Escúchenos en línea

Tomás y Edén

17 Junio 2020
Tomás y Edén

Por Marcela Pérez Silva, embajadora de Nicaragua en Perú

Escuchamos una voz que decía:

- Siempre supe que cuando nos encontráramos, nos agarraríamos a balazos o nos daríamos un abrazo.

Habíamos ido a tomar cacao a Los Antojitos. Camilita revoloteaba como una zanatilla entre las mesas. Mi mamá, aterrada, me miró buscando una explicación. Volteé asustada y vi a Edén Pastora.

Su cabellera de plata resplandecía. Sus cejas pobladas, sus labios finos. Sus ojos de tecolote se clavaron en Tomás, como esperando.

Tomás y Edén habían sido amigos, compadres, compañeros de aventuras. Habían desafiado peligros y compartido las tristezas del exilio. La heroica hazaña de Edén, la toma del Palacio Nacional, había liberado a Tomás y a los compañeros presos en las cárceles de Somoza.

Tomás rememoraba con una sonrisa las anécdotas de Edén, que había nacido en el mismo pueblo que Rubén Darío y solía insinuar que el príncipe de las letras era hijo natural de su bisabuelo. Contaba que, en las prácticas de tiro, Edén se jactaba de que su bala atravesaría el hoyo por el que había pasado la bala su hermano. Y recordaba el alivio que significó que, en plena marcha guerrillera, Edén le desenterrara una uña encarnada con una navaja.

Mucha agua había corrido bajo el puente desde que Tomás, ministro sandinista, y Edén, jefe contra, se encontraran enfrentados en lo que Edén llamaría "la guerra de los espejos: rojinegro contra rojinegro". Luego vendrían Esquipulas y los acuerdos de Paz, las elecciones con la pistola en la sien, el desarme y el inicio del infierno neoliberal.

El resto viene a mi memoria en cámara lenta: Tomás se levanta y avanza hacia Edén. Se miran a los ojos, midiéndose. Las manos de ambos se crispan, en señal de alerta. Camilita, asustada, corre hacia mí con su vestido al viento.

Finalmente, como hermanos distanciados, sin perdonarse aún pero queriéndose, se funden en el abrazo.

Comentar     Arriba

Descarga la aplicación

en google play en google play