en donde duró el último combate cuatro días hasta que nos reconcentramos a El Chipote. Seiscientos hombres perdió el enemigo. Nosotros apenas unos treinta. Allí capturamos, peleando, una bandera norteamericana.

Es la que trae consigo Sandino para obsequiarla a sus amigos de México.

También allí murió el capitán Livingston, jefe de la columna de ataque, a quien se quitaron órdenes del día, documentos y mapas. El jefe pirata fue muerto de un balazo de pistola por el mayor Fernando Madariaga.

En las Cruces murió también el capitán pirata Bruce. Este joven oficial del ejército norteamericano, el 25 de diciembre envió un cable a su madre a Estados Unidos, anunciándole la proximidad del fin de la campaña, porque creía que para el 1º de enero estaría concluida la vida de Sandino. El primero de enero de 1928 le habremos cortado la cabeza al bandido Sandino, decía el mensaje. Bien –refiere sencillamente Sandino–, justamente el primero de enero de 1928, Bruce tenía la cabeza sumida en el estómago, muerto en combate en las Cruces. Sus binoculares de campaña, yo los uso.

Y Sandino nos los muestra. Son magníficos, reglamentarios del ejército norteamericano, con su estuche, con una pequeña brújula. Y nos muestra luego la bandera de las barras y las estrellas arrugada, enlodada, despedazada por las balas. Y nos enseña documentos del ejército norteamericano: órdenes del día, "santo y seña", claves, planos, programas de marcha y ataque capturados a los jefes muertos en esos combates.

Diez y seis días de sitio en el Chipote: una estratagema genial

Después de estas batallas, las más cruentas de las que se han librado en la lucha en Nicaragua, nos concentramos a El Chipote, que era el objetivo de los piratas. Pero la posición era difícil: nos fueron cercando para evitar que nos aprovisionáramos. Y el cerco se estrechaba cada vez más. No nos faltaban armas ni parque, porque en los últimos encuentros habíamos quitado al enemigo enormes cantidades de cartuchos y de armas espléndidas, nuevas y flamantes.

Durante diez y seis días que estuvimos sitiados, diariamente tuvimos la visita de las escuadrillas aéreas de los piratas. A las seis de la mañana aparecía la primera escuadrilla de cuatro aparatos que se dedicaban a bombardear. Por supuesto, nosotros les dábamos también y muchos pájaros fueron heridos de muerte. Después de cuatro horas de bombardeo, nueva escuadrilla sustituía a la primera y continuaba el fuego; hasta que, pasadas cuatro horas, volvía otra. Y así sucesivamente, sin parar, hasta que llegaba la noche.

Pocos daños personales nos hacía el bombardeo, porque estábamos bien protegidos, pero perdimos como doscientas cabezas de ganado de la caballada de nuestro ejército y ganado vacuno para alimentarnos.

La situación iba siendo grave porque la mortandad de animales había hecho la estancia allí insoportable por la descomposición de los cadáveres. Los zopilotes tupieron el espacio por varios días y si bien nos hicieren un servicio porque llegaban a impedir la vista a los aviadores, que muchas veces confundíamos con los zopilotes –nuestra vida iba haciéndose más difícil por esas circunstancias–, y resolvimos retirarnos.

Comenzamos a construir peleles de zacate, que vestimos con sombreros de los que usábamos nosotros y con ellos cubrimos los lugares más visibles de El Chipote. Entre tanto, en la noche salimos del lugar. Dos días más estuvieron los aviadores bombardeando aquel poblado, que ya había sido arrasado y en que nadie quedaba, hasta que se dieron cuenta de que no había enemigo. Cuando llegaron y trataron de perseguirnos, ya íbamos lejos.

Les faltaba mucho que aprender de nuestros sistemas.

Y la lucha ha seguido, ruda, cada vez más intensa, pero el dinero norteamericano compra y se interpone entre nosotros y el mundo exterior; y se ha hecho el silencio sobre nuestra lucha. Por eso es que desde que Turcios renunció, poco se ha dicho de lo que pasa en Nicaragua. Y allí seguiremos hasta que obtengamos la libertad o caigamos en la lucha.

Comentar     Arriba

Descarga la aplicación

en google play en google play